TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


PECADOS CAPITALES por Daniela Ginart

PECADOS CAPITALES

Cierto día,  Mariano Echeverría,  tomó la decisión de entrar en ese lugar del pueblo que estaba tan mal visto. Pero no tenía otra alternativa. Pasaban los años y seguía estando solo.  Necesitaba un cambio para su vida. Y tras esa búsqueda se había encaminado.
Una de las tantas noches, en que se sentaba en el mismo bar céntrico a tomar un par de vasos de whisky, y ya se sentía bastante agobiado de la misma rutina.
Hacía varios años que se ubicaba en la misma mesa del mismo bar que lo seguía acogiendo  como su mejor  cliente. Y donde, con sus cuarenta años, su mejor compañera seguía siendo “la soledad”.
Pasaron las horas de ese día sábado y Mariano determinó que no fuera un sábado más. Y no lo fue.
Salió del bar, fresco como una lechuga, como si sólo hubiera tomado agua, y con la idea fija en lo que se había propuesto.  Y se condujo en un taxi hasta la puerta de “El Búho”.  Una whiskería famosa en el pueblo y donde muchos hombres acudían con frecuencia.  Algunos casados, otros solteros, pero la mayoría de clase media-alta. En “La Armonía”, la mayoría de la gente estaba en una buena posición social. Unos pocos que pertenecían a una clase más humilde, también se las ingeniaban para ir a este lugar tan particular.
El Búho se caracterizaba por ser una vieja casona en las afueras de La Armonía, en el barrio más desolado y menos habitado que poseía el pueblo. Varios metros cuadrados destinados solamente al ejercicio de la prostitución. Algunas habitaciones que desembocaban en un hall central. Allí, unas pocas mesas con sillas para recibir a los clientes que estaban deseosos por ver a las chicas bailar,  mientras  tomaban un par de tragos.  En un rincón se encontraba la escalera que conducía al primer piso, donde se hallaban varias habitaciones más.
Con la complicidad de la policía del lugar, el proxeneta traía chicas del Norte del país. Salta, Jujuy, Santiago del Estero eran los lugares predilectos para estos secuestros disfrazados de prósperos empleos. Muchas de ellas, en condiciones de extrema pobreza, aceptaban igual el supuesto trabajo, aunque a sabiendas de que se trataba de algo oscuro y nefasto. Quizás, fuera una buena oportunidad para cambiar su destino.
Y así lo pensó y lo hizo Samanta Giménez, mientras la lujuria se apoderaba de ella. 
Una muchacha joven, de aspecto un tanto desalineado, no era dueña de un cuerpo escultural, pero sí de una enorme pobreza. Y el mercado estaba dispuesto a recibirla con los brazos abiertos. Su familia había quedado en Orán, un pequeño pueblo de la provincia de Salta. Incluso, sus dos hijos al cuidado de su abuela, aguardaban por el retorno de esta mujer lanzada a la aventura. 
Mariano ingresó un poco temeroso a ese lugar tan mal  visto por la gente de  La Armonía.  En el hall de entrada, se encontró con algunas mesas ubicadas en forma dispersa. Pidió su clásico whisky en la barra que estaba al fondo del salón; mientras observaba detenidamente la “mercadería” que se subastaba al mejor postor. Tal como feria de vaquillonas, novillos y terneros, que se ponen a la venta  en la Rural de las grandes ciudades.  En un pequeño escenario, en el costado izquierdo, bailaban algunas chicas semi desnudas. Entre  las que observaba, le llamó la atención la más rellenita, quizás, fue su mirada lo que le atrajo.
Entonces, le hizo una pequeña seña para que viniera hasta la mesa donde él se hallaba sentado.  La chica accedió. Inmediatamente por su tonada se dio cuenta que no era de la zona. Comenzaron a dialogar animadamente, y los minutos fueron corriendo. Y el sol ya se asomaba por el horizonte. Miró su reloj, y apresurado se despidió de Samanta, prometiéndole volver.
En su casa lo esperaba Ana Paz, su hermana menor y también soltera. Ambos, prestigiosos abogados de una familia adinerada. Sus padres habían fallecido hacía ya bastantes años. Hecho que los indujo a convivir en la casa paterna.
Ana Paz, era una mujer muy talentosa en cuanto a su profesión, una de las más solicitadas en problemas de familia o parejas; caracterizada por una gran soberbia, que la gente del pueblo criticaba abiertamente.  Sin embargo, una total fracasada en sus propias cuestiones del corazón. Tras varios intentos de noviazgos infructuosos, había optado por quedarse sola, estando pendiente únicamente de lo que hacía o dejaba de hacer su hermano. Este vínculo que la unía a él, se había vuelto enfermizo. Ella era quien controlaba todos sus movimientos: a qué hora salía, a qué hora llegaba, dónde iba, con quién salía, con quién se encontraba, el lugar elegido, etc. Hasta había implementado una especie de espionaje, consultando a propios y extraños por el paradero de Mariano.
Y así fue que averiguó de su nuevo pasatiempo: El Búho. Él  no tenía pensado comunicarle a ella de su nuevo lugar de encuentros y  mucho menos, quién era la persona que había logrado cautivar su corazón y su pensamiento la mayor parte del día. Hasta tal punto, que ya le costaba concentrarse en sus tareas cotidianas y laborales. 
Esperaba ansioso la llegada del sábado para encontrarse con ella. Esa damisela que lo había hipnotizado de los pies a la cabeza.
Los encuentros se continuaron sucesivamente  y en forma  clandestina, una y otra vez.
Él soñaba con formar una familia y tiró su último cartucho. Quizás en el fondo, muy en su interior, creía que podía hallar a una persona correcta. Rescatarla de ese mundillo cargado de ilegalidad. Ese inframundo, que todos criticaban, en una zona tan pacata como ésta. 
Samanta Giménez, poco a poco, fue cautivando a este hombre indefenso y vulnerable, que casi sin proponérselo fue cayendo en las redes del amor. 
Hasta que un día tomó la decisión que más problemas le traería en su vida. Él sabía que sería altamente cuestionado desde todos los frentes. La Armonía, lejos estaba de hacerle honor a su nombre.
Uno de los tantos sábados, en que frecuentaba El Búho, tomó coraje y alejó a Samanta de ese lugar para siempre.  Por supuesto, que luego de haber puesto varios pesos uno encima del otro, de lo contario, no lo hubiera logrado tan fácilmente.
Samanta y Mariano formaron un hogar, donde reinaba el amor y el respeto mutuo. Sin embargo, en el camino tuvieron muchos obstáculos que atravesar, y nada les resultó fácil.
Mariano compró una casa más amplia, donde alojar a esta nueva y numerosa familia que se había sumado a su vida. 
Ella, decidió traer a sus dos hijos del Norte, ya que ahora podía brindarles una mejor vida: una casa digna, un estudio, vestimenta y alimento: algo de lo cual jamás habían podido gozar.
Mientras tanto, Ana Paz, había quedado sola, viviendo en su casa paterna. Lamentaba la ausencia de su hermano; el único hombre con quien ella había decidido convivir. Extrañaba sus conversaciones de profesionales, donde intercambiaban nociones del Derecho, de Filosofía, entre otras ciencias de las que ambos poseían profundos conocimientos. Esos mates con torta que compartían junto a bellos recuerdos de sus añorados padres. Él, por ser el hermano mayor le contaba distintas anécdotas vividas junto a sus padres y de las cuales ella no pudo disfrutar. Hasta recordaron, en medio de un mar de lágrimas,  el momento de ese trágico accidente que se llevó la vida de ellos para siempre, al regreso de un viaje de placer.
Ahora Ana Paz estaba sola por completo, Mariano tenía una  nueva familia y ella había quedado desplazada a un segundo plano.  De hecho,  no compatibilizaba con Samanta y los suyos. Más allá, de que repudiaba y cuestionaba su pasado, percibía en su mirada algo llamativamente profundo y extraño. Esa mirada la inquietaba  notablemente mientras conversaban. Intuía que Samanta escondía algo de lo cual ella se ocuparía de develar; con el único objetivo de que su hermano vuelva a su lado.
El tiempo pasó, Mariano ya tenía dos hijos más con Samanta, fruto del amor que se tenían. Esos pequeños eran su locura, su obsesión. Trabajaba todo el día, sólo para darles una buena vida a la gran familia que había conformado. Mientras su esposa estaba reclutada en sus tareas domésticas, que comprendía el cuidado de sus cuatro hijos, la limpieza de la casa y demás quehaceres que toda ama de casa conoce a la perfección. Habían quedado atrás, las noches de portaligas, de alcohol en exceso y demás sustancias que sólo ella conocía muy bien.
Ahora, su vida transcurría entre pañales y pediatras ante el menor resfrío de sus niños. Mamaderas, chupetes y baberos eran moneda corriente en el presente de Samanta. Al mismo tiempo,  fue perdiendo la figura de aquellos años, para pasar a ser dueña de un cuerpo más redondeado. Su presente le regalaba una heladera repleta de todo lo que ella quisiera. Todo lo que deseaba lo tenía. Repentinamente se había vuelto la señora de la casa y podía comprar todo lo que quisiera. Y su mayor deseo era la comida, lejos estaba el gusto por la ropa, los zapatos o carteras. Tampoco ambicionaba ir de paseo a lugares caros o sofisticados. Y todo estaba aparejado de su mayor miedo: “El qué dirán” los vecinos del barrio. Su familia y la comida fueron sus mejores refugios. Y así como, sus hijos y su marido transformaron radicalmente su vida pasada, los distintos manjares que preparaba fueron realizando en ella una gran metamorfosis corporal. La gula y la pereza se fueron tornando en la pareja perfecta que llenaban el vacío social que la invadía por completo. Samanta no concurría a ningún espacio público. No tenía un grupo de amigas con quien reunirse a conversar de cualquier tema trivial. Ella sólo deambulaba como una gran mole, limpiando y ordenando de una habitación a la otra. Sin embargo, no era tiempo ocioso, sino que iba diagramando lenta pero vigorosamente su plan fríamente calculado. Era conocedora y cada vez más, se inmiscuía en cuestiones concernientes a la economía de la familia, de todos los bienes inmuebles que poseían tanto su marido como su hermana.
Mientras tanto, Mariano estaba lejos de sospechar lo que Samanta se traía entre manos y   argumentaba que gracias a su nueva compañera pudo salir de su inmensa soledad y consideraba  que ambos se rescataron mutuamente. Samanta pudo dejar esa mala vida atrás y él abandonó para siempre su soledad. Aunque, no pensaba en lo mal que estaba su hermana, tras su partida. Y  a su alrededor, todo empeoraba cada vez más.
Ana Paz estaba obsesionada con desenmascarar a esa mujerzuela que había caído cual paracaidista en sus vidas.
Por las noches, no podía conciliar el sueño, pensando en cómo lograr la ruptura definitiva de ese vínculo tan desigual. Así, acompañada sólo  por una copa de vino, pasaban las horas y ella seguía sin poder descansar. También, pasaron los días y las noches, progresivamente fue  haciéndose más asidua a esta bebida, y sin importarle si alumbraba el sol o si el cielo se hallaba poblado de estrellas. La gente del pueblo no dejaba de murmurar el estado en el que se encontraba la Dra. Echeverría. Y el murmullo se fue convirtiendo en rumor, en trascendido y finalmente en una noticia verdadera y fidedigna.  Poco a poco, fue perdiendo el status de vida que llevaba hasta ese momento. Sus salidas a cenar a lujosos restaurantes, sus viajes por el mundo, sus elevados gastos en vestimenta y accesorios, sus continuas remodelaciones de la casa, entre otros. Todo ese fabuloso mundo quedó atrás, para darle paso a una imagen cada vez más deteriorada. La Dra. Echeverría ya no era la misma, y eso quedaba en total evidencia con sólo ver su aspecto físico cada vez más desmejorado. Si bien su familia, se daba cuenta de ello, no sabía cómo reaccionar ante tanta decadencia repentina. Y más aún, desconocían la verdadera causa de tan drástico deterioro. Samanta incitaba a Mariano a pensar que todo era producto del alcohol. Sin embargo, sólo una parte de todo su mal era consecuencia directa de la bebida. Samanta aprovechaba minuto a minuto este nuevo flagelo de Ana Paz. El resto lo fue haciendo  como fruto directo de la gran avaricia que la embargaba. La envidia de la vida que llevaba su cuñada la carcomía desde lo más profundo de su ser. Y poco, poco, cual trabajo de hormiga fue llevando a cabo su macabro plan. Nadie sabía que Samanta poseía poderes oscuros. 
Pasaba el tiempo y Ana Paz empeoraba día a día.
Una noche de tormenta, Samanta se encontraba sola en su casa y aprovechó la oportunidad para realizar un conjuro macabro que terminaría con los días de Ana Paz. Ella era un estorbo para poder concretar su plan final.
Había un cuarto, del cual ella tenía la llave y al cual sólo ella accedía con frecuencia. Nadie en la familia conocía para lo que estaba destinada esa pieza secreta. Ni siquiera Mariano, ya que Samanta lo engañaba diciendo que había un gran desorden de cosas viejas y que ya se ocuparía de ponerlo en orden. Y Mariano le restaba importancia debido a sus grandes ocupaciones. Sin embargo, cuando Samanta se encontraba sola abría esa puerta y también se habilitaba  la posibilidad de cambiar el destino de las personas que ella deseaba.
Y finalmente llegó el momento que tanto había estado esperando. Una inmensa alegría mezclada con ansiedad, la invadían por completo. Nerviosismo por no tener la certeza de los resultados que ella anhelaba y por no tener la plena seguridad de lo que vendría luego. Ella no sabía cómo reaccionaría Mariano al ver el corolario de su conjuro.
Puso llave a la puerta y allí pasaron cosas muy extrañas. Gritos, quejidos, risas, y demás sonidos más que extraños se podían escuchar desde el resto de la vivienda. Sin embargo, nadie lo pudo presenciar más que Samanta. Nauseabundos hedores se colaban por entre los espacios de una puerta desvencijada. Pero nadie más que Samanta los pudo oler y soportar dichos aromas. Inauditas imágenes nunca antes vista por ninguno de los mortales, sucedieron en ese pequeño cuarto. En este sentido, sólo Samanta fue la única testigo de tan lúgubre escenario.
Luego de más de media hora, Samanta abrió la puerta y se sentó extenuada. Respiró profundo y se dijo a si misma: “He terminado, ya. Sólo resta esperar que todo siga su curso y que el conjuro haga lo suyo”. Tremendamente agotada optó por ir a descansar hasta el día siguiente.
Por la mañana, el día había mejorado. El sol brillaba y el cielo diáfano encandilaba a todo aquel que mirara hacia arriba. Sin embargo, no era el mismo cielo para todos. No al menos para Mariano.
Samanta se levantó más tarde que de costumbre y escuchó un gran bullicio en la vereda. Al asomarse por la ventana, puede visualizar numerosos móviles policiales y una ambulancia. Mariano hablaba por su celular de manera desesperada.  No se quedaba quieto en el lugar, caminaba nervioso de un lado al otro. Se lo notaba agitado, mientras fumaba un cigarrillo y sin terminarlos pasaba al siguiente. 
Cuando logran ingresar a la casa de Ana Paz, luego de forcejear la cerradura. El panorama  que encontraron era absolutamente desolador. La ira había hecho estragos en ese lugar. Un escalofrío les corrió por la espalda, tanto a policías como a los médicos del Servicio de Emergencia. Todos estaban estupefactos.
Samanta observaba desde la puerta. Por momentos sintió cierto temor. Mariano lloraba desconsoladamente y era preso de un ataque de nervios, ante lo cual Samanta trataba de consolarlo.
La sangre estaba por todas partes. De hecho, las paredes del comedor de entrada  habían sido teñidas con un sin número de grafitis que comunicaba: ODIO ESTA VIDA. LOS ODIO A TODOS.  DETESTO A LA GORDA DE MI CUÑADA QUE ME ARRUINO LA VIDA. EN EL CIELO O EN EL INFIERNO VOY A ESTAR MEJOR QUE EN ESTA TIERRA. SI TANTO MOLESTABA EN ESTA TIERRA, MEJOR QUE YA NO ESTÉ EN ELLA. AHORA VAN A ESTAR MAS FELICES SIN MI, SIN LA SOLTERONA QUE ESTORBA PARA TODO. AMO LA OSCURIDAD Y LAS TINIEBLAS Y HACIA ALLA VOY.
Mientras, los agentes de la policía recorrían la vivienda en busca de la Dra. Echeverría, un sinnúmero de inscripciones se sucedían por el resto de las habitaciones.
Cuchillos, tijeras, cortaplumas, navajas y todo tipo de elemento cortante que pudiera existir estaban diseminados por los distintos sectores de la propiedad manchados de rojo.  
Cada rincón evidenciaba un gran desorden. Estanterías que ya no estaban en las paredes. Todos los adornos rotos en el suelo, tanto cuadros como lámparas de gran valor. El espejo que se encontraba al entrar al comedor estaba completamente hecho añicos. El aparador cargado de jarrones, vasijas, portarretratos, copas y platos, absolutamente destruido. La computadora que estaba en la sala donde ella acostumbraba a trabajar y que poseía un enorme ventanal con vista al patio, también estaba destruida. Las habitaciones, con las camas destendidas y los placares íntegramente desarmados, llamaba poderosamente la atención de propios y extraños; ya que habían imaginado que encontrarían el peor desenlace en el dormitorio central. Pero nada.
La caja fuerte estaba intacta. No había indicios de hurto de todo el  dinero que ella poseía.
Tras recorrer cada recoveco, los agentes estaban más que desorientados. Ana Paz no estaba por ninguna parte. Al mismo tiempo que deducían que en las condiciones en que se encontraría no podría haber ido demasiado lejos. 
Cuando ya habían desistido y se dirigían hacia la puerta de entrada, oyeron a los canes que ladraban desaforadamente, tal como si hubieran visto al mismo diablo en persona. Corrieron hacia el lugar y llegaron a la habitación de huéspedes. Gritos y llantos de horror se pudieron escuchar por parte de los allí presentes. Un gran agujero negro contrastaba con los mosaicos color crema y la ropa de Ana Paz con que se la vio por última vez,  por encima de esa misma mancha. Semejante a una especie de arena movediza que todo lo traga y de la cual nadie escapa

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