FICTICIAMENTE REAL
Hoy
me levanté un tanto extraña. No tenía el mal humor que suelo poseer desde muy
temprano, ni esas ganas de empezar el día con “buena onda”, rara. Me puse las
pantuflas de peluchito que mi hermano me había regalado ayer y me dirigí al
baño a lavarme los dientes. Fue como “inconsciente”, me miré al espejo y me
estaba peinando. ¡ME ESTABA PEINANDO! Nunca me peino, no tiene sentido que lo
haga; si total por una cosa u otra siempre termino con los pelos parecidos a la
melena de un león. Pero como todos los días, me levanté soñando con que mi
príncipe azul se digne a notar mi existencia. Yo de él se todo: fecha de cumpleaños, edad, color de
ojos, el nombre del perfume que usa, su color favorito, que le gusta de las
personas y cuáles son las cosas que odia, ¡se todo! Pero él ni me registra, el
morocho más hermoso de todo el pueblo no debe saber ni mi nombre…
Cuando
ya estaba casi lista, escuché a mamá: “Agustina, ya está el café. Vení que se
te hace tarde”. Sabe que odio desayunar, pero para evitar peleas mejor voy.
Iba
camino a la escuela pensaba en que hoy tenía física. ¡Ay, Dios! Materias
horribles, si las hay… Ojalá pudiera poner a un clon que se banque esa clase
por mí y yo me quedo a dormir en casa. ¡Qué lindo sería! Encima el profesor ese
es lo más antipático que hay. Ni siquiera Germán, el más humorista de todos,
puede siquiera hacerle articular los labios para que parezca que se ríe.
Entramos
al aula, y como de costumbre de él, ya estaba el profesor con su carpeta
abierta y la tiza en la mano. ¡Ese hombre debe dormir con la carpeta y la tiza
debajo de la almohada! Nos sentamos y empezó a escribir fórmulas y fórmulas en
el pizarrón, me parecía que me hablaba en japonés. Contar las vueltas que daba
el ventilador de techo, era más entretenido que escucharlo a él. En ese
momento, recordé mis pensamientos cuando salí de casa, las ganas que tenía de
tener un clon o algo que me salvara de este sufrimiento y en ese instante el
tiempo se detuvo. No entendía nada. Pero el profesor no solo que se había
callado si no que también había quedado duro, como el pan que guarda mamá por
semanas para rallar.
¡Era
increíble! Enrique tenía el dedo en la nariz, “tanto que se hace el higiénico y el “anti asquerosos”, tonto”. “¡Mirá Carolina! Jajaja, parece un pato con
los labios estirados así. Le sacaría una foto y se la publicaría en todos
lados. Flaca escopeta”. Dios me había escuchado, se me cumplió el sueño.
Paré el tiempo. ¡El mundo era mío!.
No
sabía qué hacer: si salir corriendo y hacer lo que siempre quise hacer, o
tratar de despertar a mis amigas para que compartan conmigo este gran momento.
Algo tenía que hacer, no podía quedarme sentada en esa silla. Pero… ¿y si todo
volvía a la normalidad y me encontraban infraganti? ¿Qué hacía? Bueno, a veces
no hay segundas oportunidades y menos como éstas. Asique yo hago la mía y que
pase lo que Dios quiera.
Lo
primero que hice fue agarrarle la tiza al profesor y le dejé una notita en el
pizarrón. A ver si así entra en razón en que tiene que ser un poquito más
simpático. Después, corrí hasta la dirección y le desparramé todos los papeles
a la directora, por ser tan mala con nosotros y al preceptor, viejo amargado,
le desaté los cordones y se los até unos con otros; “vamos a ver cómo te va cuando quieras dar un paso para caminar”.
¡Dios, ojalá todo fuera siempre así! Imposible no ir hasta el kiosquito de la
esquina y comerme algún que otro chocolatito.
¡Qué
increíble todo! Lástima que mis amigas no podían disfrutar este fabuloso
momento conmigo. No es de mala, pero por algo debe ser. Seguro porque me decían
que estaba loca cuando imaginaba, en voz alta, estos momentos tan
sobresalientes.
Fui
a casa y agarré las fotocopias de matemáticas que me había olvidado de llevar.
Gracias a Dios que pasó este milagro, si no, ya tenía dos puntos menos en la
prueba por olvidármelas. Cuando llegué todo estaba igual que cuando me había
ido. Todos inmóviles, como estatuas de mármol. Y ahí estaba Matías, el
protagonista de mis sueños, mi príncipe. Tan hermoso como siempre, con esa
sencillez que te hace enamorar con tan solo escucharlo hablar, con esa sonrisa
blanca como las paredes del aula. “No puedo desaprovechar esta oportunidad”. Me
acerqué y le dí un beso en la mejilla. Tiene unos cachetes que parecen pompas
de algodón. No pude evitar ver su carpeta; tiene una letra medio fea pero es
bastante prolijo por ser hombre. Cuando doy vuelta una de las últimas
carátulas, encuentro una hoja con muchas frases, muchísimas: “Soy
la persona más feliz del mundo cuando me dices "hola" o me sonríes,
porque sé que, aunque haya sido para solo un segundo, has pensado en mi”; “Las estrellas se apagan cuando tú no estás,
la luna se oculta en la inmensidad y todo lo que me queda es una fotografía,
que quisiera fuera real, pero sólo en mi mano estás. Ya quiero que vuelvas, no
te vayas más, quédate conmigo que te voy a cuidar y te daré todo mi amor hasta
la eternidad”;” Toma mi mano y construyamos cada día un camino de felicidad,
cásate conmigo y te enseñaré hasta dónde podemos llegar”… Y muchísimas
más. Me sorprendí, pues no es común que un chico tenga esta clase de cosas en
su carpeta, que aunque tenía la hoja bien oculta, yo la encontré. Me sentí
triste, porque perdí la poca esperanza que tenía con que él se fijara en mí.
Estaba enamorado, pero no de mí. Habían sido en vano todas mis miradas, mis
“hola, ¿cómo estás?”, mis ayudas con los ejercicios de lengua que tanto le
costaban. ¡Qué desconsuelo!
No
obstante, eso no fue lo que más me llamó la atención. Cuando di vuelta la hoja
para seguir estrujando mi corazón noté que debajo de todas las frases, decía el
nombre de la chica a la cual él le dedicaba esas hermosas frases. Lo miré como
de “reojo”, no quería largarme a llorar en ese instante. Era muy fuerte para
mí. El nombre estaba escrito con lapicera fucsia con brillitos y rodeado por
corazones de diversos tamaños. Ya está, tengo que abrir los ojos y leerlo de
una vez por todas, tengo que saber quién es la dueña del corazón de mi
príncipe. Y al abrirlos… ¡Agustina! ¡Dice Agustina Paz! ¡Soy yo! Matías, el
chico más hermoso del aula, del colegio, DEL PUEBLO estaba enamorado de mí.
Pero, ¿por qué nunca me lo dijo? Si yo era más obvia con mis caras y actitudes.
Seguro fue porque es muy tímido. ¡Ay, Dios! ¡Nada podía arruinarme este día!
Pero
cuando todo marchaba como quien dice “viento en popa”, sentí que me estaban
zamarreando del brazo. “¡Agustina! ¡Agustina! Dejá de mirar el ventilador.
¡Agustina!” Y reaccioné.
Parecía
que me había dormido, que todo había sido un sueño. Pero no, porque Carolina
estaba con los labios como un pato y lo que le escribí al profe en el pizarrón
seguía escrito. Cuando giré la cabeza y vi a Mati, noté su desesperación y
rapidez por cerrar la carpeta que estaba abierta en la carátula que tenía la
hojita con las frases. ¿Qué había pasado? No sé. Era todo tan extraño. Pero lo
más extraño fue que el tiempo se detuvo para nosotros, pero para los relojes
no. Eran las 12:53 h. ¡Ya era la hora de irnos!
Matías
estaba colorado como tomate en oferta, y ni siquiera saludó cuando se fue. Es
raro, porque él es tímido con las chicas pero con sus amigos no; y ni siquiera
se despidió de ellos. Yo dije que este día era raro, pero no pensé que fuese
para tanto.
Llegué
a casa y traté de hacer lo que hacía cotidianamente: tirar la mochila arriba de
la cama, lavarme las manos y sentarme a ver tele con el celu en las manos.
Cuando estaba por prepararme un café, me llegó un mensaje de un número que no
tenía: “Hola” decía. Hay gente que no contesta cuando no conoce el número, pero
yo no soy así. “Hola. ¿Quién sos?” – respondí. Y a los segundos, me llegó la
respuesta: “Matías Bonardi. ¿Te molesto?”. ¡Ay, Dios! Matías me escribió. ¿Qué
estaba pasando? Era demasiado lindo para ser real, pero lo era. ¿O estaba
pasando lo de hoy en la escuela? “No Mati, para nada. Me sorprendió tu mensaje,
pero no molestas” – le contesté. Y así estuvimos por horas hablando, hasta que
me dijo que siempre había gustado de mí pero que no se había animado jamás a
decírmelo por miedo a molestarme; y que ahora me lo dijo porque alguien en el
colegio le había leído una hoja de frases que él escribía para mí y tenía
vergüenza de que me entere por otra persona.
Entonces
entendí que nadie había notado que yo anduve haciendo de las mías.
Yo
no sé qué pasó hoy, si fue un sueño, magia, un milagro. Lo único que sé es que
gracias a eso, comenzó una hermosa historia…
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