BLANCO, TIESO
Esa mañana
desperté mucho más tarde que de costumbre. Con cansancio y pereza abrí los ojos
y observé mi alrededor. Era sábado y el viernes a la noche había salido con mis
amigas para festejar el comienzo de las vacaciones. Lentamente comencé a
levantarme y a quitar las mantas que me
cubrían y a recoger aquellas que desprolijamente caían al suelo. Busqué mis
pantuflas en medio de aquella batalla naval a la que se asemejaba el piso. En
pijama y todavía un poco somnolienta crucé el pasillo largo y angosto. Como
todos los fines de semana almorzábamos tipo dos de la tarde, esperé ver a mamá
en la cocina preparando la comida, era la una y media.
-¡¿Mamá?! ¡¿Papá?!
No recibía
respuesta alguna, no había nadie. Agudicé mis oídos: silencio sepulcral, luego
mi vista: la cocina, la mesada, la heladera, el tele, la mesa. Todo estaba en
su lugar al parecer. Ninguna nota o señal. Me dirigí al pequeño patio alumbrado
por el sol ardiente que lastimaba mis ojos, pero ni siquiera había ropa
tendida. Luego la pieza de mis padres: el olor característico, los perfumes, la
ropa, las fotos, la cama. Reflexionando sobre el hecho de que me encontraba
sola, me acordé que papá estaba de viaje y pensé que mamá seguramente estaría
en casa de la abuela. Busqué el teléfono y la llamé, pero como siempre, comencé
a sentir la música de la llamada detrás de mí. Se había olvidado el celular una
vez más. Sin darle demasiada importancia, caminé hacia la heladera. La abrí
pero nada me apetecía. No tenía hambre. Fui hacia mi cuarto atravesando otra
vez el largo y angosto pasillo y en el camino me detuve para subir la
temperatura del calefactor, sentía frío. Me dispuse a acomodar ese lugar que en
ese instante parecía la selva amazónica: la cama obviamente destendida toda
despatarrada como la había dejado al levantarme, zapatos desparramados por todo
el piso, ropa tirada por todos lados, pinturas, planchita y secador sobre la
silla; perfumes tumbados, anillos y pulseras sobre la cómoda. Con pocas ganas
comencé mi labor. Acomodé y limpié todo, y al terminar me di cuenta de que no
había visto mi celular en ningún lado. Comencé a buscarlo desesperadamente,
pero de pronto en un ¡clic! recordé que lo tenía una amiga, se lo había dado a
ella cuando estábamos en el boliche para que lo guardara en su cartera ya que
yo no la había llevado. Sin dudar lo tenía ella. Me asomé a la ventana y vi que
a pesar del hermoso día que hacía, las plantas danzaban al son del viento.
Entonces me abrigué porque supuse que tendría frío y al mirarme al espejo me
asusté al ver mi pálido y blanco rostro y unas enormes ojeras producto de la
salida. “Gracias a Dios existe el maquillaje”, pensé. Salí afuera, tomé mi bici
pensando que había hecho bien en abrigarme y comencé a pedalear rumbo a casa de
Abril. El trabajo era arduo ya que la fuerza del viento superaba a la de mis
piernas, que ya comenzaban a cansarse. Al principio no se veía un alma por el
pueblo, hasta que… vi un tumulto de gente en la vereda. Justo en esa vereda. Leí
el cuadro colgado en la pared. Helada y sin entender lo que estaba sucediendo,
tiré mi bicicleta en medio de la calle desolada. Entré al lugar. Un escalofrío
intenso y aterrador recorrió mi cuerpo. ¿Qué está pasando? ¿Qué hacen aquí?
¿Por qué están todos? Me acerqué al centro de los sollozos desgarradores y allí
en el cajón estaba mi cuerpo, yacía blanco, tieso.
2 comentarios:
Luchi..empiezo a comentar aca..tu cuento es muy original y re bien escrito, se nota como lo has trabajado para que el lector se enganche con el relato y sienta tambien que algo pasa, determinar que es y cuando llegas al final, logras que este se encuentre a la altura del cuento..la verdad, muy buena produccion..felicitaciones :)
Hola Lucho, veo que has heredado las inquietudes y talento de tu madre.
Enhorabuena por tu escrito. Tienes imaginación y tu pluma es amena.
Continúa con tu vocación y nutrete de la buena lectura.
Un beso
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