MI VECINO
Me mudaba muy seguido debido a mi trabajo,
solía presentarme ante mis vecinos. Así lo había hecho mis padres y en su
tiempo mis abuelos, era una visita de cortesía. Aun en Córdoba después de
haberme casado con Irene.
Sabía que al mudarme al campo mi trabajo
sería mucho más fácil debido a que era el lugar donde se podía encontrar paz,
tranquilidad y armonía.
Solo tenía dos vecinas, las cuales había
visto el día que visité la casa por primera vez. Pensaba en ir a saludarlas una
vez que me haya instalado, pero no sucedió así.
Llegamos a nuestro hogar. Muy emocionado le
mostré la casa a Irene. Consistía en un comedor, una sala, la biblioteca y dos
dormitorios quedaban en la parte trasera y en la parte delantera había un baño,
la cocina, nuestro dormitorio y el pasillo, tal como ella lo había soñado toda su
vida.
Me encontraba en la parte trasera de la
casa arreglando el jardín. Irene se acerco a mí con una cara de preocupación
que me asusto mucho. Debo regresar a la ciudad dijo ella, tengo que presentarme
con urgencia a una reunión de trabajo. Mi cara no hiso un gesto muy bueno, no
nos habíamos instalado todavía y ya debía regresar a su trabajo. No podía
juzgarla porque era ella la que tria el dinero a casa, debido a mi fracaso de
mi última novela, no lograba escribir nada de hacía tres meses.
Ingrese a la sala enojado conmigo mismo
por no poder hacer nada para llevar
adelante esta familia que quería construir. Me deje caer sobre el sillón de
tapiz color marrón que combinaba con los muebles, de lejos se oía el ruido del auto partir.
Últimamente todo parecía salirse de de su lugar como si hubiera empezado a
perder el control de las cosas. Mire a mi alrededor había ropa amontonada en
los canastos, los muebles ubicados en cualquier lugar y grandes paquetes aun
sin abrir.
Recostado en el sillón mire hacia
la ventana y note que después de todo era una hermosa tarde de otoño. Decidí
dar un paseo. Agarre mi chaqueta. Mis anteojos y me dirigí hacia la puerta.
Finalmente salí.
Comencé a recorrer el solitario camino
cubierto de hojas secas que habían caído de los arboles. El viento suave me
daba en el rostro. Al mirar a lo lejos vi la pequeña cabaña de mis vecinas.
Camine lentamente hacia allí, la puerta estaba entre abierta y decidí entrar,
después de haber tocado la puerta. Allí estaba, era una anciana de unos 60 años,
de estatura baja, ojos azules, su cabeza estaba cubierta con un pañuelo azul y
tenía un vestido largo floreado.
Ambos nos presentamos. La anciana se
levanto del sillón, prendió una lámpara que se encontraba a su izquierda, luego
tomo el atizador que estaba en un costado apoyado en la pared y removió la
pequeña fogata y agregándole otro leño volvió a su lugar. El atizador
permanecía en su mano derecha.
Ella dijo: He notado que los únicos seres
humanos que se encuentran en este lugar
somos nosotros.
Debo confesarle que tengo una sensación
extraña. Mire hacia la ventana. Nadie me vio llegar y nadie me vera salir. La
muerte deberá ser violenta, repetía todo el tiempo en mi cabeza. Borrare todas
las huellas. Hice un silencio y comencé a analizar todo a mí alrededor y luego
el atizador.
Nadie sospechara nada porque recién llego y
nadie más que algunas personas saben donde vivo y mi número de teléfono.
Me abalance hacia ella, le quite el
atizador de las manos y empecé a pegarle, chorros de sangre saltaban por todos
lados. Un golpe en la puerta ¿Quién podría ser? “La hermana”, debía escapar.
Comencé a correr sin un lugar fijo.
De lejos se oía el teléfono sonar. Era de
noche y me encontraba acostado en mi sillón.
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