MI AMIGO MANUEL
La mayor parte de esta etapa mi vida me he sentido decaído y
triste. Y aunque al principio no le daba importancia a esos estados de ánimo,
mi trabajo se volvía más estresante cada día y mi esposa y amigos comentaban
que actuaba de manera bastante diferente a lo normal, aunque yo les contestaba
que no tenía ningún problema y que me dejaran tranquilo.
De pronto no pude seguir manteniendo ese ritmo, dejé de
trabajar, de ir a los asados de cada jueves, de ver a mis seres queridos y
permanecí en cama por varios meses. Sentía como si ya no valiera la pena seguir
viviendo.
Mi vida comenzó a volverse tan monótona que un día, forzado por
mi esposa que me veía cada vez más entristecido, fui a caminar por las calles
de mi ciudad.
Sin saber cómo llegue al parque, me deslumbró su belleza y
la vez me perturbó ya que nunca antes había reparado en la frondosa vegetación,
el canto de las aves y el sonido del río. Me sentí tan reconfortado en aquel
lugar, que decidí sentarme en un banco bañado por la luz del sol y cerrar los
ojos para no perderme de ningún sonido, de ningún aroma.
Hacía mucho tiempo no lograba alcanzar la paz ni la
tranquilidad que en ese momento recorrían mi cuerpo.
Me encontraba tan abstraído que no me di cuenta de que una
persona se había sentado a mi lado; al principio le resté importancia, pero
luego comencé a sentirme incómodo, no comprendía por qué este extraño venía a
perturbar mi pequeño paraíso personal, habiendo tantos bancos distribuidos en
el parque.
Seguí sin abrir los ojos, deseando que se fuera pero, por el contrario, escuché su risa por lo bajo y sentí como
se acercaba aún más a mí.
Desconcertado, me volví para mirarlo y descubrí que la
persona que tenía al lado no era ningún extraño, sino mi amigo Manuel, un
muchacho aventurero, lleno de desafíos personales, como escalar montañas,
tirarse en paracaídas y todo lo que implicara un riesgo para su persona y lo
llevara a vivir siempre al límite; alguien con quien había compartido desde mi
infancia hasta unos meses atrás, ya que nuestra camaradería siempre fue la misma
y solo nos habíamos distanciado debido a mi deplorable estado de ánimo.
Su vitalidad se contagiaba a simple vista y su sonrisa,
siempre cálida, me invadió al igual que el resplandor del sol.
Luego de nuestro efusivo saludo, comenzamos a charlar como
lo hacíamos anteriormente. Éramos los de siempre, cada uno
con su esencia, su manera de hablar y expresarse; que felicidad volverlo a
encontrar, volver a recordar cada etapa que atravesamos juntos, sin olvidar a
nuestro aliado incondicional, Gastón, un ser lleno de sensibilidad, muy
romántico y apasionado, siempre medido en sus actos, el complemento perfecto
para conformar un trío insustituible.
Finalmente, nos despedimos con la promesa de volver
a encontrarnos al día siguiente y yo quedé a cargo de invitar a Gastón.
Decidí esperar hasta la noche para ir hasta su casa
porque sabía que en ese momento debía estar trabajando. Cuando llegué, se
sorprendió de verme tan animado, así que me dejó explayarme en mi relato de lo
que había ocurrido a lo largo del día.
Solo cuando terminé de contarle comprendí su
silencio, su rostro estaba bañado en lágrimas y negaba lentamente con la
cabeza. En ese momento me dijo que quizás me había confundido o lo había soñado
“porque antes de que llegaras me llamaron para comunicarme que nuestro querido
Manuel murió hace unas horas, después de estar tres días en coma debido a un
accidente que se desencadenó mientras escalaba el Aconcagua”. Al oír eso sufrí un shock y vi la luz.
Cuando me recuperé supe que él, no sólo estuvo
acompañándome aquella tarde en el parque, sino que me salvó de mí mismo, me
contagió su optimismo por la vida y me dio fuerzas para recuperar a mi familia
y amigos, y aunque todos me digan que fue un sueño, estoy convencido de que,
aquella tarde de primavera, estuve conversando con Manuel.
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