OJOBOTAS
Salí para sacar a mi perro a orinar y me encontré con unas ojotas verdes, estaban ahí, intactas junto a mi vereda como si alguien las hubiera dejado antes de acostarse a dormir, las toqué con inquietud, parecían de mi talla. Las entré y las dejé junto a mi cama, las observé un buen rato: -¿De quiénes serán?
Me dormí y cuando desperté olvidé que esas ojotas estaban allí, sin darme cuenta las pisé. De repente un corderito suave y amarillento se comenzó a pegar en mis pies, un cuero verde lo cubría, eran unas botas viejas muy calentitas. Del susto pegué un salto y casi me caigo, luego intenté quitármelas, aún no me había vestido, tiré y tiré de ellas pero era imposible sacármelas.
Después de muchos intentos llamé a mi hermano para que me ayudase pero él tampoco pudo. Estábamos preocupados, por eso, decidí pasarme la ropa como pude y salir a mi trabajo. Mientras caminaba sentí una sensación extraña en mis pies, era como si ellos se elevaran por los aires. Me sostuve de las paredes pero todo seguía igual, me agaché para hacer más peso sobre el suelo o que sé yo, es lo que se me ocurrió; me paré y seguí caminando pero era imposible. Me senté en una vidriera y fue ahí cuando vi una bicicleta y decidí subirme a ella, pero los pies no se quedaban en los pedales. Sólo me quedaban 3 minutos para llegar a mi trabajo y muchas cuadras por caminar, así que decidí tomar un taxi. Intenté estar toda la mañana sentada, de a ratos miraba ese calzado extraño e intentaba quitármelo pero era imposible.
Cuando volví a casa tenía que solucionar lo de las botas, pero no había forma, era imposible.
Ya pasaron dos días y esas botas siguen en mis pies, tengo que bañarme un poco más haciendo acrobacias para que no se mojen. Ya van tres días que duermo con los pies fuera de la cama, por las noche me despierto y levanto la cabeza para ver si ya no están, con esperanzas de que sea un sueño o simplemente que desaparezcan, pero ellas siguen allí con esa apariencia vieja.
Es el quinto día con este calzado, despierto y escucho un sonido a agua – que no esté lloviendo por favor-. Me asomo por la ventana y sí, llueve sin intenciones de parar. Llamo un taxi pero es imposible conseguir uno, tomo mi paraguas y comienzo a caminar con mucho cuidado para que mis pies no se mojen, miro los autos para cruzar la calle, y cuando bajo la mirada ya había pisado el charco: -¡Ay! ¡Podían haber sido botas para el agua ya que eran ojotas! Con los pies completamente mojados llego a mi trabajo. Por suerte parece que hoy no se quieren elevar, estuve toda la mañana con los pies mojados y cuando llegué a casa me senté con los pies sobre el calefactor esperando que se sequen esas malditas botas.
Hoy es la séptima noche desde que no siento el piso con mis pies. Salgo a comprar algo para comer, hay mucho viento todo se vuela, mis pies no se quedan quietos, comienzan a elevarse lentamente, suben y suben no se detienen, pego un grito y de repente me doy cuenta que estoy a cinco metros del suelo. Me tambaleo para los costados, llena de miedo, intento caminar por el aire pero no avanzo, pruebo como si nadase y ahí sí logro avanzar e intento llegar a la puerta de mi casa: -¡no, mejor aprovecharé a volar un poco! Volé muchas horas y todo se veía hermoso. Ya cansada casi dormida intento volver a mi casa y pienso como bajaré, mis ojos se mojan ante la furia del viento y una lágrima cae hasta mis pies. Mientras me agacho para descender me doy cuenta que estoy en el lugar en donde encontré las ojotas, una suave brisa rosa mis pies, y allí los veo sin nada al aire libre: -¡Ah así era jejeje!
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