INTERVENCIÓN ARTÍSTICA
Desde pequeño
escuchaba esos murmullos, esos insidiosos susurros, “esas voces”. A veces hasta
le gritaban enloquecidas o lo tranquilizaban con una dulce canción de cuna. En
un principio no les prestó atención, incluso a pesar de la enceguecida
insistencia de aquellos sonidos mascullados, como insectos zumbando detrás del
oído. Trató de distraerse, desviar el centro de atención de aquellas sonoras
percepciones apelando a una indecible fuerza de voluntad. De lo contrario, si
continuaba captando tanto bochinche mental sospecharían que el podía padecer
sino demencia, al menos un brote psicótico leve. Fue entonces que asistió a
clínicas y clases personalizadas de violín, pero cada vez que desafinaba en el
instrumento alguna nota semejando los chirridos de alguna infernal criatura, él
ya no podía estar seguro de que NO procedían de sus mismísimos
pensamientos. Luego optó por clases de pintura y, por un tiempo considerable,
desoyó los desarticulados cuchicheos de su cabeza. Practicó una y mil veces
diferentes técnicas y ejercicios de sus clases de dibujo con trazos seguros y
sueltos. Su dedicación perfeccionó notablemente sus representaciones aunque
decidió dedicarse exclusivamente a los rostros. Sin embargo, a pesar que
plasmaba en el papel todas las valoraciones correspondientes: proporción,
volumen, color, escala, etc. NO podía lograr expresiones vívidas y
reales. Eran impávidas, como paralizadas por una enfermedad neuromuscular, ¡INCONMOVIBLES!
Y volvieron las voces aún MÁS confusas y enloquecedoras. Quiso
callarlas, TEMPLARLAS al menos. En vano fue. Las mismas impedían ya
cualquier actividad social o pasatiempos donde refugiarse de esta sobresaltada
sensación auditiva. No le quedó otra alternativa que acostumbrarse hasta el
punto de soportar casi con pasividad “la voces” y así, poder encaminarse para
no terminar en un derrotero violento.
El sufrimiento, de
alguna manera, siempre obliga al individuo a adaptarse. Además, en él, siempre
había existido esa casi inagotable sed de sometimiento.
Se interiorizó en el
tema de sus audiciones mentales y supo que destacadas personas como Pitágoras,
William Blake, Sócrates, San Francisco, el compositor Robert Schumann, Juana de
Arco, Winston Churchill, el psiquiatra Carl Jung entre otros, habían soportado
también esas experiencias. Con un bagaje de conocimientos un tanto más amplio
acerca de su afectación, procuró lidiar con su resonante enjambre de sonidos.
Filtró sus voces, las ordenó, SIN-TO-NI-ZÓ a un tono inteligible. Llegó
a discernir palabras, frases, proposiciones, recomendaciones. Se tranquilizó al
pensar que los sonidos que había estado oyendo toda su mísera vida podían ser,
a lo mejor, tan sólo manifestaciones revestidas de significación alegórica para
sus inquietudes más lacerantes. Turbado, advirtió intervenciones de su mente
demandando algún tipo de resolución a las interrogaciones que articulaba: “¿Cómo
será el plácido gozo del desconsuelo?” Mientras balbuceaba una posible contestación,
aproximó el atril con su lienzo en crudo de 45.7 x 31.9 pulgadas.
Preparó la tela, le pasó antihongos, dos manos de sellador-fijador y látex.
Realizó un bosquejo a mano alzada de un rostro, con lápiz grueso. La pregunta
volvió a retumbar tomando cada uno de sus pensamientos, se dispersó primero a
su pulso y luego al trazo de su boceto para acabarlo con la expresión sugerida
por su mental exhortación “¿CÓMO SERÁ EL PLÁCIDO GOZO DEL DESCONSUELO?”
El toque fue de una inclemencia tan real como impresionante. Las
interrogaciones nuevamente tronaron. Las interpretó como una especie de
intervención artística sugerida por sus voces. “¿Cómo será la chuza frivolidad
de la inocencia? ¿La extenuación de la lúgubre felicidad? ¿La ignominia de la
clemencia? ¿El orgiástico clímax del espanto? ¿La desbordada excitación del conformismo?
¿El sutil equilibrio del desvarío?”
Sus retratos exhibían
ahora una originalidad y elocuencia sublimes. Su popularidad se diseminó como
una pandemia. La expresión y semblante de los rostros de sus retratos
detentaban muecas y gestos sobrenaturales, ÚNICOS. “¿Cómo sería la
seducción irresistible de la ideación suicida?”, alcanzó a oír. Se encaminó a
buscar el preciado obsequio de su abuelo en los cajones del desvencijado
aparador, acercó el atril con el nuevo lienzo en blanco y un biselado espejo rectangular.
Se miró en el mismo con dilatadas pupilas y apuntó a la sien con el regalo de
su ancestro. Su rostro reflejado en el cristal con marco dorado a la hoja daba
la impresión de un auténtico retrato. “¿Cómo sería la seducción irresistible
de la ideación suicida?” “¿CÓMO SERÍA LA SEDUCCIÓN IRRESISTIBLE
DE LA IDEACIÓN
SUICIDA?” “¡¿CÓMO SERÍA LA SEDUCCIÓN IRRESISTIBLE
DE LA IDEACIÓN
SUICIDA?!!”
Viscosas manchas se
estamparon en la tensa tela engrampada al bastidor luego de la detonación. En
el cuadro bautizado en escarlata iba apareciendo una cara tenue para luego
exhibirse con obscenidad. Esta detentaba una sardónica sonrisa. Una sardónica
y saciada sonrisa triunfal
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