ANHELO
Autista. Su
peor pesadilla resumida en una sola y poderosa palabra: AUTISTA. Nombre de su
arduo tratamiento con psicólogos y psiquiatras. Derivación de su nombre,
convertido en su opresión. Resto de su vida plasmado en una incierta palabra:
AUTISTA.
Antelo –
Anhelo, no era coincidencia que rimaran.
Bautista
Antelo era un chico solitario desde la involuntaria mudanza a la ciudad.
Realidad que su madre nunca quiso ver por estar avocada siempre a las tareas de
la casa y cuidando de la mini huerta en el patio trasero para poder alimentarse
día a día, porque desde que su padre enfermó, ella era el sostén de su familia.
La casa era
un hogar pequeño, acogedor, sin humedad y con mucha iluminación. Descontado la
habitación de Bautista, que además de malas condiciones, tenía también un olor
insoportable y una oscuridad inhóspita.
Quería ir al
campo. Su retorno era lo único que le
importaba después de la salud de su padre: volver al lugar donde nació, creció,
en donde enterró sus mejores vivencias. Los recuerdos más profundos los dejó
allí, su primer amor.
Desde que se
mudaron a la pequeña ciudad para darle una mejor calidad de vida a su padre, el
mundo del adolescente se desmoronó como se desmoronan los acantilados añejos,
desde donde él se sentía caer cada noche cuando estaba entre dormido.
Todos los
días la misma historia agobiante, el mismo despertar doloroso. Este amanecer
del primero de mayo fue distinto. Como
de costumbre Bautista se levantó jadeando dolorido mucho más de lo normal: sus
costillas con grandes magulladuras y todas sus manos raspadas; nada anormal
para su madre que decía que era todo psicosomático desde que se había
encaprichado de volver a su tierra natal, hecho que había desencadenado una
cantidad incontable de visitas al médico pero nunca encontraron una solución.
Se puso unos
harapos para ir a desayunar y estar cómodo el resto del día feriado. Escuchó
hablar a Horacio, el nuevo casero del campo, en la cocina. Al lado, una estufa
que largaba algo de humo porque se estaba quedando sin leña. Se abrigó un poco
más y fue a saludar al anciano que a pesar de su edad era muy vivaz. Estaba contando de las buenas labores de su
empleado, que lo sorprendía día a día porque hacía todas las tareas rurales
antes de que él se levante; que era muy humilde y no le gustaba que le festejen
cosas que, según él, no las hacía.
Dio por
finalizada la conversación, tomó su sombrero, su saco y se fue rumbo al campo.
Atrás de la puerta que al pegar el golpe salpicaba algunas gotas del rocío, se
encontraba la mirada anhelante de Bautista de ir junto a él. Quedó petrificado
mirando la maciza puerta de roble.
Se sintió
invisible, como cuando iba a la escuela y se sentaba al fondo de todo,
inadvertido, solitario, su alma se llenaba cada vez más de un deseo voraz, un
anhelo incontrolable. Unas ganas de ir
corriendo tras de él que invadía su cuerpo… y sus sueños aunque nunca podía
recordarlos bien, sabía que soñaba con su lugar, ese donde su ser y parte de su
alma quedaron allí.
Sentía morir
poco a poco, que su cuerpo se desgarraba por las noches y su imagen se
desintegraba; pero todo volvía a la normalidad al despertar.
A la mañana
siguiente se despertó pero no podía volver en sí. Escuchaba a lo lejos la voz
aguda de su madre que le decía que se apure para desayunar, que iba a llegar
tarde al colegio. Esta vez directamente no sentía su cuerpo, el dolor era toda
una unidad misma y pudo apenas ponerse de pie. Pudo verse en el espejo, medio
borroso por no poder abrir sus ojos, que estaba sobre la pared, que su tez estaba cadavérico, sus labios azulados y sus ojeras
más oscuras que su boca. Cayó al suelo. Sintió cómo poco a poco el piso se iba
apoderando de él, su cuerpo desvaneciéndose sobre el frío. El piso y su lívido
cuerpo eran la misma entidad, la misma nada, toda una sola frigidez. Así como
lo había sido el último tiempo su vida.
Luego de
quedar únicamente el cuerpo muerto en la habitación, él sentía que caía desde
un filoso abismo a un remolino cónico, profundo, oscuro, con un zumbido
ensordecedor que lo mareaba aún más. Cuando finalmente tocó fondo, pudo ver a
través de la nebulosa creada por el polvo de tierra, que estaba en el camino de entrada a su
campo: la entrada de su vida, del camino conductor a su identidad.
Parado sobre
la calle desorbitado por lo ocurrido, sintió el crujido de la tranquera que se
abrió detrás de él y posteriormente una sensación inexplicable, sus entrañas se
ardieron poco a poco. Todo se emblanqueció
por unos segundos. Vio pasar por sobre él-a través de él, alguien
idéntico a su ser, hasta hubiese jurado ser él mismo. Ahora más desorbitado que
antes, bajó la mirada y observó sus manos, que si bien la oscuridad de la
madrugada no le permitía una visión esclarecida, notó lo traslúcidas que se
eran. Pudo notar las huellas de la persona que lo atravesó, en el guadal, sobre
ellas. Apenas se le veían las uñas y lo mismo pasaba con el resto de su
organismo. Alzó la mirada, observó allí a lo lejos al sujeto que lo traspasó,
haciendo las labores del campo y aunque corrió para alcanzarlo y hablar con él,
fue en vano… El sendero se hizo cada vez
más largo mientas más corría.
Su otra entidad era inalcanzable, pero aún así
sintió cómo su deseo voraz se fue saciando poco a poco, aunque ya nada tenía
solución, siguió corriendo.
Amaneció. Ya
Autista era Bautista y el poder del deseo movió montañas.
Se oyó un
chillido de la misma boca que minutos antes llamaba a un adolescente a
desayunar.
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