EL DESTINO
Estos
días que paso en casa, me tienen pensativo; inquieto.
En
las noches, duermo poco, busco qué hacer
y paso horas mirando películas; excepto cuando toco con la banda.
Últimamente, observo por la ventana los momentos
ajenos, digo momentos porque un buen amigo me decía que la vida de una persona
son los instantes que optamos por vivir día a día.
El
caso es que Blanca, una viejita, se pasa su gran parte del tiempo sentada en la
soledad. Ella vive en frente y a veces la ayudo con las bolsas del súper, eso
me hace sentir bien y sé que a ella le agrada conversar.
Los
demás vecinos son cordiales, pero poco se involucran con los demás, trabajan la
mayor parte del día y casi no se los ve.
Aquella
noche me acerqué a la ventana, la oscuridad inundaba el lugar como en todos lados.
La calle era iluminada por los faroles de cada esquina. Las estrellas eran
distantes unas de otras; en cambio el
viento soplaba parejo levantando montones de hojas que habían caído.
De
repente, una mujer salió de su casa corriendo, vestía un vestido claro y largo;
hacía poco se había mudado. Se la veía alterada, como si algo malo hubiera
pasado. Golpeó con fuerza la puerta de Doña Blanca, ella también ayudaba a la
anciana con los quehaceres. Tras la seguidilla de golpes a la puerta, le abrió
al rato; imagino le habría costado llegar a la puerta con prisa.
Todo
se asemejaba a una escena de las películas que había visto noches atrás, pensé
que de tanto imaginar ya estaba paranoico.
Esperé
un rato y nada, mis ojos me pesaban; decidí ir a dormir.
Varias
semanas después, un hombre golpeó mi puerta, al atenderlo le veía cara
conocida; pero no di importancia a eso, sacó del bolsillo de su camisa una
fotografía, él me pregunto si la había visto.
-No. Le contesté.
Por
lo que había visto aquella noche, imaginé cosas tremendas. Ese tipo era un
policía me dije a mi mismo al cerrar la puerta sin demostrar asombro ni nada que se le pareciera.
Enseguida
me crucé de Doña Blanca. Le pregunté si iba a necesitar ayuda con las compras,
ella contestó que no, me vio preocupado y me invitó a pasar. En esa ida y
vuelta de palabras junto con café para ambos, ella comenzó a contarme una
historia.
María
era una mujer como cualquier otra, de un momento a otro se tuvo que olvidar de
todo lo que le hacía feliz. Una noche asustada solicitó mi ayuda, me compadecí
de ella y la ayudé. Pasaron meses sin saber nada de ella.
María,
aquella noche asustada y muy precavida de que no la siguieran se subió a un
colectivo que pasaba por la ruta más cercana.
En
una de las paradas se bajó, porque el lugar la dejó deslumbrada por su belleza,
calidez; y tranquilidad. Se quedó encantada con el lugar, solo llevaba lo que
tenía puesto; parada sobre aquella orilla junto al río, pasó unos minutos. El
colectivo retomó su ruta y esta vez sin María.
Ya
era tarde y no pudo instalarse, así que pidió una habitación en el parador. Un
muchacho, prácticamente de la edad, la atendió cordialmente, mientras fue
interrumpido por una de sus hijitas, la pequeña solicitó su ayuda para que le
recogiera el cabello. Ella sonrió al ver la conmovedora escena, muy diferente a
la que ella había vivido por cinco largos años.
Mientras
María curaba su alma en aquel soñado lugar, el policía la seguía buscando; su
obsesión se acrecentaba.
A
la mañana siguiente María, salió temprano a recorrer cada rincón. Observó
detenidamente a la gente, al ser un sitio pequeño todos se conocían.
Después de unas horas y tanto caminar,
encontró una cabaña. Estaba vieja, pero era ideal, de alguna manera se sentía
protegida. La alquiló y se propuso arreglarla.
En
una de esas largas caminatas que se hacía hasta el pueblo se encontró con una
chica, quien comienza a ser una especie de confidente y compañera en esta
especie de curación del alma que ella andaba buscando. Se hicieron buenas
amigas.
Dado
que se había propuesto arreglar la cabaña, tenía que comprar materiales para
ello, así que frecuentaba el parador, donde vivía Eric con sus hijitas. Las
niñas le tomaron afecto, tal vez, debido a la ausencia de su madre. Eric al ver
esa cercanía, no pudo evitar sentirse atraído por ella.
Un
día se presentó formalmente, preguntando si se iba a quedar en el pueblo. Ella
le contesta que ya estaba instalándose, agregando que el lugar era bellísimo.
Eric, se alegró de esa respuesta.
Sus
miradas se cruzaron, fundiéndose una con otra, nada más existía… ninguno de los
dos comprendía lo que empezaba a pasarles… un cliente interrumpe el momento. Se
despiden.
En
un lapso corto de tiempo, logra establecer buena relación con las demás
personas. Ella se comienza a sentir muy bien allí; pero el miedo continúa en su
corazón.
Una
noche, Eric se hace presente en un restaurante y de casualidad se encuentra con
María. Luego de un diálogo pleno en donde entre otras cosas, le cuenta que su mujer había fallecido de
cáncer, ante la pregunta de María por la mamá de las niñas, combinan para que
la acompañe a su casa ya que era muy tarde para que lo hiciera sola.
Desde
esa noche, los dos comenzaron a conocerse, a amarse.
Por
otro lado aquel hombre se estaba acercando cada vez más a ella, abusando de su
poder. Mientras tanto, en la vida de María todo se va iluminando.
Una
reunión entre vecinos para festejar el cumpleaños de una de las nenas de Eric,
se realizaba una noche en el pueblo. Risas y abrazos se lucían entre aquellos
seres.
Más
tarde el festejo daba su fin y Eric alcanzaba a sus amigos a sus respectivos
hogares, llegado el último viaje, María decide acostar a las niñas. Se duerme
junto a ellas esperándolo a él. Una voz invade su sueño, alertando la cercanía
de aquella persona que tanto la busca.
Asustada,
se despierta y protege a las niñas asegurando su habitación. Baja al comedor
lentamente y apenas visualiza una sombra pasar por la ventana principal de la
casa. Recorre todas las ventanas y en eso se da vuelta pensando que lo que
estaba sucediendo, en realidad no estaba pasando. Allí se topa con esa persona
que había transformado su vida en un infierno sin escapatoria. Era su marido,
su último recuerdo era tras una de las tantas discusiones sin sentido y que
solo él armaba en su cabeza, seguida de golpes tras golpe durante cinco años a
los que fue sometida. Esta vez estaba nuevamente frente de ella, aunque María
se había escapado para no verlo nunca más.
Él
la había estado siguiendo todo este tiempo, nunca prescindió de ello. Acosada
de preguntas y agravios no pudo defenderse en el momento, la volvió a golpear
forzándola a que volviera con él. Ella, en una de las caídas al piso le tiró
con un objeto que lo hizo desmayar, esto sumado al insomnio y lo alcoholizado
que estaba impidió que se levantara. En ese preciso instante, Eric llega a la
casa y no puede creer lo que ve. Llaman a la policía y se lo llevan.
María
pide perdón a Eric por lo sucedido y por exponer a sus hijas a tal realidad.
Después de
haber pasado una noche larga, esa etapa oscura que María venía padeciendo había
llegado a su fin. Solo prosperaba amor y luz.
Eric
buscó entre las cosas que tenía guardadas de su mujer y encontró una carta que
le había escrito para él antes de morir, en donde cada palabra dejaba un
suspiro de lo que no pudo ser debido a un destino que tenía que seguir su
curso, ya no con ella a su lado. Entre
esas líneas decía…
Tienes
que volver a amar, sé que no de la misma manera que lo hiciste conmigo, cada
amor es único. Creo que lo que toda mujer quiere vivir junto a un hombre lo he vivido yo, me diste todo y te di
todo. Reconstruye tu vida junto a una mujer que te merezca, que sepa querer,
acompañar y cuidar a nuestras niñas que van a necesitar de una figura maternal,
que ellas también tengan la posibilidad
de confiar y amar a otra mujer; esa
mujer que confío sabrás elegir amor mío. Te amo y te seguiré amando adonde
quiera que vaya. Solo una última cosa te pido: en cada fecha importante en la
vida de nuestras hijas diles que su mamá está ahí con ellas. María Elena.
Detrás
de la conmovedora carta, una foto. María al verla se quedó vislumbrada por tal
cosa. En ella estaba una familia. Eric, las
niñas y la misma mujer que ella conoció en las caminatas a su cabaña, y
acompañaba el duelo de una relación frustrada, la misma que anunció la llegada
de su marido, la misma que escribió la carta que acababa de leer y la misma que
le había cedido su familia. María no podía creer que fuese la misma mujer,
solamente ella la había visto. En el silencio, meditó y miró a su alrededor
agradeciendo tal regalo de la vida.
Doña
Blanca concluyó el relato, y yo atónito y pasmado le respondí: - no sé qué
decir esta historia me llegó al alma. Usted es una muy buena mujer…
Igualmente,
hace poco me enteré de todo esto.
Ella me llamó pidiendo disculpas,
por no haberlo hecho enseguida , me contó
y agradeció por ser capaz de comprender, de auxiliar al destino, porque
nada de lo que ella estaba viviendo hubiese sido posible, aquella noche me
encontraba hundida en la desesperación, de no querer seguir así. Usted me
ayudó, nunca lo voy a olvidar.
Exactamente
esas fueron sus palabras…
~ Fin ~
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