EL ENCUENTRO
Hacía
cuatro años que Rodolfo se había ido a vivir al campo junto a Carla, su mujer,
embarazada de seis meses y ese invierno
que recién comenzaba, se consideraba el
peor de todos. Era encargado de cuidar el campo, la casa y los animales.
Todas las noches ocurría lo mismo, la leña
para la estufa que utilizaban para mantener cálida a la casa, no daba abasto y
la noche helada que se aproximaba parecía que jamás iba a acabar. Salía a cada
rato en busca troncos. En una de las
tantas veces que salió, vio que arriba del techo de su casa se hallaba una
lechuza que lo miraba. No le dio importancia porque era habitual toparse con
esos animales y pensó que se iría, pero no fue así. Salió una vez más a recoger
leña, juntó toda la que pudo y observó que la lechuza seguía inmóvil en el
techo y lo se seguía con sus agudos ojos.
Al día
siguiente empezó desde muy temprano sus tareas, ya no se acordaba de lechuza, hasta que se encontró con una muerta. Le comentó a un vecino lo que le sucedió, éste le dijo que
era de mala suerte y que momentos
atroces le esperaban, esas aves con hábitos nocturnos eran mensajeras de las
brujas y de la muerte. Durante los siguientes días las palabras de aquel hombre
permanecieron en sus pensamientos, pero
creía que eran palabras, simples palabras de un anciano que de historias
sabía mucho. Las noches heladas continuaron,
el frio no parecía tener piedad y la leña empezaba a escasear. Algunos animales se morían, pero
los veterinarios que iban a examinarlos no encontraban el motivo de aquellas
muertes. Carla debía asistir con mayor frecuencia al médico, le daban fuertes
dolores en el vientre y algunas veces el niño no se movía. El trabajo en el
campo empezó a decaer y así el dinero.
Una
noche Rodolfo se encontró nuevamente con una lechuza que volaba
sigilosamente alrededor de él, trato de asustarla pero parecía no temerle. Empezó a pensar que
realmente esos animales traían mala suerte
ya que desde aquel momento nada le salía bien. Insistió una vez más en
espantar al animal, pero no lo logró.
Siempre
era la misma lechuza que lo perseguía, lo supo porque era de color marrón y
tenía una mancha blanca en su pecho y así la reconocía. Al comienzo se le aparecía
de noche y en el mismo lugar, pero empezó a verla durante el día, creía que le
interesaba mucho lo que hacía porque a cada lugar que iba, ella lo perseguía y lo
observaba cuidadosamente.
La mala
suerte de Rodolfo continuó, nada le salía bien. A Carla le encontraron
complicaciones en la crecimiento del bebe. Los animales seguían muriendo y la
lechuza siempre detrás de él.
Una
tarde cansado de que nada le salga bien le reclamo a la lechuza por qué lo había elegido a él para tal sufrimiento. Carla lo observaba desde la
ventana, no comprendía a quién le hablada con tanta desesperación. Rodolfo seguía gritando, esperaba una respuesta, pero el
animal solamente lo miraba.
Los
días, noche y meses pasaron, todo seguía igual, Carla creía que su marido
estaba enloqueciendo, hablaba únicamente de la mala suerte que la lechuza le
había provocado.
Una
madrugada despertó a Rodolfo los gritos de su mujer, el parto se había
adelantado. La llevo rápidamente al pueblo. Luego de una hora nació un hermoso
varón que se encontraba muy bien de salud, pero debía permanecer
dos semanas en incubadora ya que era prematuro. Durante ese tiempo
Rodolfo no asistió al campo, había dejado a un joven como encargado hasta
que él regresara.
Cuando
regresó al campo ya no percibía la
presencia de la lechuza. La mala racha parecía dar tregua. Poco a poco el calor
de la primavera se empezó a notar y con
ella llegó el progreso. La situación
económica mejoró, los animales ya no se enfermaban y morían; pero cada vez que
escuchaba el chillido de una lechuza, su mente comenzaba a temblar
con los recuerdos de aquel interminable
y misterioso encuentro.
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