TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


Rocío Mairone

Hasta que la muerte nos separe

Blanco. Qué hermoso color. Puedo sentir cómo me rodea, me abraza, me contiene. No hay nada más a mi alrededor que este color tan puro y tranquilizante. Todo es blanco, las paredes, el techo, la cama, este abrigo que tanta calma me trae. Incluso mis amigos vienen siempre de blanco. Justo como en mi casamiento, cómo olvidar ese día.

Estoy lista, con mi hermoso vestido blanco que me llega a los pies y mis guantes de seda rojo cereza, a juego con mis labios. Estoy ansiosa, los nervios me comen por dentro, ya ni siquiera me importa que nadie de mi familia esté conmigo hoy. Dicen que no es bueno para mí. Pero yo lo amo, yo voy a dar el <<sí>> aunque no les guste. Yo lo amo con locura, con toda la pasión que cabe en mi cuerpo. Sigo esperando, ya es hora, ¿por qué nadie me avisa que ya tengo que salir? Sé que me está esperando, me lo prometió. Tenemos que casarnos, tenemos que mostrarles nuestro amor verdadero a todos. Mi celular suena, es su mamá, dice que todavía no llega, no logran comunicarse, no saben dónde está. Corto. No puede ser, no tenía que ser así, nada debe salir mal. Tengo que ir a buscarlo.

Voy a salir, no importa que me vean así, necesito encontrarlo, necesito que sea completamente mío de una vez por todas. Ya no puedo dejar que vuelvan a quitármelo. Todos me están viendo, nadie dice nada. Puedo ver su preocupación, me miran con lástima. Sé lo que están pensando, él no es para mí, pero después de hoy ya no va a lastimarme otra vez, es nuestro día, hoy juraríamos amor eterno, hasta que la muerte nos separe.

Tengo que ir a buscarlo, sé que está con ella otra vez, no voy a dejar que me lo gane. Quiero salir, ¿qué hace la policía en la iglesia? Intento esquivarlos. Ya lo saben, vienen por mí. Saben lo que hice. Me sostienen entre tres, pero no me resisto, no hice nada malo. Solo tomé lo que me pertenece. 

Lourdes Soria

Dos

 

Desde su jubilación en abril del 2018, Ilda iba todos los sábados por la mañana a tomar un café y leer el diario en algún bar o cafetería, su preferido era El palacio del café. Generalmente lo hacía sola, había quedado viuda dos años antes de jubilarse y sus dos hijos vivían en el extranjero, por lo que no viajaban al país muy seguido. Sus amigas, en tanto, estaban ocupadas con los nietos y familiares. Eventualmente, Elena, su mejor amiga, la acompañaba para poder charlar un rato.

Cuando al fin llegaba ese día de la semana se levantaba temprano, tomaba una larga ducha y, luego, comenzaba a vestirse mientras escuchaba alguna playlist de románticos en Spotify. Antes de salir chequeaba cómo se veía en el espejo del recibidor, tomaba las llaves y emprendía su camino al destino del día.

Un fin de semana no se sintió demasiado bien; el calor era excesivo aquel sábado, por lo que decidió llamar a Elena, con quien había quedado la semana anterior, para cancelar la salida. Se quedó recostada viendo televisión, pero el cansancio la venció y se durmió profundamente. Cuando despertó miró el reloj frente a la cama y vio que daba las dos de la tarde.

Creyó sentir que alguien golpeaba la puerta principal. Se levantó apurada, puesto que no esperaba visitas. Recorrió el largo pasillo que atravesaba la casa, abrió la puerta y no encontró a nadie, tal vez había demorado demasiado y se habían ido. Se arrimó a la reja que daba a la vereda, miró a un lado y a otro, nadie pasaba. El único auto estacionado en la cuadra era de un par de vecinos antipáticos que jamás hablaban con nadie, seguro ellos no habían tocado.

Se decidió a entrar pero algo llamó su atención. En uno de los arbustos que estaba en un macetón al lado de la puerta vio un papelito, un recorte de revista asomaba entre las hojas. Lo tomó. Ya adentro, mientras esperaba que se calentara el agua de la pava para preparar un té, se sentó en la mesita redonda de la cocina y revisó el recorte. De un lado, una parte de la propaganda de alguna crema; del otro, el número dos.

Pasó la semana, se sintió mucho mejor y llegó el sábado nuevamente. Al levantarse, Ilda sintió una extraña sensación que la atravesaba, una especie de escalofrío recorrió su cuerpo. Ya me estoy poniendo vieja, pensó y entró a ducharse. Ejecutó la misma rutina que sabía de memoria. Caminó hacia El palacio del café, había hablado con Elena pero ese fin de semana no podía acompañarla, tenía un compromiso familiar. Cuando llegó, el mozo la guió a una mesa. Estaba distraída, pensando en esta rutina que la comenzaba a aburrir cuando notó que, desde la vereda del frente, alguien la observaba. Se puso los lentes para ver quién era pero era tarde, allí ya no había nadie. En el camino de regreso a su casa creyó escuchar pasos tras ella, sin embargo, cuando se daba vuelta la vereda estaba vacía.

Ilda estuvo intranquila toda la semana, no sabía qué estaba pasando. Tampoco estaba segura de querer que llegara el siguiente sábado. Cada día trató de hacer las tareas del hogar y sus actividades en el centro de jubilados lo más lento que pudo, tratando de extender al máximo el tiempo. Pero inexorablemente, en un abrir y cerrar de ojos llegó el día.

Decidió que esa mañana no iría a ningún lado. El viernes había hecho las compras en el supermercado para evitar salir. Se quedó en casa y por precaución no repitió la rutina. Luego de almorzar pensó en acostarse, había sido una semana agotadora.

Estando en la cama se acordó de Elena. Qué raro que no contestó nada, seguro está cuidando a los nietos, se dijo para consolarse. Miró la hora en el reloj, predispuesta a dormir, y vio como en ese momento exacto daban las dos de la tarde. De pronto cayó en un sueño profundo y pesado. Le pareció que alguien golpeaba la puerta, otra vez la misma situación. Algo la hizo levantarse y salir a ver qué pasaba, recorrió nuevamente el largo pasillo y no había nadie en la entrada de la casa, se acercó hasta la reja que daba a la vereda y miró hacia un lado y el otro.

A lo lejos Ilda caminaba junto a Elena rumbo al café.

María Sol Dellacasa

Quién sabe qué fue

 

Boulevard San Martín

Es sábado 7:30 am y por más que quiera volver a mi cama, es una tarea que se volvió imposible. Mi mamá decía que la mejor manera de comenzar el día era bien temprano con una taza de café en la mano y sonriéndole al mundo. La verdad es que no sé qué tomaba para pensar eso. La taza de café, que luego de 15 minutos sobre la mesa ya se enfrió, me sigue esperando, una de mis únicas compañeras desde hace mes y medio. Los pájaros se asoman por la ventana por mera curiosidad, al igual que los rayos del sol, que me dan los buenos días en la frente, pues, ese simple momento es el que me recuerda que el día comenzó, ya que por desgracia mi cuerpo y mi propia mente se han naturalizado en el no dormir y pasar de largo día tras día sin tener en cuenta los horarios. Pienso, que logré mimetizarme con las rosas marchitas que veo a través de la ventana.

Es media mañana cuando un estruendo logra que frene a mitad de la escalera y mi rostro busque al responsable. En la casa no está. Me aproximo a la puerta, saco un, dos, tres, seguros. Introduzco una llave y la giro, cuando estoy por la segunda, freno. Antes, miro por el picaporte preguntándome si es necesario salir, pero en ese instante, otro golpe, más cerca, me sorprende. Vuelvo a cerrar todo. Sin detenerme corro hacia arriba, paso por el primer pasillo, tratando de no chocar con el florero del suelo, salto la semi reja que está en la puerta y me escondo debajo de la cama. Algunos podrán mirar la escena y pensar en cómo un adulto de 37 años es protagonista del tal show. La verdad, hasta él mismo se lo preguntaría.

Calculo que pasaron 20 minutos cuando me digné a salir, y solo por el hecho de que las tostadas quemadas hacían demasiado humo desde la tostadora. Sigilosamente bajo por las escaleras, con los pelos en punta cierro las persianas. La angustia me oprime el pecho otra vez y las náuseas se sienten en mi abdomen. La decepción y la vergüenza me dan ganas de llorar. Pareciera que él me siente, que sabe cuando lo necesito, es ahí cuando viene al rescate y se sienta a mi lado. Casi que lloramos en sintonía.

 

San Juan 462

Tengo un hábito, el de tomar 450ml de agua apenas me levanto. Están contados milimétricamente cada día. Me ayuda a despertar mis sentidos y ser más ágil, prestar más atención.

Dar un paseo por el barrio está segundo en la lista. La señora regordeta de la vuelta de la esquina me recibe con un “buenos días''. Como siempre, me ofrece algo para comer y no me puedo negar. Generalmente paso muchas horas en su casa, muy linda por cierto. El estilo setentero es imposible de confundir.

Poco después se despierta su marido. Ni me mira, es màs, no saluda a nadie. De manera sistemática y muy grosera se sienta en la mesa del comedor y espera a que su mujer le sirva el desayuno. Siempre espero a que vuelva, pero esta vez decidí irme.

Apenas piso el pavimento de la vereda veo a los lejos el característico rojo intenso del pelo de aquella chica que siempre está llorando. ¿Esta vez por qué será? Detrás la sigue su novio, gritando de tal forma que los niños del parque se dan vuelta para ver que pasa y sus madres tratan de restarle importancia.

Pasaron meses de aquel suceso, el que presencié en mi propia casa. La bronca y el dolor nunca se fueron. Lo peor es que ni siquiera tuvo la valentía de decirme una palabra, solo hacerme el gesto de silencio y largar una risa soberbia. Nunca lo quise.

A esta altura de la mañana vuelvo a casa para ver que todo siga en orden.

 

San Juan 450

Ese sábado Julieta vivía un dejavu tal como lo venía haciendo desde hace meses.

Se levantó a las 6:35 en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos. Como siempre, preparaba el mate, compraba unos bizcochos, ponía el noticiero en la tele y se sentaba a esperar. Joaquín debía llegar a las 7:00, otros días lo hacía a las 9:00, últimamente a las 11:00, pero Julieta no perdía las esperanzas de que pudieran desayunar juntos antes de que ingresara al trabajo.

El reloj marcaba las 8:35 cuando la puerta del garaje y el motor del corsa gris anunciaban la llegada de Joaquín. Julieta, quién ya llevaba el ambo puesto y estaba a punto de salir, se levanta de un salto esperando ansiosa por un abrazo de su novio. La puerta se abre y ella sigue con una sonrisa de oreja a oreja que no se borra por más que la cara de Joaquín no derroche alegría.

¿Cómo estás, amor? ¿Hay algo para comer? Si, unos bizcochos…¿Todo bien? Pásame el jugo.

Era de esperarse que 10 minutos después los gritos de pelea se hicieran notar. A los 15 ambos se levantaron de la mesa, a los 20 voló una botella hacia el televisor. Julieta pedía explicaciones, Joaquín esquivaba las interrogantes. Julieta lloraba de la angustia, Joaquín enloquecía. Ella no aguantó más y salió por la primer puerta que encontró, topándose con el gato del vecino, lo miró con amor y rogó que nunca aprendiera a hablar. Encaminó hacia el auto, Joaquín la seguía de cerca, tan así que la estampó contra el vidrio del vehículo. Ambos suben y emprenden su camino a quién sabe dónde, para hacer quién sabe qué.

Había ojos contemplando la escena, pocos, pero ahí estaban.


Luna Moreno

Reencarnación

 

Yo que siempre tuve todo, lujos, autos, confort, nunca acepté a nadie en mi vida, mi casa era mía, así como cada cosa que poseía. Era el más egocéntrico del planeta y me encantaba ser así.

Se me apagó la luz hace unos días y ahora no sé dónde estoy, parece que varias personas comparten conmigo este sitio. Siento algo raro, somos muchos, apretados, y no entiendo por qué parece que estoy todo mojado. Quiero gritar y no puedo, quiero mirar y no puedo, quiero escuchar y no puedo. Parece que estuviera sumergido en agua pero no me siento ahogado.

El lugar donde estoy se contrae a veces, apretándonos aún más de lo que estamos. No sé por qué presiento que algo se acerca y ¡wow! eso que veo… ¿Es luz? realmente no estaba equivocado.

Qué asco, qué es esto húmedo que me mueve de acá para allá, siento frío y eso que me limpia o ensucia no me deja tranquilo. Mis orejas parecen cerradas, pero puedo oír algo confuso como pequeños llantos sin fuerzas.

Ese olor, ese olor particular que me hace sentir seguro aunque no puedo ver nada, mis ojos parecen estar pegados. Tengo hambre, mucha hambre, pero no tengo dientes. Paso mi lengua por mis encías y me faltan los dientes. ¿Esto es un sueño? No entiendo qué es lo que está pasando.

Alguna fuerza sobrenatural aparte del hambre me lleva a prenderme de algo, como si fuera una acción involuntaria. Succiono y sale un líquido que me encanta. Realizo la acción con placer. ¿Acaso estoy …? De nuevo entro en confusión pero no puedo dejar de hacer lo que estoy haciendo.

De a poco las horas pasan, se convierten en días, y mis ojos se empiezan a abrir, así como también escucho mejor y más claro. Veo medio nublado, camino inseguro. Aunque me sigo sintiendo raro, no sé porque no tengo manos. ¿No tengo manos? lo que tendrían que ser mis manos son patas ¿Qué? acabo de darme cuenta de que son patas peludas que me ayudan a desplazarme. ¿Qué es lo que está pasando?

Ya no sé en que día estamos, solo sé que de noche siento mucho frío, que los autos pasan muy fuerte, reconozco el sonido porque me encantaba la velocidad. De día no me queda otra que resistir, pienso que esto es una pesadilla y que pronto voy a despertar.

A veces me duele la panza del hambre, y me siento débil. Pero ese animal peludo al que amo tanto nos trae comida que no sé de dónde saca, ya de sus pechos no sale tanto líquido y creo que la estamos lastimando.

Nunca me gustaron los perros, de ninguna raza, nunca quise tener uno, admito que tampoco soy bueno con los que viven en la calle, más de una vez los he chocado sin piedad cuando se cruzan en mi camino.

Ahora estoy más grande y puedo ver que mi vida ha cambiado, mi mamá no tiene nombre, porque alguien la abandonó de cachorra y vive abajo de un puente, roba comida de la basura para alimentarse, a veces llega muy lastimada y me encantaría poder defenderla, pero le tengo mucho miedo a los humanos. Tengo cuatro hermanos con los que juego y me escondo cuando tengo miedo. Qué difícil es ser esto, y más aún es sentir la indiferencia.

Hoy un auto no frenó y me chocó, intenté resistir pero fue en vano. De nuevo me encuentro en un lugar desconocido. Parece un déjà vu.

Mirtha Bustos

Cuando lloró mi marido

 

Aquel día a Gabriel se le dio por llorar, nunca le había visto ni una sola lágrima, décadas viviendo juntos y jamás le vi una lágrima, muchos menos llorar así, desconsoladamente, y perder el control.

Mantengo distancia, y con mucho cuidado le pregunto ¿Qué sucede? ¿Por qué estás así?

Si me quedaba duda alguna, no tardó en arrojarme a la cara lo que acababa de hacer. Se le ocurrió mirar mi teléfono y solo se detuvo cuando encontró lo que estaba buscando. Entonces dejó de llorar y me preparé para lo peor.

– Hija de puta – murmuró al cabo de un rato.

– Grandísima hija de la gran puta.

Lejos de conformarse con corroborar sus sospechas, Gabriel leyó cada conversación de WhatsApp, escuchó cada mensaje de voz, miró las fotos subidas de tono, dejando que la ira aumentara. Solo cuando estuvo al tanto de todos los detalles de mi infidelidad se dio el gusto de romper el teléfono contra la pared.

Hice, por supuesto descargas en mi defensa: lo de Franco no significó nada, yo sólo te he querido a vos. Intentaba buscar un contacto visual que me permitiera transmitirle a mi marido la sinceridad de mi arrepentimiento y que al mismo tiempo impidiera que acabara encontrando en mi cartera pruebas de otras infidelidades. Pareció, durante un breve instante, que había conseguido mi objetivo. Gabriel se calmó y se giró hacia mí, pero fue solo para clavar una mirada en un punto de la habitación y terminar con una palabra:

– Puta.

Fue una de las últimas veces que me dirigió la palabra, ya que a partir de ese momento mi esposo decidió ignorarme. Durmió en el sillón, no compartimos mesa, ni comida, ni charla, y si me lo cruzaba por el pasillo me esquivaba como si yo fuese una rata inmunda sin derecho a la vida.

Recuerdo que pensé que todo volvería a la normalidad con el tiempo, que un hecho como aquel no podía terminar un matrimonio de años. Y casi estaba por creerme mis propias mentiras cuando llegó a casa la familia de Gabriel, desde Monte Maíz, para mi crucifixión.

Nadie se impresionará si digo que tras los gravísimos insultos hacia mi persona y algunos “ya te lo dije” destinados a destruir el buen criterio de mi esposo, fui declarada culpable de adulterio y condenada a perpetua. Se sumaron a la sentencia amigos comunes, compañeros de trabajo y vecinos, y hasta mi propia familia. Todo mi mundo conocido fue derrumbado.

Decir que a mí todo aquello me parecía excesivo, es poco. Había cometido un error, no lo niego, pero que me hiciera merecedora de una lápida era demasiado. Me encerré en la habitación a fin de calmar con los insultos y evitar una paliza.

Allí me encontró Gabriel a la mañana siguiente, acurrucada como un bulto.

– Fuera de mi casa.

No tardó en sacar de nuestra vivienda cualquier huella que delatara mi paso y permanencia en la misma. Quemó nuestras fotos, rompió mis libros, mis discos y donó mi ropa a la parroquia. Y ya no volvió a llorar ante mi tumba.


Luana Guerra

El secreto de Marlyn 

 

Una sensación de mariposas invade mi estómago haciendo estremecer por completo mi cuerpo. Toda mi trayectoria, premios, títulos y todo eso que me hizo ser la mujer que soy, en este momento desaparece con solo pensar que ha llegado el momento de que toda la verdad salga a la luz.

Ya pasaron casi veinte años del asesinato y nadie ha pagado por ello, tan solo son dos semanas para que la causa quede sin resolución. Es tiempo de demostrar que mi único sospechoso es el verdadero culpable.

 

15 días para el juicio

-Marlyn despierta, ya está listo tu café. Me voy a la fábrica, llámame si tienes algún inconveniente -dice Marcelo a las 6:45.

Me levanté lista para enfrentar el día duro que me esperaba en el estudio, sabía que tan solo quedaban quince días para encontrar la prueba fundamental para resolver el caso.

Ramón Enrique Luque, el principal sospechoso del caso, marido de la víctima hasta el día del asesinato.

Ramón es un alcohólico, sus hijos lo acusaron de maltratador ya hace unos años; confesaron ante mí el abuso que ejercí sobre ellos y aseguraban creer que su padre era el propio asesino de la madre.

Ramón era estanciero de un pequeño campo retirado unos cinco kilómetros de un pueblito llamado Villa Ángela, donde vivía con su mujer y sus dos hijos.

En recolección de información con la gente del pueblo a Ramón siempre lo describieron como una persona atenta y muy amable, se los veía muy enamorados junto a su mujer, Mercedes. Por ello, los vecinos del pueblo me miran de forma extraña debido a las acusaciones que tengo sobre él, pero yo sé que es el único culpable.

 

13 días para el juicio

-Marlyn qué sucede -dice su esposo al verla despertarse muy asustada.

Allí estaba yo de nuevo, despertando con esa pesadilla horrible que me persigue, cada vez más. Mis días de niña no fueron felices, es muy difícil sonreír en un orfanato al lado de un montón de niños intentando comprender cuál fue el motivo para no ser queridos, niños con muy poca esperanza en el futuro. Recién cumplidos mis nueve años llegó a mi vida mi ángel de la guarda, mi amada madre me brindó toda la educación para que hoy pueda ser quien soy.

Cada vez más cerca de la fecha final decido releer los expedientes del caso, Luque fue perfecto en todo, no dejó ningún rastro de pruebas, parecía que se hubiera preparado para ello, en la escena del crimen solo el cuerpo de Mercedes envuelto en sangre. El llamado a la policía realizado por Luque sólo diciendo “mi mujer fue asesinada”, con esa frialdad de un verdadero asesino.

De este modo, la policía, al llegar al lugar, no se encontró con muchas pruebas, solo un experto debió haber sido el asesino, o alguien que vivía en el lugar y que estuvo planeando el crimen por mucho tiempo.

 

10 días para el juicio

Un largo camino al pueblo de Villa Ángela, tenía que refrescar algunas declaraciones de los pueblerinos.

-Don Coco, como era Mercedes?

-Mercedes era mujer simple y trabajadora, no le sobraba absolutamente nada a la familia, siempre fueron buenos vecinos del pueblo de Villa Ángela. Solo en una pequeña temporada a Mercedes no se la vio como antes, no salía mucho por pueblo y Don Luque, cuando se le preguntaba por Mercedes, rápidamente cambiaba de tema.

-Coco por cuanto no se vio a Mercedes?

-Solo fue por una temporada señora Marlyn, pero la verdad cuando la volvimos a ver estaba diferente, se le veía una tristeza profunda en sus ojos y a Ramón siempre obligado a sonreír, algo muy extraño, se habló un par de semanas en el pueblo de esas situaciones, pero después todo pareció volver a la normalidad.

-Coco y después de lo sucedido a Luque cómo lo notaron?

-A Don Luque no se lo volvió a ver por el pueblo, se quedó encerrado en su domicilio, solo sus hijos venían por asuntos de trabajo; Ramón desapareció por completo… Hija le puedo hacer una pregunta?, ¿usted por qué cree a Ramón culpable?

-Coco falta muy poco para que todo el pueblo vea que Luque es el culpable. Gracias por esta charla.

 

8 días para el juicio

La declaración de Luque fue que estaba comprando en el pueblo con sus hijos en el momento de lo sucedido. Llegó a su casa y se encontró a Mercedes envuelta en sangre en el piso del comedor, con la olla con agua hirviendo para los fideos que estaba preparando y en ese momento realizó el llamado policial.

Y esa fue la primera mentira de Luque. Sus hijos estaban encerrados en una pieza alejada de la casa, después de una tremenda paliza que les había dado. Gracias a la declaración de sus hijos hoy Luque está en el banquillo de los acusados, pero sin pruebas fundamentales para su condena.

 

3 días para el juicio

Despierto completamente transpirada, todos los fantasmas de mi niñez y el abandono de mis padres no dejan descansar mi conciencia, veo en los hijos de Mercedes un vacío en sus ojos, el mismo que tenía yo cuando era pequeña, ese dolor de haber perdido a su madre y no saber por qué, a tan solo un paso de ver a su padre tras las rejas. Ese sufrimiento es el mismo que tenía de niña, por eso este es mi último caso en resolver. Este caso se llevó lo último que quedaba de mi vida.

 

Día del juicio

Ramón Luque se presentó en el banquillo de los acusados sin ningún defensor. Mis pruebas eran las mismas de siempre, Luque había mentido en sus declaraciones. El propio juez ya empieza a sospechar de Ramón, aunque no hubiese ninguna prueba concreta que lo incriminara.

Al momento de la declaración de Luque llega la sorpresa para todos.

-Señor Juez, soy Ramón Enrique Luque, un estanciero del pueblo de Villa Ángela, acusado del crimen de mi mujer, me quiero declarar completamente responsable del asesinato de mi esposa. En mi vida me equivoqué y hoy estoy pagando con el asesinato de mi mujer.

Luque se levanta, le entrega unas cartas al juez y pide ser esposado.

 

Pasan dos semanas y el Juez abre las cartas. Allí Luque revelaba la única verdad, la que yo, Marlyn, había ocultado.

Milagros Reboyras

El viaje final

 

Viernes 3am, viajamos cubiertos por una densa lluvia, sí, de esas lluvias que más bien son un torrencial. Nuestro colectivo se dirige a Brasil, ¿quién no se merece unas vacaciones?

Voy en compañía de mi gran familia. ¡Ay! mi amada familia, mi niño Santiago de 6 años con esos ojos azules que le iluminan la cara, ese azul como el océano y ¿su pelo?, su pelo deslumbrante de color rubio, junto a mi amada esposa Beatriz de 33 años, ama de casa y yo me presento: Pablo de 36 años, de profesión policía. La lluvia sigue como si fuera el fin del mundo, los pasajeros se empiezan a desesperar, entran en pánico ya que el conductor no logra ver, por ende no logra controlar el colectivo, se escuchan rayos y fuertes truenos, la noche se vistió de negro.

Los pasajeros de atrás son Silvia, mi vecina, y su hijo Manuel, un niño tan rubio y de ojos azules como mi hijo Santi, en el vecindario comentan que parecen mellizos. Manuel empieza a llorar desesperadamente y no logran calmarlo.

Cada vez más fuerte sopla el viento, siento cómo el colectivo va de un lado para el otro, ¡es el fin! pienso, todo el bus en pánico, las carreteras se inundan de grandes charcos de agua realmente parece el fin del mundo.

Saco mi arma de dentro de mi mochila, los pasajeros se empiezan a alborotar, corren de un lado a otro, el pánico y la adrenalina se pueden sentir. Santiago abraza a Manuel para consolarlo. Pienso y pienso y mi cabeza va a mil por horas, prefiero morir por un disparo a morir en un accidente tan fatal. Entre gritos y desesperación, sí, lo que creen, le disparo primero a mi esposa Beatriz y luego al niño, justo cuando el arma está en mi cabeza el colectivo se voltea.

Amanezco en un hospital, me encuentro bien dentro de todo, cuando de repente miro a mí alrededor y veo al doctor y a su izquierda un niño rubio de ojos azules. 

Roxana Alarcón

 La visita

 

Cierro mis ojos y escucho que tocan la puerta con un sonido peculiar, ese que solo una persona sabe hacer pues sí, era mi abuelito, salgo corriendo para abrazarlo, ¡cuánto lo había extrañado!

-Tanto tiempo, abuelito, ¿cómo estás?

-Bien mija, estás muy grande.

-Sí, abuelito. ¿Dónde anduviste que no me venías a visitar?

-Mija estuve muy ocupado cuidándolos y no me daba tiempo para hablar contigo. ¿Vamos por el helado de siempre?

-Sí abuelito, espérame afuera.

Salimos muy felices y empezamos a hablar de todo lo sucedido en este tiempo, le conté que he aprobado todos los exámenes y él, orgulloso de mí, me felicitó con un gran abrazo y me dijo ¿cómo está tu papá?

Con muchos sentimientos encontrados le respondí que mi papá está bien, luchando todos los días por nuestro futuro como siempre lo ha hecho, pero no baja la guardia aunque está muy cansado.

Abuelito con tanto orgullo dice ¡Ese es mi hijo! Siempre ha luchado por tanto y sé que va a tener mucho, solamente cuídalo muy bien.

Mi abuelito está radiante como si fuera el sol, también está muy calmado como el sonido del viento entre los árboles, está feliz como cuando comemos nuestro helado favorito.

Fuimos a un parque y jugamos, después me habló de autos que él tuvo, me habló de los motores de cada uno, las marcas, las mañas de cada auto y fallas que tenía, los colores brillantes y el volante de cadena cromada.

Ya se hacía tarde y mi abuelito me lleva hasta la casa, me acompaña hasta dormirme y me dice que cuide mucho a mi papá, que nos extraña a todos, que sea una niña de bien y que tenga muchas metas por cumplir.

Le doy un fuerte abrazo y le agradezco por haber venido, le digo que lo voy a extrañar mucho y que venga más seguido, así le hablo para ponerlo al tanto de la situación de cada día.

Me sonríe y se levanta para irse. Me acuesto a dormir pero a los minutos veo una luz y era mi papá.

Me despierta y me dice – Hija ya tarde, tienes que despertarte para ir a la escuela.

Confundida le respondí que ya había ido a la escuela y que pasé por un helado con mi abuelito.

Con los ojos llorosos me dice ¿Vino papá? Le respondo que sí, también que está muy bien y brilla como el sol. Mi padre se puso feliz, me sonrió y se fue. Feliz como no lo había visto desde la muerte de mi abuelo.

Heidi Cuellar

 Solo un reflejo de mi existencia

 

Siempre a la misma hora, como de costumbre, Mariana solía pararse a mirar por la ventana. Día a día repetía este ritual, siempre a eso de las seis de la mañana, y al atardecer. Era de esas personas que tienen pocos amigos y a las que los demás suelen llamar “raras”. Mariana sabía lo que pensaban de ella, y eso le daba un cierto misterio que no le desagradaba. Sabía que era cuestión de tiempo encontrar a alguien que se quedara con ella para siempre, solo eso le daba energía para seguir viviendo.

Hacía varios años, Mariana lo había perdido todo. Estaba sola en el mundo. Su familia ya no se encontraba con ella. A pesar de todo, había aprendido a salir adelante sola. Con 30 años, había logrado tener su propia casa.

Era habitual para ella vestirse con ropa grande, de esos vestidos antiguos que dan el aspecto a viejo y descuidado, y que llaman la atención. Tal vez por eso Estela, que vivía al lado de su casa, siempre la observaba salir, entrar, hacer diferentes cosas. Tanto, que se había vuelto una especie de vicio seguir desde allí sus pasos. Mariana, con su piel de tez particularmente blanca, sus ojos negro azabache, su pelo negro extremadamente lacio que era como una tela de seda sobre su cabeza, peinada por el viento, que cubría su cara por la mitad. Era, para cualquier ser humano, algo digno de observar con detenimiento.

En varios momentos de conciencia plena solía preguntarse quién era ella, por qué se encontraba atrapada, haciendo lo mismo una y otra vez, como si fuera solo un rincón en el mundo cuya existencia había sido olvidada. Mariana estaba ahí, en ese hueco solitario y vacío, haciendo lo mismo una y otra vez hasta el cansancio.

En uno de esos días habituales de observar por la ventana de su casa el atardecer, recordó aquel día en el campo, en la casa de su abuela Marta, cuando su mamá todavía vivía, a la niña de vestido blanco con la que solía jugar. Aquel verano, se había pasado todo diciembre y todo enero jugando con la niña del vestido.

Pero fue también en esa ocasión, a sus diez años, que las cosas no volvieron a ser iguales. En ese día exacto había nacido la sensación de no estar más sola, de llevar a cuestas a alguien más, alguien que solo la quería para ella de una manera tan posesiva que tener amigos se había vuelto un imposible. Lo desquiciado era preguntarse quién era, por qué seguía sintiendo esa presencia, qué quería de ella. Había algo en las posibles respuestas que sospechaba, que no sería fácil de aceptar para ninguna persona cuerda y con los pies en la tierra.

“Solo soy un reflejo de lo que debería ser”, esa idea cruzaba insistente por su mente.

Por su parte, Estela, como un vicio difícil de quitar, intentaba entender, pero no lograba hacerlo, el misterio detrás de Mariana. Le intrigaba saber más sobre su vida, el por qué de sus rarezas y sobre todo por qué siempre estaba sola. Nunca nadie venía a visitarla, ni si quiera a venderle pan. Era una curiosidad tan grande que le carcomía los huesos, tanto que parecía ser seducida y atraída constantemente por la ventana en dirección a la casa de Mariana. A veces pensaba en la famosa frase “la curiosidad mató al gato”.

Finalmente, un día se preguntó a sí misma por qué no, por qué no intentar entablar una conversación con su vecina. Tomó fuerzas, salió de su casa, se dirigió al portón, y ahí estaba Mariana, en la ventana como siempre. Pero, mientras más se acercaba a la puerta, más se daba cuenta de lo que era, aunque ya era tarde para volver atrás. Cuando la tuvo al alcance de la mano y amagó un intento de pregunta, fue solo un eco el que se escuchó por respuesta, aquel eco aterrador, suave y tembloroso que repetía sin cesar: “te quedarás a nuestro lado, te quedarás aquí para siempre”.

Juan Cruz Cazzola

 

Sobreescribir


Resulta extraño, la verdad, ya es la décima vez…al parecer no te vas a detener ¿eh?... nos hiciste sufrir nueve veces y este mundo sigue sin ser perfecto para ti. Te voy a recordar lo que nos quitaste.

Línea temporal I (Rodri)

Recuerdo un día con mis hermanitos que me hace muy feliz, al punto de querer llorar de la felicidad; me acuerdo cuando me metieron flores en la boca y los agarré a ambos de los pelos, pero luego decidí abrazarlos porque los quiero mucho. Recuerdo cada día bien, nunca eran iguales, eran normales. Por ejemplo, cuando yo y Fran le dimos coraje a Rodri para que consiguiera novia, ya que de los tres era el que no tenía jaja. Me acuerdo incluso cuando fuimos a acampar y me tiraron al agua los muy graciosos.

Era la vida perfecta…hasta que dijiste…que podía ser mejor. Sobrescribiste todo…los borraste a todos…Fran y yo lloramos ese día como nunca antes…porque nos quitaste a nuestros papás… a nuestros amigos… y a Rodri.

Línea temporal II (Alex)

De nuevo en este maldito lugar blanco y negro comenzaste a crear una nueva vida para mí y Fran, aunque era la misma que antes…pero sentía odio al vivir todo esto de nuevo y ver que mis papás…incluso Rodri…ya no nos recordaban. Decidí alejarme un poco para pensar, Fran se preocupó por mí…pero Alex aún más. Se acercó a mí, con su cálida voz me dijo que los recuerdos malos de la vida son un obstáculo que se debe saltar y olvidar. Yo lo miré y me dijo que solo quería ser el mejor padre para mí y mis hermanitos…quise llorar...pero sonreí y lo abracé.

Todo estaba genial, comíamos helado y pasábamos un gran momento todos juntos…creamos nuestras familias…había paz.

Pero entonces apareciste y nos dijiste “Demasiada Felicidad” …en ese momento… ¡¡EN ESE MOMENTO ME LO MATASTE!! ¡¡ME LO QUITASTE DE MI LADO MONSTRUO SIN CORAZÓN!! Mi papá…el hombre que se preocupó por mí siempre…se había ido. “Demasiada tristeza, mundo inservible” dijiste. Púdrete

Línea temporal III (Martina)

Ya me estabas cansando con tus juegos; Fran te obedece porque él es el pequeño, pero a pesar de que tenemos la misma edad…yo sí tengo cerebro. De nuevo decidiste hacer para nosotros la misma vida podrida y te juro por lo que más quieras que verlos ya me da asco. Aun así…mamá logró calmarme en mis momentos de ira…nos hacía coronas de flores a Fran, a Rodri y a mí. Podrías aprender algo de ella sobre cómo ser un buen padre. De nuevo…por mi gran bocaza tuviste un berrinche “simple, sin gracia”. Eso te pareció mamá y esta nueva vida para ti. “Sobreescribir” es lo único que sabes decir y hacer, monstruo.

Línea temporal IV (Emma)

Al parecer tuviste una gran idea bravo chocolate de premio, eso diría una persona con poco cerebro. Una vida en la gran ciudad, solo Fran y yo, una hermosa vida de preadolescentes, de por sí estuviste ausente todo este tiempo en que pensé que te habías ido para siempre. Me sentía tranquilo y feliz…vivía comiendo chocolate, jugando online en la computadora y era el chico cool del barrio. Se sentía…tan normal. Fran me trae a Emma a casa y me gusta un poco, si él llega a besarla incluso sea en la mano le aplaudo, porque ni siquiera se atreve a llegar más allá del abrazo el muy cobarde jeje.

Un día que yo pensé iba a ser maravilloso…resultó ser una pesadilla, Fran no estaba en casa, salí afuera y me encontré con todo destruido…en ese momento me doy vuelta para encontrarme contigo…maldito monstruo… ¡¡¡¡AL LADO DE MI HERMANITO!!!! ¡HABÍAS HECHO QUE DESTRUYERA TODO NUESTRO HOGAR!, lo obligaste en contra de su voluntad… a matarme porque querías diversión. Me llenó el cuerpo de cortes, hasta que Emma lo tomó por la espalda dándome tiempo suficiente…para darte lo que te mereces. “Reseteo”, evite la tragedia.

Línea temporal V (Érica)

Decidiste castigarnos por lo que hice, nunca te perdonaré…que hayas hecho que todos nos repudiaran y escupieran en la cara. “Andrajosos, malditos, callejeros” eso nos decían, escuchar a mamá, papá y Rodri decirnos que no éramos buena influencia…me rompió el corazón…perdí toda la esperanza. Fran me decía que era una pérdida de tiempo enfrentarte o resistirme a ti ya que tendrías siempre ventaja sobre ambos. Pero…un rayo de luz vino a nuestra vida, Érica, esa maestra que se nos acercó y espantó a todos los que se nos acercaron. Sintió pena por nosotros, le contamos…todo…ella no nos creyó, pero nos dijo que los problemas se solucionan cuando ambos somos valientes y lo enfrentamos de frente. Fran no le dio interés y rechazó sus palabras de ánimo…pero yo las acepté con mucho gusto, me llegaron al corazón.  

Días después decidí poner eso en marcha, Fran se negó a acompañarme así que fui con Érica al bosque donde grité tu nombre…todo se volvió negro, te dije cuanto te odiaba y repudiaba…te abrí mi corazón determinado…solo para que con tu maldito poder…borraras a Érica para siempre, “Los Insurrectos son la Peor Imperfección”. Al fin lo entiendo, no te ensañas conmigo…porque quieres que vea cómo sufren los que amo…estás mal de la cabeza.

Línea temporal VI (Yo)

El dolor y mi rabia por ti crecen más… ¡¿POR QUÉ ME MUESTRAS ESTO?! ¡PARA DE UNA VEZ, TE LO ADVIERTO!, ¡ELLOS NO TE HICIERON NADA!  ¡DÉJALOS EN PAZ!, ¿qué ganas con mostrarme esto? ¿Que te odie más? Pues lo logras…de hecho, ya no sé qué siento por ti, los masacras frente a mí para perturbarme mentalmente… ¡JAJAJAJA PUES LO LOGRAS! ¡PORQUE ESTOY LOQUÍSIMO! ¡JAJAJAJA!... lo estoy…lo estoy jeje… ¿qué me ves, Fran? Parece que hubieras visto a un monstruo.

Línea temporal VII (Fran)

Tu locura me ha llevado a cometer actos horribles… ¿pero por qué me hiciste matar a Fran?, oh sí…ya me acordé, “Tú eres la perfección, tu hermano es un estorbo, te frena”. Lo hice…primero una vez y luego otra, luego otra…y así siete veces…no le tenía odio en absoluto…solo hice lo que me pediste… ¿te pareció divertido?, bueno…te tengo que decir algo…mátame a mí también, porque sin él no pienso seguir… “El ser perfecto merece el envase adecuado” dijiste…hola Fran me alegro de que estemos los dos “juntos” de nuevo.

Línea temporal VIII (Alan)

Fran debía seguir tus órdenes…le permitiste que creara una sola cosa dándole gran parte de tu habilidad, quería…que estuvieras orgulloso de él…de nosotros… y así fue, “¡Hola Alan, bienvenido a nuestro hogar!” dijo Fran con una sonrisa en el momento que vio a su creación, un niño de nuestra edad con una gran hiperactividad. Fran estaba muy feliz, hacía tiempo que no lo veía con esa sonrisa. Cuando los miraba tuve un recuerdo de cómo eran las cosas antes… cuando tú, yo y Fran éramos felices, nos amabas con tu corazón, pero cuando te obsesionaste con la perfección…cambiaste.

Fran, feliz, te presentó a Alan y dudaste sobre él porque quería a otro compañero…Fran se asustó, pero a fin de cuentas admitiste que era un buen intento para ser su primera vez. Sin embargo, la felicidad no le duró mucho ya que borraste a Alan. Fran lloraba, borraste a su amigo y tu solo le respondiste “Evolución Requiere Sacrificios”, no sé cómo Fran sigue aguantándote…no sé cómo yo siquiera sigo aguantando el no querer tomar el control del cuerpo.

Línea temporal IX (Hana)

“Vamos ¿otra vez creaste la misma línea temporal anticuada?” eso dije cuando vi la línea IX, no había nada interesante, todo aburrido y absurdo. Vimos que unos adolescentes estaban pegándose, tiraron a Fran a un lado cuando él se acercó a separarlos. Le dije a Fran que matara a esos idiotas que peleaban en medio del parque, me irritaba. Hasta que en ese momento una chica los separó dándoles un golpe gracioso en la cabeza. Me reí al igual que Fran, él se acercó y la joven lo saludó. Revisó si no tenía ninguna herida, para luego presentarse como Hana. A pesar de que no podía verme, me presenté jeje. Hana era un ser tan puro que incluso cargó en sus hombros a Fran para llevarlo a tomar helado.

Fran un día, con bastante miedo, decidió contarle a Hana la verdad sobre nosotros, pero eso no pasó desapercibido a tus ojos, al enterarte te enojaste…habíamos arruinado tu historia perfecta otra vez. Decidiste castigarnos…nos alejamos de Hana, pero en ese momento nos detuviste, Fran miró a Hana y ella estaba quieta, le habías dicho lo que iba a pasar y ella lo aceptó. Eres un cobarde…en vez de hacerlo tú mismo… ¡MANDAS A FRAN A HACERLO! Él sacó un cuchillo de su manga y se comenzó a acercar a Hana…se resistía…nos resistíamos…pero era inútil, ya estando más cerca de Hana. Ella nos sonrió y nos dijo “Siempre mantente fuerte Fran, eres un gran niño, hazlo, no me moveré”. Ella, aun sonriendo, dejaba caer sus lágrimas; estábamos llorando, pero en el momento en que Fran la iba a apuñalar…me acordé de algo…no nos habías retirado el “Sobrescribir”. Se lo dije a Fran y él lo usó cambiando la Línea temporal.

Línea temporal X (Tú)

Así fue…eso es todo lo que nos hiciste pasar y ahora…henos aquí…todo el mundo en blanco esperando que crees algo, oh pero qué extraño…no puedes…claro, esta línea temporal no la creaste tú…fue Fran. Tú que nos lees y escribes desde la comodidad de tu espacio geográfico favorito debemos decirte que ya no tienes el control sobre esta historia, todo dependerá de Fran de ahora en más… ¿Qué harás ahora Fran? “Ir a por ti…hacerte pagar” ¡JAJAJAJA! ¡ASÍ SE HABLA HERMANITO! ¡TE VAMOS A DEMOSTRAR LO EQUIVOCADO QUE ESTABAS SOBRE NUESTRA VIDA AQUÍ! ¡Y CUANDO LO HAYAMOS HECHO…TE MATAREMOS! ¡JAJAJAJA!. Ahora…Tendremos lo que tú nos impediste tener.

Brisa Lescano

Ausencia


Despierto y, como todos los días, lo primero que hago es hablarles a mis amigas para organizar una juntada y conversar sobre nuestro fin de semana, aunque estuvimos juntas.

- Guada: ¡no sabes quién me habló!

- Brisa: ¿Esteban? ¿O Román ?

- Guada: No boluda, esos ya fueron

- Brisa: Emm ¿Santiago?

- Guada: Siiiiii, qué alegría!

Un cuestionario para calmar la ansiedad. Más que mi amiga, Guada es mi hermana, es esa persona que no te puede ver mal, que siempre está intentando sacarte una sonrisa y no puede quedarse quieta, está todo el tiempo subiendo el ego a todo el mundo y es muy sociable.

Pasando los días, una chica, Katy, se agregó al grupo. Pero no duró mucho por no respetar nuestra condición de amigas: avisar cuando una se engancha con alguien. Fue una noche de joda, por así decirlo, cuando Jesús, el chico en cuestión, le pidió a Juliana que le ayudara a estar con Guada. Juli aceptó porque Katy había dicho que no le interesaba en lo absoluto Jesús. Sin embargo, luego de unos minutos Katy se da cuenta de algo y se pone a insultar a Juliana y a Guada. A una, por hacerlo, y a la otra, por ser la cómplice.

Brisa le aclaró las cosas como eran y ella se alejó sola, lo cual no cambió nada en nuestro grupo (nosotras teníamos una condición: cualquiera se podía ver con cualquiera, pero había personas intocables para cada una y había que aclararlo, para no tener mal entendidos). Brisa le devolvió el insulto a Katy defendiendo a sus dos amigas, que tiempo más tarde se siguiendo juntando con Katy después de que se alejara, lo cual a Brisa no le molestó en lo absoluto.Sin embargo, luego de unos meses Brisa nos cuenta de su separación. Esa misma noche, Guada se juntó con el ex de su amiga y subieron una foto. Como era de esperarse, entre el enojo y la impotencia la amistad se terminó, sí, por una foto.

Cinco meses después, Brisa vuelve con su ex y le cuestiona el saludo a esa examiga (en el fondo, siempre nos había causado cierta inseguridad).

La relación continúa de lo mejor y nos vamos a vivir juntos. Unos meses más tarde no entendería por qué, pero mi novio me está consolando por la muerte de una amiga, aquella a la que dejé de hablarle por una foto...


Antonella Ricordi

 Entre frío y sombra

 

Las noches de invierno en la casona suelen ser más frías de lo normal, después de haberlo descubierto a él disfrutando a gusto y agrado íntegramente su alma.

Aquella tarde, luego de tomarse unos mates y charlar con su amiga sobre la fiesta que se realizaría en la finca por la noche, Lara se relajó en su cama y comenzó a sumergirse en la profundidad del ensueño. Sintió el frío tocando su puerta, pero ella no respondió, dejó que su cuerpo se inundara de odio y desesperación. Apareció él, sumergido en deseo, naufragando por el frío y la sombra del vacío reencuentro.

Lara no comprende la situación, pero entiende que falta poco, sus horas están contadas.

-¡Lara despierta, ya son las 11 de la noche! ¿Qué vas a hacer, vas a venir? -pregunta la amiga.

-Sí, sí, ya voy -responde Lara. A medida que se despierta, siente un repentino escalofrío recorriendo su cuerpo, la noche se acerca, la fiesta también, la oscuridad deja de ocultarse, el viento choca los árboles, ya casi termina.

 

En el transcurso del sábado por la noche, Lara y su amiga llegan a la fiesta en la finca, era la primera vez que sus padres la dejaban salir y confiaban en que él iba a llegar y terminar lo pactado.

A eso de las 3:30 de la madrugada, suena el celular de Lara y su cuerpo se paraliza, ya casi es hora pero no imagina lo que le espera. Se dirige hacia la cocina de la finca, ya que es un lugar más tranquilo para responder.

-Hola, ¿Quién habla?

Al oír solo suspiros detrás del celular, cuelga y se dirige de nuevo a la fiesta, pero sorprendentemente ya no había nadie, era como si todos supieran lo que estaba pasando; irse era mejor opción que enfrentarlo.

Temerosamente y con angustia en su corazón, Lara se dirige afuera de la finca, asustada y sola. Él estaba cerca…

-No encuentro a nadie, la ruta está lejos para escapar -piensa Lara con desesperación.

Al mirar a lo lejos para vislumbrar cualquier estrategia posible que le permitiera evitar el tiempo restante, solo ve sombras, la noche había atrapado hasta la última estrella, el frío se había apoderado, solo piensa en correr, pero su cuerpo nuevamente se paraliza en el ferviente pudor de su mirada, reapareciendo el reencuentro vacío. Lo que un día fue, dejó de ser.

Aldana Grasso

Las miradas

Ya había pasado un año, pensé que nunca lo volvería a ver. Cayó de la nada, tan impredecible como siempre. Ese día, cuando entró a la panadería y volteé a verlo pude volver a sentir ese cosquilleo en todo mi cuerpo.

- ¡Hola Ana! Me dijo.

- ¡Hola León! Contesté. Nos miramos fijo por unos diez segundos sin emitir palabra alguna, y francamente no sé qué me gustaba más, si su manera de mirarme o su manera de agarrarme.

No éramos nada, pero cuando no estaba con él lo recordaba en silencio y cuando estábamos desnudos no me acordaba de nadie. No había guerra en mí que él no ganara, nunca había sentido tanta paz como cuando besaba mis labios y es que, sobre cualquier cosa, está la conexión; eso que rara vez se tiene con alguien, que te hace sentir como si una extraña energía recorriera tu cuerpo, liberara tu alma e hiciera explotar tus sensaciones con solo tocarte, eso era lo que siempre había encontrado en él. Me gustaba demasiado, podía ser yo sin que nadie me juzgara y solo se dedicara a disfrutarme.

Hacía doce meses que no veía a León, pero si de algo estaba segura era de que mi persona favorita era yo misma cuando estaba con él y que desde hacía mucho tiempo no me sentía así, tan viva, tan radiante.

Los cuerpos que se conocen de memoria jamás podrán olvidarse, podrán dejar de tocarse, pero nunca de pensarse, y es que algunos pecados no son tan malos cuando se cometen con la persona indicada. Nosotros éramos buenas personas pero lo peligroso eran nuestros pensamientos.


VERÓNICA ALVA

 VIRTUS

A todos nos desconcertó la historia que nos contó la abuela sobre la muerte de su única hermana, Adela, la curandera del pueblo. Cuando falleció, su cuerpo exhalaba un perfume exquisito, "olor de santidad", dijo la abuela.

Lo cierto es que todavía nadie conoce del asunto. La sepultaron inmediatamente. Prefirieron callar por tratarse de algo tan insólito y, sobre todo, para evitar que profanaran el cuerpo.

Me obsesionó la idea de comprobar si fue un hecho concreto, y no una alucinación de mi familia. Si fuera santa, quizá podría curar mi mal. Desde pequeña percibo olores que no existen, dicen que son alucinaciones olfatorias. Es terrible, a veces el sentido del olfato repercute en el del gusto y comer se vuelve desagradable.

Esperé una noche sin luna, una noche ideal para tan macabra operación. Cargué mi mochila con una linterna, un hacha y otras herramientas que pudieran servirme. No sería fácil.

Me dirigí al cementerio, trepé el paredón más alejado del pórtico principal y salté hacia el interior esperando que no me viera el sereno. No me preocupaba demasiado, dicen que cada noche bebe hasta emborracharse porque asegura escuchar lamentos que ya no soporta.

Una vez adentro, encendí la linterna, me costó franquearme paso entre las tumbas. Todo se veía siniestro; las cruces, las esculturas, los panteones colosales.

Encontré el panteón de la familia. El mármol estaba helado y los ojos del ángel de la puerta me observaban vacíos. Tenía llave, se la saqué a mi abuela. Cuando entré, sentí pavor, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Divisé el ataúd de Adela y acomodé la linterna. Comencé a dudar de lo que estaba a punto de hacer, pero la curiosidad fue mayor. Tomé coraje y empecé a dar hachazos cada vez más fuertes, hice palanca entre la tapa y el resto del ataúd hasta que logré abrirlo.

Una ola de suavísima fragancia empezó a inundar el lugar, olor a flores: rosas, jazmines, nardos. Allí estaba Adela.

Antes de darme cuenta, mi cara estaba a escasos centímetros de la suya; cuando me reconocí, retrocedí atónita. Me incorporé rápidamente y tartamudeé unas palabras imprecisas.

Nos quedamos un instante mirándonos. Sentí por fin el verdadero horror. Una de las dos es falsa.


MARÍA BELÉN GARRO

DOLOR DE CABEZA

Ya con solo sentir los pasos torpes y pesados desde el piso de arriba descender por la escalera, sé que esa noche no ha podido dormir absolutamente nada. A los pasos torpes le siguen unas ojeras como dos manchas en una pared blanca, tan marcadas que son imposibles de sacar. Y a las ojeras le sigue un despojo humano envuelto en una bata gruesa, un intento de ser vivo que desfila delante de mis ojos, ignorando por completo mi presencia.

Encojo mis hombros hasta tocar mis orejas, acercando la nariz aún más al vapor que despide la taza de café todavía muy caliente para tomar. El frío es insoportable, el diario del día anterior reposa bajo mi codo en la barra de la cocina, y sin embargo, aunque me había levantado con la idea de hojearlo antes de tirarlo a la basura y esperar la nueva edición, no era capaz de quitarle los ojos de encima a mi mujer, o a lo que yo pretendía que era mi mujer. A esa mujer, que ya por los pasos podía reconocer que otra vez no había logrado conciliar el sueño, y que seguramente en algún punto de la noche se habría despojado de mi abrazo en la cama para pasarse la madrugada en el estudio al final del pasillo.

Arriba se siguen escuchando ruidos secos, de inmediato me doy cuenta que no es solo ella la de los pasos pesados.

Un atropellado ruido de tazas y un vapor sutil de café cortan con mi afán de observarla fijamente y me hago el distraído cuando se sube a una banqueta de la mesada. Presiento que, por primera vez en el día, va a dirigirse hacia mí. Sale de sus labios secos un balbuceo ronco, tan bajito y desafinado que con mucho esfuerzo lo interpreto como un “Buenos días”.

–Buenos días –digo apenas y tomo un sorbo largo y ruidoso cuando considero que el café ya está listo para tomar. 

Las ojeras de ella se me clavan tanto en el corazón que decido bajar de mi lugar y rodear la mesada para poder darle, al fin, mi rutinario abrazo de buenos días. Hacía ya una semana que se había vuelto un hábito esperarla que baje a desayunar para darle un abrazo y simplemente dejar que en algún momento me dijera qué es lo que estuvo haciendo la noche anterior, que otra vez no pudo dormir. Su informe no se hace esperar. 

–Creo que al fin lo tengo –susurra sin gesticular y yo ya sé de memoria lo que sucede a continuación–. Se me ocurrió casi unas horas antes de que despertaras, pero creo que al fin pude encontrar algo.

–¿Algo cómo qué, Angélica?

No quiero soltarla y que vea mi cara de monotonía. Me estiro para alcanzar el diario y vuelvo a mi lugar, abriéndolo y fingiendo que lo leo.

–Algo que me sirva, al fin se me ocurrió una idea para poder escribir, te aseguro que esta vez no te va a molestar.


Y así sucedía día de por medio desde aquel fatídico suceso que mejor no recordarlo, porque bien sabemos yo y los neurólogos que esa sensación que dejó el olor a hospital y la ropa de bebé vacía, supone la raíz de los impulsos y la carencia mental de Angélica; un día aún más escarchado y gris que el de hoy, que se conserva nítido y fresco en la memoria de mi mujer y que la une para siempre con la escritura y las palabras, a fin de volver a encontrarse con su pequeño hijo en alguno de sus renglones.

Cuánto quisiera que esta historia terminara en un simple trauma, en unos meses de terapia y en un volver a intentarlo cuando nos sintiéramos listos. Porque al estrés y a sus simples noches de insomnio la acompañan los numerosos estragos que la “migraña del escritor” ha comenzado a causar. Dolores de cabeza tan desgarradores y destructivos que solo ella logra saciar con el ruidito persistente de las teclas de la computadora encendida toda la noche, un efecto que las pastillas no pueden igualar. Pasan los días (Dios sabrá cuántos días han pasado), y el afán de Angélica de encontrar la historia perfecta, una que logre acabar con los martillazos de su cabeza se ha vuelto cada vez más incontenible, de modo que no puedo tomarlo a la ligera. 


El día de hoy, como viene sucediendo, ella se deja abrazar y yo ruego que lo que sea que haya creado en la noche anterior no me ocupe tanto tiempo y, sobre todo, no quiera destruirnos. Esta vez me mira impaciente, como quien ha comprado un regalo y no puede aguantar a contarle a su destinatario lo que le tiene destinado. Espera mi reacción, diferente a la de ayer, y a mí ya se me han agotado las caras. 

No quiero preguntar nada, no mientras allá arriba sus renglones siguen caminando y golpeando cosas del estudio, del dormitorio o del baño (no sé por dónde se encuentra y tampoco quiero saberlo), y mientras debajo de la mesa del living yo escucho balbuceos y risas finitas, vaya a saber uno de quién son. 

Volteo mi cabeza hacia otro lado y veo cómo los bordes de las cortinas están estirados y hechos jirones, y las puntas del sillón donde me siento a trabajar se encuentran un poco mordisqueadas. Terminamos el desayuno en total silencio, quizás ella un poco dolida por mi desinterés, mientras yo finjo estar enfocado en el mapa mental de las cosas que debo hacer. Dejamos las tazas y cuando subimos hasta el cuarto, me avisa a que irá a bañarse. Yo voy a revisar el armario en busca de una camisa. Lo abro de par en par y noto que faltan algunas cosas, otras están volteadas, hechas un bollo o simplemente recortadas. Advierto que la ropa de bebé, que antes ocupaba su debido cajón, no está por allí ni por algún lado del armario. Paso la mano por los bordes de madera barata, la película de polvo que se despide al soplar la base confirma mis teorías: hace mucho tiempo que ha desaparecido de ahí y yo no he tenido el tino de darme cuenta. Sería muy raro que con la obsesión de Angélica, ella no se hubiese dado cuenta de que faltaban. Cierro el cajón, definitivamente si no me ha dicho nada, es porque ella las ha sacado de ahí y las tiene guardadas consigo en otro lado. 

La camisa que tenía en mente hace unos segundos desaparece de inmediato y en su lugar solo tengo la clara idea de devolver toda la ropa a donde corresponde. El pasillo hasta el estudio se me hace largo y propio de una de esas películas de terror donde el protagonista se acerca a su final acompañado por una música tétrica. Me detengo antes de entrar (¿es mi impresión o la puerta es mucho más alta?). Del otro lado escucho varios susurros, sé que saben que un intruso está por entrar y se arrastran hasta la ventana. Angélica no planea tardar mucho y yo necesito devolver toda esa ropa con la mayor discreción posible. La puerta se abre sola, dentro de la habitación me miran expectantes y preocupadas las poesías de mi mujer, largas hasta el techo y silenciosas como espectros. No me dicen nada, yo tampoco pienso dirigirles la palabra. 

Las ventanas del cuarto no deben haber sido abiertas desde hace bastante tiempo, a juzgar por el olor a encierro y humedad. El techo está atestado de esos bichos que no me quitan la mirada de encima y cada tanto simulan sumergirse, pasando por mi lado. Espero que mi esposa haya estado escribiendo esta vez textos pacíficos; se pone realmente complicado en sus días tristes. En la habitación hay hasta lo que uno no podría imaginarse, papeles impresos, encuadernados sin terminar, todas las tazas que faltan en la cocina, los platos de todas las cenas que prefería comer a solas, almohadones tirados en el piso, servilletas de papel usadas, libros arruinados. Qué desgracia para mí que la ropa no está sobre el simple escritorio ni sobre la estantería con libros. Ni siquiera un babero arrugado. Las poesías me rodean cortando el paso, supongo que ese es su lugar y no deben estar muy contentas de verme ahí. No tengo el tiempo para leerlas como suelo hacer habitualmente, cuando decido hacerlas desaparecer. La puerta se cierra sola cuando salgo, justo cuando escucho cerrarse la perilla de la ducha. Me da tiempo a volver a la habitación y disimular vagamente que estoy buscando la bendita camisa en mi armario. 

–¿No te vas a duchar? –saco la camisa y la veo preparando su ropa en la cama mientras me mira. 

La tranquilidad me invade y me despoja los hombros de todas las sombras de su estudio, de sus ojeras y su decadencia mental. Al otro lado de la cama ella se quita la toalla gruesa, se viste ignorando por completo mi mirada. Tiene la cara y el cuerpo desnudo, colorados por el vapor de la ducha, la panza de nuevo plana y vacía. Sus pelos alborotados aun mojados me dibujan una sonrisa sin darme cuenta y recuerdo por qué todavía no pude renunciar a ella. Angélica me mira para disimular, se pone las medias de lana, la pollera larga y el pullover mientras yo rodeo la habitación para ir a darle otro abrazo. Quizás tendría que haberle preguntado sobre qué estaba escribiendo y transmitirle un poco más que una cara de cansancio.

–¿Te vas a ir a duchar? –vuelve a preguntar entre mis brazos.

–Hace mucho frío, creo que lo voy a dejar para la noche. No me dijiste qué estuviste escribiendo. 

Quiero seguir escondiendo la cara en el cabello húmedo, pero me saca de mi trance deshaciendo mi abrazo. Yo, sorprendido, la miro y ella toma la toalla.

–¿Qué cosa? 

La observo sin soltarle los hombros. No entiendo si estamos hablando de lo mismo o si quedó otro tema pendiente en la cabeza del otro.

–Me dijiste que estuviste toda la noche escribiendo algo.

–Yo no te dije eso –mis ojos se abren como dos ventanas–. Te habrás confundido, dije que estuve toda la noche leyendo y al fin lo terminé, terminé el libro. 

Me deja allí solo y se va a colgar la toalla que había usado. Podía jurar que en el desayuno me había dicho que estuvo toda la noche escribiendo. Es más, puedo jurar que con los dolores de cabeza tan fuertes de Angélica, es imposible que pudiese leer algo por más de dos minutos.

Me saco las pantuflas y la ropa del pijama. No puede ser posible que con la atención que me esfuerzo en ponerle a Angélica, me hubiese confundido. Tampoco es coherente que mi mujer me evada o me mienta.


El día transcurre casi desapercibido y olvidable a mi parecer. Esa noche, las dudas simplemente me invaden. Otra vez me encuentro caminando con mi mujer por el pasillo de la clínica. Sus hombros tiemblan cada vez que llora y yo a duras penas puedo sostenerla con un brazo mientras nos dirigimos hacia el auto. Susurros inconfundibles se escuchan a nuestras espaldas, puedo adivinar por el inconfundible tono que se trata de aquellos que se esconden en el estudio de Angélica o debajo de las mesas, y que por la noche salen a dar vueltas por la casa, estirando las cortinas y destruyendo los bordes de mi sillón. Siento un vacío entre mis brazos, Angélica no se encuentra caminando conmigo. Ellos la rodean y la abrazan, le entregan baberos, bodys de colores, medias tejidas y chupetes que ella acepta sonriendo, agradecida y feliz. 

La puerta del estudio se cierra y un frío en la espalda me despierta. La oscuridad y el silencio del cuarto me abrazan mientras tanteo el otro lado de la cama. Como de costumbre, mi mujer no está durmiendo conmigo. Suspiro y vuelvo a acomodarme para seguir durmiendo. No es diferente a otra noche, yo suelo despertarme, noto que ella no está y a veces voy hasta la puerta del estudio a preguntar si necesita algo. Los primeros días se me hacía una rutina inquebrantable el despertarme a determinadas horas para poder vigilar el estado de mi esposa, pero con el tiempo y las sombras rondando por la casa entendí que era mejor hacerse el dormido. Y así pienso hacer en este momento.

Justo en el momento en que acomodo las mantas para volver a acostarme, un grito corta la casa entera. Mi cuerpo queda unido a la cama y me vuelvo más blanco que las sábanas. El corazón me da tantas patadas que presiento que ha entendido antes que yo la urgencia de salir corriendo. Sin embargo, no me muevo de mi lugar por el solo hecho de que estoy entendiendo todo. El llanto prolongado de un bebé, que le sigue al grito, me hace entender de golpe la ausencia de la ropa en el armario, la insistencia de las poesías por hacerme salir lo antes posible y el anonimato de lo que mi mujer estuvo escribiendo. 

El llanto de bebé se siente cada vez más cerca, mientras desfila por el pasillo hasta llegar al dormitorio. Yo comienzo a comprender, como un baldazo de hielos y piedras, que las migrañas de Angélica por fin han terminado.


SOFÍA BELTRAMO

CANTOS SECRETOS

Estaba llegando tarde, otra vez. Los viejitos se me iban a enojar. Eran las 7.55, entraba a las 8 y eran 20 cuadras a pie. Estaba jodida. Era mi último mes, así que me lo perdonarían.

Recuerdo que ese día llegaba una nueva señora al asilo, ellos estaban tan contentos, toda compañía es buena en esos lugares. Según me habían dicho, venía de La Falda. ¡Cómo me gusta La Falda! Más no me dijeron. No sé si es porque no podían decirme o porque no lo sabían. Desde que nos anunciaron que iba a venir, una sensación rara me invadió. Como soy un poco vergonzosa con las personas que no conozco, supuse que eran nervios.

Cuando llegué, ella ya estaba ahí, hablando con los demás, parecía un poco tímida. Me hizo acordar un poco a mí. De lejitos la escuché hablar. Su voz era tan dulce que enseguida pensé en lo lindo que sería escucharla cantar.

Al día siguiente llegué a tiempo al asilo. Entre presentaciones y guías por el lugar del día anterior, todavía no había podido conversar tranquilamente con Mora, la nueva viejita. Mora, Mora, qué hermoso nombre. No como el mío, Morgana.

Apenas despertó, la invité a desayunar. Era tan adicta al mate como yo. Así que preparé un buen mate amargo con unas galletitas y, entre mate y mate, empezamos a charlar. Teníamos muchas cosas en común. Además del mate amargo, el rock nacional (nuestra debilidad era Cerati) y la literatura, también nos gustaban las mismas películas. Fue raro y divertido encontrar a alguien tan parecida a mí. Ese día hablamos mucho. Recuerdo me contó que Mora no era su verdadero nombre, pero que el de ella no le gustaba, así que se quedó con Mora porque le gustaba cómo sonaba, que de niña se había caído del caballo en el campo de su papá, y que por eso ahora les tiene miedo a esos animales y que le gustaba mucho viajar, especialmente por Argentina.

En esas últimas semanas juntas se nos fue haciendo rutina desayunar con mates y galletitas hablando de todo un poco. En una de esas charlas le conté que no me quedaba mucho trabajando en el asilo. Cuando ella me preguntó el por qué, en su mirada sentí que ya sabía la respuesta. Le dije que me iba a vivir a La Falda, que había conseguido un trabajo allí y que siempre fue mi sueño vivir en esa ciudad. Ella me habló de cómo es la vida allá y me dio unos tips para que no pase lo que ella pasó. Escuché todo atentamente, tratando de memorizar cada detalle de lo que decía.

En mi último día en el asilo me organizaron una fiesta de despedida. Había mates y torta, muchas risas y algunas lágrimas. Tres años con ellos no es poca cosa. Cómo extraño a esos viejitos.

Antes de irme, todos se despidieron y dijeron palabras súper dulces y tiernas, no voy a negar que terminé hecha un mar de lágrimas. Pero Mora dijo algo que me quedó resonando en la cabeza:

- Tenés una voz preciosa, animate a cantar –me miró a los ojos y sentí como si me leyera el alma–. No terminemos en un asilo otra vez.

Al llegar a La Falda, todos empezaron a confundir mi nombre. Luego de un tiempo dejé de corregirlos y me quedé con ese porque, a pesar de todo, me gusta como suena.



VALENTINA BIAZZI

 ANUNCIOS IMPORTANTES

Abrí la librería a las 07:30 a.m como suelo hacerlo de lunes a viernes, maldije la cerradura de la antigua puerta de roble por lo mucho que cuesta abrirla. Mis manos ocupadas por el termo azul de café, mi libreta y mi bolsa de bizcochos para compartir con Bruna, no facilitaban el trabajo.

Bruna es la dueña de la librería más hermosa que conozco, nos conocimos hace tres años cuando entré a buscar el libro que me faltaba para completar mi colección de Harry Potter. Me contó sobre su esposo Antonio, un amante de la lectura, dueño de la librería, quien había fallecido hacía tan solo un mes. Ella, con 78 años, decidió continuar con el sueño de su esposo y llevar adelante la librería. Continuó diciéndome que se sentía perdida, que para ella sola era demasiado trabajo, por lo que me ofrecí a ayudarla sin ningún problema (vale aclarar que tener mi propia librería siempre fue mi sueño, trabajar allí sin dudas estaría cerca de cumplirlo). 

Adentro me esperaban siete cajas con el pedido que realicé la semana pasada para reponer el stock (el hecho de ordenar libro por libro en las estanterías me emociona demasiado). Pasé la mañana completa ordenando, limpiando estanterías y haciendo control de stock. Luego saqué de mi mochila mi almuerzo, y mientras comía advertí que Bruna no había llegado, pero al chequear nuestra pizarra de “Anuncios importantes” leí su nota en la que me avisaba que llegaría para el turno de la tarde. Hacíamos horario de corrido, desde las 08:00 hs. hasta las 19:00 hs. No era algo que me molestara, ya que amaba estar en la librería y me sentía como si estuviera en casa, pero al ser invierno y un día lluvioso, no había mucho movimiento de gente.

Decidí comenzar a leer uno de los libros nuevos que había acomodado en la estantería 28 esa mañana, para matar el tiempo. 

El título del libro me atrapó de inmediato: “Me esperas”. Comencé leyendo las primeras páginas y sin darme cuenta, luego de dos horas seguía sin poder sacarle los ojos de encima. 

Quedé profundamente enamorada de la historia, pero aún más del personaje principal cuyo nombre no se menciona en ningún momento. Se trataba de un joven alto y muy delgado, su cabello era castaño, sus ojos marrones, su cara pintada con alguna que otra peca acompañadas por una sonrisa hermosa; sus brazos tenían tatuajes muy delicados y era amante de la ciencia ficción, tanto como yo. Se sentía incomprendido y solo, tanto como yo. 

De repente el clima se puso furioso, el viento hacía que la lluvia chocara sólida contra los vidrios de la antigua puerta de roble, generando un corte de luz. Tuve que dejar mi lectura e ir por mi linterna al depósito, me costó encontrarla por la oscuridad, pero al hacerlo la dejé caer por el sonido de la campanilla de la puerta, eso significaba que alguien había ingresado. Estaba parado en la puerta junto a su paraguas verde, tal y como el libro lo describía.