TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


Mirtha Bustos

Cuando lloró mi marido

 

Aquel día a Gabriel se le dio por llorar, nunca le había visto ni una sola lágrima, décadas viviendo juntos y jamás le vi una lágrima, muchos menos llorar así, desconsoladamente, y perder el control.

Mantengo distancia, y con mucho cuidado le pregunto ¿Qué sucede? ¿Por qué estás así?

Si me quedaba duda alguna, no tardó en arrojarme a la cara lo que acababa de hacer. Se le ocurrió mirar mi teléfono y solo se detuvo cuando encontró lo que estaba buscando. Entonces dejó de llorar y me preparé para lo peor.

– Hija de puta – murmuró al cabo de un rato.

– Grandísima hija de la gran puta.

Lejos de conformarse con corroborar sus sospechas, Gabriel leyó cada conversación de WhatsApp, escuchó cada mensaje de voz, miró las fotos subidas de tono, dejando que la ira aumentara. Solo cuando estuvo al tanto de todos los detalles de mi infidelidad se dio el gusto de romper el teléfono contra la pared.

Hice, por supuesto descargas en mi defensa: lo de Franco no significó nada, yo sólo te he querido a vos. Intentaba buscar un contacto visual que me permitiera transmitirle a mi marido la sinceridad de mi arrepentimiento y que al mismo tiempo impidiera que acabara encontrando en mi cartera pruebas de otras infidelidades. Pareció, durante un breve instante, que había conseguido mi objetivo. Gabriel se calmó y se giró hacia mí, pero fue solo para clavar una mirada en un punto de la habitación y terminar con una palabra:

– Puta.

Fue una de las últimas veces que me dirigió la palabra, ya que a partir de ese momento mi esposo decidió ignorarme. Durmió en el sillón, no compartimos mesa, ni comida, ni charla, y si me lo cruzaba por el pasillo me esquivaba como si yo fuese una rata inmunda sin derecho a la vida.

Recuerdo que pensé que todo volvería a la normalidad con el tiempo, que un hecho como aquel no podía terminar un matrimonio de años. Y casi estaba por creerme mis propias mentiras cuando llegó a casa la familia de Gabriel, desde Monte Maíz, para mi crucifixión.

Nadie se impresionará si digo que tras los gravísimos insultos hacia mi persona y algunos “ya te lo dije” destinados a destruir el buen criterio de mi esposo, fui declarada culpable de adulterio y condenada a perpetua. Se sumaron a la sentencia amigos comunes, compañeros de trabajo y vecinos, y hasta mi propia familia. Todo mi mundo conocido fue derrumbado.

Decir que a mí todo aquello me parecía excesivo, es poco. Había cometido un error, no lo niego, pero que me hiciera merecedora de una lápida era demasiado. Me encerré en la habitación a fin de calmar con los insultos y evitar una paliza.

Allí me encontró Gabriel a la mañana siguiente, acurrucada como un bulto.

– Fuera de mi casa.

No tardó en sacar de nuestra vivienda cualquier huella que delatara mi paso y permanencia en la misma. Quemó nuestras fotos, rompió mis libros, mis discos y donó mi ropa a la parroquia. Y ya no volvió a llorar ante mi tumba.


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