Cuando lloró
mi marido
Aquel día a
Gabriel se le dio por llorar, nunca le había visto ni una sola lágrima, décadas
viviendo juntos y jamás le vi una lágrima, muchos menos llorar así,
desconsoladamente, y perder el control.
Mantengo
distancia, y con mucho cuidado le pregunto ¿Qué sucede? ¿Por qué estás así?
Si me quedaba
duda alguna, no tardó en arrojarme a la cara lo que acababa de hacer. Se le
ocurrió mirar mi teléfono y solo se detuvo cuando encontró lo que estaba
buscando. Entonces dejó de llorar y me preparé para lo peor.
– Hija de
puta – murmuró al cabo de un rato.
– Grandísima
hija de la gran puta.
Lejos de
conformarse con corroborar sus sospechas, Gabriel leyó cada conversación de
WhatsApp, escuchó cada mensaje de voz, miró las fotos subidas de tono, dejando
que la ira aumentara. Solo cuando estuvo al tanto de todos los detalles de mi
infidelidad se dio el gusto de romper el teléfono contra la pared.
Hice, por
supuesto descargas en mi defensa: lo de Franco no significó nada, yo sólo te he
querido a vos. Intentaba buscar un contacto visual que me permitiera
transmitirle a mi marido la sinceridad de mi arrepentimiento y que al mismo
tiempo impidiera que acabara encontrando en mi cartera pruebas de otras
infidelidades. Pareció, durante un breve instante, que había conseguido mi
objetivo. Gabriel se calmó y se giró hacia mí, pero fue solo para clavar una
mirada en un punto de la habitación y terminar con una palabra:
– Puta.
Fue una de
las últimas veces que me dirigió la palabra, ya que a partir de ese momento mi
esposo decidió ignorarme. Durmió en el sillón, no compartimos mesa, ni comida,
ni charla, y si me lo cruzaba por el pasillo me esquivaba como si yo fuese una
rata inmunda sin derecho a la vida.
Recuerdo que
pensé que todo volvería a la normalidad con el tiempo, que un hecho como aquel
no podía terminar un matrimonio de años. Y casi estaba por creerme mis propias
mentiras cuando llegó a casa la familia de Gabriel, desde Monte Maíz, para mi
crucifixión.
Nadie se
impresionará si digo que tras los gravísimos insultos hacia mi persona y
algunos “ya te lo dije” destinados a destruir el buen criterio de mi esposo,
fui declarada culpable de adulterio y condenada a perpetua. Se sumaron a la
sentencia amigos comunes, compañeros de trabajo y vecinos, y hasta mi propia
familia. Todo mi mundo conocido fue derrumbado.
Decir que a
mí todo aquello me parecía excesivo, es poco. Había cometido un error, no lo
niego, pero que me hiciera merecedora de una lápida era demasiado. Me encerré
en la habitación a fin de calmar con los insultos y evitar una paliza.
Allí me
encontró Gabriel a la mañana siguiente, acurrucada como un bulto.
– Fuera de mi casa.
No tardó en sacar de nuestra vivienda cualquier huella que delatara mi paso y permanencia en la misma. Quemó nuestras fotos, rompió mis libros, mis discos y donó mi ropa a la parroquia. Y ya no volvió a llorar ante mi tumba.
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