Quién sabe qué fue
Boulevard San Martín
Es sábado 7:30 am y por más que quiera volver a mi
cama, es una tarea que se volvió imposible. Mi mamá decía que la mejor manera
de comenzar el día era bien temprano con una taza de café en la mano y
sonriéndole al mundo. La verdad es que no sé qué tomaba para pensar eso. La
taza de café, que luego de 15 minutos sobre la mesa ya se enfrió, me sigue
esperando, una de mis únicas compañeras desde hace mes y medio. Los pájaros se
asoman por la ventana por mera curiosidad, al igual que los rayos del sol, que
me dan los buenos días en la frente, pues, ese simple momento es el que me
recuerda que el día comenzó, ya que por desgracia mi cuerpo y mi propia mente
se han naturalizado en el no dormir y pasar de largo día tras día sin tener en
cuenta los horarios. Pienso, que logré mimetizarme con las rosas marchitas que
veo a través de la ventana.
Es media mañana cuando un estruendo logra que frene a
mitad de la escalera y mi rostro busque al responsable. En la casa no está. Me
aproximo a la puerta, saco un, dos, tres, seguros. Introduzco una llave y la
giro, cuando estoy por la segunda, freno. Antes, miro por el picaporte
preguntándome si es necesario salir, pero en ese instante, otro golpe, más
cerca, me sorprende. Vuelvo a cerrar todo. Sin detenerme corro hacia arriba,
paso por el primer pasillo, tratando de no chocar con el florero del suelo,
salto la semi reja que está en la puerta y me escondo debajo de la cama.
Algunos podrán mirar la escena y pensar en cómo un adulto de 37 años es
protagonista del tal show. La verdad, hasta él mismo se lo preguntaría.
Calculo que pasaron 20 minutos cuando me digné a
salir, y solo por el hecho de que las tostadas quemadas hacían demasiado humo
desde la tostadora. Sigilosamente bajo por las escaleras, con los pelos en
punta cierro las persianas. La angustia me oprime el pecho otra vez y las
náuseas se sienten en mi abdomen. La decepción y la vergüenza me dan ganas de
llorar. Pareciera que él me siente, que sabe cuando lo necesito, es ahí cuando
viene al rescate y se sienta a mi lado. Casi que lloramos en sintonía.
San Juan 462
Tengo un hábito, el de tomar 450ml de agua apenas me
levanto. Están contados milimétricamente cada día. Me ayuda a despertar mis
sentidos y ser más ágil, prestar más atención.
Dar un paseo por el barrio está segundo en la lista.
La señora regordeta de la vuelta de la esquina me recibe con un “buenos días''.
Como siempre, me ofrece algo para comer y no me puedo negar. Generalmente paso
muchas horas en su casa, muy linda por cierto. El estilo setentero es imposible
de confundir.
Poco después se despierta su marido. Ni me mira, es
màs, no saluda a nadie. De manera sistemática y muy grosera se sienta en la
mesa del comedor y espera a que su mujer le sirva el desayuno. Siempre espero a
que vuelva, pero esta vez decidí irme.
Apenas piso el pavimento de la vereda veo a los lejos
el característico rojo intenso del pelo de aquella chica que siempre está
llorando. ¿Esta vez por qué será? Detrás la sigue su novio, gritando de tal
forma que los niños del parque se dan vuelta para ver que pasa y sus madres
tratan de restarle importancia.
Pasaron meses de aquel suceso, el que presencié en mi
propia casa. La bronca y el dolor nunca se fueron. Lo peor es que ni siquiera
tuvo la valentía de decirme una palabra, solo hacerme el gesto de silencio y
largar una risa soberbia. Nunca lo quise.
A esta altura de la mañana vuelvo a casa para ver que
todo siga en orden.
San Juan 450
Ese sábado Julieta vivía un dejavu tal como lo venía
haciendo desde hace meses.
Se levantó a las 6:35 en punto, ni un minuto más, ni
un minuto menos. Como siempre, preparaba el mate, compraba unos bizcochos,
ponía el noticiero en la tele y se sentaba a esperar. Joaquín debía llegar a
las 7:00, otros días lo hacía a las 9:00, últimamente a las 11:00, pero Julieta
no perdía las esperanzas de que pudieran desayunar juntos antes de que
ingresara al trabajo.
El reloj marcaba las 8:35 cuando la puerta del garaje
y el motor del corsa gris anunciaban la llegada de Joaquín. Julieta, quién ya llevaba
el ambo puesto y estaba a punto de salir, se levanta de un salto esperando
ansiosa por un abrazo de su novio. La puerta se abre y ella sigue con una
sonrisa de oreja a oreja que no se borra por más que la cara de Joaquín no
derroche alegría.
¿Cómo estás, amor? ¿Hay algo para comer? Si, unos
bizcochos…¿Todo bien? Pásame el jugo.
Era de esperarse que 10 minutos después los gritos de
pelea se hicieran notar. A los 15 ambos se levantaron de la mesa, a los 20 voló
una botella hacia el televisor. Julieta pedía explicaciones, Joaquín esquivaba
las interrogantes. Julieta lloraba de la angustia, Joaquín enloquecía. Ella no
aguantó más y salió por la primer puerta que encontró, topándose con el gato
del vecino, lo miró con amor y rogó que nunca aprendiera a hablar. Encaminó
hacia el auto, Joaquín la seguía de cerca, tan así que la estampó contra el
vidrio del vehículo. Ambos suben y emprenden su camino a quién sabe dónde, para
hacer quién sabe qué.
Había ojos contemplando la escena, pocos, pero ahí
estaban.
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