El
viaje final
Viernes 3am, viajamos cubiertos por una densa lluvia,
sí, de esas lluvias que más bien son un torrencial. Nuestro colectivo se dirige
a Brasil, ¿quién no se merece unas vacaciones?
Voy en compañía de mi gran familia. ¡Ay! mi amada
familia, mi niño Santiago de 6 años con esos ojos azules que le iluminan la
cara, ese azul como el océano y ¿su pelo?, su pelo deslumbrante de color rubio,
junto a mi amada esposa Beatriz de 33 años, ama de casa y yo me presento: Pablo
de 36 años, de profesión policía. La lluvia sigue como si fuera el fin del
mundo, los pasajeros se empiezan a desesperar, entran en pánico ya que el
conductor no logra ver, por ende no logra controlar el colectivo, se escuchan
rayos y fuertes truenos, la noche se vistió de negro.
Los pasajeros de atrás son Silvia, mi vecina, y su
hijo Manuel, un niño tan rubio y de ojos azules como mi hijo Santi, en el
vecindario comentan que parecen mellizos. Manuel empieza a llorar
desesperadamente y no logran calmarlo.
Cada vez más fuerte sopla el viento, siento cómo el
colectivo va de un lado para el otro, ¡es el fin! pienso, todo el bus en
pánico, las carreteras se inundan de grandes charcos de agua realmente parece
el fin del mundo.
Saco mi arma de dentro de mi mochila, los pasajeros se
empiezan a alborotar, corren de un lado a otro, el pánico y la adrenalina se
pueden sentir. Santiago abraza a Manuel para consolarlo. Pienso y pienso y mi
cabeza va a mil por horas, prefiero morir por un disparo a morir en un
accidente tan fatal. Entre gritos y desesperación, sí, lo que creen, le disparo
primero a mi esposa Beatriz y luego al niño, justo cuando el arma está en mi
cabeza el colectivo se voltea.
Amanezco en un hospital, me encuentro bien dentro de todo, cuando de repente miro a mí alrededor y veo al doctor y a su izquierda un niño rubio de ojos azules.
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