Las miradas
Ya había pasado un año, pensé que nunca lo volvería a ver. Cayó de la nada, tan impredecible como siempre. Ese día, cuando entró a la panadería y volteé a verlo pude volver a sentir ese cosquilleo en todo mi cuerpo.
- ¡Hola Ana! Me dijo.
- ¡Hola León! Contesté. Nos miramos fijo por unos diez segundos sin emitir palabra alguna, y francamente no sé qué me gustaba más, si su manera de mirarme o su manera de agarrarme.
No éramos nada, pero cuando no estaba con él lo recordaba en silencio y cuando estábamos desnudos no me acordaba de nadie. No había guerra en mí que él no ganara, nunca había sentido tanta paz como cuando besaba mis labios y es que, sobre cualquier cosa, está la conexión; eso que rara vez se tiene con alguien, que te hace sentir como si una extraña energía recorriera tu cuerpo, liberara tu alma e hiciera explotar tus sensaciones con solo tocarte, eso era lo que siempre había encontrado en él. Me gustaba demasiado, podía ser yo sin que nadie me juzgara y solo se dedicara a disfrutarme.
Hacía doce meses que no veía a León, pero si de algo estaba segura era de que mi persona favorita era yo misma cuando estaba con él y que desde hacía mucho tiempo no me sentía así, tan viva, tan radiante.
Los cuerpos que se conocen de memoria jamás podrán olvidarse, podrán dejar de tocarse, pero nunca de pensarse, y es que algunos pecados no son tan malos cuando se cometen con la persona indicada. Nosotros éramos buenas personas pero lo peligroso eran nuestros pensamientos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario