Dos
Desde su jubilación en abril del 2018, Ilda iba todos
los sábados por la mañana a tomar un café y leer el diario en algún bar o
cafetería, su preferido era El palacio del café. Generalmente lo hacía sola,
había quedado viuda dos años antes de jubilarse y sus dos hijos vivían en el
extranjero, por lo que no viajaban al país muy seguido. Sus amigas, en tanto,
estaban ocupadas con los nietos y familiares. Eventualmente, Elena, su mejor
amiga, la acompañaba para poder charlar un rato.
Cuando al fin llegaba ese día de la semana se
levantaba temprano, tomaba una larga ducha y, luego, comenzaba a vestirse
mientras escuchaba alguna playlist de románticos en Spotify. Antes de salir
chequeaba cómo se veía en el espejo del recibidor, tomaba las llaves y
emprendía su camino al destino del día.
Un fin de semana no se sintió demasiado bien; el calor
era excesivo aquel sábado, por lo que decidió llamar a Elena, con quien había
quedado la semana anterior, para cancelar la salida. Se quedó recostada viendo
televisión, pero el cansancio la venció y se durmió profundamente. Cuando
despertó miró el reloj frente a la cama y vio que daba las dos de la tarde.
Creyó sentir que alguien golpeaba la puerta principal.
Se levantó apurada, puesto que no esperaba visitas. Recorrió el largo pasillo
que atravesaba la casa, abrió la puerta y no encontró a nadie, tal vez había
demorado demasiado y se habían ido. Se arrimó a la reja que daba a la vereda,
miró a un lado y a otro, nadie pasaba. El único auto estacionado en la cuadra
era de un par de vecinos antipáticos que jamás hablaban con nadie, seguro ellos
no habían tocado.
Se decidió a entrar pero algo llamó su atención. En
uno de los arbustos que estaba en un macetón al lado de la puerta vio un
papelito, un recorte de revista asomaba entre las hojas. Lo tomó. Ya adentro,
mientras esperaba que se calentara el agua de la pava para preparar un té, se
sentó en la mesita redonda de la cocina y revisó el recorte. De un lado, una
parte de la propaganda de alguna crema; del otro, el número dos.
Pasó la semana, se sintió mucho mejor y llegó el
sábado nuevamente. Al levantarse, Ilda sintió una extraña sensación que la
atravesaba, una especie de escalofrío recorrió su cuerpo. Ya me estoy poniendo
vieja, pensó y entró a ducharse. Ejecutó la misma rutina que sabía de memoria.
Caminó hacia El palacio del café, había hablado con Elena pero ese fin de
semana no podía acompañarla, tenía un compromiso familiar. Cuando llegó, el
mozo la guió a una mesa. Estaba distraída, pensando en esta rutina que la
comenzaba a aburrir cuando notó que, desde la vereda del frente, alguien la
observaba. Se puso los lentes para ver quién era pero era tarde, allí ya no
había nadie. En el camino de regreso a su casa creyó escuchar pasos tras ella,
sin embargo, cuando se daba vuelta la vereda estaba vacía.
Ilda estuvo intranquila toda la semana, no sabía qué
estaba pasando. Tampoco estaba segura de querer que llegara el siguiente
sábado. Cada día trató de hacer las tareas del hogar y sus actividades en el
centro de jubilados lo más lento que pudo, tratando de extender al máximo el
tiempo. Pero inexorablemente, en un abrir y cerrar de ojos llegó el día.
Decidió que esa mañana no iría a ningún lado. El
viernes había hecho las compras en el supermercado para evitar salir. Se quedó
en casa y por precaución no repitió la rutina. Luego de almorzar pensó en
acostarse, había sido una semana agotadora.
Estando en la cama se acordó de Elena. Qué raro que no
contestó nada, seguro está cuidando a los nietos, se dijo para consolarse. Miró
la hora en el reloj, predispuesta a dormir, y vio como en ese momento exacto
daban las dos de la tarde. De pronto cayó en un sueño profundo y pesado. Le
pareció que alguien golpeaba la puerta, otra vez la misma situación. Algo la
hizo levantarse y salir a ver qué pasaba, recorrió nuevamente el largo pasillo
y no había nadie en la entrada de la casa, se acercó hasta la reja que daba a
la vereda y miró hacia un lado y el otro.
A lo lejos Ilda caminaba junto a Elena rumbo al café.
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