TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


Lourdes Soria

Dos

 

Desde su jubilación en abril del 2018, Ilda iba todos los sábados por la mañana a tomar un café y leer el diario en algún bar o cafetería, su preferido era El palacio del café. Generalmente lo hacía sola, había quedado viuda dos años antes de jubilarse y sus dos hijos vivían en el extranjero, por lo que no viajaban al país muy seguido. Sus amigas, en tanto, estaban ocupadas con los nietos y familiares. Eventualmente, Elena, su mejor amiga, la acompañaba para poder charlar un rato.

Cuando al fin llegaba ese día de la semana se levantaba temprano, tomaba una larga ducha y, luego, comenzaba a vestirse mientras escuchaba alguna playlist de románticos en Spotify. Antes de salir chequeaba cómo se veía en el espejo del recibidor, tomaba las llaves y emprendía su camino al destino del día.

Un fin de semana no se sintió demasiado bien; el calor era excesivo aquel sábado, por lo que decidió llamar a Elena, con quien había quedado la semana anterior, para cancelar la salida. Se quedó recostada viendo televisión, pero el cansancio la venció y se durmió profundamente. Cuando despertó miró el reloj frente a la cama y vio que daba las dos de la tarde.

Creyó sentir que alguien golpeaba la puerta principal. Se levantó apurada, puesto que no esperaba visitas. Recorrió el largo pasillo que atravesaba la casa, abrió la puerta y no encontró a nadie, tal vez había demorado demasiado y se habían ido. Se arrimó a la reja que daba a la vereda, miró a un lado y a otro, nadie pasaba. El único auto estacionado en la cuadra era de un par de vecinos antipáticos que jamás hablaban con nadie, seguro ellos no habían tocado.

Se decidió a entrar pero algo llamó su atención. En uno de los arbustos que estaba en un macetón al lado de la puerta vio un papelito, un recorte de revista asomaba entre las hojas. Lo tomó. Ya adentro, mientras esperaba que se calentara el agua de la pava para preparar un té, se sentó en la mesita redonda de la cocina y revisó el recorte. De un lado, una parte de la propaganda de alguna crema; del otro, el número dos.

Pasó la semana, se sintió mucho mejor y llegó el sábado nuevamente. Al levantarse, Ilda sintió una extraña sensación que la atravesaba, una especie de escalofrío recorrió su cuerpo. Ya me estoy poniendo vieja, pensó y entró a ducharse. Ejecutó la misma rutina que sabía de memoria. Caminó hacia El palacio del café, había hablado con Elena pero ese fin de semana no podía acompañarla, tenía un compromiso familiar. Cuando llegó, el mozo la guió a una mesa. Estaba distraída, pensando en esta rutina que la comenzaba a aburrir cuando notó que, desde la vereda del frente, alguien la observaba. Se puso los lentes para ver quién era pero era tarde, allí ya no había nadie. En el camino de regreso a su casa creyó escuchar pasos tras ella, sin embargo, cuando se daba vuelta la vereda estaba vacía.

Ilda estuvo intranquila toda la semana, no sabía qué estaba pasando. Tampoco estaba segura de querer que llegara el siguiente sábado. Cada día trató de hacer las tareas del hogar y sus actividades en el centro de jubilados lo más lento que pudo, tratando de extender al máximo el tiempo. Pero inexorablemente, en un abrir y cerrar de ojos llegó el día.

Decidió que esa mañana no iría a ningún lado. El viernes había hecho las compras en el supermercado para evitar salir. Se quedó en casa y por precaución no repitió la rutina. Luego de almorzar pensó en acostarse, había sido una semana agotadora.

Estando en la cama se acordó de Elena. Qué raro que no contestó nada, seguro está cuidando a los nietos, se dijo para consolarse. Miró la hora en el reloj, predispuesta a dormir, y vio como en ese momento exacto daban las dos de la tarde. De pronto cayó en un sueño profundo y pesado. Le pareció que alguien golpeaba la puerta, otra vez la misma situación. Algo la hizo levantarse y salir a ver qué pasaba, recorrió nuevamente el largo pasillo y no había nadie en la entrada de la casa, se acercó hasta la reja que daba a la vereda y miró hacia un lado y el otro.

A lo lejos Ilda caminaba junto a Elena rumbo al café.

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