Solo un reflejo de mi existencia
Siempre a la
misma hora, como de costumbre, Mariana solía pararse a mirar por la ventana.
Día a día repetía este ritual, siempre a eso de las seis de la mañana, y al
atardecer. Era de esas personas que tienen pocos amigos y a las que los demás
suelen llamar “raras”. Mariana sabía lo que pensaban de ella, y eso le daba un
cierto misterio que no le desagradaba. Sabía que era cuestión de tiempo
encontrar a alguien que se quedara con ella para siempre, solo eso le daba
energía para seguir viviendo.
Hacía varios
años, Mariana lo había perdido todo. Estaba sola en el mundo. Su familia ya no
se encontraba con ella. A pesar de todo, había aprendido a salir adelante sola.
Con 30 años, había logrado tener su propia casa.
Era habitual
para ella vestirse con ropa grande, de esos vestidos antiguos que dan el
aspecto a viejo y descuidado, y que llaman la atención. Tal vez por eso Estela,
que vivía al lado de su casa, siempre la observaba salir, entrar, hacer
diferentes cosas. Tanto, que se había vuelto una especie de vicio seguir desde
allí sus pasos. Mariana, con su piel de tez particularmente blanca, sus ojos
negro azabache, su pelo negro extremadamente lacio que era como una tela de
seda sobre su cabeza, peinada por el viento, que cubría su cara por la mitad.
Era, para cualquier ser humano, algo digno de observar con detenimiento.
En varios
momentos de conciencia plena solía preguntarse quién era ella, por qué se
encontraba atrapada, haciendo lo mismo una y otra vez, como si fuera solo un
rincón en el mundo cuya existencia había sido olvidada. Mariana estaba ahí, en
ese hueco solitario y vacío, haciendo lo mismo una y otra vez hasta el
cansancio.
En uno de
esos días habituales de observar por la ventana de su casa el atardecer,
recordó aquel día en el campo, en la casa de su abuela Marta, cuando su mamá
todavía vivía, a la niña de vestido blanco con la que solía jugar. Aquel
verano, se había pasado todo diciembre y todo enero jugando con la niña del
vestido.
Pero fue
también en esa ocasión, a sus diez años, que las cosas no volvieron a ser
iguales. En ese día exacto había nacido la sensación de no estar más sola, de
llevar a cuestas a alguien más, alguien que solo la quería para ella de una
manera tan posesiva que tener amigos se había vuelto un imposible. Lo
desquiciado era preguntarse quién era, por qué seguía sintiendo esa presencia,
qué quería de ella. Había algo en las posibles respuestas que sospechaba, que
no sería fácil de aceptar para ninguna persona cuerda y con los pies en la
tierra.
“Solo soy un
reflejo de lo que debería ser”, esa idea cruzaba insistente por su mente.
Por su parte,
Estela, como un vicio difícil de quitar, intentaba entender, pero no lograba
hacerlo, el misterio detrás de Mariana. Le intrigaba saber más sobre su vida,
el por qué de sus rarezas y sobre todo por qué siempre estaba sola. Nunca nadie
venía a visitarla, ni si quiera a venderle pan. Era una curiosidad tan grande
que le carcomía los huesos, tanto que parecía ser seducida y atraída
constantemente por la ventana en dirección a la casa de Mariana. A veces
pensaba en la famosa frase “la curiosidad mató al gato”.
Finalmente,
un día se preguntó a sí misma por qué no, por qué no intentar entablar una
conversación con su vecina. Tomó fuerzas, salió de su casa, se dirigió al
portón, y ahí estaba Mariana, en la ventana como siempre. Pero, mientras más se
acercaba a la puerta, más se daba cuenta de lo que era, aunque ya era tarde
para volver atrás. Cuando la tuvo al alcance de la mano y amagó un intento de
pregunta, fue solo un eco el que se escuchó por respuesta, aquel eco aterrador,
suave y tembloroso que repetía sin cesar: “te quedarás a nuestro lado, te
quedarás aquí para siempre”.
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