Flores Amarillas
Andrea es
una mujer llena de clichés, pero son esos clichés que veo tan simples y a la
vez exagerados los que la transforman en un ser único, en su más bella
inmensidad. Es, en proporciones bíblicas, una máquina imparable de sueños
salvajes, sinceros, tiernos. Ella vuela, como los canarios de sus pinturas, y
no sólo lo imagina. Ella vuela y te invita a conocer el cielo en profundidad.
Ella te hace ver las nubes en sintonía con el sol o te muestra que los días
nublados deben apreciarse.
Es una
eterna creadora de historias y filosofías que ama retratar en sus obras. Ante
mí, una vez, puso un dibujo pintado en acuarela, con tres caballos alados que
impartían belleza y respeto por sí mismos, haciendo que sus colores pasteles
perdieran cualquier vulnerabilidad posible. Y yo, simple humano atraído por su
terrible imaginación, me dejé en aquel momento llevar por mi fascinación. Ella
me explicaba hasta el hartazgo que en la filosofía japonesa los caballos
representan lo carnal, lo humano, y una vez que dejas atrás esos caballos,
estás en lugares de la mente que nadie conoce. Sabía, por el tono de voz, que
estaba haciéndome una de sus muchas bromas una vez más. Le encantaba jugar
conmigo y con mi falta particular de imaginación, pues al ver mi cara de
sorpresa frente a sus historias desbordaba la risa en su rostro. Eran esos y otros
momentos así donde podía sentir
con más certeza que me había vuelto loco por ella, por su infinita claridad. Andrea posee esa luz que
violentamente llena el pecho de calor, que impulsa a querer vivir y vivir otra
vez.
Me daba miedo, entonces, proponerle que se casara conmigo. No
quería que sintiera que frente a tal
propuesta pudiese yo cortarle sus alas inmensas de libre andar, que es lo que
me hace amarla de la forma en la que lo siento.
Pero no, estaba equivocado. Mis
temores frente a la propuesta de matrimonio se disiparon cuando su
respuesta fue un rotundo sí. Y hoy, más allá del miedo, tengo un moño en el cuello,
un smoking elegante y unos zapatos algo apretados. Ha llegado el día donde
todos me saludan, me felicitan, me regocijan con sus “buenos deseos”; donde
nadie ve el temor de un novio que espera, espera el momento.
Pude verme, ahí, esperándola, en un altar lleno de
flores silvestres que me dan algo de alergia, frente a un hermoso paisaje de
campo que se volvería más cálido con su presencia que aún se ruega entre los
invitados.
Hay tanta
gente, tantas caras raras que comienzan a mezclarse y pocos son mis intentos de
descifrar mis recuerdos sobre estos rostros. Rostros incomprendidos, con un
severo dejo de felicidad y nostalgia. Rostros difuminados, cuidadosamente
tallados, con facciones reales, con miradas penetrantes de color intenso, tan
finamente dibujadas que demuestran un juicio,
una culpa, una tristeza en un azul claro. Me veo algo nervioso, tiembla el
color negro de mi smoking, como hecho a propósito por un dedo meñique que, de
manera improlija y despreocupada, aparece dejando un leve rastro de sombra
verde oscuro.
Ahora un
color pastel inunda el cielo. Hay una nube extraña que aparece, que tiene una
forma familiar. Veo un cura, con una Biblia en sus manos, y con un rosario
rojo, quizás un caoba, que me espanta por su relieve. Da comienzo a su sermón,
el pecho se infla y la despreocupación se nota en mi cara.
Todo se
resume en un instante, el amor parece darse a
la espera una vez más. El terrible color del cielo, hecho con un celeste
turbio, aprisiona mi pecho, y me veo de nuevo en colores difuminados de un
gris, cargado de tensión.
Mi corazón
desborda de la impaciencia de verla llegar, con aquel vestido blanco y esas
flores amarillas que tanto le gustan.
Con un
trazo delicado, casi con una fina y estética tinta china, mi cabeza gira
rápidamente, siento el efecto sobre mí. Aparece, aquí, frente a mis ojos
corriendo con sus crines al viento, un ejército de caballos, espléndidos y
espectaculares caballos. Desborda el marrón de acuarela
casi, cuando irrumpen estrepitosamente en todo el lugar. El polvo parece llegar a mis ojos
violentamente. Todo se inquieta, la gente vuelve a verme con sus ojos negros,
desafiantes, como expectantes. Y veo los
caballos una vez más, corriendo ciegos frente a mí, con sus colores brillantes,
potentes, feroces. Inmóvil aparezco, y
me veo tirado en el suelo, me siento debajo de las flores que se tiñen,
por obra de Dios, de un violeta azulado. Me veo solo, solo me siento, como una
explosión final, veo caballos nuevamente, volando, sí, volando sobre mí.
Y no quise
ver más, no quise ver, pero vi. Vi a un niño desdibujado con ojos tristes
sujetando un par de flores amarillas. Sus ojos, sus bellos ojos, debían
apreciarse.
Y no quise
volver a ver, ni tampoco quise voltear al siguiente lienzo. Nunca había podido
encontrarme plasmado en las obras de Andrea, quizás todavía ni me he
descubierto. No sabía el por qué, no tenía por qué tampoco. Aquella secuencia
de mí espantosa espera, fue una especie de llanto quizás, de lo que sucedió o
de lo que pudo ser, que me dijo más que todo, o más que nada. Cerré los ojos
con fuerza más de una vez, pero estaban por todos lados, los caballos. Y lloré,
como un idiota.
Veo cómo
ahora pasa frente a mis ojos, montada sobre un caballo, con sus cabellos
castaños de tono pastel y todo un fondo de sepia. Y veo al niño con ojos
pintados en un color almendra, quizás con un destello de marrón acuarela
brillante. Este niño, aquel niño, sujeta ese ramo de flores amarillas, ahora,
marchitas. Y lo aprecio un instante, en silencio. Lo siento y lloro de nuevo,
como un idiota.
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