TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


Sofía Romero

Flores Amarillas
Andrea es una mujer llena de clichés, pero son esos clichés que veo tan simples y a la vez exagerados los que la transforman en un ser único, en su más bella inmensidad. Es, en proporciones bíblicas, una máquina imparable de sueños salvajes, sinceros, tiernos. Ella vuela, como los canarios de sus pinturas, y no sólo lo imagina. Ella vuela y te invita a conocer el cielo en profundidad. Ella te hace ver las nubes en sintonía con el sol o te muestra que los días nublados deben apreciarse.
Es una eterna creadora de historias y filosofías que ama retratar en sus obras. Ante mí, una vez, puso un dibujo pintado en acuarela, con tres caballos alados que impartían belleza y respeto por sí mismos, haciendo que sus colores pasteles perdieran cualquier vulnerabilidad posible. Y yo, simple humano atraído por su terrible imaginación, me dejé en aquel momento llevar por mi fascinación. Ella me explicaba hasta el hartazgo que en la filosofía japonesa los caballos representan lo carnal, lo humano, y una vez que dejas atrás esos caballos, estás en lugares de la mente que nadie conoce. Sabía, por el tono de voz, que estaba haciéndome una de sus muchas bromas una vez más. Le encantaba jugar conmigo y con mi falta particular de imaginación, pues al ver mi cara de sorpresa frente a sus historias desbordaba la risa en su rostro. Eran esos y otros  momentos así donde  podía sentir con más certeza que me  había vuelto loco por ella, por su infinita claridad. Andrea  posee esa luz que violentamente llena el pecho de calor, que impulsa a querer vivir y vivir otra vez.
Me daba miedo, entonces,  proponerle que se casara conmigo. No quería  que sintiera que frente a tal propuesta pudiese yo cortarle sus alas inmensas de libre andar, que es lo que me hace amarla de la forma en la que lo siento.
Pero no, estaba equivocado.  Mis  temores frente a la propuesta de matrimonio se disiparon cuando su respuesta fue un rotundo sí. Y hoy, más allá del miedo, tengo un moño en el cuello, un smoking elegante y unos zapatos algo apretados. Ha llegado el día donde todos me saludan,  me felicitan,  me regocijan con sus “buenos deseos”; donde nadie ve el temor de un novio que espera, espera el momento. 
Pude verme, ahí, esperándola, en un altar lleno de flores silvestres que me dan algo de alergia, frente a un hermoso paisaje de campo que se volvería más cálido con su presencia que aún se ruega entre los invitados.
Hay tanta gente, tantas caras raras que comienzan a mezclarse y pocos son mis intentos de descifrar mis recuerdos sobre estos rostros. Rostros incomprendidos, con un severo dejo de felicidad y nostalgia. Rostros difuminados, cuidadosamente tallados, con facciones reales, con miradas penetrantes de color intenso, tan finamente dibujadas que demuestran un juicio, una culpa, una tristeza en un azul claro. Me veo algo nervioso, tiembla el color negro de mi smoking, como hecho a propósito por un dedo meñique que, de manera improlija y despreocupada, aparece dejando un leve rastro de sombra verde oscuro.
Ahora un color pastel inunda el cielo. Hay una nube extraña que aparece, que tiene una forma familiar. Veo un cura, con una Biblia en sus manos, y con un rosario rojo, quizás un caoba, que me espanta por su relieve. Da comienzo a su sermón, el pecho se infla y la despreocupación se nota en mi cara.
Todo se resume en un instante, el amor parece darse a  la espera una vez más. El terrible color del cielo, hecho con un celeste turbio, aprisiona mi pecho, y me veo de nuevo en colores difuminados de un gris, cargado de tensión.
Mi corazón desborda de la impaciencia de verla llegar, con aquel vestido blanco y esas flores amarillas que tanto le gustan.
Con un trazo delicado, casi con una fina y estética tinta china, mi cabeza gira rápidamente, siento el efecto sobre mí. Aparece, aquí, frente a mis ojos corriendo con sus crines al viento, un ejército de caballos, espléndidos y espectaculares caballos. Desborda el marrón de acuarela casi, cuando irrumpen estrepitosamente en todo el lugar. El polvo parece llegar a mis ojos violentamente. Todo se inquieta, la gente vuelve a verme con sus ojos negros, desafiantes, como expectantes. Y veo los caballos una vez más, corriendo ciegos frente a mí, con sus colores brillantes, potentes, feroces. Inmóvil aparezco, y  me veo tirado en el suelo, me siento debajo de las flores que se tiñen, por obra de Dios, de un violeta azulado. Me veo solo, solo me siento, como una explosión final, veo caballos nuevamente, volando, sí, volando sobre mí.
Y no quise ver más, no quise ver, pero vi. Vi a un niño desdibujado con ojos tristes sujetando un par de flores amarillas. Sus ojos, sus bellos ojos, debían apreciarse.
Y no quise volver a ver, ni tampoco quise voltear al siguiente lienzo. Nunca había podido encontrarme plasmado en las obras de Andrea, quizás todavía ni me he descubierto. No sabía el por qué, no tenía por qué tampoco. Aquella secuencia de mí espantosa espera, fue una especie de llanto quizás, de lo que sucedió o de lo que pudo ser, que me dijo más que todo, o más que nada. Cerré los ojos con fuerza más de una vez, pero estaban por todos lados, los caballos. Y lloré, como un idiota.

Veo cómo ahora pasa frente a mis ojos, montada sobre un caballo, con sus cabellos castaños de tono pastel y todo un fondo de sepia. Y veo al niño con ojos pintados en un color almendra, quizás con un destello de marrón acuarela brillante. Este niño, aquel niño, sujeta ese ramo de flores amarillas, ahora, marchitas. Y lo aprecio un instante, en silencio. Lo siento y lloro de nuevo, como un idiota.

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