La niña.
Misterio en la casa Adams
Brenda,
era una mujer de 30 años, que vivía en un pueblo tranquilo, y estaba
acostumbrada a estar en familia y con amigos. Acababa de quedarse sin trabajo,
y mirando el diario local, encontró un aviso prometedor: los Adams, una de las
familias más adineradas del lugar, quienes estaban a punto de emprender un
viaje, necesitaban una niñera de tiempo completo para su hija de doce años, que
padecía una extraña enfermedad. La muchacha recordó que en el pueblo se corrían
rumores no muy buenos acerca de la mansión Adams (que se encontraba en las
afueras del pueblo), pero ella necesitaba el dinero, y no dudó en aceptar el
trabajo. Sabía que su familia no estaría contenta con su decisión, por lo que
no les comentó ningún detalle del empleo. Ellos eran humildes, pero su hogar
era cálido y acogedor. Esta mujer, era la menor de tres hermanos y a pesar de
su edad, era la protegida de mamá y papá. Sin embargo, ella quería
independizarse, y esa mañana del primer día de trabajo, se despidió
rápidamente, argumentando que volvería pronto y prometiendo a su acongojada
madre comunicarse con frecuencia.
Los Adams se hicieron cargo de la mudanza y
vivir en una casa llena de lujos y comodidades era lo que ella siempre había
soñado. Además, el trabajo no parecía ser muy cansador. Se trataba de alimentar
a la niña con las cuatro comidas diarias en los horarios asignados por sus
padres. A Brenda le llamó la atención la estricta advertencia que le hicieron
sus patrones acerca de no poder entrar a
la habitación, ni ver a la jovencita enferma. Si bien, a causa de la
enfermedad, debía permanecer en total aislamiento, la flamante niñera no
entendía cómo podían pagarle tan generoso sueldo por solo llevar y traer la
bandeja cuatro veces al día. Pero trató de no pensar en eso y disfrutar de su
estadía en aquel lugar.
Con el paso de los días,
Brenda comenzó a extrañar la vida pueblerina, y debido a que en las afueras de
la cuidad la señal era escasa, solo podía comunicarse con su mamá por teléfono
fijo. Las horas se hacían cada vez más largas entre una comida y otra, y
anhelaba las reuniones con sus amigos, adonde nunca faltaba una guitarra y las
risas estridentes. Ahora no podía más que entretenerse recorriendo el jardín o
mirando los atardeceres por los ventanales, mientras se preguntaba cómo sería
aquella niña a quien estaba alimentando, y su deseo de conocerla se agigantaba
un poquito más cada día, a cada hora…
Brenda caminaba varias
veces por el pasillo que dirigía hacia
la antesala de la habitación de la niña, a donde dejaba la bandeja con los
alimentos, que luego retiraba vacía, y en más de una ocasión, había acercado su
cabeza a la puerta, con la intención de escucharla, pero nunca se oía nada.
Entonces se quedaba un rato mirando la colección de muñecas que había en la
repisa de la antesala. No eran las típicas muñecas de juguete que había en los
escaparates del pueblo. Tampoco se parecían a las muñecas que recordaba de su
niñez. Estas tenían ojos negros sin
brillo, y sus expresiones eran de asombro y pánico.
Las muñecas parecían
mirarla, y sus rostros se le hacían familiares, por lo que muchas veces se
sentía intimidada.
Unas cuantas veces, cuando
la curiosidad se apoderaba de su cuerpo, Brenda se había quedado esperando,
después de dejar la bandeja, a que la niña saliera, para así poder verla, pero
eso nunca pasaba, y desandaba el pasillo con sensación de frustración.
Pero un día, la curiosidad
se hizo insoportable, y la mujer sintió la necesidad de abrir aquella puerta
que dividía su vida de la de aquella pequeña. Tocó el picaporte y descubrió que
la cerradura no tenía llave. Atravesó el umbral con una mezcla extraña de
sentimientos. Una nueva muñeca se sumó en la repisa, mientras que el pueblo se
empapeló de carteles que deseaban saber el paradero de Brenda.
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