TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


Carla Tivaldi

La niña. Misterio en la casa Adams
Brenda, era una mujer de 30 años, que vivía en un pueblo tranquilo, y estaba acostumbrada a estar en familia y con amigos. Acababa de quedarse sin trabajo, y mirando el diario local, encontró un aviso prometedor: los Adams, una de las familias más adineradas del lugar, quienes estaban a punto de emprender un viaje, necesitaban una niñera de tiempo completo para su hija de doce años, que padecía una extraña enfermedad. La muchacha recordó que en el pueblo se corrían rumores no muy buenos acerca de la mansión Adams (que se encontraba en las afueras del pueblo), pero ella necesitaba el dinero, y no dudó en aceptar el trabajo. Sabía que su familia no estaría contenta con su decisión, por lo que no les comentó ningún detalle del empleo. Ellos eran humildes, pero su hogar era cálido y acogedor. Esta mujer, era la menor de tres hermanos y a pesar de su edad, era la protegida de mamá y papá. Sin embargo, ella quería independizarse, y esa mañana del primer día de trabajo, se despidió rápidamente, argumentando que volvería pronto y prometiendo a su acongojada madre comunicarse con frecuencia.
 Los Adams se hicieron cargo de la mudanza y vivir en una casa llena de lujos y comodidades era lo que ella siempre había soñado. Además, el trabajo no parecía ser muy cansador. Se trataba de alimentar a la niña con las cuatro comidas diarias en los horarios asignados por sus padres. A Brenda le llamó la atención la estricta advertencia que le hicieron sus patrones acerca de  no poder entrar a la habitación, ni ver a la jovencita enferma. Si bien, a causa de la enfermedad, debía permanecer en total aislamiento, la flamante niñera no entendía cómo podían pagarle tan generoso sueldo por solo llevar y traer la bandeja cuatro veces al día. Pero trató de no pensar en eso y disfrutar de su estadía en aquel lugar.
Con el paso de los días, Brenda comenzó a extrañar la vida pueblerina, y debido a que en las afueras de la cuidad la señal era escasa, solo podía comunicarse con su mamá por teléfono fijo. Las horas se hacían cada vez más largas entre una comida y otra, y anhelaba las reuniones con sus amigos, adonde nunca faltaba una guitarra y las risas estridentes. Ahora no podía más que entretenerse recorriendo el jardín o mirando los atardeceres por los ventanales, mientras se preguntaba cómo sería aquella niña a quien estaba alimentando, y su deseo de conocerla se agigantaba un poquito más cada día, a cada hora…
Brenda caminaba varias veces por  el pasillo que dirigía hacia la antesala de la habitación de la niña, a donde dejaba la bandeja con los alimentos, que luego retiraba vacía, y en más de una ocasión, había acercado su cabeza a la puerta, con la intención de escucharla, pero nunca se oía nada. Entonces se quedaba un rato mirando la colección de muñecas que había en la repisa de la antesala. No eran las típicas muñecas de juguete que había en los escaparates del pueblo. Tampoco se parecían a las muñecas que recordaba de su niñez.  Estas tenían ojos negros sin brillo, y sus expresiones eran de asombro y pánico.
Las muñecas parecían mirarla, y sus rostros se le hacían familiares, por lo que muchas veces se sentía intimidada.
Unas cuantas veces, cuando la curiosidad se apoderaba de su cuerpo, Brenda se había quedado esperando, después de dejar la bandeja, a que la niña saliera, para así poder verla, pero eso nunca pasaba, y desandaba el pasillo con sensación de frustración.

Pero un día, la curiosidad se hizo insoportable, y la mujer sintió la necesidad de abrir aquella puerta que dividía su vida de la de aquella pequeña. Tocó el picaporte y descubrió que la cerradura no tenía llave. Atravesó el umbral con una mezcla extraña de sentimientos. Una nueva muñeca se sumó en la repisa, mientras que el pueblo se empapeló de carteles que deseaban saber el paradero de Brenda.

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