Entre la pluma y la pared
Domingo
19 de abril, día de la presentación de mi libro, el primero, el que refleja todos
mis nervios, el que tanto costó escribir. No sé el
titulo todavía, algún hecho me lo develará. Allí
reuní todos los cuentos que escribí en diecisiete años de vida. Mi adolescencia
fue básicamente eso, encierros de horas y horas en mi habitación, repleta de
libros, papeles, borradores, bocetos. Era el “chico raro”, no me preocupaba
mucho porque sentía que de esa rareza saldrían frutos.
Llego
al salón donde iba a presentarlo, mis dos hermanas mayores me acompañan, mis
padres y amigos ya están allí esperando mi llegada. Aunque no es lo mío,
intenté vestirme de acuerdo a la ocasión. Así que busqué en mi armario aquel
saco rojo con aroma añejo que había heredado de mi abuelo, al que yo llamo
“cábala”.
Es
en el auditorio de la ciudad, en la entrada hay una enorme pared blanca, donde se exponen las próximas muestras,
eventos; como también bellas pinturas de reconocidos artistas. Mi amigo José ha
ambientado el lugar con su hermoso violín. Mis nervios y mis ansias no me dejan
entrar, inconscientemente me detengo a observar el cuadro que más me llama la
atención para olvidarme de la presentación por un momento. Es la pintura
abstracta de un ruso llamado Kandinsky, tanto me metí en la
imagen que literalmente quedo atrapado. De repente estoy dentro de la pared,
encarcelado, sólo existe el borde de eso que se me ha figurado como una tapia,
sin ladrillos, por dentro puedo sentir la pared como si fuera de mi propia
entraña. Me falta el aire, siento que mis órganos van a estallar en esa
aterradora oscuridad. Golpeo con los
puños transpirados y grito por ayuda “¡Olivia! ¡Martina! ¡Sáquenme de acá! ¡No
puedo respirar!”, pero sólo consigo escuchar a una de mis hermanas en voz baja
y tranquila decir “¿Matías, estás bien?”.
En
un momento sentí despertar, sentí mis ojos abrirse y ver la luz tan blanca de
nuevo. Enfrente tengo el cuadro, estoy en el mismo lugar y mis hermanas una de
cada lado mirándome desconcertadamente. Olivia con un modo quejoso me dice:
“Matías ¡la gente te está esperando! Hace como diez minutos que estás mirando ese
cuadro.” Mientras me habla una gota de sudor cae por mi frente. No entendí
nada, sólo supe que fue el instante más largo de mi vida.
Tomo
aire. Voy hasta el auditorio, cada uno de mis pasos simbolizan veinte latidos
de mi corazón. Lo único que puede tranquilizarme es el sonido del violín que
proviene del auditorio. José ya estaba en el escenario, no tiene problemas con
eso, su presencia en el escenario es costumbre. Llego, mi amigo termina de
tocar y me presentan, el temblor de mis piernas no me dejan subir la escalera.
Saludo a mis invitados como puedo y enseguida tomo mi libro, elijo un cuento para
la ocasión. Lo escribí a los quince años en base a un sueño que había tenido mi
hermana Martina. Lo extraño es que se despertó asustada y con las manos
sudadas. Estaba en la cama de al lado levantándome y pude percibir su
pesadilla. Me lo contó con lágrimas en los ojos a punto de caer y ahí mismo fui
hasta la mesa, tomé mi cuaderno y comencé a escribir este cuento.
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