La Mudanza
Ya no
soportaba el dolor que me causaba ese departamento, la veía a Elena por todos
lados, se había vuelto un lugar oscuro y me estaba convirtiendo en un ser
oscuro a mí también. La mudanza es la mejor opción, la casa de la abuela
siempre me transmitió paz, siempre pude estar a gusto conmigo mismo allí, eso
es lo que necesito, olvidar todo. No quiero pensar en Elena, ni en autos, ni en
pastillas para el dolor cada 6 horas.
Al fin voy a
poder descansar, no duermo nada desde el accidente, ya no quiero pensar y este
lugar es especial para eso: ni siquiera hay rastros del mundo exterior, gracias
a las cortinas pesadas de la abuela que todavía conservan olor a lavanda. Eso
es lo que necesito ahora.
Toda la casa
tiene sabor a infancia, de mucho antes de conocer a Elena, no hay nada que me
recuerde a ella, ni a sus horarios para analgésicos, ni a la culpa. No quiero
recordarla, no estoy listo.
Todo acá es
perfecto. La casa está intacta: no hay manchas de humedad ni olor a encierro,
casi no hay polvo en los muebles, y las flores –que seguro puso Marta cuando
entró a alcanzarme el diario- me
recuerdan a las que la nona ponía en ese mismo jarrón.
Estoy
agotado, me duele la espalda, voy a tirarme una siesta corta en el sillón y
después veré si puedo arreglar la tele del nono, que aunque es de las viejas,
parece nueva.
-¡Que hambre
tengo!- Digo mientras me desperezo en el sofá después de la siesta- ya debe ser
la hora de tomar la leche. Me levanto con fiaca y camino despacio a la cocina,
donde arriba de la mesa me espera una leche chocolatada en la taza de siempre y
unas tostadas con dulce de leche. Me como la merienda y dejo la taza sobre la
mesada. Ahora toca tele: la prendo y veo un rato He-Man. Pero me aburro rápido,
siempre pasan lo mismo. La apago y agarro mi pelota para ir a hacer jueguito al
patio. Todavía es de día y hace calor de siesta. Escucho del otro lado de la
tapia ruidos de pileta y risas. Trepo al árbol para poder ver. Es Graciela con
las amigas, tomando sol y hablando de revistas. La única que tiene bikini es la
Graciela, es de esas de triángulo que se atan, con flores lilas y azules. Se
nota que es la más grande de las chicas.
El calor me
está haciendo doler la cabeza, además no quiero que me vean porque me voy a
meter en líos. Cuando me estoy bajando del árbol se rompe una rama y caigo de
rodillas al piso, me raspo todo. Estoy yendo a limpiarme, pero en el espejo
grande del pasillo me freno. Hay algo raro, me preocupa el reflejo. Hay algo
que no está bien. Yo me río y él se queda serio, inexpresivo, como si me
hubieran chupado las ganas de todo. Esto me hace enojar. ¿Por qué si yo me río
él no? Se supone que yo mando.
Sigo mi
camino al baño, me limpio las rodillas y me lavo la cara. Siento que la barba
ya creció bastante, no sé si hace cuatro y cinco días me afeité. ¿Qué día es
hoy? Paso otra vez por el pasillo y me detengo frente al espejo. Ya no parece
tan grande, ahora me tengo que agachar un poco para que no me corte un pedazo
de frente. Mi reflejo sigue extraño, ¿De qué se ríe, se está burlando? Yo no me
río hace semanas, ni siquiera sonrío, no puedo hacerlo porque no tengo motivos.
-¡Basta!-
grité
-¡Basta vos!-me
contesté enojado- si sos vos el que engaña
-Yo no engaño
a nadie
-La engañaste
a Elena, por eso chocó. Vos la pusiste loca.
-¡Cortala
pendejo! Siempre le fui fiel, ella no entendió.
-¡Vos no
entendés! Ya te perdiste, hablas de fidelidad y te sos tan infiel a vos mismo
que ni sabés quién sos.
-Yo sé quién
soy. Lo que no se es cuándo.
Me duele la
cabeza y estoy confundido. Como una resaca después de cien tequilas. Tengo hambre, siento la barba tupida y un olor a suciedad
nauseabundo. Voy a darme una ducha. El espejo del botiquín me devuelve, sin embargo, una cara ya
afeitada. Debo ir a trabajar.
Preparo en la
cocina una taza de café negro y me tomo una aspirina. Busco la camisa blanca y
un pantalón de vestir. Quito las dos vueltas de llave. -Andá a saber cuánto
hace que no abren esta puerta- y salgo.
Afuera veo al
camión de mudanza arrancando y el conductor me saluda tocando la bocina.
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