Café para dos
Los viernes
en el café de la vieja esquina con mi padre se han vuelto las citas menos
ansiadas desde que Bruno no está. No es que no me guste verlo, es que a veces
se me hace difícil. No me queda otra opción, al viejo no le puedo pedir mucho después
de tanto. La semana pasada otra vez me preguntó por mi hermano, Bruno está
estudiando papá, ya sabés lo comprometido que es con su carrera, al punto que a
veces se olvida que tiene familia, contesté como de costumbre. Con una sonrisa,
tal vez resignado, respondió comprensivamente respecto del futuro brillante de
Bruno, atribuyéndole tantas cualidades,
que sin dudas las habría heredado de mamá.
Si Lili
estuviese acá. Sus conversaciones siempre terminan así, nombrándola con un nudo
en la garganta, haciendo fuerza para contener una lágrima. Papá nunca ha
intentado conocer a otra mujer.
Con una
extraña mezcla de sensaciones despierto cada viernes. Mirando al gato pasar de
un mueble a otro, me voy levantando lentamente, el primer pensamiento es cuál
será la novedad que tendrá papá sobre Bruno y entre mates voy imaginando cómo
llevaré la situación.
Ahí lo veo,
sentado en la misma mesa frente a la ventana, con sus ojitos brillosos. Cuando me
ve doblar por la esquina se le asoma una sonrisa y sonrío también. Se levanta
rápidamente y me saluda con un fuerte abrazo. Comenzamos hablando de las cosas
sencillas, de cómo estuvieron nuestras semanas; le cuento de mi rutina con mis
alumnos, de mis compromisos, él me habla de su huerta, de los chismes que se
entera cada vez que va al club del barrio, discutimos sobre la inflación y la
inseguridad. Un pequeño silencio entre los dos me anuncia que ahora me contará
sobre Bruno. El lunes habló con él, le comentó que no volverá por unas semanas,
de lo enfocado que está en su tesis para poder recibirse este año. Mejor
dejarlo que estudie tranquilo, nosotros lo apoyamos desde acá; me había
comentado que si tenía suerte en poquito comenzaría a trabajar, le contesto,
casi convencida, para terminar rápido.
Es frecuente
que le tenga que decir a mi viejo que tome el café que se le está enfriando. Es
como un chico, habla tanto que siempre termina dejándolo, porque cuando se da
cuenta ya está frío. A veces pide otro. Yo me río, nos reímos los dos. Él
siempre fue así, incluso cuando estaba mamá se la escuchaba decir “Dale Jorge,
terminá, que quiero lavar los platos”.
Me habla de
mamá, y de mi gran parecido a ella, de sus ganas de ser abuelo…
-A mí me gustaría tener un nietito. Bruno
todavía es chico, pero en cambio vos ya estás en la edad. – Siempre me dice lo
mismo, y yo, con una risa incómoda, trato de sacar otro tema.
-Viejo, el otro día, me dijiste que fuiste al
médico y no me quisiste contar lo que te dijo.
-Tengo que seguir tomando las pastillas. Nada
más. No tenés que preocuparte.
-Siempre me decís lo mismo y no me contás las
cosas. La última vez me tuve que enterar por un vecino que te habías desmayado.
Si mamá estuviese…
Cada vez que
el mozo trae la cuenta a papá se le llenan los ojos de lágrimas y a mí se me
hace un nudo en la garganta. No sé cómo, pero siempre se me ocurre decir algo
que le hace reír y rompe con ese triste momento.
Lo abrazo
fuerte, y él me despide pidiéndome que le hablé si me entero de algo de Bruno.
-Chau viejo, si llegas a hablar con él,
decile que lo extraño y que siga estudiando así vuelve rápido.
Regresar a
casa cada viernes es lindo y raro. Otra vez, me voy con esa sensación que me
deja el café con papá, como si el tiempo no hubiese pasado.
El llamado
de papá del martes, me cambió el humor. Dice que habló con Bruno y la próxima
semana viene. Trato de fingir alegría y seguirle la corriente, no puedo hacer
otra cosa. Con la muerte de mami pasó lo mismo, el primer año no dejaba de
hablar de ella, decía que estaba bien, pero andaba ocupada y por eso no iba a
tomar el café; o se había ido de viaje a visitar a la tía. Muchas veces tenía
que irme al baño para que papá no se diera cuenta que estaba por llorar. Aunque
yo soy la mayor, Bruno es más fuerte, él
siempre supo cómo manejar la situación.
Después de
dos años se le pasó, una tarde, raramente, dijo que deberíamos ir al cementerio
a cambiarle las flores, nos quedamos sorprendidos y mudos.
¡Las semanas
se pasan tan rápido!, otra vez es viernes de café. Esta vez a Jorge no se lo ve
muy bien. Con una voz quebrantada, va dando sus primeras palabras. No suelta su
taza; pide otro café, y no porque se le
haya enfriado el primero. Le pregunto por Bruno, le digo que hablé con él y que
estoy feliz porque la próxima semana lo vemos.
-¿Vos no estás feliz pa?
-Sí hijita, claro que sí.
Es raro,
como si hubiese aceptado todo.
Hablamos un
par de cosas más, de su huerta, mis alumnos, Lili, el nieto y poco de Bruno.
Nos reímos de viejas tonterías, me agarra la mano, mis ojos se reflejan
intensamente en los suyos. Nos despedimos, con el abrazo fuerte de siempre,
pero esta vez más largo, parece no querer soltarme.
Viernes, me
dirijo al café. Doblo la esquina, esta vez yo llego antes. Espero a papá, en la mesa de siempre, muy ansiosa por decirle que Bruno llega esta noche. Su
café se enfría.
1 comentario:
Me encanta tu cuento Noe, me gusta como lo redacraste y los diálogos entre padre e hija.
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