La hermana
Cuando la Hermana Ana María llegó al
colegio La Inmaculada Concepción las
demás monjas estaban escuchando misa en la Iglesia del Padre Sergio, por lo que
tuvo que esperar una hora y media afuera del convento. Desde novicias las
monjas franciscanas aprenden a tener paciencia a base de entrenar intensamente
los apetitos básicos. Largas horas de ayuno y abstinencia, pequeñas
mortificaciones en su cuerpo como golpes de látigos autoinfligidos, son algunas
de las recetas que aprenden ni bien ingresan al convento. Claro que todo esto
debe ser estrictamente controlado por un superior para no incurrir en excesos,
y a esta tarea la llevaba a cabo el Padre Oscar, un viejo sacerdote de Puán,
lugar donde se encontraba el convento del cual procedía Ana María. El Padre
Oscar era un hombre estricto y nunca erraba en su diagnóstico. Escuchaba las
confesiones durante todo el día, pero sobre todo entre la Tercia y la Sexta, es
decir antes del mediodía. Luego tomaba un té con la Madre Superiora y le daba
una que otra recomendación.
La Madre Superiora era siempre reacia
cuando se trataba de enviar a alguna de sus monjas a otro lugar. Los motivos
eran muchos, pero el más importante era quizás el pequeño número de hermanas
con que contaba el convento, pensando en los arduos y variados trabajos. Por
ello, al contrato de una cocinera les habían seguido dos contratos más: una
persona para cuidar a los animales y otra para los cultivos. Aun así, con el
último rezo de la noche pedían perdón por todas las tareas que no habían podido
terminar durante la tarde. Había monjas más ordenadas que otras, y por ello Ana
María anotaba en una pequeña agenda los quehaceres que quedaban pendientes para
realizar al día siguiente. Nunca nadie escuchó salir de su boca una queja. Amaba
a sus hermanas y se divertía muchísimo en los pequeños momentos de distracción
que generalmente venían después de almorzar. Así ocurrió el día que tuvo que
anunciarles que a la semana siguiente partiría hacia una pequeña ciudad llamada
Villa Nueva, ubicada en la provincia de Córdoba. Ese mismo día organizaron una
despedida y todas brindaron con un añejado champán que sólo se permitían beber en
los cumpleaños. Yo siempre supe que una manera eficiente de reconocer a una
monja que sufre es ver cuán alegre se muestra.
La directora del colegio determinó
junto con la Madre Ceferina darle el curso del primer año. Si bien era una
experiencia nueva para la hermana, tanto la directora como la Madre sabían que
trabajar con niños es un remedio para toda alma que lo necesite. La hermana comenzaba
sus clases de catequesis a las 8:00 am luego de rezar un Ave María. A
continuación seguía punto por punto lo detallado en su programa que más o menos
coincidía con las unidades en las cuales se componía el nuevo catecismo. Aunque
sospechaba que esa forma de enseñar no acercaba a los niños a Jesús. Le
sorprendía la facilidad con que los niños memorizaban ciertos pasajes bíblicos,
o ciertas explicaciones que ella daba al mencionar alguna parábola. Pero pronto
comprendió que eso no tenía ningún sentido para una catequesis. La idea le vino
mientras rezaba, fue algo así como una epifanía que le proporcionó una seguridad
interna para decidirse por una actividad que llevaría a cabo ni bien pudiese
obtener la aprobación para realizarla.
No tardó mucho en convencer a la
Madre que llevar a los niños a la Capilla sería beneficioso para despertar su
amor a Cristo. Sobre todo porque el tema a tratar sería la sustancialización de
la carne, cuyos conceptos escapan a mentes tan pequeñas. Enseñarles que el
cuerpo de Cristo se convierte metafísicamente en pan y su sangre en vino es
equivalente a que a mí me hable de física cuántica el profesor Ramírez, le dijo
a la Madre. Y obtuvo su aprobación porque en el colegio siempre enseñamos con
obras y no con teorías abstractas. Al día siguiente ya estaban todos los
pequeños reunidos en la capilla frente al sagrario, escuchando con atención lo
que la hermana les explicaba.
La capilla tenía 15 cuadros que
representaban el viacrucis, desde la condena hasta la resurrección. Realizaron un
recorrido, deteniéndose estación por estación. Cuando llegó a la última estación
los miró uno por uno fijamente a los ojos y les preguntó – ¿si Cristo resucitó,
dónde está ahora? Al ver que nadie respondía ella misma agregó –está dentro de
su casita que se llama Sagrario. Se trataba de un humilde sagrario cuyas
medidas no superaban los cuarenta centímetros en todos sus lados, con la imagen
de un cordero en el frente cincelado en láminas de latón con un baño dorado y
una pequeña llave de seguridad. Fue un regalo que nuestro obispo trajo al
bendecir la capilla. Los niños miraron con curiosidad el lugar aquel donde
vivía ese hombre del cual ya tenían alguna noticia. Esta actividad se repitió
varias veces más. La hermana los hacía acercar uno por uno, tocar la puerta y
esperar a que saliera. Siempre estaban aquellos que se reían de tal situación,
sobre todo aquel día en que uno de los niños tocó la puerta y preguntó – Jesús...
estás ahí; ni bien terminó de resonar esa “i” larga una voz proveniente del
parlante de una avioneta anunciaba: “bienvenidos al circo Rodas...” con lo cual
se provocaron unas carcajadas que persistieron varios minutos después de salir
de la capilla. La hermana siempre reía y en esa ocasión tuvo que hacer fuerzas
para no hacerlo.
A la semana siguiente llevó unas
actividades para completar en clase. Se trataba de un crucigrama cuya temática
giraba en torno a los sacramentos. Al terminar de repartir las hojas advirtió que
Marcos no estaba en su lugar. No le llamó demasiado la atención, solía faltar
con frecuencia desde que su hermanita falleció a causa de una meningitis. Al
finalizar la clase decidió acortar el camino al convento atravesando una puerta
que estaba detrás del altar de la capilla. Sólo se permitían tal licencia
aquellos días en que no concurrían muchas personas. De lo contrario debían ingresar
por unas escaleras que estaban detrás del pasillo del colegio, cuyo trayecto
era más largo. Al llegar al sagrario vio a Marcos, de espalda, conversando muy
bajito, tal como le habíamos enseñado. Ana María le dijo que regresara con los
demás compañeros, pero él respondió que jugaría un ratito más con su amigo y
que luego volvería al aula.
El ideal franciscano alienta la unión
y a la hermana le molestaba cuando tanto los docentes como los alumnos se
apartaban del resto. Antes de continuar su marcha, le pidió que fuera al
sagrario siempre en los recreos, y no en los horarios de clase. Esto no
significaba ningún impedimento para Marcos. Todos seleccionaban sus amigos más
cercanos y él sentía que por fin había encontrado alguien con quien compartir
todo lo que tenía. En verdad se llevaban muy bien, más allá de algún tire y
afloje por la elección de determinado juego, todo se resolvía de inmediato sin
complicaciones.
Desde que la hermana Ana María estaba
en el colegio la conducta de Marcos había cambiado por completo. Parecía estar
mucho más maduro y seguro de sí mismo. Digo parecía porque la conducta del niño
no era fácil de encuadrar. No había un patrón definido. En más de una ocasión cuando
le realizaban alguna pregunta miraba serio a su interlocutor y respondía con un
dejo de desprecio. Además había incorporado algunos ademanes y utilizaba muchos
imperativos. A veces esta conducta era reprimida por la Madre Ceferina, pero la
hermana alejaba sus temores diciéndole que eran cambios pasajeros que pronto el
niño abandonaría.
A pesar de sus setenta largos la
Madre Ceferina estaba al pie del cañón, bien dispuesta para todo tipo de
trabajo. Por las mañanas se quedaba en la puerta de entrada esperando hasta que
ingresara el último de los niños. Allí fue cuando advirtió que la pequeña
mochila de Marcos rebasaba de cosas que traía de su casa. Lo que todavía no
sabía era que se las encargaba su amigo para realizar algunos juegos. A Marcos
le encantaba un juego en particular, ya que nunca perdía. Colocaban artículos
de todo tipo en una caja como lápiz, tijera, peine, fruta, etc., los tenían que
mirar rápidamente y enseguida anotar el listado en un papel. Quien se olvidaba
de algún elemento, perdía. También jugaban degustando distintos sabores de
caramelos y chocolates con los ojos vendados. Por las tardes practicaba a
escondidas de sus padres con muchos dulces, y eso lo hacía ser el mejor a la
hora de adivinar de qué se trataba.
Los días viernes se veía a Marcos
ingresar al colegio rebosante de alegría. Pues ese día tenían educación física
y no había muchas opciones: los niños fútbol y las niñas vóley. Todos aquellos que
no hacían ni un deporte ni el otro podían caminar o simplemente no hacer nada. La
Madre Superiora tenía una vista panorámica desde el primer piso del convento y
sin que nadie lo percibiera ella observaba a todos. En una confesión me dijo que
le preocupaba la conducta de Marcos. Ella pensaba que alguien que hubiera pasado
por lo que pasó el niño no podía salir adelante sin el acompañamiento de un
equipo profesional. Era una mujer sumamente caritativa, llena de la bondad de
Dios. Además había dedicado muchos años de su vida al convento y al colegio. Fue
por eso que su repentina muerte produjo un caos en la comunidad. Tanto las
hermanas como los docentes estaban sumamente angustiados, y aunque se veía a
las monjas reír con frecuencia, podía advertirse que un núcleo en el corazón de
la comunidad se había roto. No era la muerte en sí lo que les preocupaba, sino
el hecho de haber quedado sin un pastor, sin la guía que les daba un rumbo, un
alimento para su espíritu. Claro que encontraban modos para sobrellevar la
pérdida. Se fortalecían pensando, por ejemplo, cómo supieron salir adelante las
Misioneras de la Caridad al morir la Madre Teresa, y concluían que con la ayuda
de Dios todo podrían hacer, con lo cual se tranquilizaban. Pero sea como fuere
que sobrellevaran la situación, la ausencia de la Madre era una presencia punzante
en los corazones de todos y ocupaba la mayor parte de las conversaciones a
través de compasiones mutuas. Marcos, mientras tanto, aprovechaba la
distracción de los superiores para ir a jugar con su amigo. Ahora nada podía
separarlos. Cuando el bullicio del día daba paso a la serenidad de la noche y las
hermanas ingresaban cada una a sus habitaciones para reponerse de la labor del
día oían las voces de los niños jugando en el altar.
Me han llegado noticias de que la
Hermana ha vuelto a su comunidad en Puán. Seguramente debe estar repuesta de
todo lo sucedido; yo en cambio cada vez que recuerdo las palabras de Marcos
vuelvo a sentir el mismo abandono y la misma soledad de entonces.
1 comentario:
Muy bien, Juan Pablo. Tu relato me trajo muchos recuerdos. Abrazo!!!
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