TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


DIARIO DE TELENOVELA por Franco Sarmiento

DIARIO DE TELENOVELA

Un muchacho encontró un pequeño cuaderno negro tirado en la vereda enfrente de su casa. Trató de no darle importancia y entró para tomarse un té para relajarse. De repente, se asomó a la ventana y volvió a verlo. Vaciló unos instantes, pero luego se decidió a salir a buscarlo. Lo agarró y, cuando volvió a entrar, comenzó a leerlo. Era una especie de diario íntimo de un joven. Abrió el cuaderno y leyó lo siguiente:


29 de julio
¡Cada día estoy más enamorado de Cecilia! Ella es tan hermosa, su pelo rubio y lacio parece salido de un comercial de shampoo, su cuerpo es el más esbelto del mundo y es la persona más buena del planeta. A veces me revienta que Gonzalo la haga sufrir tanto. Se está por casar con Josefina, esa bruja que no para de hacerle maldades a Ceci. ¡Encima sólo quiere la plata de Gonzalo! Ceci lo ama de verdad. Me gustaría decirle que deje a Claudio, que es cómplice de Josefina y Ceci está con él para olvidarse de Gonzalo. Cómo me gustaría decirle a ella todo lo que sé: que Josefina quiso envenenarla, que Claudio es un chanta que sólo quiere su herencia, que Gonzalo no le conviene. Le pediría que se venga conmigo, que yo no la voy a hacer sufrir nunca. Claro que Cecilia sólo es el personaje que Ana Laura Moyano interpreta en “La reina de la noche”, mi telenovela favorita, pero de todos modos yo entraría en la televisión y me iría con ella.
2 de agosto
Hoy me pasó algo muy extraño. Estaba sentado en la plaza del centro leyendo un libro y me levanté porque se acercaba el horario de la novela de Cecilia. Caminé dos cuadras y vi cruzar la calle a Ana Laura Moyano. ¡No lo podía creer! Me acerqué para felicitarla por su papel en “La reina de la noche”. La llamé: “¡Ana Laura!”, pero ella siguió caminando. Apuré mi paso y me puse enfrente de ella.
- Hola- le dije- ¿cómo estás, Ana Laura?
-¿Qué?- me dijo confundida.
-Vos sos Ana Laura Moyano, la actriz.
-Me parece que te confundiste, yo me llamo Cecilia, no Ana Laura Moyano.
Yo me sonreí y le dije:
-Ah… ¡Claro! Yo quería felicitarte por tu personaje de Cecilia.
-¿Qué?- me dijo- No sé de qué hablás, pero tengo que irme.
Yo la miré confuso. Pensé que bromeaba, entonces decidí seguirle el juego.
-¿A dónde vas, Ceci? ¿A ver a Claudio?- me reí.
-¿Vos lo conocés?- me dijo mirándome sorprendida.
-Sí- le seguí la corriente- Yo sé que es tu novio, pero debo decirte que te miente.
-¿Qué?
-Que te miente.
-No sabés lo que decís- me dijo totalmente enojada-Él es una muy buena persona.
Yo me cansé de que actuara todo el tiempo, pero le seguí la corriente.
-Sí, Claudio te miente. Él está aliado con Josefina para tratar de conseguir la fortuna de Gonzalo y la tuya.
-¿Vos también conocés a Josefina y Gonzalo?-me preguntó asombrada.
-Sí. Dejame decirte que Gonzalo no te conviene. Él te hace sufrir siempre. Claudio también. Es amante de Josefina. Ellos sólo te quieren separar de Gonzalo.
Ella me miró aterrada.
-No, no puede ser… no es verdad.
-Lamentablemente sí.- A  esta altura me había cansado de que siguiera actuando. Por un momento pensé que se había compenetrado tanto con el personaje al punto de perder la cordura.
-¿Vos quién sos?- me preguntó.
-Me llamo Franco. Te miro todas las noches.
Puso cara de terror.
-¿Cómo que me mirás?
En ese instante me di cuenta de que ella no estaba actuando. Me pareció que realmente era Cecilia y no Ana Laura.
-Nada, deja-dije vagamente.
-Mirá, yo no le puedo creer a un extraño lo que me diga de Claudio. Aunque vos me lo decís con tanta seguridad que no sé qué pensar.
-Vas a ver que no te miento. Te voy a conseguir pruebas.
Le dejé mi teléfono y nos despedimos. Llegué a casa y me di cuenta que la novela ya había terminado. Ahora sigo pensando en ese encuentro.
4 de agosto
¡Cada vez estoy más confundido! Ana Laura, mejor dicho, Cecilia, me llamó y dijo que quería verme para hablar acerca de Claudio. Quería que le contara todo lo que sabía. Nos encontramos en un bar cercano a mi casa y yo le conté todo lo que debía saber: Que Claudio no la amaba, sólo quería estar con ella porque Ceci había cobrado la herencia; que Josefina y Claudio son amantes y quisieron matarla; que Gonzalo la ama pero no se juega por ella. Ella me preguntó por qué sabía tanto y aproveché para tirarme un lance: “Yo sé todo porque te amo de verdad, soy tu chance de ser feliz.” Acto seguido, le robé un beso.
5 de agosto
Hoy acompañé a Cecilia a la casa de Claudio y pudimos espiar a través de la ventana como él estaba besándose con Josefina. Cecilia no lo podía creer. “¡Ahora me van a escuchar!” me dijo y abrió la puerta. Los pescamos con las manos en la masa. Claudio le quiso dar muchas excusas pero Ceci los había visto. Ante la pregunta de Josefina sobre quién era yo, Cecilia le dijo que era Franco, la persona que le abrió los ojos y me dio un beso en los labios frente a ellos. En ese momento, llegó Gonzalo y nos vio. Al rato, Cecilia explicó que ahora ella había encontrado el amor conmigo y que no quería saber más nada con ellos. Yo argumenté a su favor diciéndole a los tres lo que se merecían y con Cecilia nos fuimos tomados de las manos. Llegamos a la plaza donde yo estaba leyendo el día que la conocí y volvimos a reinventar los besos, las caricias y los abrazos. Cecilia me dijo que empezó a sentir cosas fuertes por mí y que se iba a olvidar de Gonzalo, porque yo era su final feliz.
7 de agosto
Hace menos de una semana que conocí a Cecilia pero la amo con toda mi alma. Hoy decidimos mudarnos lejos, aunque Gonzalo y Claudio le insistieron que no se fuera. Hasta Josefina le rogó que se quedara, pero Cecilia le dijo que se iba a ir conmigo, que va a pelear por su felicidad. Viajamos al sur en cinco días.
8 de agosto
Hoy escuché que Josefina y Claudio querían evitar que Cecilia viaje, que yo llegué a arruinarle los planes y que necesitaban una solución drástica para sacarme del medio. No van a poder conmigo.
10 de agosto
Estoy encerrado en casa. Cecilia y yo adelantamos el viaje para esta noche porque ella temía por mi vida, ya que Josefina le había advertido que me iba a matar. No creo que pase, pero nos vamos a ir hoy. Hablé por teléfono con Ceci y me dijo que estaba lista, que la pasara a buscar en dos horas.
Recibí después una llamada de Claudio, me dijo que hoy era mi final, mi último capítulo de la novela, que en pocos instantes me iría a buscar a casa para matarme. Ahí me entró el temor. Agarré rápido mi equipaje para irme con Cecilia. No sé qué pasará…



En ese instante, el muchacho dejó de leer el cuaderno porque golpearon la puerta de su casa. Abrió y se encontró con una pareja. Un hombre y una mujer. “¿Qué necesitan?” preguntó. Como toda respuesta, el hombre sacó la pistola. La bala dio en el corazón. Su muerte conmovió a millones de televidentes. Al tiempo, Cecilia se casó con Gonzalo y tuvo su final feliz.

REVANCHA DEL DESTINO por Dianela Dadone

REVANCHA DEL DESTINO

¿Qué es el amor? ¿Es algo que puede surgir a primera vista, como si viniera desde el fondo del alma, predestinado por algo superior, sin lógicas ni razones? ¿O es lo contrario, algo que se construye con el tiempo, con la costumbre, y que se siente por alguien que se conoce, y con quien  se comparten cosas? ¿Existe realmente o no es más que otro invento de la humanidad, como consecuencia de su constante intento de evadir a la soledad?
Llevaba horas sentado en esa plaza, haciéndose esas preguntas, pensando y pensando, tratando de encontrar al menos una respuesta a aquellos interrogantes que la humanidad se hizo desde siempre, pero que nadie pudo solucionar. Estaba enojado consigo mismo por perder el tiempo en eso. El, Sebastián Montero, todo un hombre practico, razonable, consciente de que las cosas son como son y punto, que estaba a un día de casarse con su novia de siempre, a quien conocía y apreciaba, cuestionándose cosas que nunca le habían importado. Porque ni siquiera en los inicios de su adolescencia se había preocupado por banalidades como esas.
Debía levantarse, volver a su trabajo. Tenía muchas cosas que hacer antes de irse a su luna de miel. Sería un viaje corto. Solo pararían unos días en algún lugar al que su prometida quisiera ir. Había muchas cosas que terminar en su compañía como para que los dos faltaran  por mucho tiempo. No confiaba en ninguno de sus empleados.
-Parece que está pensando mucho. Eso no siempre es muy saludable- Escucho que alguien decía a su lado- Perdone joven, no quería molestarlo- Agrego el hombre cuando vio la cara que ponía Sebastián-.
-Está bien, no se preocupe. No lo escuche llegar y me tomo por sorpresa. Eso es todo-.
-Eso es porque, como lo dije antes, pensaba mucho. Por la seriedad con que lo hacía, supongo que en el amor. ¿En alguien en especial, o solo en general?-.
-Solo en general- Contesto Sebastián, pensando en quien era ese hombre que, considerando las arrugas en su cara, debía de tener unos 70 años. Tenía que irse, volver a su rutina, pero había algo en ese viejo que le resultaba familiar, como si lo conociera de antes – Me preguntaba si existía-.
-Esa es la pregunta del millón. La verdad es que yo no sé si existe o no. Pero si estuve cerca de el hace varios años en eta misma plaza.
“No puedo decirte si era un día hermoso como el de hoy o si era el más feo de todos, porque yo estaba tan metido dentro de mí, preocupado solo por mis cosas, que no me fije en nada más. Pero hubo un instante en el que algo paso. Yo no sé si fue el destino, una casualidad, un ruido o algo divino lo que hizo que saliera de mis cavilaciones y mirara a mi alrededor”.
“Su sonrisa fue lo primero que note. Era franca, como de quien es realmente feliz. En ella se percibía la inocencia que su dueña poseía, esa misma que tienen los chicos que aún pueden creer en el mundo color de rosa. Sus ojos brillaban y,  por algún extraño motivo, me hicieron pensar en el amanecer”.
“- Me llamo Sofía Flores- Dijo mientras se sentaba a mi lado-“.
“Y así fue como nos convertimos en dos extraños que se sentaron en una plaza para conocerse, pese a que con solo una mirada ya sabían lo más importante. Sin que nos diéramos cuenta llego la noche y con ella la magia se fue. Era el momento de despedirnos.”.
“Quise pedirle su número, preguntarle su dirección, fugarme con ella a algún lugar lejano, escapar de todo. Pero no pude hacer nada de eso. Yo estaba por casarme con alguien a quien no amaba, pero que si conocía. Me dio miedo abandonar lo seguro por una mujer con la que acababa de cruzarme. No le hice caso a mi corazón, deje las cosas como estaban. Intente seguir con mi vida, como si nada hubiese ocurrido, porque así era más cómodo”
“No ha pasado un  día sin que piense en ella, preguntándome como sería mi vida hoy si no hubiese elegido lo fácil. A mejor  no hubiese dejado de ser solo una chica que vi una tarde en una plaza, o tal vez se convertía en la razón de mi vida. La cuestión es que nunca voy a saberlo  y la duda es terrible”.
Sebastián se dio cuenta de que al viejo la voz le fallaba y levanto la mirada justo a tiempo para ver como una lágrima recorría su mejilla sin que él se preocupara en ocultarla.
-Pero hoy el de arriba me regala otra oportunidad para cambiar las cosas. Me da una revancha. Por eso volví a esta plaza, a este momento, después de tanto tiempo. Te voy a dar un consejo- le dijo mirándolo fijo por primera vez. Al joven su cara cada vez le parecía más familiar  -si el amor golpea a tu puerta abrile sin preguntar quién es.  No permitas que la historia se repita. Dale otro final-.
Sebastián se quedó unos momentos mirando hacia la calle, pensando en lo que el hombre le acababa de decir. Cuando volteo su cara para preguntarle porque le contaba todo eso, él ya no estaba. El viejo se había ido tan silenciosamente como había llegado
Continúo durante unos minutos ahí sentado, perdido en su propio laberinto de ideas, hasta que decidió que ya era hora de volver a su mundo. Levanto la vista y la vio. Estaba parada frente a él, mirándolo curiosamente, con una sonrisa pura y franca como pocas.
-Me llamo Sofía Flores- dijo mientras se sentaba a su lado-.

Y así fue como se convirtieron en dos extraños que se sentaron en una plaza para conocerse, pese a que con solo una mirada sabían lo más importante.

FICTICIAMENTE REAL por Vanina Taricco

FICTICIAMENTE REAL

Hoy me levanté un tanto extraña. No tenía el mal humor que suelo poseer desde muy temprano, ni esas ganas de empezar el día con “buena onda”, rara. Me puse las pantuflas de peluchito que mi hermano me había regalado ayer y me dirigí al baño a lavarme los dientes. Fue como “inconsciente”, me miré al espejo y me estaba peinando. ¡ME ESTABA PEINANDO! Nunca me peino, no tiene sentido que lo haga; si total por una cosa u otra siempre termino con los pelos parecidos a la melena de un león. Pero como todos los días, me levanté soñando con que mi príncipe azul se digne a notar mi existencia. Yo de él se  todo: fecha de cumpleaños, edad, color de ojos, el nombre del perfume que usa, su color favorito, que le gusta de las personas y cuáles son las cosas que odia, ¡se todo! Pero él ni me registra, el morocho más hermoso de todo el pueblo no debe saber ni mi nombre…
Cuando ya estaba casi lista, escuché a mamá: “Agustina, ya está el café. Vení que se te hace tarde”. Sabe que odio desayunar, pero para evitar peleas mejor voy.
Iba camino a la escuela pensaba en que hoy tenía física. ¡Ay, Dios! Materias horribles, si las hay… Ojalá pudiera poner a un clon que se banque esa clase por mí y yo me quedo a dormir en casa. ¡Qué lindo sería! Encima el profesor ese es lo más antipático que hay. Ni siquiera Germán, el más humorista de todos, puede siquiera hacerle articular los labios para que parezca que se ríe.
Entramos al aula, y como de costumbre de él, ya estaba el profesor con su carpeta abierta y la tiza en la mano. ¡Ese hombre debe dormir con la carpeta y la tiza debajo de la almohada! Nos sentamos y empezó a escribir fórmulas y fórmulas en el pizarrón, me parecía que me hablaba en japonés. Contar las vueltas que daba el ventilador de techo, era más entretenido que escucharlo a él. En ese momento, recordé mis pensamientos cuando salí de casa, las ganas que tenía de tener un clon o algo que me salvara de este sufrimiento y en ese instante el tiempo se detuvo. No entendía nada. Pero el profesor no solo que se había callado si no que también había quedado duro, como el pan que guarda mamá por semanas para rallar.
¡Era increíble! Enrique tenía el dedo en la nariz, “tanto que se hace el higiénico y el “anti asquerosos”, tonto”. “¡Mirá Carolina! Jajaja, parece un pato con los labios estirados así. Le sacaría una foto y se la publicaría en todos lados. Flaca escopeta”. Dios me había escuchado, se me cumplió el sueño. Paré el tiempo. ¡El mundo era mío!.
No sabía qué hacer: si salir corriendo y hacer lo que siempre quise hacer, o tratar de despertar a mis amigas para que compartan conmigo este gran momento. Algo tenía que hacer, no podía quedarme sentada en esa silla. Pero… ¿y si todo volvía a la normalidad y me encontraban infraganti? ¿Qué hacía? Bueno, a veces no hay segundas oportunidades y menos como éstas. Asique yo hago la mía y que pase lo que Dios quiera.
Lo primero que hice fue agarrarle la tiza al profesor y le dejé una notita en el pizarrón. A ver si así entra en razón en que tiene que ser un poquito más simpático. Después, corrí hasta la dirección y le desparramé todos los papeles a la directora, por ser tan mala con nosotros y al preceptor, viejo amargado, le desaté los cordones y se los até unos con otros; “vamos a ver cómo te va cuando quieras dar un paso para caminar”. ¡Dios, ojalá todo fuera siempre así! Imposible no ir hasta el kiosquito de la esquina y comerme algún que otro chocolatito.
¡Qué increíble todo! Lástima que mis amigas no podían disfrutar este fabuloso momento conmigo. No es de mala, pero por algo debe ser. Seguro porque me decían que estaba loca cuando imaginaba, en voz alta, estos momentos tan sobresalientes.
Fui a casa y agarré las fotocopias de matemáticas que me había olvidado de llevar. Gracias a Dios que pasó este milagro, si no, ya tenía dos puntos menos en la prueba por olvidármelas. Cuando llegué todo estaba igual que cuando me había ido. Todos inmóviles, como estatuas de mármol. Y ahí estaba Matías, el protagonista de mis sueños, mi príncipe. Tan hermoso como siempre, con esa sencillez que te hace enamorar con tan solo escucharlo hablar, con esa sonrisa blanca como las paredes del aula. “No puedo desaprovechar esta oportunidad”. Me acerqué y le dí un beso en la mejilla. Tiene unos cachetes que parecen pompas de algodón. No pude evitar ver su carpeta; tiene una letra medio fea pero es bastante prolijo por ser hombre. Cuando doy vuelta una de las últimas carátulas, encuentro una hoja con muchas frases, muchísimas: “Soy la persona más feliz del mundo cuando me dices "hola" o me sonríes, porque sé que, aunque haya sido para solo un segundo, has pensado en mi”; “Las estrellas se apagan cuando tú no estás, la luna se oculta en la inmensidad y todo lo que me queda es una fotografía, que quisiera fuera real, pero sólo en mi mano estás. Ya quiero que vuelvas, no te vayas más, quédate conmigo que te voy a cuidar y te daré todo mi amor hasta la eternidad”;” Toma mi mano y construyamos cada día un camino de felicidad, cásate conmigo y te enseñaré hasta dónde podemos llegar”… Y muchísimas más. Me sorprendí, pues no es común que un chico tenga esta clase de cosas en su carpeta, que aunque tenía la hoja bien oculta, yo la encontré. Me sentí triste, porque perdí la poca esperanza que tenía con que él se fijara en mí. Estaba enamorado, pero no de mí. Habían sido en vano todas mis miradas, mis “hola, ¿cómo estás?”, mis ayudas con los ejercicios de lengua que tanto le costaban. ¡Qué desconsuelo!
No obstante, eso no fue lo que más me llamó la atención. Cuando di vuelta la hoja para seguir estrujando mi corazón noté que debajo de todas las frases, decía el nombre de la chica a la cual él le dedicaba esas hermosas frases. Lo miré como de “reojo”, no quería largarme a llorar en ese instante. Era muy fuerte para mí. El nombre estaba escrito con lapicera fucsia con brillitos y rodeado por corazones de diversos tamaños. Ya está, tengo que abrir los ojos y leerlo de una vez por todas, tengo que saber quién es la dueña del corazón de mi príncipe. Y al abrirlos… ¡Agustina! ¡Dice Agustina Paz! ¡Soy yo! Matías, el chico más hermoso del aula, del colegio, DEL PUEBLO estaba enamorado de mí. Pero, ¿por qué nunca me lo dijo? Si yo era más obvia con mis caras y actitudes. Seguro fue porque es muy tímido. ¡Ay, Dios! ¡Nada podía arruinarme este día!
Pero cuando todo marchaba como quien dice “viento en popa”, sentí que me estaban zamarreando del brazo. “¡Agustina! ¡Agustina! Dejá de mirar el ventilador. ¡Agustina!” Y reaccioné.
Parecía que me había dormido, que todo había sido un sueño. Pero no, porque Carolina estaba con los labios como un pato y lo que le escribí al profe en el pizarrón seguía escrito. Cuando giré la cabeza y vi a Mati, noté su desesperación y rapidez por cerrar la carpeta que estaba abierta en la carátula que tenía la hojita con las frases. ¿Qué había pasado? No sé. Era todo tan extraño. Pero lo más extraño fue que el tiempo se detuvo para nosotros, pero para los relojes no. Eran las 12:53 h. ¡Ya era la hora de irnos!
Matías estaba colorado como tomate en oferta, y ni siquiera saludó cuando se fue. Es raro, porque él es tímido con las chicas pero con sus amigos no; y ni siquiera se despidió de ellos. Yo dije que este día era raro, pero no pensé que fuese para tanto.
Llegué a casa y traté de hacer lo que hacía cotidianamente: tirar la mochila arriba de la cama, lavarme las manos y sentarme a ver tele con el celu en las manos. Cuando estaba por prepararme un café, me llegó un mensaje de un número que no tenía: “Hola” decía. Hay gente que no contesta cuando no conoce el número, pero yo no soy así. “Hola. ¿Quién sos?” – respondí. Y a los segundos, me llegó la respuesta: “Matías Bonardi. ¿Te molesto?”. ¡Ay, Dios! Matías me escribió. ¿Qué estaba pasando? Era demasiado lindo para ser real, pero lo era. ¿O estaba pasando lo de hoy en la escuela? “No Mati, para nada. Me sorprendió tu mensaje, pero no molestas” – le contesté. Y así estuvimos por horas hablando, hasta que me dijo que siempre había gustado de mí pero que no se había animado jamás a decírmelo por miedo a molestarme; y que ahora me lo dijo porque alguien en el colegio le había leído una hoja de frases que él escribía para mí y tenía vergüenza de que me entere por otra persona.
Entonces entendí que nadie había notado que yo anduve haciendo de las mías.

Yo no sé qué pasó hoy, si fue un sueño, magia, un milagro. Lo único que sé es que gracias a eso, comenzó una hermosa historia…

EL ENCUENTRO por Ayelén Altamirano

EL ENCUENTRO

Hacía cuatro años que Rodolfo se había ido a vivir al campo junto a Carla, su mujer, embarazada de seis  meses y ese invierno que recién comenzaba,  se consideraba el peor de todos. Era encargado de cuidar el campo, la casa y los animales.
 Todas las noches ocurría lo mismo, la leña para la estufa que utilizaban para mantener cálida a la casa, no daba abasto y la noche helada que se aproximaba parecía que jamás iba a acabar. Salía a cada rato en  busca troncos. En una de las tantas veces que salió, vio que arriba del techo de su casa se hallaba una lechuza que lo miraba. No le dio importancia porque era habitual toparse con esos animales y pensó que se iría, pero no fue así. Salió una vez más a recoger leña, juntó toda la que pudo y observó que la lechuza seguía inmóvil en el techo y lo se seguía con sus agudos ojos.
Al día siguiente empezó desde muy temprano sus tareas, ya no se acordaba de lechuza,  hasta que se encontró con una  muerta. Le comentó a un  vecino lo que le sucedió, éste le dijo que era de mala suerte  y que momentos atroces le esperaban, esas aves con hábitos nocturnos eran mensajeras de las brujas y de la muerte. Durante los siguientes días las palabras de aquel hombre permanecieron  en sus pensamientos, pero creía que eran palabras, simples palabras de un anciano que de historias sabía  mucho. Las noches heladas continuaron, el frio no parecía tener piedad y la leña empezaba  a escasear. Algunos animales se morían, pero los veterinarios que iban a examinarlos no encontraban el motivo de aquellas muertes. Carla debía asistir con mayor frecuencia al médico, le daban fuertes dolores en el vientre y algunas veces el niño no se movía. El trabajo en el campo empezó a decaer y así el dinero.
Una noche Rodolfo se encontró nuevamente con una lechuza que volaba sigilosamente  alrededor  de él, trato de asustarla  pero  parecía no temerle. Empezó a pensar que realmente esos animales traían mala suerte  ya que desde aquel momento nada le salía bien. Insistió una vez más en espantar al animal, pero no lo logró.
Siempre era la misma lechuza que lo perseguía, lo supo porque era de color marrón y tenía una mancha blanca en su pecho y  así la reconocía. Al comienzo se le aparecía de noche y en el mismo lugar, pero empezó a verla durante el día, creía que le interesaba mucho lo que hacía porque a cada lugar que iba, ella lo perseguía y lo observaba    cuidadosamente.
La mala suerte de Rodolfo continuó, nada le salía bien. A Carla le encontraron complicaciones en la crecimiento del bebe. Los animales seguían muriendo y la lechuza siempre detrás de él.
Una tarde cansado de que nada le salga bien le reclamo a la lechuza   por qué lo había elegido a él para tal  sufrimiento. Carla lo observaba desde la ventana, no comprendía a quién le hablada con tanta  desesperación. Rodolfo seguía  gritando, esperaba una respuesta, pero el animal solamente lo miraba.
Los días, noche y meses pasaron, todo seguía igual, Carla creía que su marido estaba enloqueciendo, hablaba únicamente de la mala suerte que la lechuza le había provocado.
Una madrugada despertó a Rodolfo los gritos de su mujer, el parto se había adelantado. La llevo rápidamente al pueblo. Luego de una hora nació un hermoso varón que se encontraba muy bien de salud, pero debía  permanecer  dos semanas en incubadora ya que era prematuro. Durante ese tiempo Rodolfo no asistió al campo, había dejado a un joven como encargado hasta que  él regresara.

Cuando regresó  al campo ya no percibía la presencia de la lechuza. La mala racha parecía dar tregua. Poco a poco el calor de la primavera se empezó a  notar y con ella llegó  el progreso. La situación económica mejoró, los animales ya no se enfermaban y morían; pero cada vez que escuchaba  el chillido  de una lechuza, su mente comenzaba a temblar con los recuerdos  de aquel interminable y misterioso encuentro.

EL SUEÑO por Eugenia Ferreyra

El sueño

Qué difícil es contar una historia sin sentido, o que parece sin razón para la mayoría de la gente. Explicar de forma coherente, hechos que no tienen coherencia…La mejor forma es relatar objetivamente, tal como sucedió todo.
Ella es una mujer joven y bonita, despierta todos los días con una sonrisa, los que la ven no pueden negar que parece feliz. Desayuna siempre café negro con tostadas y mermelada de ciruelas. Llama a su madre para preguntar como esta. Alimenta al perro y riega un helecho. Se viste rápido, ya tiene la ropa acomodada del día anterior. Recorre el camino más corto que la lleva al trabajo y allí se comporta de manera muy amable con todos. Odia cocinar, sus comidas nunca son muy variadas,  le gusta mirar programas de cocina en la tele, pero jamás pudo hacer una receta.
Tiene una vida rutinaria y aburrida. Sus amigas la invitan a salir, varios hombres la cortejan. Pero ella jamás sale de noche.
Cuando vuelve del trabajo, ya muy tarde, prepara el baño, se ducha y perfuma con una fragancia que huele a rosas.
Con ansiedad se acuesta, dice oraciones que aprendió hace tiempo, y desea con el alma volver a vivir el milagro.
Porque cuando ella se duerme, sueña que esta con el hombre que ama.
Hola mi amor. ¿Cómo estuvo tu día? El mío muy tranquilo, como siempre.
Ellos hablan de lo que hicieron, se cuentan todo, hacen planes para el futuro, caminan por calles desconocidas pero seguros porque van de la mano y saben que nada podrá hacer que ellos se suelten. Están enamorados.
En cada esquina sellan ese amor con miradas y palabras repletas de pasión. El acaricia su rostro, le quita un mechón de cabello que cae sobre sus ojos y la besa tiernamente.
-Quiero que siempre sea así, amor mío. Algún día voy a encontrarte.- dice el joven. 
Ella se asusta y despierta sobresaltada….Fue solo un sueño. El que tiene desde hace cinco años.
Por mucho tiempo quiso escapar de esa visión, se negaba a vivirla, le asustaba sentir en la oscuridad una profundo pasión, para luego despertar y sentirse tan vacía como siempre, sin embargo se acostumbró a eso, se dijo, después de todo en ese mundo soy feliz y comenzó a disfrutar del idilio que cada noche la esperaba cuando dormía.
Lo cierto es que el la busco durante años. Ella jamás dijo su nombre, ni el lugar donde viva. Recorrió muchos kilómetros, hizo muchas preguntas, invirtió dinero y tiempo en una empresa que nadie apoyaba, los reproches de su familia y amigos eran permanentes, pero nada lo hacía desistir de ir al encuentro de su amada.
 Por fin la encontró, un domingo de mucho calor, no pudo parar de llorar al verla de lejos, mas no se atrevió a comunicarse. La observo durante toda la tarde hasta que decidió presentarse ante ella y  hablarle.
-Hola amor ¿qué tal tu día? – dijo el, con voz llena de dulzura y emoción.
Ella solo respondió con una mirada fría y desconcertada.
Perplejo ante esos ojos que lo miraban de manera desconocida, sintió un dolor punzante en el corazón.
- He soñado contigo durante cinco años -dijo el- lo mismo que tu ¿no me reconoces? soy el hombre de tus sueños, por fin pude  hallarte.
Ella frotó sus ojos con los puños, observo al hombre que tenía al frente, no descubrió nada familiar en el, entonces,  dio media vuelta y se fue.
El alcanzo a escuchar su voz mientras se alejaba para siempre de su vida.
 - Que tipo tan raro, seguro que está soñando-dijo.

MI VECINO por Mariana Cattani

                     MI VECINO

Me mudaba muy seguido debido a mi trabajo, solía presentarme ante mis vecinos. Así lo había hecho mis padres y en su tiempo mis abuelos, era una visita de cortesía. Aun en Córdoba después de haberme casado con Irene.
Sabía que al mudarme al campo mi trabajo sería mucho más fácil debido a que era el lugar donde se podía encontrar paz, tranquilidad y armonía.
Solo tenía dos vecinas, las cuales había visto el día que visité la casa por primera vez. Pensaba en ir a saludarlas una vez que me haya instalado, pero no sucedió así.
Llegamos a nuestro hogar. Muy emocionado le mostré la casa a Irene. Consistía en un comedor, una sala, la biblioteca y dos dormitorios quedaban en la parte trasera y en la parte delantera había un baño, la cocina, nuestro dormitorio y el pasillo, tal como ella lo había soñado toda su vida.
Me encontraba en la parte trasera de la casa arreglando el jardín. Irene se acerco a mí con una cara de preocupación que me asusto mucho. Debo regresar a la ciudad dijo ella, tengo que presentarme con urgencia a una reunión de trabajo. Mi cara no hiso un gesto muy bueno, no nos habíamos instalado todavía y ya debía regresar a su trabajo. No podía juzgarla porque era ella la que tria el dinero a casa, debido a mi fracaso de mi última novela, no lograba escribir nada de hacía tres meses.
Ingrese a la sala enojado conmigo mismo por  no poder hacer nada para llevar adelante esta familia que quería construir. Me deje caer sobre el sillón de tapiz color marrón que combinaba con los muebles, de  lejos se oía el ruido del auto partir. Últimamente todo parecía salirse de de su lugar como si hubiera empezado a perder el control de las cosas. Mire a mi alrededor había ropa amontonada en los canastos, los muebles ubicados en cualquier lugar y grandes paquetes aun sin abrir.
 Recostado en el sillón mire hacia la ventana y note que después de todo era una hermosa tarde de otoño. Decidí dar un paseo. Agarre mi chaqueta. Mis anteojos y me dirigí hacia la puerta. Finalmente salí.
Comencé a recorrer el solitario camino cubierto de hojas secas que habían caído de los arboles. El viento suave me daba en el rostro. Al mirar a lo lejos vi la pequeña cabaña de mis vecinas. Camine lentamente hacia allí, la puerta estaba entre abierta y decidí entrar, después de haber tocado la puerta. Allí estaba, era una anciana de unos 60 años, de estatura baja, ojos azules, su cabeza estaba cubierta con un pañuelo azul y tenía un vestido largo floreado.
Ambos nos presentamos. La anciana se levanto del sillón, prendió una lámpara que se encontraba a su izquierda, luego tomo el atizador que estaba en un costado apoyado en la pared y removió la pequeña fogata y agregándole otro leño volvió a su lugar. El atizador permanecía en su mano derecha.
Ella dijo: He notado que los únicos seres humanos que se  encuentran en este lugar somos nosotros.
Debo confesarle que tengo una sensación extraña. Mire hacia la ventana. Nadie me vio llegar y nadie me vera salir. La muerte deberá ser violenta, repetía todo el tiempo en mi cabeza. Borrare todas las huellas. Hice un silencio y comencé a analizar todo a mí alrededor y luego el atizador.
Nadie sospechara nada porque recién llego y nadie más que algunas personas saben donde vivo y mi número de teléfono.
Me abalance hacia ella, le quite el atizador de las manos y empecé a pegarle, chorros de sangre saltaban por todos lados. Un golpe en la puerta ¿Quién podría ser? “La hermana”, debía escapar. Comencé a correr sin un lugar fijo.

De lejos se oía el teléfono sonar. Era de noche y me encontraba acostado en mi sillón.

BLANCO, TIESO por Lucía Fernandez

BLANCO, TIESO

Esa mañana desperté mucho más tarde que de costumbre. Con cansancio y pereza abrí los ojos y observé mi alrededor. Era sábado y el viernes a la noche había salido con mis amigas para festejar el comienzo de las vacaciones. Lentamente comencé a levantarme y a quitar  las mantas que me cubrían y a recoger aquellas que desprolijamente caían al suelo. Busqué mis pantuflas en medio de aquella batalla naval a la que se asemejaba el piso. En pijama y todavía un poco somnolienta crucé el pasillo largo y angosto. Como todos los fines de semana almorzábamos tipo dos de la tarde, esperé ver a mamá en la cocina preparando la comida, era la una y media.

-¡¿Mamá?! ¡¿Papá?!


No recibía respuesta alguna, no había nadie. Agudicé mis oídos: silencio sepulcral, luego mi vista: la cocina, la mesada, la heladera, el tele, la mesa. Todo estaba en su lugar al parecer. Ninguna nota o señal. Me dirigí al pequeño patio alumbrado por el sol ardiente que lastimaba mis ojos, pero ni siquiera había ropa tendida. Luego la pieza de mis padres: el olor característico, los perfumes, la ropa, las fotos, la cama. Reflexionando sobre el hecho de que me encontraba sola, me acordé que papá estaba de viaje y pensé que mamá seguramente estaría en casa de la abuela. Busqué el teléfono y la llamé, pero como siempre, comencé a sentir la música de la llamada detrás de mí. Se había olvidado el celular una vez más. Sin darle demasiada importancia, caminé hacia la heladera. La abrí pero nada me apetecía. No tenía hambre. Fui hacia mi cuarto atravesando otra vez el largo y angosto pasillo y en el camino me detuve para subir la temperatura del calefactor, sentía frío. Me dispuse a acomodar ese lugar que en ese instante parecía la selva amazónica: la cama obviamente destendida toda despatarrada como la había dejado al levantarme, zapatos desparramados por todo el piso, ropa tirada por todos lados, pinturas, planchita y secador sobre la silla; perfumes tumbados, anillos y pulseras sobre la cómoda. Con pocas ganas comencé mi labor. Acomodé y limpié todo, y al terminar me di cuenta de que no había visto mi celular en ningún lado. Comencé a buscarlo desesperadamente, pero de pronto en un ¡clic! recordé que lo tenía una amiga, se lo había dado a ella cuando estábamos en el boliche para que lo guardara en su cartera ya que yo no la había llevado. Sin dudar lo tenía ella. Me asomé a la ventana y vi que a pesar del hermoso día que hacía, las plantas danzaban al son del viento. Entonces me abrigué porque supuse que tendría frío y al mirarme al espejo me asusté al ver mi pálido y blanco rostro y unas enormes ojeras producto de la salida. “Gracias a Dios existe el maquillaje”, pensé. Salí afuera, tomé mi bici pensando que había hecho bien en abrigarme y comencé a pedalear rumbo a casa de Abril. El trabajo era arduo ya que la fuerza del viento superaba a la de mis piernas, que ya comenzaban a cansarse. Al principio no se veía un alma por el pueblo, hasta que… vi un tumulto de gente en la vereda. Justo en esa vereda. Leí el cuadro colgado en la pared. Helada y sin entender lo que estaba sucediendo, tiré mi bicicleta en medio de la calle desolada. Entré al lugar. Un escalofrío intenso y aterrador recorrió mi cuerpo. ¿Qué está pasando? ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué están todos? Me acerqué al centro de los sollozos desgarradores y allí en el cajón estaba mi cuerpo, yacía blanco, tieso.

LA PESADA por Estefanía Guarino



                           
Al fin terminé mi día, el trabajo se tornó muy pesado hoy en la oficina. No sólo eso, también el clima ayudó. EL calor me sofocó.

Mientras Hilario apagaba su PC y se dirigía hacia la puerta de su local, vio una mirada rara, así como perdida y se tumbó para ver mejor, pero ya no había más nadie.

“Será un curioso, pensó”.

Cuando Hilario llegó a su casa se sacó los zapatos y se calzó ropa cómoda. De repente su teléfono comenzó a sonar, pero él no atendía. Era dueño de una empresa de viajes, por esta razón sus teléfonos no paraban de sonar ni un momento. Era un señor de unos 60 años, divorciado, muy optimista y de un humor muy alegre.

Dos minutos mas tarde, de nuevo el teléfono. Era ella… la pesada, así la llamaba Hilario. Ella, una mujer joven de unos 30 años, su nombre era  Genoveva, madre de un hijo.

Genoveva e Hilario se conocieron en uno de los tantos viajes que él organizaba, ella estaba junto a su hijo debido a que se trataba de una excursión para niños.

El empresario notó desde el comienzo las intenciones de la joven mujer. Su aspecto la mostraba muy claramente como manipuladora. Cosa que a Hilario le generaba cierto rechazo y desconfianza.

A los días de haber transcurrido el viaje, Genoveva no dejaba de llamarlo. Tras innumerables llamadas rechazadas, el hombre accedió a responder algunos de sus llamados, y de este modo acordaron algunos encuentros. Cenaron un par de veces, si sí…  2 veces. 

Ella estaba feliz, él sólo lo hacía para darle el gusto, para no decir que lo hacía por compromiso. Para ver si así podía sacársela de encima.
Pero no fue así, cada vez se tornaba más densa, más insoportable, más insistente, más intensa aquella mujer…

Para él esto era una pesadilla, hasta le parecía sentir su perfume, su figura, su elegancia, su encanto; con otras mujeres que pasaban por su local.

****
Ya es madrugada, otra vez su teléfono, si… era la pesada. Hilario decide responder.

Ella con el típico tono histérico, irónico y amenazador de mujer caprichosa y despechada:

-¡Contestame!
- ¿Por qué no me atendés?
-¿Ya te cansaste de mi… es eso?

-“Está bien, no vas a hablar”… Yo tengo una y última cosa por decirte: “tengo un arma y voy a disparar.”

Hilario parecía desoír todo lo que aquella loca decía y con tono exhausto le respondió:

-“Dale, que nunca escuché un disparo por teléfono”…

De pronto: ¡PUM! Se escuchó el estampido que impactó en el oído de Hilario, quien a los segundos cayó muerto en el comedor. 

EL NIÑO por Jimena Ocampo


Se despertó una mañana agobiada de la rutina. Tocó a su costado, su hijo no estaba. Pensó que se habría despertado antes, era normal en estos días, pues se quedaba hasta tarde estudiando para los parciales.
Se durmió de nuevo, no más de 20 minutos ya que le sorprendía el sospechoso silencio que había en la casa. Se levantó, se lavó la cara, se cepilló los dientes, se vistió y bajó a la planta baja, en donde esperaba ver a Gabriel en pañales viendo la tele, pero no fue así. Un fuerte calor le recorrió todo el cuerpo.  Lo buscó en cada uno de los dormitorios, en el baño, en la cocina y en el patio, pero no estaba. Comenzó a desesperarse, recorrió toda la cuadra, pero nada.
La vecina, que la vio preocupada le preguntó:
-         ¿Qué pasa, Nati?
-         Se me perdió el Gabi.
-         ¿El quién?...
Regresó a la casa y notó algo que la preocupó aún más. No estaban sus juguetes. Buscó por todos los rincones sin encontrar ni uno sólo. La desesperación aumentaba. Pronto volvió al patio, con la esperanza de que estuviera escondido en algún lugar. Al salir se dio cuenta que la ropa que había tendido la noche anterior tampoco estaba. Empezaron a correr sus lágrimas por el rostro. Entró nuevamente y llamó por teléfono a su mamá. Con voz entrecortada por el llanto logró decir:
-         ¡El Gabi no está!
-         ¿Qué pasa?
-         ¡Lo busqué por todos lados pero no está!
-         ¿A quién?
-         ¡Al Gabi!
-         ¿Hija estás dormida?
-         ¡No ma! ¡Te estoy diciendo que el Gaby no está!
-         No sé de qué me hablás hija…
-         ¡Ma! ¡Del Gabi!, ¡Mi hijo!
-         Natalia vos no tenés hijos. ¿Estás tomando algo?...
Se le cae el teléfono de las manos.
Tiene que ser un sueño, estoy soñando y necesito despertarme. Dios ayudame a despertarme, por favor, ayudame Dios mio! Ay no, no es un sueño, qué hago, Dios, ¡qué hago! Ya sé voy a llamar al Sebastián, y si se lo llevó le meto una denuncia...
-         ¡Sebastián! ¿Vos te llevaste al Gabi?
-         ¿Quién habla?
-         La Natalia, ¿Te lo llevaste o no?
-         Disculpame, estás equivocada.
-         ¡No! ¿Hablo con Sebastián Muñoz?
-         Si pe…
-         ¿Te llevaste al Gabi?
-         Pero estás equivocada, no sé quién sos…
-         Natalia Bruno
-         No te conozco, discúlpame.
¡Qué está pasando Dios mío, tiene que ser una broma, ayudame!
Empezaba a sospechar de su salud mental y en que quizás, nunca había tenido un hijo, pero esto no podía ser cierto.
 Buscó en su cartera la billetera, en donde guardaba los documentos de Gabriel. La abrió pero allí no había nada.
No estaba él, no estaban sus fotos ni portarretratos, no estaban sus juguetes, no estaba su ropa, no estaban sus documentos. Nadie lo conocía.