TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


Gianella Bruno

 Mañanas sagradas

 Marini se dirigió hacia el final del vagón para advertir a los pasajeros que su charla era en un volumen demasiado alto y a las personas de adelante les molestaba. Comenzó a oírlos más atentamente cada vez que se acercaba a ellos.

-¿Vos sabés lo que más me repugna de la historia? Que no digo absolutamente una palabra en todo el cuento. ¿Se piensa que soy muda? -dijo Irene muy indignada.

-Pasajeros, disculpen la molestia, -interrumpe Marini- les voy a tener que pedir que bajen un poco la voz.

-Bueno señor disculpe, pero estamos muy enojados de que este autor no le dé importancia alguna a mi hermana. A usted le parece frente a semejante mujer -respondió el hermano de Irene mientras la miraba.

-Entiendo su enojo, pero ¡al menos el de ustedes no los obsesionó con una isla y los dejó pegado a una ventana durante todo el relato! -opinó el propio Marini un tanto enojado.

-Tuviste un poco más de suerte que yo, mi autor me hizo enloquecer con una estatuilla e intenté matar a mis colegas y para colmo el que terminó muerto fui yo. -Contestó un pasajero que estaba sentado unas butacas más atrás.

-¡O aún peor! A nosotros nos hizo fingir una realidad paralela y terminamos quedando como unos tontos creyendo en ella -comentó la familia de adelante.

-Esperen, esperen, ¿acaso están hablando de Cortázar? A mí ese autorcito me dejó de personaje secundario, no sabe nada de lo que soy capaz -remató Therese.

-¡Si! el fantástico de Cortázar -dijeron todos a coro, y al finalizar la frase estallaron de risa al darse cuenta de aquello que los ligaba.

-Antes de marcharme les quería proponer que podríamos juntarnos e ir en busca de nuestro querido autor para preguntarle el porqué de nuestras historias, ¿Qué les parece? sugirió Marini.

Todos los pasajeros asintieron e intercambiaron datos para poder mantenerse en contacto y poder realizar el encuentro.

Una mañana, unos cuantos días más tarde, suena el teléfono de la casa de Therese. ¿Quién podrá estar molestando a esta hora tan temprano? Alguien que me conoce seguro que no, porque ellos saben que las mañanas para mí son sagradas -piensa.

-¿Si? ¿Quién habla?

- Hola, ¿hablo con Therese? Soy Marini, el del tren del otro día ¿te acordás?

-Ah!! Sí sí, querido Marini, ¿cómo estás? Supongo que si me estas llamando es para organizar el encuentro con Cortázar ¿no?

-Más bien para avisarte hora, fecha y lugar; ya organicé todo. Va a ser en un bar este 12 de febrero, vamos a celebrar los éxitos de sus cuentos e invitarlo para tenerlo ahí disponible y poder ofrecerle nuestras críticas constructivas al querido Julio. Ya están todos avisados, solo me quedabas vos, nos vemos pronto. Concluyó Marini esperando una despedida.

-Perfecto, gracias por avisarme, adiós. Fue la última frase con la que Therese colgó el teléfono y continuó con su tan querida mañana sagrada. 

El sol brillaba más que nunca ese 12 de febrero pero no bastaba porque el frío que hacía era penetrante en París. Era el mediodía cuando todos se encontraron en el aeropuerto para dirigirse luego, juntos, al evento de Julio Cortázar al que también, además de ellos, muchos fanáticos iban a asistir porque se había corrido la voz.

Al terminar de almorzar se quedaron todos en la mesa para poder charlar lo que no habían podido mientras comían. Debatían acerca de lo que iban a hablar, lo que iban a decirle y echarle en cara, pero estaban todos tranquilos, nadie estaba realmente enojado con Cortázar si no que todos le guardaban aprecio por contar una historia con ellos de personajes, aunque no hubiera sido de película.

Cuando llegaron al bar estaba todo ambientado en los cuentos publicados, sus portadas, toda una biografía de Julio, en el fondo se escuchaba en la radio unos audiolibros grabados en casetes y un barullo de los aficionados charlando mientras esperaban al queridísimo autor. Cuando este cruzó la puerta, un silencio se hizo antes de una ola de aplausos y elogios. A medida que avanzaba iba charlando con cada grupo de personas que se encontraba y los saludaba. En el momento en el que se encontró con el grupo en el que estaban todos sus personajes una gran sonrisa apareció en su rostro y los abrazó uno por uno.

-No puedo creer que estén casi todos acá, en este lado del charco, me pone muy contento de verlos y más aun si se conocen. -Dijo Julio a todo el grupo.

-Nos conocimos hace un tiempo, fue muy de un cuento como sucedió, hasta cómico diría- comentó Marini.

-En verdad nosotros fuimos quienes organizamos el evento, esperemos te guste, queríamos hacerte algunas preguntas sobre nuestras historias en nuestros cuentos, ya que a algunos no nos gustó como nos interpretaste -respondió Irene.

En ese momento aparece Therese, que brillaba más que nunca, con bebidas para todos, no se habían dado cuenta que faltaba ella cuando había ingresado al local Cortázar. Tenía apartado un trago de caipiriña para él en especial, por ser el invitado estrella de la noche. Julio agradeció el gesto cuando se lo entregó y tomó un gran trago, pero a los minutos comenzó a marearse y se estampó la cabeza contra el piso.

-¡¡¡¿Pero Therese qué hiciste?!!! -gritaron todos muy enojados.

-Pensábamos en preguntarle sobre las historias y decirle que no nos gustan determinadas cosas pero nunca hablamos de ¡¡¡MATARLO!!! por dios, estás completamente loca -dijo el hermano de Irene, mientras comprobaba en el cuerpo de Julio si aun quedaba pulso.

-Esperen, todavía tiene pulso, ¡¡Irene por favor llamá una ambulancia urgentemente, aún tenemos tiempo de socorrerlo!! -gritó el hermano. En ese momento comenzaron a oír sonidos de flautas ambientando el lugar envolviéndolos en una absoluta confusión.

-Pero yo sí hablé de matarlo, durante todos estos días, todas las mañanas me frenaba a limpiarla y ella me decía lo que iba a pasar este día, ella me dijo todo, ella lo sabía hace mucho y yo lo único que hice fue cumplir con el destino que ya estaba escrito. -escuchaban de fondo que repetía Therese una y otra vez mientras comenzaba a desvestirse y se agachaba en busca de una copa.

-¿Ella quién? De qué hablás Therese?? -Le preguntó la tía Clelia.

Antes de que Therese pudiera decir una palabra, el primero en hablar fue Marini, quien sabía sin duda alguna de quién estaba hablando y al terminar su frase apagó la luz.

Celeste Ramírez

 El cuento

Recuerdo cómo me gustaba viajar, pasarme horas viajando por sinuosos caminos de tierra y asfalto, tomado mates y aprovechar para charlar mientras esperábamos llegar a destino. Recuerdo que nada me llenaba más que salir de la ciudad con mi familia, mi hijo Julio y su padre, Carlos.

Solíamos salir cada fin de semana, siempre yendo a diferentes lugares. No era algo nuestro visitar el mismo sitio dos veces. Todo era hermoso, cada lugar daba ganas de no irse nunca más; pasaba lo mismo con todos los espacios que visitábamos, excepto el último, pero eso aun no lo sabíamos.

Lo encontramos de mera casualidad, por haber tomado el desvío equivocado mientras seguíamos un sendero que nos conduciría a una gran cascada. No nos percatamos de estar perdidos, ya que todos íbamos concentrados en otras cosas. Mi hijo sentado en el asiento trasero, callado, escribiendo en su cuaderno unas hermosas historias fantásticas, como solía hacer todos los días en casa. Y mi marido, un hombre tímido y discreto, con mucho que hablar, pavadas a veces, pero me gustaba.

Mientras recorríamos aquel sendero nos dábamos cuenta de que, sin importar donde miráramos, todo era absolutamente hermoso en aquel lugar. Seguimos el camino, estábamos rodeados de inmensos pinos y el césped se hacía cada vez más verde a medida que íbamos avanzando. El lugar era perfecto.

Metros más adelante, el pinchazo de una de nuestras ruedas nos tomó por sorpresa; bajamos del auto, revisamos el maletero y para nuestra mala suerte la llanta de auxilio no estaba allí. Mi marido había olvidado cargarla. Decidimos tomar nuestras pertenecías más útiles y caminar hasta ver adónde llegaríamos, tal vez con algo de suerte hallaríamos una estación de servicio.

Caminamos un largo rato, solo había árboles por donde se mirase. Al cabo de unos minutos de caminata nos topamos con una vieja cabaña que tenía aires de soledad y parecía no estar habitada desde hacía mucho. Echamos un vistazo dentro y nada parecía fuera de lugar, solo era una casa abandonada. Lo único que se veía raro era que aún estaba amueblada, sin telas ni sábanas que protegieran los muebles del polvo. Pronto oscurecería y no podíamos seguir caminando, puesto que no conocíamos el lugar ni tampoco había una vista accesible de lo que encontraríamos más allá.

Mientras Carlos sacudía las camas, yo intentaba hacer algo para la cena. Por fortuna encontré unas latas de guisado que aun no caducaban en la alacena. Cuando llegó el momento de cenar, rápidamente llamé a mi hijo y a mi marido, no quería que la comida se les enfriara. Carlos vino, me ayudó a poner la mesa y nos sentamos a comer. Pasó el rato y Julio todavía no venía a cenar. Me dirigí a la que sería su habitación esa noche y no lo encontré; lo busqué en el baño, en la otra habitación, en la sala, e incluso en un cuarto pequeño que había junto a la salida trasera, el cual parecía que lo utilizaban para las herramientas.

En ningún lado había rastros de él, buscara donde buscara no había señal alguna. Con cada minuto que pasaba mi desesperación aumentaba, no sabía qué hacer. Corrimos a aquel cuarto intentando encontrar algo que nos diera una idea de dónde podríamos encontrar a mi hijo. Nada allí nos servía. De pronto recordé que Julio, en su mochila, llevaba una linterna que su abuela le había regalado por su cumpleaños número diez. Corrí de inmediato a buscarla. Apresuradamente salimos a recorrer el gran bosque de pinos, pero parecía no existir ninguna dirección, no había dónde ir. Volvimos a la cabaña intentando pensar que tal vez solo era una broma y Julio saldría en cualquier momento riéndose porque nos habíamos creído su broma, pero no fue así, no apareció aquella noche.

Con la salida del sol nos apresuramos a seguir buscándolo, con la esperanza de que tal vez se hubiera dormido junto a un árbol. Más nos adentrábamos a este bosque, más parecía que dábamos vueltas en círculos.

Seguimos caminando y nada. Pasaban las horas y nada de nada. No nos rendiríamos tan fácil, aun si tuviéramos que buscarlo por días, seguiríamos haciéndolo.

Continuamos caminando y a lo lejos, una gran roca marcaba el final del bosque. En su cima, yacía el cuaderno de Julio. Era imposible que Julio a su edad y con su altura llegara hasta ahí arriba, puesto que la roca media más de dos metros. Ayudé a Carlos a tomarlo y nos dispusimos a mirarlo. En su último cuento se narraba toda la historia que estábamos viviendo. La explicación más lógica era que todo aquello lo había escrito cuando llegamos a la cabaña, pero cada detalle que se narraba era exacto a lo que nos había pasado. Caminamos más y llegamos a un pequeño pueblo. Aquel lugar estaba, sin embargo, vacío, no se veían muchas personas que deambularan por allí, tampoco se veían niños en los parques, tampoco notamos la presencia de ningún animal, era un pueblo inquietante, pero tratamos de no darle importancia. Fuimos a la comisaría que había en aquel lugar, pero no había nadie, ni dentro ni fuera del edificio. Todo estaba totalmente desierto.

Seguimos buscando con la intención de dar con alguien que nos ayudase a encontrar a nuestro hijo, pero no tuvimos suerte.

Los días pasaban y nada, no había ni rastros ni indicios de él. Solo estábamos Carlos y yo, solos en este mundo. La tristeza me invadía y la preocupación me consumió. Pasaron días y meses o años tal vez, perdimos completamente la noción del tiempo. Lo extraño es que nunca envejecimos, por más tiempo que pasara. Ahora solo tenemos a Julio en su relato.

Me pregunto cada día a mí misma qué pasaría si borrara algo de aquel cuento, o se me diera por escribir algo nuevo en él. Prefiero no averiguarlo.

Brenda Ponce

 La venganza de los personajes

El avión partía a Francia a eso de las doce del mediodía. Una azafata anuncia por alta voz el despegue y comienza a detallar las instrucciones de seguridad. Hacia el fondo del pasillo se escucha una voz con un tono fastidioso.

-No entiendo para qué me explican esto si ya lo sé, trabajé en esta maldita aerolínea por diez años, conozco las instrucciones de memoria y debo decir que son inútiles, se ve que Cortázar no las conocía y por eso hizo que mi avión cayera y yo saliera despedido por los aires… ¡Qué tipo inservible!. -Comenta Marini.

En ese instante una pareja, unos asientos más adelante, comienza a susurrar.

Hermano, ¿escuchaste lo que dijo ese señor? ¿Será uno de los nuestros? –pregunta Irene.

¡Disculpe señor! -exclama el hermano-. Espero no le resulte imprudente mi pregunta, pero ¿de dónde conoce usted a Cortázar?

Ja… ni me nombre a ese, que se las da de creador y lo único que hace es matar a los personajes de sus cuentos. -Responde Marini un tanto enojado.

En otro asiento, al otro costado del pasillo, un hombre que estaba escuchando la conversación entre estas tres personas, decide meterse.

¡Ni me lo digan! A mí me hizo quedar como un loco frente a todos los lectores y encima de eso hizo que mi propio amigo me mate. -Dice Somoza, dándole la razón a Marini.

Ay hermano, si estos señores van a visitar a Cortázar no creo que sea para algo bueno, con el resentimiento que tienen -comenta en voz baja Irene a su hermano.

Pero claro que no, señorita -dice Marini- ¿A usted le parece que tenga que agradecerle algo al hombre que me mató? Creo que si usted estuviera en mi lugar buscaría lo mismo que yo, venganza.

Claramente estoy de acuerdo con este señor -contesta Somoza-. Por eso mismo traigo conmigo el hacha con la cual hizo que mi amigo me matara.

Rápidamente el hermano de Irene, preocupado por lo que acababa de escuchar, le dice a su hermana que apenas aterrice el avión debían ir corriendo hasta la casa de Cortázar a advertirle sobre lo que le esperaba.

 

Luego de largas horas de viaje, el avión finalmente aterrizó. Los cuatro personajes corrieron apresurados a buscar sus cosas para ir directo a encontrar a su creador, Irene y su hermano por un lado, y Marini y Somoza por otro lado, ya que se habían puesto de acuerdo en el avión en ir juntos a concretar lo que tanto esperaban.

Al llegar al destino que ansiaban, se encontraron los cuatro en la puerta de entrada a la casa de Cortázar.

¡Vamos Somoza, entremos y llevemos a cabo lo que por tanto tiempo esperamos! -exclama Marini exaltado, mientras Somoza le pegaba con su hacha a la puerta para poder entrar y terminar con la vida de quien estaba allí adentro.

Al entrar a la casa, los cuatro personajes comienzan lentamente a buscar a su creador hasta que ven, al fondo del pasillo, una habitación con la puerta cerrada, aunque sus bordes revelaban una luz prendida dentro. Al llegar a la puerta, Marini le dice a Somoza que la abra, que seguro allí se encontraba la persona que tanto buscaban. Somoza, un tanto inseguro, ahora, sobre la decisión de matar a quien lo había creado, pone su mano en la manija de la puerta y la abre. En ese momento se escucha desde la cocina la voz de Carol, la mujer del escritor en ese momento.

¡Julio la comida está servida! ¿Venís a comer?

Claro que sí, mi vida, ahora voy -contesta Cortázar desde su oficina donde escribía sus obras.

Rápidamente el escritor cierra el cuaderno y suspira diciendo:

Mejor dejo esta historia hasta aquí, no vaya a ser cosa que realmente mis propios personajes vengan a matarme. 

Ayelén Dellafiori

 Otra vez

Irene llora por el camino, siguiendo a su hermano sin saber adónde ir. De repente enuncia palabra.

¡No es posible que hayamos salido de nuestra casa en pijama! Si tan solo Cortázar me hubiera dado acción en este cuento, pero hizo lo contrario. -dice desolada.

Deberías aceptar lo que ha escrito para nosotros. -dice el hermano de Irene.

¡Sí! Claro… Siempre hay que aceptar lo que escribe este señor.

Bueno, capaz que la próxima tengas más acción, hermana.         

Eso espero, sino se la verá conmigo.

Ay hermana… pero dejalo tranquilo al pobre Cortázar, sin él, no existiríamos.

¡Callate! dejá de decir pavadas, que a vos te agregó porque estás medio loquito.

¡Irene! se me ocurrió una idea, vamos a la casa de nuestro buen amigo Somoza -dice el hermano.

Caminan hacia la colina, distinguen la casa de Somoza y se llenan de esperanza cuando ven la luz prendida. Cuando llegan a la puerta se encuentran a Therese, que permanece inerte en el piso de la entrada, más bien muerta ante un charco de sangre. En el fondo del taller se encuentra Somoza, desnudo y con un corte en la mitad de la frente.

Irene y su hermano se adentran en el taller, esquivando los cuerpos, y encuentran a Morand temblando en un rincón oscuro, acurrucado y agarrado de su hacha, todavía manchada con la sangre de su amigo y su novia.

Morand, amigo mío, ¿qué sucedió acá? -dice el hermano de Irene.

¡Estoy harto de Cortázar! ¡Siempre nos hace hacer lo mismo! - le contesta a los hermanos.

¿Saben qué? Hay que hacer una huelga de personajes, ¡y ver qué se le ocurre escribir! -Exclama Irene enojada.

¡No! ¡¿Cómo se te ocurre esa barbaridad?! -Contesta su hermano oponiéndose.

Claro… Como vos estás acostumbrado a que se hagan las cosas como siempre quisiste, sin que nadie te cuestione nada. Así no tiene que ser. -Interviene Irene.

Yo estoy de acuerdo con tu hermana, ¿Saben cuántas veces me mataron?¡Infinitas! -dice Somoza, levantándose del suelo.            

¡Si, yo también me sumo a la huelga! - Exclama Therese, desde la entrada.

Mejor    me voy… - Se despide el hermano.

Cierra la puerta detrás de él, mientras escucha murmullos dentro de la casa. Emprende su camino descendiendo por la colina hacia la calle, para buscar dónde dormir. Se dirige al hotel más cercano y en el vestíbulo se encuentra con un amigo.

Marini, amigo mío, ¿Cómo andás? -dice el hermano de Irene con alegría y alivio de encontrar a alguien conocido.

Hola amigo, bien... tanto tiempo sin vernos. Había ido a tu casa, pero no encontré a nadie.              

Es que tomaron la casa, y tuvimos que dejar todo. –dice el hermano con cierta nostalgia, recordando las cosas que había dejado, como las lanas de su hermana y la colección de estampillas de su padre.

Bueno... esas cosas pasan. ¿y dónde está tu hermana?

Está en casa de Somoza, planean una huelga contra Cortázar o algo así, me fui antes de que me involucraran en el asunto.

Hiciste lo mejor, amigo. Siempre los resentidos terminan culpando al pobre Cortázar, sabiendo que no tienen por qué culpar a su creador, sino agradecerles que están en sus escritos. En fin, mi buen amigo ¿dónde pasarás la noche?

Tenía planeado pedir una habitación, y mañana salir temprano, porque no me dejaron sacarlo ¡lo podés creer!

No, no te preocupes. –dice Marini, asegurando que otro día lo resuelven.

No quiero ser una molestia, amigo. –dice el hermano, pensando que tiene suficientes gastos con su viaje.

No es ninguna molestia.

Marini se dirige hacia recepción para pedir dos habitaciones por separado, pero la recepcionista le informa que todas las habitaciones para una persona están ocupadas. Así que pide una habitación con dos camas.

Cuando regresa al vestíbulo, con la llave en mano, le comenta este infortunio, pero no termina su oración y sus palabras quedan en el aire porque se encuentra al hermano de Irene mirando fijamente el volumen de cuentos de Cortázar, que hace poco tenía entre sus manos.

Marini preocupado llama al hermano de Irene pero este no le contesta, lo vuelve a llamar y sigue sin contestar, hasta que posa una mano sobre su hombro, el hermano se sobresalta y deja el volumen en la mesa del vestíbulo.

Hola... ¿Pudiste... conseguir la habitación?

Sí. -dice Marini, mostrando la llave.

No quiero ser una molestia. -dice repitiendo que no quería ser un estorbo.

No lo sos, al contrario, insisto que descanses. –dice Marini, tomando su maleta y el volumen de cuentos, que guarda en la valija.       

Se dirigen al ascensor, pone su brazo sobre los hombros del hermano de Irene para guiarlo. Entran a la habitación de paredes bordó con dos camas, un armario de roble, un baño de azulejos blancos, un televisor, y una ventana con vista hacia la ciudad. Marini aprovecha para desempacar y le presta ropa limpia al hermano de Irene para que duerma cómodamente.

Cambiados y acostados, Marini decide retomar la lectura del cuento “La isla a mediodía”, pero cuando extiende su mano sobre la mesita de luz, donde había colocado el libro, no lo encuentra. Dirige su mirada hacia el hermano de Irene, al otro lado de la habitación, quien se encuentra con los cuentos esparcidos sobre su cama, pero leyendo uno en particular que lo pone nervioso y ansioso, el cuento “Casa tomada”. Pero no sabe nada. Cuando lo termine de leer no habrá vuelta atrás, porque todo vuelve a empezar.

Angel Valdera

 El misterio de Massachusetts

Marini: ¡Hola! ¿Notaron como Cortázar siempre nos pone en situaciones tan extrañas? Es como si disfrutara de ponernos en aprietos.

Clelia: ¡Tenés razón, Marini! Siempre me he pregunto si Cortázar se divierte con nuestros sufrimientos, recuerdo ese final que le dio a mi familia; hizo que pasara tal sufrimiento, ese final fue un verdadero knock out.

Alejandro: Esos finales que dejaron boquiabiertos a casi todos los lectores, pero creo que con eso nos ha dado un tipo de inmortalidad, ¿no creen? Aunque seamos personajes ficticios, las personas siguen hablando de nosotros, incluso tiempo después desde que se publicaron nuestros cuentos.

Marini: Eso es cierto, Alejandro, a veces los lectores se obsesionan con intentar entender el significado que está detrás de nuestras acciones.

Clelia: Bueno, para mí eso puede ser un tanto frustrante. Cortázar juega con sus lectores, los hace cuestionarse la realidad, la lógica, y eso nos afecta directamente.

Hermano de Irene: Eso sí, para la mayoría de los lectores el fantástico cortazariano es una obra de arte. ¿Que no piensa en nosotros, los personajes? Pero algo bueno pasó, que nos favorece. ¿Empezamos?

Alejandro: Y pasa ahora, es que Cortázar está escribiendo otro cuento, pero hay alguien que está con él, en realidad ellos dos están escribiendo el cuento: Cortázar y Edgar Allan Poe.

Clelia: Un día, donde el sol brillaba tan fuerte que no se podía estar afuera, pero estaba lindo para estar en la sombra de un paraíso, Cortázar recibió una carta, era de Poe, donde lo invitaba a Massachusetts, Estados Unidos, Poe le tenia una propuesta.

Marini: ¡Sí! Donde Poe lo invita a Cortázar a que escribieran algo, juntos.

Hermano de Irene: Cortázar tuvo que hacer un largo viaje, para encontrarse con Poe. Empezarían a hablar sobre su futura creación, cada tarde, con el sol apunto de ocultarse, buscando el momento de "inspiración".

Alejandro: Pensaban en su creación: qué le agregarán o qué le quitarán, si es que tiene que tener un final knock out. Todas esas dudas se las quitaban en esas tardes.

Irene: Cortázar un día estaba con poca inspiración, entonces decide salir a caminar solo. En esos momentos Cortázar se sentía cansado, mal, como que le pasaba algo o le faltaba algo.

Marini: Poe notaba eso en Cortázar, y un día habló con él. Le dijo que lo llevaría al hospital, para asegurarse que no sea fuese grave. Cortázar aceptó.

Clelia: En el hospital le hicieron análisis y demás, encontraron algo, los médicos le informaron la situación a Cortázar.

Hermano de Irene: Pero él no le contó nada a Poe, le dijo que todo estaba bien, aun les faltaba terminar el final del cuento. Simplemente Cortázar le dijo a Poe que se tenía que volver a su casa en París.

Alejandro: Poe aceptó y le dijo que sí, que podían ponerle el final después. Pero a todo esto Poe no sabía que le había sucedido a Cortázar.

Irene: Desde entonces pasaron unos meses y Poe no recibía ninguna carta de Cortázar. Pero lo que no sabía era que Cortázar…

Carla: Están seguros de eso?, ¿no es mucho?

Agustina Merele

 Continuidad…

Irene siguió llorando por el camino, siguiendo a su hermano sin saber adónde ir.

De repente enunció palabra Irene:

-¡No es posible que me hayas hecho salir de nuestra casa en pijama! Si tan solo Cortázar me hubiera dado acción en este cuento, pero hizo lo contrario -dijo desolada.

-Deberías aceptar lo que escribió para nosotros -dijo el hermano de Irene.

-¡Si! Claro… Siempre hay que aceptar lo que escribe este señor.

-Bueno, capaz que la próxima tengas más acción, hermana. 

-Espero que sí, porque sino se las verá conmigo.

-Ay hermana… pero dejalo tranquilo al pobre Cortázar que sin él, no existiríamos.

-¡Callate! Dejá de decir pavadas, que a vos te agregó porque estabas medio loquito.

-¡Irene! se me ocurrió una idea, deberíamos ir a la casa de nuestro buen amigo Somoza- dijo el hermano de Irene.

Caminando hacia la colina distinguen la casa de Somoza y se llenan de esperanza por encontrar a alguien cuando ven la luz prendida. Cuando llegan a la puerta encuentran a Therese tendida en el piso de la entrada, más bien muerta ante un charco de sangre; y en el fondo del taller, a Somoza, desnudo y con un corte en la mitad de la frente.

Irene y su hermano se adentran en el taller, esquivando los cuerpos, y encuentran a su vez a Morand temblando en un rincón, acurrucado y agarrado de su hacha, todavía manchada con la sangre de su amigo y su novia.

-Morand, amigo mío, ¿qué sucedió acá? -dijo el hermano de Irene.

-¡Estoy harto de Cortázar! ¡Siempre nos hace hacer lo mismo! -les contesta a los hermanos.

-¿Saben qué? Deberíamos hacer una huelga de personajes, ¡y ver qué se le ocurre escribir! -exclamó Irene enojada.

-¡No! ¿Cómo se te ocurre esa barbaridad?! -contestó su hermano, oponiéndose.

-Claro… Como estás tan acostumbrado a que las cosas se hagan como querés, sin que nadie te cuestione nada. Así no tiene que ser -intervino Irene.

-Yo estoy de acuerdo con tu hermana, ¿Sabés cuantas veces me mataron? ¡INFINITAS! -dice Somoza, levantándose del suelo.

-¡Sí, yo también me sumo a la huelga! -exclamó Therese, desde la entrada. 

-Mejor me voy… -Se despidió el hermano.

-¡Siempre haces lo mismo vos! Salís corriendo sin enfrentar nada -dijo un tanto enojada Irene.

Cuando el hermano estaba por cruzar la puerta, justo en ese momento llegaron Marini y Alejandro y le taparon la salida.

  - ¿Por qué tanta prisa? ¿A dónde vas? -preguntó Marini.

- Acá no se puede estar tranquilo -se quejó el hermano de Irene- lo que quieren hacer es algo absurdo.

-¿Absurdo decís? ¿Qué estás diciendo? –Alejandro miró sobre la cabeza del personaje. – Qué casualidad, están casi todos.

-Vamos hacer una huelga, que hará que el mismísimo Cortázar piense varias veces lo que va a escribir de nosotros -dijo Somoza.

- Me perece buena idea hacer la huelga -dijo Alejandro-. Porque hacer parecer a mi familia que estamos completamente locos ya fue demasiado.

- Tenés razón, pero y lo que hizo conmigo?? hacerme pensar que por fin podía ir a la isla es de un loco -dijo Marini-. Para que luego me haga romper el cuello al caer del avión –agregó.  

- Pero piensen que les dio otra oportunidad de seguir en los cuentos -argumentó el hermano.

- ¡Dejate de pavadas! lo vas a seguir defendiendo -acotó Therese-. Con todo lo que nos hizo.

-Es imposible hablar con ustedes -dijo el hermano cruzando, esta vez sí, la puerta.

Más tarde un temblor suave los inquietó, Irene empezó a tener sensaciones raras, lo mismo pasó con Alejandro y todos los que estaban ahí. Ninguno decía nada, no podían mover ni siquiera un dedo, el ambiente se sentía tenso. Todos quedaron como suspendidos y hasta mover ojos les costaba.

Quedaron en un silencio en el que nadie se atrevía a tan solo respirar. Luego volvieron a sentir un temblor, está vez más intenso, y la puerta se abrió. Irene reconoció esa puerta, era la del pasillo, la que nunca se abría.

Aarón Billarruel

La llave

Comenzó a estudiar un libro de Cortázar para un práctico evaluativo, con nota. Pero lo dejó por otras cosas urgentes, no negocios o algo de ese estilo, sino problemas familiares y amorosos.

A la semana más o menos, se puso nuevamente y comenzó a leerlo por segunda vez. Le gustaba mucho, por la forma de redactar del escritor. El chico, sin embargo, no entendía y lo quería hacer, el cómo lograba que fuese tan atractiva la escritura que llevaba a cabo ese escritor. Aarón, un pibe alto, flaco, pelo castaño y con mal gusto para vestir, intentó en varias oportunidades escribir como Julio...pero no pudo, claramente, algo no le quedaba y veía que no podría llamar la atención; lo intuía.

No le hizo caso y algo enojado volvió a dejar todo. Además, no era un día para leer, había discutido con su novia, algo ya normal para él y ella. La chica creía que le era infiel, solo por pensamientos, además que él no le respondía las llamadas, mensajes, no le daba prioridad y menos le decía lo que hacía, como si de alguna forma le estuviera ocultando algo, pero no.

Ya le había aclarado que no hacía nada de eso, sino que era por el tiempo que pasaba estudiando y leyendo, pero ella no le creía.

Lo dañaba que siempre pensara algo de ese estilo, aunque él se sinceraba muy seguido sin conseguir nada. La dejó. Estaba harto de la relación, que llevaba años. Un amor sufrido, como si de eso se tratase.

Lo tomó, sin embargo, con calma, y siguió su vida.

Sentado en un rincón de su casa, pensaba y pensaba, se quería distraer. Era loco todo lo que le sucedía, no lo podía creer...

Decidió leer un libro, pero no que el que tenía asignado como tarea o práctico, sino otro, uno de fantasía. Se puso cómodo en su sofá, cruzó su pierna izquierda por encima de su rodilla derecha y leyó. La mayoría de las cosas le quedaban grabadas en su mente.

Se dejaba llevar por la trama, por los sucesos, los hechos que acontecían... sentía placer al ir leyendo, a tal punto de imaginar todo como si él fuera el personaje principal: un castillo grande pero no como todos, con pocas plantas y no en una montaña, sino en una playa, raro ¿no?, una muchacha morena preciosa, de ojos grises y cabello blanco y bueno, él, el protagonista.

La morocha se le insinuaba siempre que lo veía, pero no le interesaba al hombre, a quien solo le importaban las plantas de todo tipo.

A Aarón le parecía una historia muy buena y llamativa, tan así que leía atentamente ignorando todo a su alrededor: el timbre que sonaba en su hogar, que apenas alcanzaba a oír, el bullicio bajo que se escuchaba y el viento que azotaba contra su casa.

Así siguió por minutos y minutos, hasta cansarse o poner eso como excusa. Sus pensamientos regresaron y más con la escena que había visto con sus ojos al ver el cuento. Describía su relación terminada, por momentos de amor y otros, de nada. Cerró el libro y lo tiró.

Se rascaba la cara y apretaba su cabello, como si estuviera nervioso o ansioso o quizás, solo arrepentido.

Se paró y miró hacia la puerta, la tenía a metros de él, por ahí, donde tantas veces ella había entrado y salido. Se acercó y de la nada, brillaba, por el marco, el picaporte, y por donde se introduce la llave. Abrió la puerta, y...


Gabriela Llamazares

Amigas 

Ema era única hija de un matrimonio joven, de clase media, típica Argentina de los años noventa; iba a un colegio privado, tenía vacaciones y escapadas de fin de semana muy a menudo. Además, como hija única, todo giraba a su alrededor. Todavía no tenía primos, así que era la mimada indiscutida de ambos lados de la familia. Con una imaginación suspicaz, le gustaba dibujar, pintar, mirar dibujitos animados mientras su abuela le ponía en la mesa deliciosas meriendas. Había ocasiones en que merodeaba las bibliotecas familiares, con sus apenas seis años, buscando ilustraciones que le dieran indicios sobre lo que trataban los libros, ya que recién estaba empezando primer grado y todavía no sabía leer.

Hubo unas vacaciones en que sus tíos pidieron permiso para llevar a Ema unas semanas con ellos, aludiendo que con esa edad ya se podía quedar a dormir en otra casa y sin sus padres, que aceptaron. Cabe destacar que Ema era una nena calladita, rubia, delgada, que comía de todo pero no en mucha cantidad. Adoraba los animales y el buen trato, por lo que aceptó encantada la invitación, ya que esos tíos tenían gato, perro, conejos y pájaros en un patio casi salvaje. Además, como la tía era muy dulcera, siempre había en esa casa cositas ricas con dulce de leche y nueces, que a Ema le resultaban irresistibles; también lápices de colores y fibras porque sus tíos eran maestra y maestro de escuela primaria.

El primer día resultó movido, había que armar la pieza de huéspedes, equipada con dos camas. Era la habitación donde dormía su tía, de chica, con su hermana; todavía había muñecas, ositos, y la puerta ventana daba a un balcón donde los carolinos dejaban caer sus ramas y el sol penetraba tímido, dando una luz tenue, tanto en la mañana como por la tarde. No por eso, sin embargo, tenía algo de lúgubre, todo lo contrario. Se respiraba un aire acogedor, apacible y hogareño.

Para el segundo día, los tíos, sin previo aviso, invitaron a la hija de unos amigos que para ellos era como una sobrina, también de la edad de Ema, pero morocha y un poquito más robusta, cosa que no era muy difícil si se comparaba cualquier niño o niña con Ema. Se hicieron amigas al instante, compartían todo, hasta tenían la misma altura, los mismos gustos. La tía les preparaba la bañadera y se bañaban juntas como si estuvieran en la pileta, a la noche comían pizzas, se reían, era todo muy divertido. Tal fue así, en los años siguientes, apenas llegaban las vacaciones Ema ya tenía la mochila armada para irse a la casa de sus tíos y así pasaron, las vacaciones de verano, de invierno, de verano, de invierno… Se dormían cada una en una cama, se despertaban sonriendo, se querían mucho, eran como hermanas, o más fuerte que eso, eran más bien como amigas hermanas, hasta que llegaron las vacaciones previas a cumplir los ocho años y Ema empezó a irse de viaje con sus padres al mar, a las sierras, al exterior. Ya no volvió ni a quedarse en la casa de los tíos, ni a ver a su amiga. 

Y así pasaron los años, hasta que un día Ema, ya en el secundario, en una reunión familiar, les pregunta a sus tíos por aquella amiga con la que jugaba cuando era chiquita, en su casa. La tía frunce el ceño, como metiendo la cara, y le dice: ¿qué amiga? La que tenía mi altura, pero morocha –responde Ema– vos nos cuidabas, nos leías cuentos antes de dormir, cada una en una cama. –No, no, no puede ser, querida Ema, ya que siempre estuviste sola…

Juan Martín Viera Lalli

En algunas situaciones los sueños asustan, pero en otras motivan y, sinceramente, no sé cuál de las dos me pasa más a menudo, pero sé que el sueño de hoy me asustó.

Era simplemente un árbol disfrutando del sol y el viento, pero había algo más, solo que no era algo visible. Una vibración tal vez, o un sonido blanco… aunque me esfuerzo no termino de recordar.

Mi desayuno intentó en vano borrar lo y la televisión tampoco ayuda realmente. Las noticias sobre civiles inmolándose en fábricas no da una buena imagen para acompañar un café, y mucho menos unas tostadas.

Decidí apagar y mirar el patio, a mi gato jugando en los malvones y el romero, pero siempre alejado de la citronela. Faltaban quince minutos para ir al trabajo, los libros en la repisa llamaron mi atención, pero no. Estiré mi espalda y decidí salir antes para el trabajo.

Después de tantos atentados hacia la empresa sería lógico pensar en no ir a trabajar algunos días, pero no, acá no se está dispuesto a perder un centavo. Mi trabajo consiste en, básicamente, hacer que la empresa se vea mejor ante el público y, hasta ahí, todo bien. El problema surge cuando me dan la imposible tarea de hacer que la gente vea a la empresa eco amigable.

En cualquier caso, una vez terminadas mis ocho horas, salí y respiré la libertad, mezclada con un poco de humo, eso sí. En la puerta de entrada, una cara familiar se asoma. Marcos, un amigo desde la infancia me dedica una mirada cansada mientras se acerca, seguramente a quejarse de algo.

- ¿Todo bien?

- ¿Como puedo estar bien con una empresa como esta? Vos deberías saberlo mejor que nadie.

- ¿En qué lugar no explotan un poquito a sus empleados?

- No lo entenderías aunque lo explicase.

Riéndome un poco me fui para mi casa. Esa tarde, Marcos mató a doce empleados para luego morir.

Él era el último amigo que me quedaba, había prometido no volverse loco como los demás.

Al día siguiente no fui a trabajar. Decidí en cambio ir a la plaza, la única del pueblo que se mantenía. Allí tenía muchos recuerdos de la infancia, recuerdos con Marcos. Me recosté en un árbol, ahí nos conocimos y trepábamos hasta el cansancio.

Me recosté en su sombra, cerré los ojos e intenté olvidar. Ahí fue cuando lo escuché.

Al principio fue algo indiferente. Luego fue una sugerencia. Escaló hasta ser un pedido.

Finalmente lo comprendí. Cerré mis ojos y pegué mi oído al gran árbol.

Rocío Mairone

Hasta que la muerte nos separe

Blanco. Qué hermoso color. Puedo sentir cómo me rodea, me abraza, me contiene. No hay nada más a mi alrededor que este color tan puro y tranquilizante. Todo es blanco, las paredes, el techo, la cama, este abrigo que tanta calma me trae. Incluso mis amigos vienen siempre de blanco. Justo como en mi casamiento, cómo olvidar ese día.

Estoy lista, con mi hermoso vestido blanco que me llega a los pies y mis guantes de seda rojo cereza, a juego con mis labios. Estoy ansiosa, los nervios me comen por dentro, ya ni siquiera me importa que nadie de mi familia esté conmigo hoy. Dicen que no es bueno para mí. Pero yo lo amo, yo voy a dar el <<sí>> aunque no les guste. Yo lo amo con locura, con toda la pasión que cabe en mi cuerpo. Sigo esperando, ya es hora, ¿por qué nadie me avisa que ya tengo que salir? Sé que me está esperando, me lo prometió. Tenemos que casarnos, tenemos que mostrarles nuestro amor verdadero a todos. Mi celular suena, es su mamá, dice que todavía no llega, no logran comunicarse, no saben dónde está. Corto. No puede ser, no tenía que ser así, nada debe salir mal. Tengo que ir a buscarlo.

Voy a salir, no importa que me vean así, necesito encontrarlo, necesito que sea completamente mío de una vez por todas. Ya no puedo dejar que vuelvan a quitármelo. Todos me están viendo, nadie dice nada. Puedo ver su preocupación, me miran con lástima. Sé lo que están pensando, él no es para mí, pero después de hoy ya no va a lastimarme otra vez, es nuestro día, hoy juraríamos amor eterno, hasta que la muerte nos separe.

Tengo que ir a buscarlo, sé que está con ella otra vez, no voy a dejar que me lo gane. Quiero salir, ¿qué hace la policía en la iglesia? Intento esquivarlos. Ya lo saben, vienen por mí. Saben lo que hice. Me sostienen entre tres, pero no me resisto, no hice nada malo. Solo tomé lo que me pertenece. 

Lourdes Soria

Dos

 

Desde su jubilación en abril del 2018, Ilda iba todos los sábados por la mañana a tomar un café y leer el diario en algún bar o cafetería, su preferido era El palacio del café. Generalmente lo hacía sola, había quedado viuda dos años antes de jubilarse y sus dos hijos vivían en el extranjero, por lo que no viajaban al país muy seguido. Sus amigas, en tanto, estaban ocupadas con los nietos y familiares. Eventualmente, Elena, su mejor amiga, la acompañaba para poder charlar un rato.

Cuando al fin llegaba ese día de la semana se levantaba temprano, tomaba una larga ducha y, luego, comenzaba a vestirse mientras escuchaba alguna playlist de románticos en Spotify. Antes de salir chequeaba cómo se veía en el espejo del recibidor, tomaba las llaves y emprendía su camino al destino del día.

Un fin de semana no se sintió demasiado bien; el calor era excesivo aquel sábado, por lo que decidió llamar a Elena, con quien había quedado la semana anterior, para cancelar la salida. Se quedó recostada viendo televisión, pero el cansancio la venció y se durmió profundamente. Cuando despertó miró el reloj frente a la cama y vio que daba las dos de la tarde.

Creyó sentir que alguien golpeaba la puerta principal. Se levantó apurada, puesto que no esperaba visitas. Recorrió el largo pasillo que atravesaba la casa, abrió la puerta y no encontró a nadie, tal vez había demorado demasiado y se habían ido. Se arrimó a la reja que daba a la vereda, miró a un lado y a otro, nadie pasaba. El único auto estacionado en la cuadra era de un par de vecinos antipáticos que jamás hablaban con nadie, seguro ellos no habían tocado.

Se decidió a entrar pero algo llamó su atención. En uno de los arbustos que estaba en un macetón al lado de la puerta vio un papelito, un recorte de revista asomaba entre las hojas. Lo tomó. Ya adentro, mientras esperaba que se calentara el agua de la pava para preparar un té, se sentó en la mesita redonda de la cocina y revisó el recorte. De un lado, una parte de la propaganda de alguna crema; del otro, el número dos.

Pasó la semana, se sintió mucho mejor y llegó el sábado nuevamente. Al levantarse, Ilda sintió una extraña sensación que la atravesaba, una especie de escalofrío recorrió su cuerpo. Ya me estoy poniendo vieja, pensó y entró a ducharse. Ejecutó la misma rutina que sabía de memoria. Caminó hacia El palacio del café, había hablado con Elena pero ese fin de semana no podía acompañarla, tenía un compromiso familiar. Cuando llegó, el mozo la guió a una mesa. Estaba distraída, pensando en esta rutina que la comenzaba a aburrir cuando notó que, desde la vereda del frente, alguien la observaba. Se puso los lentes para ver quién era pero era tarde, allí ya no había nadie. En el camino de regreso a su casa creyó escuchar pasos tras ella, sin embargo, cuando se daba vuelta la vereda estaba vacía.

Ilda estuvo intranquila toda la semana, no sabía qué estaba pasando. Tampoco estaba segura de querer que llegara el siguiente sábado. Cada día trató de hacer las tareas del hogar y sus actividades en el centro de jubilados lo más lento que pudo, tratando de extender al máximo el tiempo. Pero inexorablemente, en un abrir y cerrar de ojos llegó el día.

Decidió que esa mañana no iría a ningún lado. El viernes había hecho las compras en el supermercado para evitar salir. Se quedó en casa y por precaución no repitió la rutina. Luego de almorzar pensó en acostarse, había sido una semana agotadora.

Estando en la cama se acordó de Elena. Qué raro que no contestó nada, seguro está cuidando a los nietos, se dijo para consolarse. Miró la hora en el reloj, predispuesta a dormir, y vio como en ese momento exacto daban las dos de la tarde. De pronto cayó en un sueño profundo y pesado. Le pareció que alguien golpeaba la puerta, otra vez la misma situación. Algo la hizo levantarse y salir a ver qué pasaba, recorrió nuevamente el largo pasillo y no había nadie en la entrada de la casa, se acercó hasta la reja que daba a la vereda y miró hacia un lado y el otro.

A lo lejos Ilda caminaba junto a Elena rumbo al café.

María Sol Dellacasa

Quién sabe qué fue

 

Boulevard San Martín

Es sábado 7:30 am y por más que quiera volver a mi cama, es una tarea que se volvió imposible. Mi mamá decía que la mejor manera de comenzar el día era bien temprano con una taza de café en la mano y sonriéndole al mundo. La verdad es que no sé qué tomaba para pensar eso. La taza de café, que luego de 15 minutos sobre la mesa ya se enfrió, me sigue esperando, una de mis únicas compañeras desde hace mes y medio. Los pájaros se asoman por la ventana por mera curiosidad, al igual que los rayos del sol, que me dan los buenos días en la frente, pues, ese simple momento es el que me recuerda que el día comenzó, ya que por desgracia mi cuerpo y mi propia mente se han naturalizado en el no dormir y pasar de largo día tras día sin tener en cuenta los horarios. Pienso, que logré mimetizarme con las rosas marchitas que veo a través de la ventana.

Es media mañana cuando un estruendo logra que frene a mitad de la escalera y mi rostro busque al responsable. En la casa no está. Me aproximo a la puerta, saco un, dos, tres, seguros. Introduzco una llave y la giro, cuando estoy por la segunda, freno. Antes, miro por el picaporte preguntándome si es necesario salir, pero en ese instante, otro golpe, más cerca, me sorprende. Vuelvo a cerrar todo. Sin detenerme corro hacia arriba, paso por el primer pasillo, tratando de no chocar con el florero del suelo, salto la semi reja que está en la puerta y me escondo debajo de la cama. Algunos podrán mirar la escena y pensar en cómo un adulto de 37 años es protagonista del tal show. La verdad, hasta él mismo se lo preguntaría.

Calculo que pasaron 20 minutos cuando me digné a salir, y solo por el hecho de que las tostadas quemadas hacían demasiado humo desde la tostadora. Sigilosamente bajo por las escaleras, con los pelos en punta cierro las persianas. La angustia me oprime el pecho otra vez y las náuseas se sienten en mi abdomen. La decepción y la vergüenza me dan ganas de llorar. Pareciera que él me siente, que sabe cuando lo necesito, es ahí cuando viene al rescate y se sienta a mi lado. Casi que lloramos en sintonía.

 

San Juan 462

Tengo un hábito, el de tomar 450ml de agua apenas me levanto. Están contados milimétricamente cada día. Me ayuda a despertar mis sentidos y ser más ágil, prestar más atención.

Dar un paseo por el barrio está segundo en la lista. La señora regordeta de la vuelta de la esquina me recibe con un “buenos días''. Como siempre, me ofrece algo para comer y no me puedo negar. Generalmente paso muchas horas en su casa, muy linda por cierto. El estilo setentero es imposible de confundir.

Poco después se despierta su marido. Ni me mira, es màs, no saluda a nadie. De manera sistemática y muy grosera se sienta en la mesa del comedor y espera a que su mujer le sirva el desayuno. Siempre espero a que vuelva, pero esta vez decidí irme.

Apenas piso el pavimento de la vereda veo a los lejos el característico rojo intenso del pelo de aquella chica que siempre está llorando. ¿Esta vez por qué será? Detrás la sigue su novio, gritando de tal forma que los niños del parque se dan vuelta para ver que pasa y sus madres tratan de restarle importancia.

Pasaron meses de aquel suceso, el que presencié en mi propia casa. La bronca y el dolor nunca se fueron. Lo peor es que ni siquiera tuvo la valentía de decirme una palabra, solo hacerme el gesto de silencio y largar una risa soberbia. Nunca lo quise.

A esta altura de la mañana vuelvo a casa para ver que todo siga en orden.

 

San Juan 450

Ese sábado Julieta vivía un dejavu tal como lo venía haciendo desde hace meses.

Se levantó a las 6:35 en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos. Como siempre, preparaba el mate, compraba unos bizcochos, ponía el noticiero en la tele y se sentaba a esperar. Joaquín debía llegar a las 7:00, otros días lo hacía a las 9:00, últimamente a las 11:00, pero Julieta no perdía las esperanzas de que pudieran desayunar juntos antes de que ingresara al trabajo.

El reloj marcaba las 8:35 cuando la puerta del garaje y el motor del corsa gris anunciaban la llegada de Joaquín. Julieta, quién ya llevaba el ambo puesto y estaba a punto de salir, se levanta de un salto esperando ansiosa por un abrazo de su novio. La puerta se abre y ella sigue con una sonrisa de oreja a oreja que no se borra por más que la cara de Joaquín no derroche alegría.

¿Cómo estás, amor? ¿Hay algo para comer? Si, unos bizcochos…¿Todo bien? Pásame el jugo.

Era de esperarse que 10 minutos después los gritos de pelea se hicieran notar. A los 15 ambos se levantaron de la mesa, a los 20 voló una botella hacia el televisor. Julieta pedía explicaciones, Joaquín esquivaba las interrogantes. Julieta lloraba de la angustia, Joaquín enloquecía. Ella no aguantó más y salió por la primer puerta que encontró, topándose con el gato del vecino, lo miró con amor y rogó que nunca aprendiera a hablar. Encaminó hacia el auto, Joaquín la seguía de cerca, tan así que la estampó contra el vidrio del vehículo. Ambos suben y emprenden su camino a quién sabe dónde, para hacer quién sabe qué.

Había ojos contemplando la escena, pocos, pero ahí estaban.


Luna Moreno

Reencarnación

 

Yo que siempre tuve todo, lujos, autos, confort, nunca acepté a nadie en mi vida, mi casa era mía, así como cada cosa que poseía. Era el más egocéntrico del planeta y me encantaba ser así.

Se me apagó la luz hace unos días y ahora no sé dónde estoy, parece que varias personas comparten conmigo este sitio. Siento algo raro, somos muchos, apretados, y no entiendo por qué parece que estoy todo mojado. Quiero gritar y no puedo, quiero mirar y no puedo, quiero escuchar y no puedo. Parece que estuviera sumergido en agua pero no me siento ahogado.

El lugar donde estoy se contrae a veces, apretándonos aún más de lo que estamos. No sé por qué presiento que algo se acerca y ¡wow! eso que veo… ¿Es luz? realmente no estaba equivocado.

Qué asco, qué es esto húmedo que me mueve de acá para allá, siento frío y eso que me limpia o ensucia no me deja tranquilo. Mis orejas parecen cerradas, pero puedo oír algo confuso como pequeños llantos sin fuerzas.

Ese olor, ese olor particular que me hace sentir seguro aunque no puedo ver nada, mis ojos parecen estar pegados. Tengo hambre, mucha hambre, pero no tengo dientes. Paso mi lengua por mis encías y me faltan los dientes. ¿Esto es un sueño? No entiendo qué es lo que está pasando.

Alguna fuerza sobrenatural aparte del hambre me lleva a prenderme de algo, como si fuera una acción involuntaria. Succiono y sale un líquido que me encanta. Realizo la acción con placer. ¿Acaso estoy …? De nuevo entro en confusión pero no puedo dejar de hacer lo que estoy haciendo.

De a poco las horas pasan, se convierten en días, y mis ojos se empiezan a abrir, así como también escucho mejor y más claro. Veo medio nublado, camino inseguro. Aunque me sigo sintiendo raro, no sé porque no tengo manos. ¿No tengo manos? lo que tendrían que ser mis manos son patas ¿Qué? acabo de darme cuenta de que son patas peludas que me ayudan a desplazarme. ¿Qué es lo que está pasando?

Ya no sé en que día estamos, solo sé que de noche siento mucho frío, que los autos pasan muy fuerte, reconozco el sonido porque me encantaba la velocidad. De día no me queda otra que resistir, pienso que esto es una pesadilla y que pronto voy a despertar.

A veces me duele la panza del hambre, y me siento débil. Pero ese animal peludo al que amo tanto nos trae comida que no sé de dónde saca, ya de sus pechos no sale tanto líquido y creo que la estamos lastimando.

Nunca me gustaron los perros, de ninguna raza, nunca quise tener uno, admito que tampoco soy bueno con los que viven en la calle, más de una vez los he chocado sin piedad cuando se cruzan en mi camino.

Ahora estoy más grande y puedo ver que mi vida ha cambiado, mi mamá no tiene nombre, porque alguien la abandonó de cachorra y vive abajo de un puente, roba comida de la basura para alimentarse, a veces llega muy lastimada y me encantaría poder defenderla, pero le tengo mucho miedo a los humanos. Tengo cuatro hermanos con los que juego y me escondo cuando tengo miedo. Qué difícil es ser esto, y más aún es sentir la indiferencia.

Hoy un auto no frenó y me chocó, intenté resistir pero fue en vano. De nuevo me encuentro en un lugar desconocido. Parece un déjà vu.

Mirtha Bustos

Cuando lloró mi marido

 

Aquel día a Gabriel se le dio por llorar, nunca le había visto ni una sola lágrima, décadas viviendo juntos y jamás le vi una lágrima, muchos menos llorar así, desconsoladamente, y perder el control.

Mantengo distancia, y con mucho cuidado le pregunto ¿Qué sucede? ¿Por qué estás así?

Si me quedaba duda alguna, no tardó en arrojarme a la cara lo que acababa de hacer. Se le ocurrió mirar mi teléfono y solo se detuvo cuando encontró lo que estaba buscando. Entonces dejó de llorar y me preparé para lo peor.

– Hija de puta – murmuró al cabo de un rato.

– Grandísima hija de la gran puta.

Lejos de conformarse con corroborar sus sospechas, Gabriel leyó cada conversación de WhatsApp, escuchó cada mensaje de voz, miró las fotos subidas de tono, dejando que la ira aumentara. Solo cuando estuvo al tanto de todos los detalles de mi infidelidad se dio el gusto de romper el teléfono contra la pared.

Hice, por supuesto descargas en mi defensa: lo de Franco no significó nada, yo sólo te he querido a vos. Intentaba buscar un contacto visual que me permitiera transmitirle a mi marido la sinceridad de mi arrepentimiento y que al mismo tiempo impidiera que acabara encontrando en mi cartera pruebas de otras infidelidades. Pareció, durante un breve instante, que había conseguido mi objetivo. Gabriel se calmó y se giró hacia mí, pero fue solo para clavar una mirada en un punto de la habitación y terminar con una palabra:

– Puta.

Fue una de las últimas veces que me dirigió la palabra, ya que a partir de ese momento mi esposo decidió ignorarme. Durmió en el sillón, no compartimos mesa, ni comida, ni charla, y si me lo cruzaba por el pasillo me esquivaba como si yo fuese una rata inmunda sin derecho a la vida.

Recuerdo que pensé que todo volvería a la normalidad con el tiempo, que un hecho como aquel no podía terminar un matrimonio de años. Y casi estaba por creerme mis propias mentiras cuando llegó a casa la familia de Gabriel, desde Monte Maíz, para mi crucifixión.

Nadie se impresionará si digo que tras los gravísimos insultos hacia mi persona y algunos “ya te lo dije” destinados a destruir el buen criterio de mi esposo, fui declarada culpable de adulterio y condenada a perpetua. Se sumaron a la sentencia amigos comunes, compañeros de trabajo y vecinos, y hasta mi propia familia. Todo mi mundo conocido fue derrumbado.

Decir que a mí todo aquello me parecía excesivo, es poco. Había cometido un error, no lo niego, pero que me hiciera merecedora de una lápida era demasiado. Me encerré en la habitación a fin de calmar con los insultos y evitar una paliza.

Allí me encontró Gabriel a la mañana siguiente, acurrucada como un bulto.

– Fuera de mi casa.

No tardó en sacar de nuestra vivienda cualquier huella que delatara mi paso y permanencia en la misma. Quemó nuestras fotos, rompió mis libros, mis discos y donó mi ropa a la parroquia. Y ya no volvió a llorar ante mi tumba.


Luana Guerra

El secreto de Marlyn 

 

Una sensación de mariposas invade mi estómago haciendo estremecer por completo mi cuerpo. Toda mi trayectoria, premios, títulos y todo eso que me hizo ser la mujer que soy, en este momento desaparece con solo pensar que ha llegado el momento de que toda la verdad salga a la luz.

Ya pasaron casi veinte años del asesinato y nadie ha pagado por ello, tan solo son dos semanas para que la causa quede sin resolución. Es tiempo de demostrar que mi único sospechoso es el verdadero culpable.

 

15 días para el juicio

-Marlyn despierta, ya está listo tu café. Me voy a la fábrica, llámame si tienes algún inconveniente -dice Marcelo a las 6:45.

Me levanté lista para enfrentar el día duro que me esperaba en el estudio, sabía que tan solo quedaban quince días para encontrar la prueba fundamental para resolver el caso.

Ramón Enrique Luque, el principal sospechoso del caso, marido de la víctima hasta el día del asesinato.

Ramón es un alcohólico, sus hijos lo acusaron de maltratador ya hace unos años; confesaron ante mí el abuso que ejercí sobre ellos y aseguraban creer que su padre era el propio asesino de la madre.

Ramón era estanciero de un pequeño campo retirado unos cinco kilómetros de un pueblito llamado Villa Ángela, donde vivía con su mujer y sus dos hijos.

En recolección de información con la gente del pueblo a Ramón siempre lo describieron como una persona atenta y muy amable, se los veía muy enamorados junto a su mujer, Mercedes. Por ello, los vecinos del pueblo me miran de forma extraña debido a las acusaciones que tengo sobre él, pero yo sé que es el único culpable.

 

13 días para el juicio

-Marlyn qué sucede -dice su esposo al verla despertarse muy asustada.

Allí estaba yo de nuevo, despertando con esa pesadilla horrible que me persigue, cada vez más. Mis días de niña no fueron felices, es muy difícil sonreír en un orfanato al lado de un montón de niños intentando comprender cuál fue el motivo para no ser queridos, niños con muy poca esperanza en el futuro. Recién cumplidos mis nueve años llegó a mi vida mi ángel de la guarda, mi amada madre me brindó toda la educación para que hoy pueda ser quien soy.

Cada vez más cerca de la fecha final decido releer los expedientes del caso, Luque fue perfecto en todo, no dejó ningún rastro de pruebas, parecía que se hubiera preparado para ello, en la escena del crimen solo el cuerpo de Mercedes envuelto en sangre. El llamado a la policía realizado por Luque sólo diciendo “mi mujer fue asesinada”, con esa frialdad de un verdadero asesino.

De este modo, la policía, al llegar al lugar, no se encontró con muchas pruebas, solo un experto debió haber sido el asesino, o alguien que vivía en el lugar y que estuvo planeando el crimen por mucho tiempo.

 

10 días para el juicio

Un largo camino al pueblo de Villa Ángela, tenía que refrescar algunas declaraciones de los pueblerinos.

-Don Coco, como era Mercedes?

-Mercedes era mujer simple y trabajadora, no le sobraba absolutamente nada a la familia, siempre fueron buenos vecinos del pueblo de Villa Ángela. Solo en una pequeña temporada a Mercedes no se la vio como antes, no salía mucho por pueblo y Don Luque, cuando se le preguntaba por Mercedes, rápidamente cambiaba de tema.

-Coco por cuanto no se vio a Mercedes?

-Solo fue por una temporada señora Marlyn, pero la verdad cuando la volvimos a ver estaba diferente, se le veía una tristeza profunda en sus ojos y a Ramón siempre obligado a sonreír, algo muy extraño, se habló un par de semanas en el pueblo de esas situaciones, pero después todo pareció volver a la normalidad.

-Coco y después de lo sucedido a Luque cómo lo notaron?

-A Don Luque no se lo volvió a ver por el pueblo, se quedó encerrado en su domicilio, solo sus hijos venían por asuntos de trabajo; Ramón desapareció por completo… Hija le puedo hacer una pregunta?, ¿usted por qué cree a Ramón culpable?

-Coco falta muy poco para que todo el pueblo vea que Luque es el culpable. Gracias por esta charla.

 

8 días para el juicio

La declaración de Luque fue que estaba comprando en el pueblo con sus hijos en el momento de lo sucedido. Llegó a su casa y se encontró a Mercedes envuelta en sangre en el piso del comedor, con la olla con agua hirviendo para los fideos que estaba preparando y en ese momento realizó el llamado policial.

Y esa fue la primera mentira de Luque. Sus hijos estaban encerrados en una pieza alejada de la casa, después de una tremenda paliza que les había dado. Gracias a la declaración de sus hijos hoy Luque está en el banquillo de los acusados, pero sin pruebas fundamentales para su condena.

 

3 días para el juicio

Despierto completamente transpirada, todos los fantasmas de mi niñez y el abandono de mis padres no dejan descansar mi conciencia, veo en los hijos de Mercedes un vacío en sus ojos, el mismo que tenía yo cuando era pequeña, ese dolor de haber perdido a su madre y no saber por qué, a tan solo un paso de ver a su padre tras las rejas. Ese sufrimiento es el mismo que tenía de niña, por eso este es mi último caso en resolver. Este caso se llevó lo último que quedaba de mi vida.

 

Día del juicio

Ramón Luque se presentó en el banquillo de los acusados sin ningún defensor. Mis pruebas eran las mismas de siempre, Luque había mentido en sus declaraciones. El propio juez ya empieza a sospechar de Ramón, aunque no hubiese ninguna prueba concreta que lo incriminara.

Al momento de la declaración de Luque llega la sorpresa para todos.

-Señor Juez, soy Ramón Enrique Luque, un estanciero del pueblo de Villa Ángela, acusado del crimen de mi mujer, me quiero declarar completamente responsable del asesinato de mi esposa. En mi vida me equivoqué y hoy estoy pagando con el asesinato de mi mujer.

Luque se levanta, le entrega unas cartas al juez y pide ser esposado.

 

Pasan dos semanas y el Juez abre las cartas. Allí Luque revelaba la única verdad, la que yo, Marlyn, había ocultado.