TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


Sofía Romero

Flores Amarillas
Andrea es una mujer llena de clichés, pero son esos clichés que veo tan simples y a la vez exagerados los que la transforman en un ser único, en su más bella inmensidad. Es, en proporciones bíblicas, una máquina imparable de sueños salvajes, sinceros, tiernos. Ella vuela, como los canarios de sus pinturas, y no sólo lo imagina. Ella vuela y te invita a conocer el cielo en profundidad. Ella te hace ver las nubes en sintonía con el sol o te muestra que los días nublados deben apreciarse.
Es una eterna creadora de historias y filosofías que ama retratar en sus obras. Ante mí, una vez, puso un dibujo pintado en acuarela, con tres caballos alados que impartían belleza y respeto por sí mismos, haciendo que sus colores pasteles perdieran cualquier vulnerabilidad posible. Y yo, simple humano atraído por su terrible imaginación, me dejé en aquel momento llevar por mi fascinación. Ella me explicaba hasta el hartazgo que en la filosofía japonesa los caballos representan lo carnal, lo humano, y una vez que dejas atrás esos caballos, estás en lugares de la mente que nadie conoce. Sabía, por el tono de voz, que estaba haciéndome una de sus muchas bromas una vez más. Le encantaba jugar conmigo y con mi falta particular de imaginación, pues al ver mi cara de sorpresa frente a sus historias desbordaba la risa en su rostro. Eran esos y otros  momentos así donde  podía sentir con más certeza que me  había vuelto loco por ella, por su infinita claridad. Andrea  posee esa luz que violentamente llena el pecho de calor, que impulsa a querer vivir y vivir otra vez.
Me daba miedo, entonces,  proponerle que se casara conmigo. No quería  que sintiera que frente a tal propuesta pudiese yo cortarle sus alas inmensas de libre andar, que es lo que me hace amarla de la forma en la que lo siento.
Pero no, estaba equivocado.  Mis  temores frente a la propuesta de matrimonio se disiparon cuando su respuesta fue un rotundo sí. Y hoy, más allá del miedo, tengo un moño en el cuello, un smoking elegante y unos zapatos algo apretados. Ha llegado el día donde todos me saludan,  me felicitan,  me regocijan con sus “buenos deseos”; donde nadie ve el temor de un novio que espera, espera el momento. 
Pude verme, ahí, esperándola, en un altar lleno de flores silvestres que me dan algo de alergia, frente a un hermoso paisaje de campo que se volvería más cálido con su presencia que aún se ruega entre los invitados.
Hay tanta gente, tantas caras raras que comienzan a mezclarse y pocos son mis intentos de descifrar mis recuerdos sobre estos rostros. Rostros incomprendidos, con un severo dejo de felicidad y nostalgia. Rostros difuminados, cuidadosamente tallados, con facciones reales, con miradas penetrantes de color intenso, tan finamente dibujadas que demuestran un juicio, una culpa, una tristeza en un azul claro. Me veo algo nervioso, tiembla el color negro de mi smoking, como hecho a propósito por un dedo meñique que, de manera improlija y despreocupada, aparece dejando un leve rastro de sombra verde oscuro.
Ahora un color pastel inunda el cielo. Hay una nube extraña que aparece, que tiene una forma familiar. Veo un cura, con una Biblia en sus manos, y con un rosario rojo, quizás un caoba, que me espanta por su relieve. Da comienzo a su sermón, el pecho se infla y la despreocupación se nota en mi cara.
Todo se resume en un instante, el amor parece darse a  la espera una vez más. El terrible color del cielo, hecho con un celeste turbio, aprisiona mi pecho, y me veo de nuevo en colores difuminados de un gris, cargado de tensión.
Mi corazón desborda de la impaciencia de verla llegar, con aquel vestido blanco y esas flores amarillas que tanto le gustan.
Con un trazo delicado, casi con una fina y estética tinta china, mi cabeza gira rápidamente, siento el efecto sobre mí. Aparece, aquí, frente a mis ojos corriendo con sus crines al viento, un ejército de caballos, espléndidos y espectaculares caballos. Desborda el marrón de acuarela casi, cuando irrumpen estrepitosamente en todo el lugar. El polvo parece llegar a mis ojos violentamente. Todo se inquieta, la gente vuelve a verme con sus ojos negros, desafiantes, como expectantes. Y veo los caballos una vez más, corriendo ciegos frente a mí, con sus colores brillantes, potentes, feroces. Inmóvil aparezco, y  me veo tirado en el suelo, me siento debajo de las flores que se tiñen, por obra de Dios, de un violeta azulado. Me veo solo, solo me siento, como una explosión final, veo caballos nuevamente, volando, sí, volando sobre mí.
Y no quise ver más, no quise ver, pero vi. Vi a un niño desdibujado con ojos tristes sujetando un par de flores amarillas. Sus ojos, sus bellos ojos, debían apreciarse.
Y no quise volver a ver, ni tampoco quise voltear al siguiente lienzo. Nunca había podido encontrarme plasmado en las obras de Andrea, quizás todavía ni me he descubierto. No sabía el por qué, no tenía por qué tampoco. Aquella secuencia de mí espantosa espera, fue una especie de llanto quizás, de lo que sucedió o de lo que pudo ser, que me dijo más que todo, o más que nada. Cerré los ojos con fuerza más de una vez, pero estaban por todos lados, los caballos. Y lloré, como un idiota.

Veo cómo ahora pasa frente a mis ojos, montada sobre un caballo, con sus cabellos castaños de tono pastel y todo un fondo de sepia. Y veo al niño con ojos pintados en un color almendra, quizás con un destello de marrón acuarela brillante. Este niño, aquel niño, sujeta ese ramo de flores amarillas, ahora, marchitas. Y lo aprecio un instante, en silencio. Lo siento y lloro de nuevo, como un idiota.

Carla Tivaldi

La niña. Misterio en la casa Adams
Brenda, era una mujer de 30 años, que vivía en un pueblo tranquilo, y estaba acostumbrada a estar en familia y con amigos. Acababa de quedarse sin trabajo, y mirando el diario local, encontró un aviso prometedor: los Adams, una de las familias más adineradas del lugar, quienes estaban a punto de emprender un viaje, necesitaban una niñera de tiempo completo para su hija de doce años, que padecía una extraña enfermedad. La muchacha recordó que en el pueblo se corrían rumores no muy buenos acerca de la mansión Adams (que se encontraba en las afueras del pueblo), pero ella necesitaba el dinero, y no dudó en aceptar el trabajo. Sabía que su familia no estaría contenta con su decisión, por lo que no les comentó ningún detalle del empleo. Ellos eran humildes, pero su hogar era cálido y acogedor. Esta mujer, era la menor de tres hermanos y a pesar de su edad, era la protegida de mamá y papá. Sin embargo, ella quería independizarse, y esa mañana del primer día de trabajo, se despidió rápidamente, argumentando que volvería pronto y prometiendo a su acongojada madre comunicarse con frecuencia.
 Los Adams se hicieron cargo de la mudanza y vivir en una casa llena de lujos y comodidades era lo que ella siempre había soñado. Además, el trabajo no parecía ser muy cansador. Se trataba de alimentar a la niña con las cuatro comidas diarias en los horarios asignados por sus padres. A Brenda le llamó la atención la estricta advertencia que le hicieron sus patrones acerca de  no poder entrar a la habitación, ni ver a la jovencita enferma. Si bien, a causa de la enfermedad, debía permanecer en total aislamiento, la flamante niñera no entendía cómo podían pagarle tan generoso sueldo por solo llevar y traer la bandeja cuatro veces al día. Pero trató de no pensar en eso y disfrutar de su estadía en aquel lugar.
Con el paso de los días, Brenda comenzó a extrañar la vida pueblerina, y debido a que en las afueras de la cuidad la señal era escasa, solo podía comunicarse con su mamá por teléfono fijo. Las horas se hacían cada vez más largas entre una comida y otra, y anhelaba las reuniones con sus amigos, adonde nunca faltaba una guitarra y las risas estridentes. Ahora no podía más que entretenerse recorriendo el jardín o mirando los atardeceres por los ventanales, mientras se preguntaba cómo sería aquella niña a quien estaba alimentando, y su deseo de conocerla se agigantaba un poquito más cada día, a cada hora…
Brenda caminaba varias veces por  el pasillo que dirigía hacia la antesala de la habitación de la niña, a donde dejaba la bandeja con los alimentos, que luego retiraba vacía, y en más de una ocasión, había acercado su cabeza a la puerta, con la intención de escucharla, pero nunca se oía nada. Entonces se quedaba un rato mirando la colección de muñecas que había en la repisa de la antesala. No eran las típicas muñecas de juguete que había en los escaparates del pueblo. Tampoco se parecían a las muñecas que recordaba de su niñez.  Estas tenían ojos negros sin brillo, y sus expresiones eran de asombro y pánico.
Las muñecas parecían mirarla, y sus rostros se le hacían familiares, por lo que muchas veces se sentía intimidada.
Unas cuantas veces, cuando la curiosidad se apoderaba de su cuerpo, Brenda se había quedado esperando, después de dejar la bandeja, a que la niña saliera, para así poder verla, pero eso nunca pasaba, y desandaba el pasillo con sensación de frustración.

Pero un día, la curiosidad se hizo insoportable, y la mujer sintió la necesidad de abrir aquella puerta que dividía su vida de la de aquella pequeña. Tocó el picaporte y descubrió que la cerradura no tenía llave. Atravesó el umbral con una mezcla extraña de sentimientos. Una nueva muñeca se sumó en la repisa, mientras que el pueblo se empapeló de carteles que deseaban saber el paradero de Brenda.

Laura Valls

La Mudanza

Ya no soportaba el dolor que me causaba ese departamento, la veía a Elena por todos lados, se había vuelto un lugar oscuro y me estaba convirtiendo en un ser oscuro a mí también. La mudanza es la mejor opción, la casa de la abuela siempre me transmitió paz, siempre pude estar a gusto conmigo mismo allí, eso es lo que necesito, olvidar todo. No quiero pensar en Elena, ni en autos, ni en pastillas para el dolor cada 6 horas.
Al fin voy a poder descansar, no duermo nada desde el accidente, ya no quiero pensar y este lugar es especial para eso: ni siquiera hay rastros del mundo exterior, gracias a las cortinas pesadas de la abuela que todavía conservan olor a lavanda. Eso es lo que necesito ahora.
Toda la casa tiene sabor a infancia, de mucho antes de conocer a Elena, no hay nada que me recuerde a ella, ni a sus horarios para analgésicos, ni a la culpa. No quiero recordarla, no estoy listo.
Todo acá es perfecto. La casa está intacta: no hay manchas de humedad ni olor a encierro, casi no hay polvo en los muebles, y las flores –que seguro puso Marta cuando entró a alcanzarme el diario-  me recuerdan a las que la nona ponía en ese mismo jarrón.
Estoy agotado, me duele la espalda, voy a tirarme una siesta corta en el sillón y después veré si puedo arreglar la tele del nono, que aunque es de las viejas, parece nueva.
-¡Que hambre tengo!- Digo mientras me desperezo en el sofá después de la siesta- ya debe ser la hora de tomar la leche. Me levanto con fiaca y camino despacio a la cocina, donde arriba de la mesa me espera una leche chocolatada en la taza de siempre y unas tostadas con dulce de leche. Me como la merienda y dejo la taza sobre la mesada. Ahora toca tele: la prendo y veo un rato He-Man. Pero me aburro rápido, siempre pasan lo mismo. La apago y agarro mi pelota para ir a hacer jueguito al patio. Todavía es de día y hace calor de siesta. Escucho del otro lado de la tapia ruidos de pileta y risas. Trepo al árbol para poder ver. Es Graciela con las amigas, tomando sol y hablando de revistas. La única que tiene bikini es la Graciela, es de esas de triángulo que se atan, con flores lilas y azules. Se nota que es la más grande de las chicas.
El calor me está haciendo doler la cabeza, además no quiero que me vean porque me voy a meter en líos. Cuando me estoy bajando del árbol se rompe una rama y caigo de rodillas al piso, me raspo todo. Estoy yendo a limpiarme, pero en el espejo grande del pasillo me freno. Hay algo raro, me preocupa el reflejo. Hay algo que no está bien. Yo me río y él se queda serio, inexpresivo, como si me hubieran chupado las ganas de todo. Esto me hace enojar. ¿Por qué si yo me río él no? Se supone que yo mando.
Sigo mi camino al baño, me limpio las rodillas y me lavo la cara. Siento que la barba ya creció bastante, no sé si hace cuatro y cinco días me afeité. ¿Qué día es hoy? Paso otra vez por el pasillo y me detengo frente al espejo. Ya no parece tan grande, ahora me tengo que agachar un poco para que no me corte un pedazo de frente. Mi reflejo sigue extraño, ¿De qué se ríe, se está burlando? Yo no me río hace semanas, ni siquiera sonrío, no puedo hacerlo porque no tengo motivos.
-¡Basta!- grité
-¡Basta vos!-me contesté enojado- si sos vos el que engaña
-Yo no engaño a nadie
-La engañaste a Elena, por eso chocó. Vos la pusiste loca.
-¡Cortala pendejo! Siempre le fui fiel, ella no entendió.
-¡Vos no entendés! Ya te perdiste, hablas de fidelidad y te sos tan infiel a vos mismo que ni sabés quién sos.
-Yo sé quién soy. Lo que no se es cuándo.
Me duele la cabeza y estoy confundido. Como una resaca después de cien tequilas. Tengo hambre, siento la barba tupida y un olor a suciedad nauseabundo. Voy a darme una ducha. El espejo del botiquín me devuelve, sin embargo, una cara ya afeitada. Debo ir a trabajar.
Preparo en la cocina una taza de café negro y me tomo una aspirina. Busco la camisa blanca y un pantalón de vestir. Quito las dos vueltas de llave. -Andá a saber cuánto hace que no abren esta puerta- y salgo.

Afuera veo al camión de mudanza arrancando y el conductor me saluda tocando la bocina.

Hsu Chih Yang

Déjà Vecu

Octavio manejaba solo por el camino sinuoso para regresar a su ciudad. No había otro auto más en la ruta, sólo la luz tenue de las estrellas y el recuerdo borroso, pero aromático, de un mismo sueño que hacía noches se repetía. Sin embargo, el rostro de fatiga por el viaje estaba a su vez pintado de alegría debido a esas oportunidades de la vida que a uno le llegan sorpresivamente.
Dos meses atrás la felicidad le había tocado la puerta. La editorial más prestigiosa de la ciudad estaba interesada en publicar una recopilación de todas sus poesías. Él las había subido semanalmente al blog personal desde hacía trece años, cuando terminó su estudio secundario.
Aún Octavio disfrutaba de la última experiencia de la feria del libro, la semana pasada, invitado especialmente por la editorial para reunirse con los lectores, fascinados por su obra. Su persona irradiaba el regocijo y el orgullo. Disfrutaba de cada autógrafo que había firmado a pedido de la gente, como cuando escribía las poesías; recordaba cuando le pedían tomarse fotos juntos a él, y sentía que todo el éxito lo irradiaba. Sin lugar a dudas, su obra había llegado al corazón de la gente.
Después de dos meses de actividades de presentación del libro en diversos lugares, había decidido viajar por primera vez a las sierras en el auto de su padre, sin la compañía de ningún amigo o familiar, como un regalo especial para él mismo en el día de su cumpleaños.
Le había encantado el viaje, el contacto con la naturaleza le había entregado abundantes inspiraciones para nuevas poesías. Pero el regreso se estaba haciendo demasiado largo. En un momento el auto se paró. Durante todo el día se había olvidado de recargar el combustible.

Una sensación inexplicable me invadió. Déjàvu. Miré el celular y estaba completamente sin señal. Volví a estar parado en el medio de la naturaleza rodeado por la oscuridad. Seguí caminando como si conociera el rumbo hasta que descubrí un sendero que conducía hacia el interior del bosque, donde apenas podía ver un punto brilloso de la luz. Había una casa y lo sé. La luz se expandía cada vez que me acercaba, y la sensación de familiaridad se volvía también cada vez más contundente. Ví en el fin de la senda una cabaña. Golpeé la puerta y me atendió una señora. Apenas la puerta se abrió, sentí el mismo aroma de café que soñaba. Le pedí ayuda y me invitó entrar a la casa. Al entrar ví un bahiut antiguo contra la pared, un retrato de una muchacha y un café humeante sobre el mueble. Pregunté por la chica del retrato.
-Mi hija, Lilia. Falleció de cáncer hace treinta años. Justo hoy es el aniversario-
Y le pregunté por el tazón de café porque me despertaba mucha nostalgia.
- Café sin azúcar en tazón. Era su favorito. Siempre le preparaba para esta fecha imaginando que volvería algún día- dijo tristemente.
-A ella le encantaba leer y escribir. Ahí están guardados todos sus escritos. Lástima que no sé dónde Lilia tenía la llave.- dijo de pronto la señora señalando el bahiut.
La intriga me tentaba a abrir el gabinete para conocer más a Lilia. Extrañamente, yo también tengo la misma costumbre de poner bajo llave mis libros y escritos.
-Señora, búsquela en su habitación, detrás del cuadro, si es que tiene.- Porque es lo que yo solía hacer.

La señora entró a la habitación de Lilia. Salió asombrada con la llave en la mano. Abrió el bahiut y empezó a mostrarme los escritos, mientras lloraba. Tomé un cuaderno con tapa de cuero bien antiguo, y empecé a leer. Temblaba. Cada palabra era mía. 

Valeria Zárate

Noche aterradora

Es una noche de invierno, fría y estrellada, como tantas otras. Yo me voy a acostar a mi habitación, a ver un poco de tv, sintonizo un canal de películas, estoy dos horas enganchada con la peli, luego apago el televisor, miro a mi alrededor para ver si todo está en orden, apago la luz y en la habitación que es inmensamente grande el silencio se asoma lentamente entre las penumbras, las cortinas de la alcoba despliegan pequeñas brisas que enaltecen con plenitud el anochecer reinante y con el correr de los minutos creo no poder dormirme por las secuencias e imágenes aterradoras que estoy viviendo en la temible noche. Sin embargo, logro sumergirme en la espeluznante historia.
Mi mamá, que estaba en la cocina, se dirige a mi habitación a ver si necesito algo, pero me encuentra dormida, me tapa bien con las frazadas para que no tenga frío y entonces comienzo a sentir que por mi cuerpo corre algo áspero y me despierto sobresaltada y asustada por la situación, y veo a mi madre al lado de mi cama.
Al pasar el fin de semana, me levanto para ir a la escuela. Además me tengo que encontrar con mis compañeras María y Silvana, dos de mis mejores amigas, para contarles la hazaña vivida por mí y que me causara tremendo estupor. La clase se desarrolla con total normalidad y entonces suena el timbre y una vez en el recreo, reúno a mis compañeras y les cuento lo sucedido mientras dormía durante la noche del sábado. Logrando calmarme cuando vi que era mi madre  la que me acogía suavemente entre sus brazos, tapándome  para que no tuviera escalofríos en la pesada noche. Y dije con alivio “suerte que eras vos mamá, pensé lo peor”.


Mis dos compañeras, María y Silvana, se echaron a reír, pues no podían creer lo sucedido, me enojé con ellas y sentí detrás de mi guardapolvo una cosa extraña que abrumaba mi cuerpo, noté que se descomponía mi piel y presentía que me molestaba un pie, entonces al quitarme el zapato vi que se volcaban grandes montones de arena en el suelo, e imaginé la sensación de sacudir con mis brazos a estas dos niñas que no entendieron nada la situación vivida por mí, pues de ahora en adelante no veré más sola una película, ya que tengo miedo de las situaciones que puedan ocurrirme.

Paco Casalánguida


La flecha del silencio

En mi casa todo es desorden, ya no encuentro nada y, por si fuera poco, casi pierdo hasta la paciencia. No es porque sea desordenado, me pasa que por ser ordenado es que pierdo las cosas. Parece complicado de entender pero no lo es, porque es en medio del orden donde se encuentra el desorden, suena tan claro ahí está sólo que no se deja ver, o al menos sólo yo lo puedo ver. Y busco, busco sin saber que estoy buscando, y porque busco encuentro desorden, que antes no estaba.
Yo no era así, el tipo que se olvidaba dónde dejo tal cosa, por más insignificante que fuera. Yo era un memorioso, siempre me lo dijeron en mi casa, agendaba nombres, fechas, direcciones, imágenes de los lugares mas recónditos que pudieran existir, nunca me olvidaba de absolutamente nada. Todo estaba en su lugar, en el lugar que para mí se traduce como un orden que desde hace tiempo ha desaparecido, como una vieja fotografía que se destiñe con el paso de los años.
Hoy pienso que es lo que me puede haber sucedido a lo largo de este tiempo, no hubo girones bruscos que me hayan echo cambiar tanto de personalidad, ni un golpe en la cabeza, ni la pérdida de un ser querido o una enfermedad cerebral que acabara conmigo en cuestión de segundos. No recuerdo cómo pudo pasar.
No me doy por vencido por nada del mundo y busco, aunque me resulte trabajoso esto de revolver y reacomodar todas las cosas en su lugar, porque sé que es la única manera de encontrar algo.
Entre algunos escombros encuentro un espejo, y no hay nada en él, ni mi reflejo. Pienso que es algo normal, que puede estar tan deteriorado que ya no sirve.
Me canso y salgo a caminar, para despejarme un poco y encontrar un alivio. ¡Ah! Encontrar, como si encontrar algo fuera una tarea fácil de concretar en mi vida. Sigo caminando por la avenida mirando las vidrieras que se encuentran todas revueltas y no hay nadie para que las acomode.
Me detengo frente a una vidriera con fotos de gente que no conozco. Sigo viendo las fotos y en eso me quedo hipnotizado, inmóvil, casi sin poder pensar en nada, y se me viene un sentimiento que es de todo a la vez, en el momento en que todo se empieza a aclarar, cuando observo su rostro en la fotografía.

Alguien camina lentamente hacia mí. Me palpan los pies, las manos, me flexionan las rodillas. Otro me abre el párpado y un destello de luz me enceguece por unos segundos. Entonces comienzo a ver sombras, desfiguradas primero, más nítidas después: un cuarto blanco, una ventana abarrotada, máquinas y cables conectados en mí. Y ahí empiezo recordar que la estaba buscando desesperado después del terremoto, y que no la había podido encontrar. A un costado, su cuerpo yace junto al mío.

Bárbara López


Bydlo

Cuatrocientos setenta y siete, mas ciento veinticinco con ochenta, contando el segundo vencimiento, mas lo descontado de la tarjeta… quinientos treinta y tres… hmmm. Si tan sólo pago una, me quedan dos mil trescientos; y el alquiler son cuatromil ochocientos… hmmm.  ¡Ay Dios! vamos de nuevo. Cuatrocientos setenta y siet… ¡Tomas, bajá la tele por favor, te lo pido encarecidamente por última vez!
- Hola ma, ¿que haces? Perdón no escuchaba el telefono.
- ¿Como andas hijito? ¿que anda haciendo el Tomi? -
- Ahí esta jugando y mirando la tele. Sandra se fue a lo de su mamá porque esta más chau que hola la vieja, pobre, asi que estoy solo. ¿Querés venir a cuidar tu nietito? Ya se está por quedar dormido. Se levantó temprano hoy.
- Ay hijito, no puedo ahora mismo, tengo que ir a lo de Haydé. Esta muy mal con lo que le pasó al marido. Pero voy más tarde. ¿Cómo te estas preparando para la audición? ¿estás más tranquilo? Te va a ir bien, hijo querido. Sos un gran músico y, sobre todo, una gran persona. No olvides lo que te dice mami. Te mereces ganar ese puesto y mucho más. ¿te acordas el concierto que me diste de chiquito en el patio de la casa de Villa Dalcar para el dia de la madre? ¡Ya eras todo un profesional!
- Gracias vieja, pero a veces pienso que la vida me las está cobrando una a una. Estoy muy preocupado. Estoy estudiando mucho y durmiendo poco, la Tuba no es un instrumento fácil. ¡Mucho menos Los Cuadros de una Exposicion de Mussorgsky!. ¡Bendito alcohólico! Pero ya falta poquito para el tan esperado momento. Dios y Ravel saben que me estoy esforzando.
- ¡Ay hijito! Bueno, más tarde voy y te llevo una platita que cobré ayer de unas costuras asi la usan para lo que necesiten, despues me lo devolvés, no te preocupes. Te llevo unas palmeritas. Concentrate en tu audición. Sera un Solo fantástico. Te quiero, hijito. Un beso. Chau mi amor. Chau hijito.
¡Aaah! Pfffff. Volvamos. Hermoso Cuadro 4 “Bydlo” . Concentración. Pianísimo. Poco a poco crescendo.  Pesante. ¿Pesante?! ¡pesante como mi vida!. Concentración. Aunque si le pido la tarjeta a Juli… Vamos de nuevo. Fa, do, sol, re, la sostenido. Bien. Pianísimo. Ahí estuvo mejor. Una vez más esos agudos. Juli no me la prestaria nuevamente. Tranquilo. Un poco más de aire. Que no se desinfle. ¡Pianísimo no es con miedo, carajo!. Que la memoria no guarde el miedo. Una vez más. Da capo.
 - ¡Papá! ¡deja de hacer ruido por favor, te lo pido encarecidamente por última vez!
 - Pero me está cargando este pend… ¡Callate, Tomás, o te llevo a la escuela en vacaciones!-
 - ¡Vieja! Llegaste. Anda a hacerte cargo de ese chico que me está sacando canas de todos colores.
-Hijito relajate, vamos al comedor, nos tomamos unos mates, prendemos la tele, te distraés un poquito.
- Ja! No mamá. ¡Se llenó de globos la tele!
- ¿Te acordas cuando eras chiquito y apoyabas tu cabecita sobre mi pecho? Yo te cantaba y se te iban todos los males. Pareciera que fue ayer. Tu papá se ponía celoso.
- Ay mamá. Ojalá solo con eso ahora se me fueran todos los males. Deberia ir a hacer unos trámites. Tengo unas cuestiones atrasadas pero voy  y vengo en un santiamen.
¡Aaaaah! Lo que me faltaba. Número C225.
-Disculpe, señorita. ¿Es verdad que van por el C045?
Ay ay ay, qué voy a hacer. Si me esperan hasta el lunes puedo ver de cobrar el toque que tuvimos en el casamiento de los Fernandez. ¿Pero si lo depositan el martes? Los Combina me matan. Sandra tiene tres mil, si le sumo los mil del casamiento… hmmm. Empecemos de nuevo. Cuatrocientos setenta y siete…  ¡Señor! ¡Adelántese por favor que es su turno!
-Uy sí, sí. Disculpe. Y si, ¡que no me pasa a mi! ¡Qué papelón! Disculpe ¡ahí voy!
Abrumado, junto los papeles. Los  números  se me vuelven notas. Miro el reloj en mi mano. No logro distinguir sus agujas. Gotas fríaas empiezan a correr por mi cuerpo. Las luces del auditorio me enceguecen. La boca se me vuelve desierto. No soy capaz de comprender mi balbuceo. Ravel me mira desde el final del pasillo. ¡Papá! ¡deja de hacer ruido! ¡deja de hacer ruido! Te va a ir bien, hijo querido. Sos un gran músico y, sobre todo, una gran persona. Respiro profundo.


"Bydlo" from "Pictures at an Exhibition" - V.Gergiev, Filarmonica della Scala

https://www.youtube.com/watch?v=rx6Eo6liyCg


Santiago Vaschetto

Ápices del tiempo

Llegaba la tarde y todavía sentía el gusto de la salsa del mediodía. Ese día no estaban mis amigos para jugar. Sentado al frente de la puerta del patio, el calor húmedo de primavera levantaba los aromas del verde césped cortado el domingo pasado y se entrelazaba con el ruido uniforme de la planta cerealera.
Si bien estaba a punto de llegar, de cierta forma ya podía distinguir proyectada en frente de mis ojos la totalidad de la tarde, ahí estaba, completamente entremezclada en esa neblina que se hace en los días de calor. Una parte de mí quería analizar con detalle lo que haría en ese preciado período de tiempo que había ganado después de una ardua mañana de escuela. Pero, como siempre, terminó ganando la otra parte, la parte que siempre predominó en mí, decidí ignorar por completo esa ilusión. De esta forma estaría frente a frente con lo desconocido y dejaría de lado al destino en manos del Santiago del futuro.
Perdido al poco tiempo por no haber rescatado ninguna pista de aquella visión, uno de los más intolerables seres se asomaba y crecía a medida que los numeritos del reloj digital seguían su rutina.
Fue entonces que en un ápice del tiempo me puse de pie y partí, porque en ese momento no habría mejor forma de enfrentar la situación que adentrarme nuevamente en aquel mundo, ese paraíso terrenal que tantas horas de distracción me había dado en todos mis años desde que pude pararme por mi cuenta y caminar. Supuse que al conectar los dedos de mis pies en ojotas con aquellas maravillas propias del suelo del campo brotaría en mí esa inspiración que me ayudaría a cumplir el fin buscado. Ese fue el momento en el que emprendí viaje, traté de prestar vital atención hasta el más mínimo detalle de cada objeto o cosa en el que mi mirada se posase. Lo primero que vi era el meloso tronco del ciruelo, pero el verlo allí, inerte, sin vida, lo mismo veía en mi mente: nada. Aparté la vista para otro lado y la omisión continuaba, ni siquiera aquel bollo de fierros con una tabla cruzada en el medio que llamaba hamaca, encadenada al olmo fuente de las itas invasoras de la paz cutánea, ni siquiera ella era capaz de “llamarme”. De la misma forma fueron incapaces el galponcito de adobe, la pila de arena, el níspero, el gallinero, la pequeña quinta y el resto de vegetación en aquel sector. Quizás lo buscado estaba más allá de este primer plano, entonces fui más allá, pasando el galponcito de adobe y la pila de arena y la planta de burro, me dirigí a lo que se podría llamar la “zona amarilla”, siendo la “zona verde” la anterior y “zona roja” la siguiente. Clasificación así ordenada porque fue la forma en que fui ganando ese terreno a medida que crecía por los peligros al encontrarse más alejado de la casa.
Una vez llegado a la entrada de este sitio la extensión era mayor, así como la cantidad de cosas para el cual pedir prestado la lumbre de su materia para conseguir aplacar a la bestia. Apoyado sobre la pila de tierra en la oscura y profunda entrada al gran galpón de chinchillas entré a observar qué tenía en frente. Un gran camino principal se dividía en dos y volvía a unirse en el otro extremo habiendo en el medio la gran pila de chatarra vieja. A la derecha los siempreverdes en los cuales sufría cada vez que intentaba treparme en ellos y a la izquierda la leña vieja, húmeda y cubierta en aceite quemado de camión a la cual le seguía la gran montaña de arena y una desértica extensión del sitio. En el extremo del camino, en la unión, por un lado el techo de los conejos y por el otro el árbol al que consideraría segunda madre, la higuera.
Nunca creí que todo aquello algún día no fuese lo suficiente, de la misma forma en la que estaba convencido que el siguiente día sería otra historia.
La molestia se agudizaba, tenía que hacer algo distinto. La técnica de observación tenía severas fallas, había que cambiar el ángulo. Me dirigí a mi segunda madre y trepé por ella. La frescura de su sombra era como la caricia de una suave brisa del viento sur sobre la piel traspirada. La higuera tenía tres troncos gruesos principales y uno más débil en medio- el cual tenía la característica de ser el más alto. Llegué a él como lo había hecho numerosas veces y contemplé el tercer plano, la “zona roja”. Allí habría de estar la respuesta a mi desdichado problema.
Al fondo cruzando una extensión de sitio sembrado de alfalfa para los conejos estaban las tunas y los olmos, y más a la derecha la que con mis amigos llamábamos “isla desconocida”,a la cual nunca nos atrevíamos a ir y tampoco sería la ocasión aquel día. Más próxima estaba la “Agüera”, una “base” o “choza” compuesta por tres paraísos y un montón de paja brava entremedio.
Pasando la “Agüera” y bordeando el alambrado estaban los sauces llorones, nulos del conocimiento de diversión, completamente inservibles.
Pegado a la higuera, frente las chapas donde se escondían las iguanas, sentí que había encontrado lo que buscaba. Miré el caucho negro de aquella cubierta de acoplado y ya tenía descifrado medio enigma. Días antes en una película una niña se columpiaba en una cubierta, experiencia que me era notoriamente ajena. Era mi oportunidad, pero dónde y cómo eran las siguientes preguntas. Un porcentaje de la frustración volvía, no me dejé dominar por ella. Encaré el “dónde” primero. En la higuera era imposible, estaba tan perfectamente diseñada por la naturaleza y la conexión que tenía con ella me lo impedía. Me puse a reflexionar, a cuestionar en cuales plantas el afecto no sería un problema de la misma forma que no lo sería la estructura. “Agüera” era la ideal, uno de los paraísos se adueñaba de un tronco fornido paralelo al suelo.
Bajé de la higuera para enfrentar al “cómo”, y entrando al techo de los conejos, en uno de los viejos troncos secos que mantenían aquellas cabreadas con chapas, de un clavo colgaba un rollo de cable de teléfono. La música parecía que empezaba a sonar, ya tenía las herramientas necesarias, era la hora de la ejecución. Arrebaté los cables y fui corriendo por la cubierta.
Con el cable enredado en el cuello, puse la cubierta de pie y la llevé girando entre la alfalfa hacia la “Agüera” mientras otro problema se asomaba en la ventana de mi mente, cómo con ocho años iba a levantar tremenda cubierta. Llegado a destino un lapso de tiempo se ausentó y la visera de la gorra apuntaba a la cubierta que ya estaba atada con el cable de teléfono en el tronco del paraíso. Desesperadamente trepé al paraíso y colgando del tronco paralelo llegué a la cubierta y costosamente pude pasar mis pequeñas piernas por el agujero de la cubierta. Una vez en ella la ilusión no podía describirse, ignoraba por completo cómo los quilos de caucho subieron al tronco pero ahí estaban, esperando que un niño de ocho años se trepara al árbol y subiese en ella para balancearse. Pero al balancearme lo que no me esperaba era que el cable no fuera lo suficientemente fuerte. En el momento de la ruptura, mientras caía, en lo único que pensaba era en el reflejo que había visto horas antes sentado en el patio. El no haber husmeado aquel mundo era lo que ahora me llenaba el cuerpo de miedo y horror. Al impactar todo se volvió silencio y oscuro por un momento.Instantes después un chirrido retumbaba en mis oídos, había caído de espalda y no podía respirar. Me quité de encima como pude la cubierta y forzosamente comencé a caminar hacia la casa con alguna clase de esperanza pero el esfuerzo fue en vano. A los pocos metros caí de nuevo al suelo. Todo era negro de nuevo, cerré los ojos. Otro pedazo de tiempo se hizo cenizas, me levanté, busqué mi gorra y seguí caminando.


Carolina González

El proyecto

El reloj marca las 00:15. Con Pedro quedamos en que llegaría en quince minutos para seguir el proyecto “Argentina Habla”. Hoy se cumple un año desde que lo comenzamos. Ya preparé su postre favorito, lemon pie, y compré un Casa Boher para brindar y acompañar la velada. Me dirijo hacia la sala, donde se encuentra el escritorio, y poso mi mirada en mi biblioteca. Recorro las tapas con la punta de mis dedos y los acaricio. Esas distracciones que cuestan tiempo y que llenan el alma.
Advierto que ya pasaron diez minutos. Vuelvo a transitar, con la mirada,  la habitación y, al distinguir la calidez y elegancia en su punto máximo, me zambullo en el sillón y prendo el televisor. Mis nervios van seminando un notable malestar. De a poco el murmullo de los programas me va fastidiando y los sonidos de los autos allá abajo retumban en mi cabeza. Intento levantarme en busca del control pero el dolor aumenta y me mareo. No entiendo qué pasa y cierro fuertemente los ojos. Escucho bocinas y mucha gente hablando. Mi cabeza retumba y el dolor no para de crecer minuto a minuto. Reconozco una voz. Balbucea algo y un escalofrío logra besar mí alma, inundando sorpresivamente de paz: “te quiero”, oigo nítidamente. Abro los ojos y veo casas. Casas altas, bajas, blancas, amarillas, marrones. Reconozco el auto donde estoy sentada. Es el auto de Pedro. Pero, ¿dónde estamos?
Vuelvo a marearme intentando girar la cabeza y mirarlo, de pronto me desespera mi situación. De nuevo, de forma natural, cierro los ojos con todas mis fuerzas esperando un poco de sanación. Y aquí estoy. La tele prendida y yo en el sillón.
Pedro aún no llega, el tránsito debe estar retrasándolo, pienso. Mi ansiedad aumenta y comienzo a morderme las uñas. Insisto en llamarlo, pero es en vano, él no contesta el teléfono.
El reloj marca las 00:50. ¿Dónde estás Pedro? Se supone que estaríamos juntos en casa. Algo anda mal. Mi dolor de cabeza es tremendo, siento como si fuera a estallar. Vuelvo a marearme.
Me acerco a la silla y voy sentándome poco a poco mientras me sostengo en el escritorio. El dolor me hace llorar, y todo empeora.
Hago fuerza para abrir los ojos, y al hacerlo vuelvo a ver el auto de Pedro. Estamos parados frente al semáforo. Puedo ver cómo la gente se desprende desde una vereda a otra atravesando la calle.  Hay un sinfín de individuos que distingo por sus ropas, sus cortes de pelo, sus alturas, la compañía a su lado, sus rostros. Todos llaman mi atención. Una señora grande cruza de la mano con un nene. Parece ser su abuela. Su sonrisa muestra paletas blancas y amor de punta a punta. Pedro me dice algo de unas vacaciones juntos. Consiguió una habitación para dos en Cuba para cuando presentemos el libro. Una puntada me distrae de lo que dice. Pedro, por favor,   ¡Ayudame! ¡Pedro! 
Exaltada me levanto del sillón. Mi cabeza da vueltas. Yo sólo quería festejar nuestro año en el proyecto y en la vida.
Como puedo voy hacia la cocina. Algo me empuja y caigo, lentamente, sobre el capó del auto.

Siento mucho dolor. Tengo un vidrio muy grande dentro de mi pierna, y me sangra la frente. Dentro del auto está Pedro. Tiene sangre y parece dormido sobre el volante. Logro levantar un poco mi cabeza y veo otro auto. Está pegado al nuestro y los dos abollados. No puedo mover mi cuerpo y duele. Mi cabeza de a poco se va apoyando, de nuevo, sobre el capó. Desvaneciéndome en el sillón. 

Lucía Ocampo de la Cruz

Persecuta

Me observan. Lo sé desde hace un tiempo. Me miran mientras camino, me miran mientras trabajo, me miran mientras ceno. Sé que hay ojos detrás de mí, siguiendo mis pasos. Los siento venir constantemente, como si tuviera otro par de pies pegados a los míos pero, cada vez que volteo, ya no hay nada. No hay un lugar al que vaya solo ni un momento en el que no sienta esta presencia a mis espaldas.
Sospecho que es una mujer por su delicadeza, por la manera en que deja todo en su lugar cada vez que vuelvo a casa, por su imperturbable silencio, por su sigiloso andar mientras duermo.
A veces imagino que podría ser alguien que me busca para entregarme algo, como una carta extraviada en el correo desde hace años. Aunque probablemente sólo sea mi necesidad de calor o las ganas de que, después de tanto tiempo de soledad, alguien venga a hacerme compañía. O tal vez sólo sea ella. Ella. La que no me animo a pensar, ni siquiera a nombrar.
Esta presencia ya se ha convertido en amiga y, poco a poco, ha comenzado a invadir todos los aspectos de mi vida. Mi casa, mi trabajo, mi café, mi escritorio, mi cama. El costado de mi cama, que antes estaba ocupado por papeles y calculadoras, ahora tiene dueña. Y, mientras pasa el tiempo, más me acostumbro a ella. No me incomoda tenerla detrás de mí, siguiendo cada uno de mis movimientos. A este punto puede llegar la soledad.
No la puedo ver pero la puedo sentir. Siento su silueta caminando alrededor de mi cama, siento la brisa que deja su largo vestido al pasar a mi lado, siento los escalofríos al pensar en ella. Imagino que está esperando a que me disponga, está esperando que sea yo el que decida pero no lo voy a hacer. Es paradójico pensar que me preparé toda la vida para este momento y, ahora que llegó, desearía que nunca lo hubiera hecho. Siempre pensé cómo sería, cuándo llegaría y si tendría tiempo para organizar mis cosas. Para dejar los cálculos listos, para acomodar mí casa, para ordenar mi escritorio en la oficina para el próximo que venga a ocuparlo y, tal vez, si sobrara algo de tiempo, podría llamar a mi madre.
Pasan los días y ya puedo percibir que se acerca el momento. Hice todo lo que tenía que hacer. Me gustaría tener amigos para poder dar una fiesta, una esposa a quien besar, hijos a quienes aconsejar. Pero lamentablemente no tengo nada de eso, no tengo nada. Quizás sea esa la razón por la que viene a buscarme.
La puedo ver por primera vez. Veo sus largos cabellos, su vestido rasgado, sus ojos que reflejan el dolor, sus delgados dedos cuando me toma la mano, agarro la suya y caminamos juntos.


Romina Viotti

Leónidas

El único sonido que escucho es el de mi corazón que late cada vez más fuerte mientras sus palabras rebotan por las paredes de mi mente. Del otro lado del teléfono ya no hay nadie, pero aún lo sostengo junto a mi boca reseca, por intentar sin resultados mover mi cuerpo que se ha convertido en mármol.

Todavía estaba ahí mismo, en el comedor, el bolso de viaje. Llegué por la madrugada tan cansada  que fui del tren a la cama. Y ahí estaban, en un bolsillo del costado junto al boleto de tren cambiado, sus balerinas negras, y la cámara con las fotos que hoy mismo tengo que llevar a revelar  y seleccionar una para la portada de la revista. Todos en la agencia tenemos muchas expectativas, ya que recién dentro de 33 años se podrán volver a tomar imágenes como las que obtuve ayer en Cantabria.  Para eso me ausenté unos días de mi casa en Madrid, y cogí el tren, como hago cada vez que mi espíritu aventurero y mi pasión por la fotografía se combinan y me llevan a lugares soñados, a contemplar el milagro de la vida en variadas formas, a presenciar fenómenos naturales impensados como lo fueron esta vez las Leónidas, una constante lluvia de meteoritos que se pudo observar en cielo español durante dos horas.
Pero la lluvia de estrellas no fue lo único que me quedé mirando sorprendida. De regreso, creí haberla visto en la estación. Lo dudé unos segundos hasta que comenzó a acercase a mí y pude verla claramente, ¡Laurita!
-Diez años no son nada! –me dijo, y nos abrazamos tan fuerte que el tiempo nos regresó  a la infancia, cuando éramos dos niñas que se subían la tapia del patio para cruzarse a la casa de la otra y cometer alguna travesura, treparse a los arboles añejos y empacharnos  de moras. También nos trasladó a la adolescencia que pasamos juntas entre museos y teatros, entre pinceles y coreografías, flashes y tutús. Ella siguió su camino con la danza clásica y no nos habíamos vuelto a ver.
Y ahí estaba Ella, blanca, con su pelo enrollado en un rodete, su cara pintada, y aunque se había cambiado el vestido, llevaba en los pies sus balerinas. La función habría terminado media hora antes de que nos encontrásemos, y Laura había decidido alejarse del teatro y salir a  pasear, respirar el aire tranquilo de una cálida noche de noviembre. Al encontrarnos, me invitó a sumarme en su paseo para ponernos al día, yo sin dudarlo cambié el boleto de mi tren que salía en diez minutos, para el último de la noche, y nos fuimos caminando hacia la orilla del mar…
-Me casé y tuve un hijo. Vivimos en Paris, aunque paso mucho tiempo de gira estrenando obras, hoy fue la quinta función del Lago de los Cisnes...
- Yo vivo sola, por ahora.  Solemos viajar con mi pareja a  fotografiar eventos, los dos trabajamos en la misma editorial. (Flash).
A Laura le había comenzado doler su rodilla izquierda, nos sentamos en la orilla con los pies en el agua mientras seguimos charlando y recordando, pero pronto tuvimos que regresar a la estación. Ya se hacían las once de la noche, yo debía regresar a Madrid y ella al teatro a encontrarse con su familia. Guardamos los calzados en mi bolso para no mojarlos y volvimos a la estación caminando descalzas, con pliés, arabesques y algún flash que iba hacia la luna y ésta se quedaba con su luz.

Otro fuerte abrazo selló nuestra despedida, y la vi hacerse cada vez más chiquita mientras me alejaba en el tren, hasta que mis párpados se cerraron silenciosamente y se volvieron a abrir al llegar a Madrid, y esta mañana de nuevo, aunque de una forma muy repentina, las náuseas me obligaron a levantarme y hacerme un té.
Hace tres semanas que las náuseas van y vienen. Sí, debería haberlo pensado antes pero con tanto trabajo no podía pensar en otra cosa. Sí, estoy embarazada, y por cambiar el boleto de tren hoy estamos los dos acá. El accidente era lo único que pasaban por televisión, el choque de frente de los trenes sin sobrevivientes, por eso decidí llamar a casa de Laura, para agradecerle el paseo por el mar y darle la nueva noticia.
No esperaba que me atienda su marido, y menos que me diga que Laura tuvo un aneurisma en su rodilla izquierda y que no logró superar la operación, anoche, al terminar la función.

Iliana Ramos

Dublin

Estoy sentada  muy tímidamente en una esquina mirando como todos se comportan. Con guitarras, cantos, fotos, alcohol y algún que otro extraño cigarro la fiesta sigue en la casa de mis amigas. Mientras canto cada rock que suena, mis ojos no se apartan de él. Observo cómo toca la guitarra, cómo sus manos se mueven, cómo su voz suena y también su concentración en lo que hace.
Ese  parecido que tiene con aquel baterista que me encanta me desconcierta mucho, no puedo sacarle los ojos de encima pero trato de no mirar tanto y corro la mirada para donde se encuentra mi amigo que también está tocando la guitarra, para no levantar sospechas.


La noche comenzó cuando me encontré con mis amigas, en el bar de siempre, aquel sobre la calle 9 de julio. Nos juntamos todos los sábados durante el año, pero en vacaciones uno que otro viernes también. Y este es un viernes de esos. No había nada que hiciera  pensar que algo diferente podía suceder. Todo tipo de excusa era perfecta para un trago más. Nada fuera de lo normal, las risas y charlas a gritos con la música de fondo demostraban que la noche era como cualquier otra.
Las chicas fueron a buscar otra cerveza pero yo ya no quería más, o tal vez, sólo quería descansar un rato; de todas maneras todavía mi vaso no estaba vacío. Me quedé en la mesa con el vaso en la mano mirando los letreros de la pared, mientras pensaba en volver a mi casa porque la noche ya no prometía más. Cuando de repente alguien se sentó enfrente. Hablaba como si me conociera desde siempre y sólo pude mirarlo. Pensé en la posibilidad de conocerlo de algún otro lado pero no recordaba haberlo visto en mi vida. Me llevó un momento darme cuenta que no me hablaba a mí, sino a mis amigas y que no venía solo sino con otras personas que yo sí conocía.
Desde ese momento no pude decir más nada. Me quedé observando cómo todos charlaban y más que nada lo miraba a él, concentrado en las charlas y riendo, cómplice de todo. Los vasos circulaban de la barra a la mesa, como si esa noche en el bar hubiera habido canilla libre. De ese modo, la noche de viernes con amigas recomenzó con los de siempre y uno más.
Cada gesto al hablar me llamaba la atención y seguía preguntándome quién era, y no lograba saber su nombre.
De pronto, Ya era hora de que el bar cerrara y yo seguía mirando a todos. Me dedicaba a rechazar cada trago que me ofrecían porque simplemente quería averiguar si todo era producto de una alucinación por el alcohol o estaba sucediendo. Cuando los escuché decir que querían seguir con un after en otro lugar, dije que sí sin dudarlo y me fui con ellos.

Cada copa de alcohol que tomo me suelta más, pero prefiero, disimuladamente, mantenerme a una distancia prudente de ese extraño. Aun así, siento que comienza a hacer el alcohol efecto en mí, lo necesario para que me anime a sentarme al lado de él. Tomo coraje, me apoyo en mis brazos sobre la mesa y lo miro. Con una voz tímida muy por lo bajo le digo lo único que se me viene a la cabeza para empezar la conversación.
 -Te pareces a un chico-
 Me mira con sus ojos marrones y sonriendo me responde
-¡Menos mal!-
Siento ganas de desaparecer, porque no era lo que quería decir. Me pongo toda roja y sólo puedo mirar para otro lado. Ya no quiero decirle más nada. Esta es una de esas situaciones donde se desea que la tierra te trague.
Estoy pasando este momento de incomodidad pero todo sigue como si nunca le hubiera hablado, como si nunca hubiera tomado coraje para acercarme a él, a pesar de morir de la vergüenza. Siento que ya no tengo nada más que hacer en este lugar, ya cumplí con mi meta, la que me puse en el bar cuando lo vi por primera vez. Sólo me queda agarrar mis cosas.
Me despido y me marcho.
Estoy volviendo a mi casa y pienso en la situación, me siento boba por las únicas palabras inservibles que le dije, que no me llevaron a ningún lado, sólo hicieron que me sintiera más incómoda. Pienso en cómo lograr volver a tener contacto con él.
Prendo la computadora, podría buscarlo por internet, pero antes tengo que saber su bendito nombre, le escribo un mensaje a mi amigo que se encontraba en la reunión tocando la guitarra junto a él, que probablemente lo conocía…
-Martin, ¿Cuál es el nombre del chico que estaba  tocando la guitarra con vos?- le pregunto convencida y segura de lo que estaba haciendo.

-Nena, no había nadie más tocando la guitarra, sólo era yo- me responde.

Camila Neira

365 días
“Si te caes te levanto y sino me acuesto contigo”, es abrir los ojos y leer cada mañana esa frase del gran Julio que Sofía había pintado en el techo de mi habitación. No me gusta Cortázar, nunca me gustó, pero a ella sí, es una loca fanática. Es de esas mujeres que disfrutan la vida como si no hubiese mañana. Es una loca linda. Y esa loca linda fue la que cambió mi vida. Personas como ella son las que aparecen cuando vos sentís que ya no podés más, aparecen de repente y ¡pum! De un momento a otro, con tan sólo una sonrisa tu vida da un giro de 360º.
Todavía no podía creer que ya había pasado un año de aquella noche en que la conocí, la vi entrar al boliche con un vestido negro con flecos, el pelo recogido, sus labios rojos y una sonrisa espléndida. Recuerdo claramente haber hablado toda la noche con ella, me contó sobre la facultad, su familia, sus pasatiempos. Yo estaba encantado. Al finalizar la noche me ofrecí a llevarla, estacioné al frente de su casa y antes de que bajara del auto, tomé su mano, me acerqué y la besé. Muchas gracias, cuidate -fueron las palabras que me dijo minutos antes de escuchar ese fuerte ruido y de ver esa luz tan clara y luminosa que me encandiló-.
Ya estaba todo listo, preparé su comida favorita, compré flores; rosas blancas, como le gustan a ella, una botella de vino blanco, y velas. Todo lo necesario para una cena romántica ideal. Sobre el escritorio dejé el regalo que había comprado, una cadenita con un dije en forma de corazón, y atrás nuestras iniciales grabadas.
Me siento, el reloj marca las 22:50, Sofía todavía no llegó, debería haber llegado hace cincuenta minutos; la llamo, no me contesta, vuelvo a insistir y nada. Abro la botella de vino, me sirvo un poco; llamo de nuevo, y nada. La botella está casi vacía, son las 23:45 y Sofía todavía no llegó.

Mis ojos se van cerrando de a poco, no sé que me pasa. Ya no veo nada, sólo siento un pi pi pi que aturde mis oídos. Logro por fin abrir los ojos, estoy en una habitación y me duele mucho la cabeza, no entiendo que pasó. Bienvenido de nuevo Joaquín –me dice una enfermera– 365 días de sueño no son nada.

Carlos Robledo

Cuestión de tiempo
Se sentó en su silla favorita para escribir, en la soledad y tranquilidad que aseguraba precisar para poder concentrarse. En el escritorio y junto a la computadora, una taza de café se enfría olvidada.
Hacía un par de meses que se había mudado solo a este departamento por su conflictivo divorcio. Desde entonces estaba convencido que debía escribir al respecto; utilizar su forma de decir las cosas que no había podido decir en el momento porque las discusiones y los reproches no se lo habían permitido.
Comenzó con su idea que parecía un ensayo sobre la separación conyugal, tenía argumentos de sobra que esperaban salir a luz. Ejemplos, citas textuales, testigos. Una procesión de analepsis que se encadenaban unas a otras para tener más fuerza. Y sólo iba por la primera línea cuando escuchó el primer ruido desde el departamento de al lado. Eso lo distrajo por un par de segundos y volvió a leer su línea para seguir, lo que bastó para retomar su idea. Agregó un par de palabras y se detuvo por otro ruido pero esta vez más fuerte. Parecía un grito de dolor. Él, que no se interesaba mucho por los desconocidos, leyó una vez más desde el principio y quitó una de las dos palabras que había agregado al final y puso un punto. El griterío y desorden vecino ya era algo continuo y lo sacaron totalmente de la paz que había conseguido para escribir. Enojado, pegó una oreja a la pared compartida y trató de averiguar de qué se trataba todo ese escándalo.
El estruendo de un único disparo lo estremeció hasta dejarlo sentado de espalda a la pared que lo sostenía, y al mismo tiempo lo convertía en cómplice y/o testigo de lo sucedido en el departamento de al lado. El miedo era una posibilidad pero, lo que en verdad lo dominaba era la necesidad de saber qué había sucedido ahí, justo al lado de su soledad y tranquilidad. Cuando la policía llegó al edificio, estaba todavía sentado. Luego se asomó al pasillo y se puso junto al portero del edificio que les preguntaba a un par de oficiales qué había sucedido. Contestaban que se trataba de un suicidio. En un descuido de los uniformados, el escritor pudo meterse al departamento vecino y notó el desorden de los muebles, seguramente lo que provocó el ruido. Empezó a caminar lentamente y los policías aun no le decían nada. Con distintas perspectivas se fue dando cuenta de que los muebles no estaban desordenados, sino que estaban girados y todos apuntaban hacia una misma foto del vecino y su socio. Una gran historia policial que nunca fue a confesar a la justicia.
Casi un mes más tarde, decidió retomar el tema de su divorcio, pensó en lo instantáneo que puede ser todo. Aprovechó la calma del domingo y se preparó un café, que ya se enfría en una pequeña mesa junto al sillón del balcón. Cómodamente en su portátil borró aquella vieja oración y empezó a escribir en presente y con una doble perspectiva temporal; con un pie adentro y otro afuera. Metafóricamente describió con “un portazo” su salida de la casa donde había vivido con su ex, al mismo tiempo que escuchó otro que parecía literal y venía desde el balcón de abajo.
El llanto era incontenible; lloraba por la boca, por las manos que golpeaban la baranda. La mujer en cuestión, apenas cortaba para respirar, y su teléfono sonaba sin parar. Cuando dejó de golpear atendió una llamada y entre tanto que le hablaban del otro lado, ella solo decía “Se fue. Él, me dejó” una y otra vez. Seguía llorando y cortaba de a ratos porque el celular volvía a sonar. Lejos de seguir escribiendo, se quedó escuchando e incluso se asomó un par de veces desde arriba cuando llegó otra mujer a consolar a la primera, que no paraba de llorar. Dos señoritas de 30 años más o menos. El escritor pensó en qué mal podría ser el que le pesara tanto a su vecina; la amiga, sin éxito, la abrazaba y le decía que “todo iba a estar bien” y “tiene una gran vida por delante”; a la desdichada solo se le entendían balbuceos de “teníamos tantos proyectos”, “no sé cómo seguir”. El teléfono sigue sonando. La mujer no deja de llorar y preocupa a los demás. Su amiga llama a la madre como santo remedio, pero ni aun así. Al rato, el escritor baja un piso con una pequeña caja de antidepresivos. Irrespetuosamente, antes de tocar la puerta, una señora casi lo atropella y se le adelanta para entrar al departamento junto con un par de médicos de urgencias. El desahogo se interrumpe sólo por profundos suspiros, pero la piel se le pone pálida, no puede comer. Su cara se vuelve más y más extraña. Nadie se sorprende de la presencia del vecino desconocido. Deciden sedarla, la recuestan y cuando todos se encuentran en el silencio, se dan cuenta de que las lágrimas siguen saliendo de sus ojos cerrados hasta la que fuera la última lágrima de su vida.
Aunque nadie entendiera, en las historias de amor lo trágico es la posibilidad irónica de que pueda ser amor eterno.
Le tomó semanas librarse de esa emoción. La decisión de que ahora escribiría una carta, la tomó por la noche. Se pasó el café de una, para mantenerse despierto, y abrió la ventana de la habitación porque le dio calor. Se acomodó para escribir en la cama.
“Querida, sabrás que te escribo porque te extraño y viceversa. No quiero redundar en las cosas que pasan”. Incluso ahora que debería cerrar la ventana por lo fuerte que ladra un perro de la calle y lo molesta, no la cierra porque hace calor. Primero piensa que es cosa de un momento, pero el perro insiste con los ladridos que retumban en las paredes de los edificios logrando que las ondas de sonido lleguen más alto y se escuche claro y fuerte, como es el caso de la habitación con la ventana abierta del escritor.
Es normal escuchar a los perros a la noche cuando la ciudad descansa de la rutina. Incluso en el centro que parece no perder del todo el movimiento de gente, ya que en ese momento no se veía a nadie. El escritor se asomó y con medio cuerpo fuera de la ventana vio al perro que, de a ratos también aullaba. Pero el perro tenía correa y en el otro extremo estaba un hombre tirado en el piso. Daba la impresión de que se había descompensado o quizás, desmayado. Esperó un rato pero nadie pasó. Se volvió a vestir y salió a la calle para darse con la sorpresa de que ya no estaba ni el hombre en el suelo ni la mascota. Poca gente caminaba, como siempre de noche. Subió a su departamento con una mezcla de desconcierto y despreocupación. Se descambió y se sentó en la cama al instante que escuchó otra vez al mismo perro ladrar. El calor era insoportable, y más con la actividad de bajar y subir. Se asomó de nuevo por la ventana y gritó para ver si el hombre en el piso le hacía alguna seña de respuesta, pero nada. Repitió la intención de esperar a que alguien pasara, y nadie pasó. Se puso rápido el pantalón solo y bajó. Ya no fue sorpresa no encontrar al hombre desmayado ni al perro.  Y la resignación de subir y asomarse por la ventana para ver ahí mismo al perro que seguía ladrando junto a su dueño sin reacción, lo hizo tomar el teléfono y llamar a emergencias. Desde la central le pidieron que bajase y se quede junto al hombre en el piso hasta que llegara la ambulancia. Él sabía lo que iba a pasar si bajaba, pero la moral lo pudo. En la calle, obviamente, no había nadie, ni perro. Se sentó en el lugar donde debería estar el desmayado y de lejos ya se escuchaba la ambulancia en camino. Levantó la cabeza para mirar hacia su departamento y quedó con la boca abierta al ver medio cuerpo asomado por la ventana de su habitación. En estado de shock no se dio cuenta que un perro de la calle se le acercó y cuando lamió su mano apoyada en el piso como sostén, perdió el equilibrio y cayó desconcertado. Se recuperó en el hospital pero sin entender lo que había pasado. Le dijo a la doctora que lo atendía, que el calor le había jugado una mala pasada y regresó a su casa. Todo volvió a la normalidad, no se oían más ladridos y pudo dormir.

Se levanta al día siguiente frustrado por no poder escribir nada respecto a su divorcio. Culpa a las paredes, los balcones y las calles. Y termina por mudarse de nuevo, pero esta vez a la calma pura del campo. Una vez instalado, no se siente cómodo y no se le ocurre qué escribir. Del divorcio sólo firmó los papeles. Es cuestión de tiempo. Y ya las plantas tienen nombre de personas y hay que ver lo que hacen después de la fotosíntesis.

Sarina Braun (alumna de intercambio proveniente de Alemania)

Almas captadas

Cuando llegué a la casa, todo era nuevo para mí. Había un aire antiguo, demasiado viejo para mi gusto. Las cosas parecían contar largas historias, buenas y malas. La guerra ya había terminado, pero el sufrimiento había sido devastador.
Todo comenzó en un boliche, él era amigo de mis amigos. Al principio no me gustó pero raramente a él le ocurrió todo lo contrario con respecto a mí. Con el paso del tiempo nos hicimos amigos y luego nos fuimos acercando aún más. Fuimos a bailar a boliches, al cine, de compras. Una noche fuimos a acampar con amigos. Bárbara y Franco durmieron en una carpa y Franzisco y yo en otra, porque todos sabíamos que ellos estaban enamorados. Así que después de una cena con ensalada de papas, albóndigas y pan asado sobre la fogata nos acostamos en una carpa arriba del cerro escuchando las voces susurrantes de los tilos mezcladas con las de los pinos en la respiración del viento. A punto de dormir escuchamos también el sonido del amor excitado, tímido como suena al principio en las parejas enamoradas: besos cuidadosos, respiraciones entrecortadas y reprimidas. Nos miramos en la oscuridad sabiendo que el otro sonreía por lo que estaba ocurriendo en la otra carpa. Lentamente su brazo pasó mis hombros, después se acercó. Me sentí insegura, sorprendida. Éramos amigos, nunca pensé en algo más. No me moví, me sentí rígida. Lentamente su boca se acercó a la mía. Yo era una mujer muy tímida en esta fase de mi vida. Tenía 22 años. Instintivamente me di la vuelta sin saber qué hacer ni qué sentir. Pero me quedé cerca, al lado suyo disfrutando su calor y así nos adormecimos.
Al día siguiente el clima entre nosotros estaba raro. Algo cambió, me miraba con ojos diferentes, suaves, tiernos, buscando una respuesta en mi expresión que, sin embargo, no le podía dar. Estaba muy confusa y mis sentimientos se anudaron a mis pensamientos.
Los días siguientes me llamó varias veces por teléfono, pero no respondí. Necesitaba tiempo para pensar en lo que quería. Resignado, me envió flores a la oficina donde trabajaba. Dos rosas rojas una vez en la semana durante dos meses. Finalmente, decidí llamarlo y acepté su invitación a una cena. Ya muchas veces antes habíamos salido juntos, pero esta vez no fue lo mismo. Estaba nerviosa. Me vestí con un vestido bonito, negro, me puse mi lápiz labial más hermoso y llevé los zapatos rojos de tacón con cinta. Esa noche nos pusimos de novios y ya el siguiente fin de semana me presentó a sus padres que vivían con él o, mejor dicho, en la misma casa en que él tenía su propio departamento. Sin embargo, no había una puerta que separaba las dos habitaciones, solamente una escalera de madera. Me invitaron a almorzar en la casa vieja, la casa en que ya vivían sus abuelos y sus bisabuelos. Puedo recordar que me sentí incómoda. Sus padres eran muy reservados y me inspeccionaron escépticamente. Los ojos azules fríos del padre se quemaron en mi mente como el fuego de carbón en la estufa de la cocina de su madre. Su mirada me penetró hasta causar un dolor en mi alma.
La casa era parecida a mi casa paterna  -una casa de campo con muchos prados alrededor y un huerto de papas, lechuga, zanahorias, zucchinos, guisantes y unas frutas de arbustos de frambuesa, zarzamora, grosella, manzanos y ciruelos para alimentarse-. Delante de la entrada había un pequeño parque infantil con un arenero, un columpio y una báscula. El aroma de las flores frescas y frutas de primavera prometió facilidad y alegría, y sin embargo me sentía incómoda desde el mismo momento en que bajamos del auto. Me sentí observada. Un sentimiento de un millar de ojos hambrientos, como las agujas de mi bisabuela que me atravesaron la piel. Intenté reconocer algo o alguien en las ventanas oscuras del edificio de dos pisos y al mismo tiempo no mirar, porque sentí como una succión que amenazaba devorarme. Cuando entramos nos esperaba un olor mohoso que parecía emanar de todas las cosas calladas e impasibles -un bodegón de fantasmas vivientes-; ni la mecedora que descubrí en la esquina del salón se movía. Solamente la crepita del fuego interrumpía el silencio oprimido.
Seguimos saliendo juntos, y dos semanas después del encuentro con sus padres tuve una pelea grave y fea con mi papá, quien terminó expulsándome de mi hogar. Me llamó una puta, una tonta, dijo que no podría sobrevivir sola. Supe que no había vuelta atrás, nunca más regresaría. Entonces tenía que buscarme un alojamiento, pero como secretaria en formación no tenía muchas chances. De modo que no me quedaba otra salida que la de aceptar la oferta de mi novio de entrar en su departamento en la casa siniestra. Pasó el tiempo y nunca se lo decía pero no me sentía “en casa”. No me sentí aceptada por parte de sus padres ni de la casa, ni siquiera por la gente en las fotos en blanco y negro en cuyas caras petrificadas y marcadas por la guerra se podía leer un sufrimiento indecible. No obstante los antepasados sonreían atormentados. Incluso los niños parecían adultos que me denunciaban desde sus ojos serios, las llaves para el alma. ¿Qué habrían pasado, vivido, sufrido: hambruna, enfermedades, angustia mortal, abuso sexual? Un dolor inimaginable. Yo bien conocía estas historias de las memorias de mi abuela y de mi bisabuela. Mi mamá nunca hablaba sobre la pena.
Durante mi estadía, sucedieron cosas raras en la casa. Siempre escuché un crujido, pero Franzisco y su mamá, que se llamaba María, me dijeron que estaba loca. Luego quedé embarazada y estos tipos de percepciones aumentaron y reforzaron. Escuché golpes, pasos marchando y vi sombras deslizándose por las habitaciones. Cada vez que subía al desván a explorar los sonidos veía rodarse el torno de hilar, tartalear la pantalla de una lámpara de mesa y tambalearse el péndulo del reloj de cuclillo que ya estaban llenos de telaraña porque nadie los había usado desde hacía muchos años de soledad.
La sensación opresiva y la falta de comprensión de parte de mi novio y de su mamá (con su papá no hablé mucho) me hicieron caer en una depresión profunda durante el embarazo de mi hija y empecé a alucinar y sufrir pesadillas. Muchas veces antes de dormir imaginé a un viejo gordo y feo sentado acurrucado en el pie de mi cama, la cabeza apoyando en su mano, basculando de arriba abajo y murmullando frases eternas que no entendí. ¿Quién era esa alma perdida -me pregunté- y por qué busca a mí? ¿Podría ser la luz de las brujas, mis antepasadas que sigo llevando en mi aura o sería un maldición familiar que impusieron a mi bisabuela, una gitana con los ojos negros, de Transilvania donde están los raíces de nuestra familia? En la noche de la procreación de mi hija tuve una pesadilla de un abuso sexual después del coito con mi novio. En este sueño muy feo el diablo me obligó a tener sexo en el infierno. Su cara grotesca gritó un bramido retumbante de manera que me pareció que el espejo en nuestro dormitorio se quebraba y de su garra goteaba la sangre de los muertos, de las almas malvadas en el purgatorio.
Mi hija como bebé lloraba mucho y con cuatro años empezaba a soñar pesadillas y a veces se levantaba sonámbula. Por eso dormía siempre en la cama de sus padres, entre mí y mi marido. Recuerdo una noche muy intensa cuando estuvimos en la cama, los tres. Franzisco ya se había dormido, mi hija también. Escuché algo como golpes en el armario, primero muy despacio, pero iban reforzándose. Sentí un corriente de aire sobre mi cabeza y de súbito mi hija gritó y no paraba de llorar. Desperté a mi marido que seguía dormido y cuando encendí la luz reconocimos que la cara de mi hija estaba llena de sangre. Sus gritos y los golpes fuertes e incesantes amenazaban explotarme la cabeza. No sabía cómo reaccionar. La tierra temblaba. Mi marido se levantó para buscar con su papá el malhechor en toda la casa y también en el jardín, armados con fusiles que quedaban como recuerdos de la guerra. Entonces el sismo paró y después de dos horas, mientras yo lavaba cuidadosamente la cara de mi hija, Franzisco volvió a la cama y se volvió a dormir. Me quedé despierta, llena de miedo y conmoción. Me asusté cuando el gato se acostó a mis pies. Por agotamiento al final caí en un profundo sueño.
El día siguiente nos fuimos con nuestra hija al parque del zoológico para divertirnos. No quería que ella pensara en los sucesos de la noche anterior. Pasamos un día muy lindo con muchas impresiones variadas. Pero cuando volvimos María ya nos esperaba con malas noticias: el abuelo de mi hija había fallecido de manera sorpresiva. No pudimos creer lo que contó ella: estaba en el baño duchándose y escuchó algo como tiros -dos- creía. Cuando salió del baño vio que el reloj había parado. Avanzaba despacio al salón dónde estaba su marido. ¡Estaba muerto! Nos miramos con cara de asombro y llorando nos abrazamos desesperados.

Al año siguiente, cierto día estábamos cenando en el comedor de mi suegra cuando vi una llamarada en el salón. Mi mirada se dirigió al calendario. Era el 30 de abril, un año después de la muerte de mi suegro. En este momento supe que ahora también su alma había sido captada en esa casa.