TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA
Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.
Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.
Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.
Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.
Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.
El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.
Beatriz Vottero - coordinadora
El negocio por Gabriela Rébola
Todos miraron el coche y al hombre flaco, especialmente los chicos. Todos, excepto la vieja. Ella lo que hizo fue dar una pitada mas profunda al cigarro que tenía entre los labios, suspendido como un astronauta en el espacio, y tras soltar el humo por el costado le dijo al viejo:
-No lo atiendas.
El viejo se levantó lentamente, sin dejar de mirar al hombre flaco, y se aplanó el pantalón sobre los muslos. Era un gesto innecesario porque el pantalón ni tenía rayas ni estaba limpio. No era más que una de las tantas prendas miserables que los evangelistas traían un par de veces por año. A él le había tocado ese traje azul el otoño pasado, pero el saco no le había servido porque tenía una sola manga. Otro gesto innecesario fue aliarse el pelo con la palma de la mano: le quedaban muy pocos y todos parados y llenos de piojos.
Se mantuvo de pie, esperando, mientras la vieja entraba en la casilla apartando un pedazo de arpillera que hacía de puerta y jurando que había decidido no mirarle la cara al tipo y no se la iba a mirar.
Una bandaba de chicos se acercó al 125, lo rodeó y empezó a tocarlo. Uno de los más petisos, de patitas flacas y cara escoriada y pustulenta, fue el más audaz y se sentó al volante. Los demás lo miraron con envidia y todos se reían como se ríen los indios cuando están nerviosos y no saben como comportarse en determinada situación. El hombre flaco miró hacia atrás y decidió ignorarlos. No le importaba lo que hicieran, así que caminó hacia la casilla con paso lento y seguro. Antes de cruzar la zanja de aguas podridas se detuvo y encendió un Parliament con un encendedor de plástico.
Vestía camisa blanca a rayas azules, un jean gastadísimo y mocasines recién lustrados pero muy viejos. Era un hombre alto, de ojos chiquitos, y tenía la nariz puntuda y larga como un picahielos. No aparentaba los cincuenta años que tenía pero se notaba que había pasado los cuarenta.
Se dirigió al viejo y le dijo "buenas cómo anda", y después que el viejo respondió al saludo con un movimiento de cabeza le preguntó si ya tenía lo que habían arreglado anteriormente.
El viejo lo miró con una expresión hueca, mortecina, que tienen los indios en las postales que se venden en los hoteles de Resistencia, y no respondió.
- ¿Y, está listo mi paquete?.
El viejo se miraba la punta de su alpargata, acaso el exacto lugar por dónde asomaba un dedo. Y dijo:
- Y ... - que era como decir que sí, que como estar listo estaba listo el paquete pero que todavía faltaba algo-.
- Yo le traje lo suyo - dijo el hombre flaco. ¿Y, mi paquete donde está?
- Ahí´stá - dijo el viejo, señalando con el pulgar sobre su hombro la puerta arpillera- , pero mi esposa no quiere.
El hombre flaco hizo una mueca y negó suavemente con la cabeza:
- Usté y yo ya lo arreglamos ... ¿Qué quiere, ahora? ¿Más guita?
Hostil, lo dijo. Era un tipo tranquilo pero no le gustaba esa gente, ni el barrio, y probablemente tampoco su trabajo, si eso era un trabajo.
- Yo soy de una sola palabra -agregó, con aire digno.
El viejo asintió como si hubiese comprendido. Pero no había comprendido. Pensaba en lo que había dicho su mujer esa misma mañana: que no, que el no iba a vender nada de la casa. Le había dicho también muchas otras cosas.
El viejo pensaba en todo eso cuando se acercaron algunos chicos más. Del otro lado de la zanja, siete u ocho pasajeros llenaban ahora el auto amarillo. El que estaba al volante seguía manejando quién sabe por qué caminos. Ya estaría llegando a Norteamérica. A su lado, de pie contra la ventanilla, el que parecía el mayor de todos, de unos doce años, empezó a orinar oscilantemente contra el guardabarros sano y contra un laurel florecido. Todos se reían y decían cosas incomprensibles. Hablaban en toba. Uno que tenía el pelo muy largo y piojoso, caído sobre la frente y cubriendosé las cejas, se asomó por la ventanilla trasera y empezó a escupir al que orinaba. Dentro del coche todos empezaron a aplaudir y a saltar. El hombre flaco los miraba como se mira a un músico borracho que está desafinando.
Una indiecita, posiblemente hermana de todos ellos, salió de la casilla corriendo, urgida por alguna orden, y esquivó al viejo y se dirigió a otro rancho que estaba a unos cincuenta metros sobre la misma calle. A su paso dos o tres gallinas flacas revolotearon al huir hacia el montecito de jacarandaes y espinillos que estaban ahí atrás, a veinte metros. La niña tendría unos siete años y vestía un delantalcito gris como de reformatorio; o quizás era blanco y estaba roñoso. Descalza, sus pasos levantaron una inesperada polvaredita. Unos chicos, al verla, se rieron y uno gritó algo y otros se rieron aún más. Pero enseguida callaron porque el viejo les dijo algo, en toba, y señaló hacia el Fiat amarillo donde los demás seguían festejando como en un parque de diversiones. En dos segundos se fueron todos hacía el coche. El hombre flaco le preguntó de dónde salían. Entonces dijo:
- ¿Cuántos son?
- Collera -respondió el viejo-. Son una collera...
Y después de un rato, como si los hubiera recontado mentalmente, agregó:
- Y cuatro que se jueron.
El hombre flaco encendió otro cigarrillo. Como el viejo lo miraba con intención, le pasó el paquete de Parliament. El viejo lo agarró, sacó un cigarrillo que puso en su boca y se guardó el atado en el bolsillo. El otro hizo fuego con su encendedor y los dos fumaron.
Estuvieron así, en silencio, de pie. El viejo cada tanto espantaba una mosca. El hombre flaco se pasaba un pañuelo arrugado y grasiento por la frente y empezaba a cansarse.
- ¿Y ...?- preguntó- ¿Qué esperamos? Tráiga lo que ya sabe y le pago.
- Dame la plata- dijo el viejo, y tendió una mano de piel reseca y cuarteada, de palma infinitamente atravesada por líneas que parecían zanjas.
Pero se quedó con la mano abierta en el aire porque el otro negó con la cabeza mientras exhalaba humo por la nariz.
- Primero traé lo que hace rato te estoy pidiendo, así dijimos que iba a ser.
El viejo dijo:
- Gueno, pero dame algo. Pa mostrarle a mi esposa- y volvió a estirar la mano, con un movimiento de abajo hacia arriba como si sopesara una pelota imaginaria. Era su manera de decirle al hombre flaco que era su mujer la que no quería, la que no estaba de acuerdo y entonces había que mostrarle el dinero para convencerla.
- No seas ladino, Gómez. Ayer te di el adelanto que arreglamos.
El viejo bajó la mano.
- Andá a decirle - insistió el hombre flaco-
El viejo se metió en el rancho lentamente, mientras el hombre flaco buscaba con su mirada una silla, un tronco donde sentarse y miró luego al 125 donde ahora todos los pasajeros estaban serios, concentrados como cuando un avión entra en zona de turbulencias.
Al rato salió el viejo. Se había puesto un sombrero marrón, viejísimo, todo mordido por ratas o polillas.
- Ya `stá -anunció. Ahora dame
El hombre flaco metió lentamente una mano en el bolsillo del pantalón y sacó un fajo de billetes doblado al medio. Se mojó pulgar e índice con la lengua y tomando el fajo con el puño izquierdo contó los billetes. Cuándo terminó la operación, volvió a doblarlos y se los metió en el bolsillo de la camisa. Suspiró como si estuviera cansadísimo, encendió otro cigarrillo y se puso de pie. Caminó lentamente hacía el 125, seguido por la mirada codiciosa del viejo. Al cruzar la zanja dio vuelta la cabeza y lanzó un gargajo grueso y oscuro a las aguas podridas.
- Vía, vía - dijo cuando llegó al coche.
La pequeña tribu bajó dando portazos. Como cucarachitas que en la noche huyen de la cocina, corrieron en todas las direcciones. El hombre flaco miró el asiento en el que iba a sentarse y se quedó de pie, fumando apoyado contra la puerta abierta del lado del volante. Miró hacía el viejo inexpresivamente, como quien mira la desdicha de alguien que no le importa en absoluto. El viejo hablaba hacía adentro de la casilla, con un aire mas perentorio que imperativo.
Enseguida salió la vieja con el "paquete", mirando al viejo con odio. Se lo quiso entregar al hombre flaco y éste le hizo seña para que lo pusiera en el auto, al lado de dónde el iba a sentarse. El hombre flaco, tiró el cigarrillo al piso y mientras lo aplastaba con el zapato sacó los billetes de la camisa y los depositó en la mano ajada, abierta, del viejo. Enseguida se subió al coche, puso el motor en marcha y arrancó sin siquiera mirar a su acompañante.
Recorrió un par de kilómetros, giró su cabeza y el “paquete” no estaba a su lado. Volvió a mirar y nada. Pensó que estacionar y analizar la situación era lo mejor que podía hacer. Se paró, bajó del auto y observó que él era como invisible ante los ojos de los demás. No entendía lo que estaba pasando.
Rendido, el hombre flaco se paró en medio de la ruta y sobre el pasaron autos, camiones y demás. Pensó que se iba a morir si lo hacía, pero no, al pasar estos por encima él recuperaba la misma figura. Cada vez entendía menos.
Caminó hasta llegar no me acuerdo exactamente a donde y preguntó a una anciana que pasaba si lo podía ayudar. Ésta siguió su camino como si nadie le hubiera hablado. El hombre flaco pensó que seguramente era una pobre anciana sorda y al seguir caminando se encontró ahora con un adolescente, le habló y nada.
Volvió caminando hasta su auto, el “paquete” ahora si estaba ahí y él también lo estaba. Se miró y no lo podía creer, estaba muerto. Había mucha sangre y su corazón ya no latía. No podía dejar de mirarse y de preguntarle a su “paquete”, o mejor dicho a su acompañante porque lo había hecho, porque lo había matado. Si él no había hecho nada de malo, solo un negocio con un pobre hombre viejo.
Había muchas cosas que no entendía, no podía parar de llorar y de decir cada cinco minutos que era el peor negocio de su vida.
De súbito se da cuenta de que algo falla, hay cómo una velocidad en el momento y un vértigo irrefrenable en todo lo que acontece. Entonces advierte de súbito que vive una situación muy fea y necesita creer que todo es un sueño, otro de sus tantos sueños del que es probable que valla a despertarse, justo cuando de veraz empieza a creer que está en su auto muerto. Ese es el momento en que espera despertar.
13 comentarios:
ffaaa,,, muy buena. de súbito (como en el cuento dice) me di cuenta que me gusta como escribis gabi...un sobe
seba
flaca increible como escribis. Encima sos hermosa fisicamente. Me enamoraste con ese cuento. Por favor sergui esccribiendo. Soy tu enamorado secreto
naaaaaaaaaaaaa, me encantó. Sin palabras
Flor
Me encanto tu cuento Gabi. Soy carina peña de jujuy y me super identifique con tu cuento porque supongo que ese paquete del cual hablas es la hija del hombre viejo y aca por el norte argentino era muy común ese tipo de negocios.
Llegué a este blog de casualidad y ahora entro seguido para ver si publican cosas.Segui escribiendo porque lo hacés hermoso.
Cariños pata todos, Cari
no entendía bien la historia, pero el último comentario de Cari me hizo dar cuenta de muchas cosas, muy bueno gabi...NAYLA
ESCRIBISTE TAN BIEN LOS SEIS AÑOS DE SECUNDARIA, PORQUE DEBERIAS NO HACERLO AHORA?
ME ACUERDO QUE SIEMPRE QUE LA PROFESORA PREGUNTABA EL FAMOSO QUIEN QUIERE LEER, TODOS TE MIRABAMOS AVOS Y TE DECIAMOS .. EMPEZA GABY, Y VOS CON UNA SONRISA DE OREJA A OREJA, SIN PROBLEMAS LEIAS.
ME ALEGRA SABER QUE ESTAS DISFRUTANDO MUCHO DE LO QUE SEGUISTE AMIGA, SE TE EXTRAÑA MUCHO. Y TU CUENTO ME LLENO LOS OJOS DE LAGRIMAS, NO SOLAMENTE POR LA HISTORIA, SINO PORQUE ME ACORDABA DE TANTAS COSAS QUE HICIMOS JUNTOS EN EL SECUNDARIO, QUE DE VERDAD, AL LEER EL CUENTO SENTIA QUE TE TENIA EN FRENTE Y ME LO CONTABAS VOS.
TE QUIERO GAAABII, ESPERO VERTE PRONTO
PABLITO
Gabi,qué historia tan sensilla y conmovedora. Me encantó. Solo permíteme algo más, piensa que las alas no están para volar, sino para aprender a levantar vuelo, después de cada caída, y la vida te da tiempo para mucho más.¡¡Felicitaciones!!
¡¡Feliz día!!
Hola Hija .. y si la verdad es que estoy muy orgullosa de vos.
¿Ya te dije que me encanta como escribis no? Segui siempre asi tan aplicada!.
te amaa tu mama
Muy linda Gaby la historia me parece que el paquete eran 2 cosas...
1ª su corazon que el mismo lo dejo olvidado Dios sabe donde
2ª su Mismisima Vida que la vio pasar sin mas pena ni gloria y cuando se quiso acordar de vivirla ya era demasiado tarde....
Un Beso Lindura!!!!
Carlos Buffa
El ritmo del relato lo considero más lento que rápido, pero para nada denso, sino parejo. Desde la primera palabra sumergís al lector en el relato, en el ambiente del cuento, haciéndolo sentir un testigo presencial de todo lo que describís. Los diálogos son muy interesantes también y le aportan mucho al cuento, ya que están muy bien expresados, son concisos y apropiados.
Personalmente creo que el final es muy precipitado y que disipa la tensión que se genera excelentemente al comienzo y que se mantiene durante el desarrollo del cuento. Para evitar esto cambiaría el desenlace, lo haría menos explícito o directamente lo omitiría.
Perspectiva del narrador: El narrador es omnisciente y me parece muy adecuado por la forma en que está escrito el cuento.
Me llamo la atención la frase “Caminó hasta llegar no me acuerdo exactamente a donde” teniendo en cuenta que el narrador es omnisciente. Sinceramente no sé si está bien o mal, solamente lo comento.
Perdón por la demora. Cristian.
Me alegra mucho, Gaby, que tu cuento haya despertado tantos y tan lindos comentarios, y de diversos lectores que te admiran.
Coincido con ellos reconociendo tu buen manejo de la palabra, tanto en los segmentos narrativos como en los diálogos, que identifican con toda claridad a los personajes, dándole a la secuencia narrativa una fuerte tensión dramática, escénica. Creo que allí está la fuerza de este relato, ya que, como observa Cristian, es casi paisajístico, ya que no suceden demasiadas cosas sino que más bien sobresale la espera, la expectativa de los personajes que se traslada naturalmente al lector.
Es un logro importante de tu parte ya que se trata del manejo del ritmo del relato, y no sólo de los hechos que se cuentan.
La historia, sin dudas, es trágica, dolorosa, y su contraparte es el micro-relato de los niños en el auto amarillo que se divierten pero saben muy bien qué está sucediendo. Esa naturalización de la tragedia, ese horror amalgamado a la tonta diversión, a la actitud de la vieja/madre que cede finalmente, a la inútil dignidad del viejo (tan bien pintada en su afán de arreglarse la ropa y el pelo), convierten a este relato en un grotesco absoluto, excelentemente logrado.
Como Cristian, opino que deberías revisar el final. No lo fuerces para que se vuelva "fantástico" (en este sentido, tal vez te convendría quitar la idea de la invisibilidad). Creo que dejar sugerida la escena de la niña asesinando al flaco (seguramente con un cuchillo o arma blanca) en un morboso y liberador acto de reivindicación, donde él, abrumado y liberado a la vez exprese que éste fue el peor (y mejor) negocio de su vida, es más que suficiente.
Para releer, releerse, seguir pensando.
Felicitaciones a los dos por la escritura y por la generosa lectura.
Muchas Gracias a Cristian y Beatriz por los comentarios.
Uno aprende mucho de las opiniones de los demas. Gracias en verdad! :)
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