TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


JAVIER VIDELA

Conjuro de domingo

La niña correteaba ansiosa por toda la casa. Una casa de unos cincuenta años más o menos, donde se podía entrever el paso de las generaciones en las pinturas de pared, en los juegos de vasos, en los muebles, en los manteles, en los electrodomésticos. 
Desde hacía algunos años los relojes dejaban de funcionar bastante seguido y, por lo que se cuenta, la costumbre no cesaba. Cierta vez sonó una campanada del reloj enorme del living en medio de la noche. Muchos años atrás, antes de que falleciera la abuela, había funcionado, pero después de la tercera reparación se optó por cambiarle (bastante seguido de hecho) las pilas al reloj con la cara de Jesús, lo que lógicamente era más barato. Esa noche el sonido de la campanada recorrió todas las paredes, hasta penetrar en los oídos de los dormidos. Los comentarios del día siguiente insinuaron alivio. 
Los adultos sirven té de manzanilla o café. Se habla de política, con cautela, para no cortar con el ambiente familiar y llegar a una discusión torpe. Tácitamente aparecen los acuerdos, los silencios, nadie quiere estirar de más el fino hilo de buenos modales, aunque hay muecas que no se disimulan, la cordialidad fría está sobre la mesa, al lado de la pava con agua ya tibia.
La niña ahora se entretenía con un juego de té, que tenía unos 30 o 40 años. Había un camino de cosas en el piso, desde el pasillo hasta el living. Unos libros amarillentos de animales, después unas muñecas de tela, unos casettes, una cámara de fotos digital, de esas cuadradas pequeñas, y unos diminutos juguetes desarmados, de los que venían en los huevitos de chocolate.
Poco a poco las agujas del reloj parecían derretirse en la calurosa siesta de enero, como si el tiempo se sofocara con el calor, al igual que los presentes, y fuera estirándose en el sopor de algo así como un lento conjuro familiar que muy sutilmente rumbea hacia el pasado. Una torpeza de alguien, que a otro le recuerda a un tío, que a su vez parece el abuelo. Comienzan a bajar por los relojes unas gotas de sudor.
La niña tenía curiosidad por las cosas viejas, quería tocarlas, hacerlas hablar, darles vida, como intentando todo el tiempo tender un puente entre los dueños de esas cosas y ella. Porque ninguno de los adultos que la miraban con ternura estaba presente, todos hacia atrás, o hacia adelante, pero solo ella materializaba realmente el único ahora. 
Un vaso se estrella en el piso y parece, por un momento, volver todo a la normalidad, pero unas cuantas palabras redoblan el conjuro. Los vasos de la abuela che, cuarenta años tenían. Te acordás que los ordenaba por colores. Y cuando se le cayó entero el juego de platos. Vuelve el calor espeso, la bruma amarilla de los relojes cansados. Ya están blandiendo recuerdos de un lado a otro. Se superponen palabras, se entrecortan, se cruzan. La vieja una vez no quiso comprar dentífrico y nos hacía lavar con jabón. El viejo subía borracho a reparar los postes de luz. Una hora y media de anécdotas y parecían no querer acabar. Flotaban en un espesor invisible, en una alegría nostálgica, como si detuvieran los segunderos con cada frase. Y cuando se cayó de la escalera. Cuando les tiró pintura a las gallinas. Somnolienta la tarde se iba derramando, un lento reloj de arena, imperceptible. 
En esa eternidad de domingo, uno a uno, ya con una ebriedad de años, se van acomodando las pertenencias en los bolsillos y arriman besos espesos para retirarse. El conjuro ya está hecho y la casa parece no respirar. Quieta en una levedad de recuerdos, el silencio va ganando rinconcitos. Alguien lo esparce con un plumero. Otros todavía transpiran con los relojes. 
La única que parece hamacarse en esa densidad es la niña que, después de escuchar anécdotas, dibujó paisajes y pintó lechuzas. Corrió con unos muñequitos en la mano, haciéndolos volar, abriendo las nubes amarillas. Se quedó mirando el reloj y siguió corriendo. Pidió agua y pensó en los pájaros, si tendrían sed a esa hora. Encontró un diario muy viejo y pidió que se lo leyeran. Remueven a Viola y designan a Galtieri. Vilas juega la final de una copa. El horóscopo es idéntico al de hoy. Se hace un corto pero pronunciado silencio. La niña encontró un teléfono verde, viejo, empolvado y sin uso. Tiene en el medio una rosca con números y agujeros que los da vuelta y vuelta, una vez tras otra, y suena el grrrrrr del resorte que devuelve siempre al mismo lugar los agujeros. Empecinada la niña marca y hace fuerza para que la rueda no gire en sentido contrario, pero se cansa y la rueda, empecinada, vuelve. Alguien le comenta torpemente que eso es un teléfono (como si ella no se hubiera dado cuenta), se pone en el oído el tubo y relata una conversación con la policía. La niña, crispada, recupera el teléfono y se pone a marcar a toda velocidad y a hablar con tanta gente, que es imposible seguirle el hilo. Unos son retados, otros aconsejados, otros hablan otro idioma, otros son falsamente celebrados, otros discuten algo muy importante, otros no atienden. 
Estancada la tarde, las personas, la casa, en esa marea amarilla, brumosa, espesa, imperceptible, buscan acomodarse en algún sillón, en alguna sombra del pasillo de afuera, o bajo la ventana de la cocina. Una tía recuerda los números de teléfonos viejos. El de la tía de Corrientes era 620720. La niña rápidamente marca y habla. Caen gotas de los relojes. La niña pide más números. El del tío. Marca. Habla. En puntas de pie, pasea la siesta interminable entre los muebles viejos y las computadoras. Pide el número de los bomberos. Marca. Habla. Una compañía imperceptible ronda las paredes, reconforta. El número de la escuela. Marca. Habla. Chicharras interminables parten el silencio.
El número de la abuela. 
La bruma amarilla rodea la escena. –Hola, abuela. – 
Entre el sopor se ven los ojos enormes de la niña clavados en la pared. Transpira su mejilla izquierda. Sonríe. El segundero está más inmóvil que antes.
-Hola, Palomita.

CONSTANZA ALBARRACÍN

Mimi

De regreso a casa hacía mucho calor, pero hay que sobrevivir, pensé. Cuando estaba en la cuadra de la Norma, me pegué un lindo susto y por poco no caí al piso. Es que el nieto de la Norma había salido a jugar con su monstruosa pelota de básquet. Así, sin avisar. Desaforado. ¿Qué les pasa a los chicos de ahora? No tienen respeto por nada. Parecen esos tilingos que andan por ahí haciendo lo que quieren, cuando quieren y como quieren. Se olvidan del de arriba. Pero bueno, ya Él los va a juzgar.
Cuando llegué a casa, prendí la tele y todavía no estaba la Dolly, así que me quedé un rato con el mate en la mesa. Me olvidé del pan. Comí masitas con mermelada.
Empezó la Dolly. Hizo unas empanadas de pollo que parecían ricas, pero ya las sé hacer. Así que me fui a armar la cama y prendí el otro tele. No me acuerdo qué pasaban. Me preocupé porque le encontré un agujero más a la sábana. Ay, si lo viera Ignacio. Qué diría.
¿Ya son las 12? ¿En qué momento? No llego con la ensalada.
Llegué.
Me llamó Nachito.
¿Qué haces vieja? ¿Todo bien? ¿No tendrás algo para mí? No llego a volverme a casa. Me tienen cagando del trabajo y a las dos tengo que estar de vuelta.
Hola amor, sí. Venite, tengo una ensaladita de tomate y ya me cruzo a buscar unas milanesas.
Vino. Comimos. Se fue.
Dormí mi siestita, tejí un rato y me acordé de que a las siete tenía que ir a la parroquia.
Me bañé, agarré el rosario y salí para allá. El calor seguía igual o peor.
Cuando llegué, Rita ya había empezado con el primer misterio. Pucha. ¿Por qué se me hizo tarde? Bueno, no pasa nada. El de arriba me va a perdonar.
Salimos y me acordé que tenía que buscarlos. ¿Por qué hoy lo había olvidado? Todavía creía que podía pasar. Creía que hoy iba a ser diferente, que alguno podía volver.
Fui hasta allá y el colectivero me dijo:
Hola Mimi, ¿cómo está?
Bien, querido. En la lucha. ¿Volvió alguno?
No no, como siempre, la escritora se bajó en lo de su esposo, la maestra en lo de sus hijos y la actriz en lo de su mamá. Pero… hoy había uno que no habías traído antes. Era músico, ¿no?
¡Sí! ¿Volvió?
No, se bajó en lo de su abuela.
Ah bueno, otro día será… gracias, querido. Hasta mañana si Dios quiere.
Y me fui, otra vez sola.
Cuando estaba llegando a la esquina, me mareé.
Un grafiti en la pared de Olga terminó por liquidarme.
“Maté a Dios.”


¿Y ahora qué?

VIRGINIA AGÜERO

Desconocidas

El estado de mamá se había vuelto crítico hacía ya un tiempo, su espectro de memoria se había vuelto muy acotado y se remitía ya a su infancia tardía, se había vuelto muy difícil tratar con ella; pese a los esfuerzos, sus momentos de lucidez eran escasos y el desconocimiento, mutuo. Mis visitas se hacían cada vez menos frecuentes, pero me obligaba a mí misma a ir de vez en cuando porque no podía soportar la idea de que se quedara sola largos períodos; sus visitantes se habían reducido solo a dos personas, Laura, que  iba sin falta todos los martes a ponerle los ruleros y leerle el diario, aunque esta actividad a veces la desconcertaba hasta ponerla violenta, pero Laura insistía en que la ayudaba a mantenerse en el hoy; y yo, que me esforzaba por no seguir los pasos de sus otros hijos, no tanto en actitud altruista sino porque no soy buena manejando la culpa.
Al primer signo de su enfermedad lo mostró hace unos tres años, era verano, y a las esporádicas incoherencias que decía se las adjudicábamos a la edad y al calor; un sábado sofocante dijo que iba a comprar jabón y que volvía enseguida. Un pan de jabón, me acuerdo que me dijo, y como empezó a tardar pasé por la cocina y vi que, efectivamente, faltaba. Lo que quedaba era una especie de bollo hecho con las manos, porque cuando se gastaba ella lo apretaba así, como un mazacote chico para que aguantase un poco más, muy ahorrativa era. Es, qué digo. Me empecé a preocupar por su ausencia y salí a buscarla pensando que la encontraría charlando con alguna vecina, pero le pregunté a María Julia si la había visto y me dijo que la vio pasar hacía como una hora en dirección a la plaza. Cuando me había decidido a llamar a la policía, la vi agachada cortando las flores del cantero de un vecino, a unas seis cuadras de casa, mucho más lejos de lo que acostumbraba a ir. La increpé enseguida, que por qué no avisaba, que el susto que me había hecho pegar.
–La bicicleta del maestro es roja. Parece un caballo de espanto. El rojo me da miedo. El maestro no. El miedo siempre me acompaña. Los otros tres de la banda quieren joderle la bicicleta al maestro. Si fuera por el color yo se la desarmo a patadas. Pero al maestro, no– me respondió con la mirada un poco perdida.
El doctor dijo que había sido un golpe de calor, y la mantuvimos vigilada todo el verano, incluso compramos un aire acondicionado para los días más sofocantes. Pero esos episodios se hicieron cada vez más frecuentes y se hacía complicado lidiar con ella, entonces tomamos la decisión de internarla porque la situación nos superaba. Yo, aunque pasaba mucho tiempo con ella -vivíamos en la misma casa-, por mi trabajo no podía estar pendiente todo el día y los demás no ofrecieron otras soluciones.
Fui a verla por expreso pedido de su médico. El enfermero de turno, que llevaba la mirada tan perdida como la de los internos, me hizo pasar a la sala de espera. El lugar daba pena; un amplio salón de paredes descascaradas e iluminado por tubos fluorescentes cuyas ventanas estaban atravesadas por dos clases de enrejados, uno interno de barrotes gruesos, y otro externo, de alambre oxidado. Ya habíamos considerado la posibilidad de moverla a un lugar menos lúgubre; pero el dinero no sobraba, y ése era el mejor sitio que podíamos costear, por lo que esperábamos que la humedad y las condiciones deplorables no deterioraran aún más la salud de mamá.
Cuando el enfermero me dejó pasar vi que la cama estaba hecha y las pertenencias de mi madre no estaban en su lugar. Preocupada fui a preguntar a recepción sobre la posibilidad de que la hubieran trasladado a otra habitación, por no pensar algo peor. La recepcionista me dijo, con un tono condescendiente, que ya me atenderían. Pasados cinco minutos decidí volver a la habitación y en el camino me acordé que era martes y Laura todavía no había venido a leerme el diario.

Nota: se han intervenido fragmentos de Letras modernas, de David Voloj; de La bicicleta roja, de Marcelo Dughetti; y de El pan de jabón, de Irene Gruss.

LUCÍA GARCÍA

El laberinto

Amelia y Elvira partieron rumbo a la granja de su madre, donde la verían después de quince largos años, cuando su padre aún estaba vivo. La señora continuaba habitando esa granja familiar que no solo tenía animales y máquinas sino también un cementerio en frente. Desde muy chicas las hermanas jugaban en una tumba vacía con ese nombre… pero ellas no ponían el nombre “Julio” en sus bocas, para ellas era papá.
Las hermanas eran amantes de la lectura. Durante el viaje en tren leyeron “Cartas de mamá”: una madre que manda cartas a sus hijos, muy diferente a aquella madre viuda que tenían ellas, que no estuvo cuando el tren arribó a la estación del pueblo que abandonaron años atrás, pero que las esperó en la puerta de la casa.
Al verlas murmuró sus nombres. La mujer se había vuelto muy fría y callada. Desde que falleció su marido -de formas extrañas- su vida se había vuelto monótona, pasaba todo el día leyendo la biblia y recitándola –...Mateo 16: 26- caminaba en círculos mientras sostenía el libro sagrado. Y este comportamiento solo les confirmó a sus hijas todo lo que se decía en el pueblo.
Las hermanas recorrieron el lugar que tanta nostalgia les traía: las mismas máquinas, los mismos árboles, la casa que tenía los muebles viejos y rotos pero que aún contenía los libros de papá como si nada se hubiera tocado ni cambiado. Incluso su madre se seguía viendo de la misma forma, como si el tiempo extrañamente no hubiera pasado.
Inevitablemente, las jóvenes quisieron visitar la tumba de su padre. Tamaña sorpresa se llevaron, pues en su lugar encontraron un gigantesco hueco con una escalera. Llenas de curiosidad bajaron y bajaron y bajaron. La escalera parecía no tener final. Después de un largo recorrido, y cuando las hermanas ya se encontraban extenuadas de caminar, se toparon con una pared muy alta, y entonces se dieron cuenta de que estaban en un laberinto. Comenzaron a volver desesperadas: la salida no se veía y en el trayecto se encontraban con gatos de todos los colores y tamaños.



Parecían estar dando vueltas en círculos, y perdieron total noción del tiempo, que se alargaba como un chicle.

Dos cuerpos las esperaban en lo que aparentaba ser el final del laberinto. Se veían tangibles, con una luz natural que rompía la oscuridad reinante. Parecía que estaban allí desde hacía muchos años.
El lugar olía a tierra, esa clase de tierra que entra a tu boca cuando vas en viaje y abrís la ventana del tren.

JOSÉ “NACHO” HERRERA

Incertidumbres

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Pedro Calderón de la Barca


Morand se mostraba tranquilo sin notar rasgos extraños que delataran su macabra jugada. Después de los acontecimientos con Therese,  se dirigió parsimoniosamente a su vehículo y tomó la carretera que une la ciudad con el aeropuerto. Allí  pidió un boleto con destino a Roterdam, y abordó de manera casi inmediata la aeronave.
Durante su vuelo, plácidamente dormido, empezó a experimentar extrañas sensaciones en el cuerpo. Se le aparecía el rostro de Therese casi deformado por una gota de agua cayendo una y otra vez en su cabeza. Despertó bruscamente, con una agitación corporal nada normal para tratarse de una pesadilla; al cabo de un par de horas, la llegada a Roterdam y el dejar atrás Grecia era ya un hecho.
Ya en Países Bajos, buscó un hotel en zonas aledañas al centro. Visiblemente cansado, agotado diríamos, no logró -sin embargo- conciliar el sueño, por miedo a que volviera a suceder el episodio del avión. Llegada la noche, quiso relajarse, fue a un casino a probar su azar: en primera mano ganó €500, en la segunda, €300 y ya en las siguientes tres rondas había perdido €4.000. Desahuciado por la pérdida, en vez de retirarse se dispuso a gastar las últimas monedas en alcohol tratando de olvidar los malos momentos que se aparecían en su mente.
Regresando al hotel por una calle poco transitada, quizás por las altas horas de madrugada, figuras oscuras atravesaban una y otra vez el radar de sus ojos, casi sin notarlo por su estado de ebriedad, hasta que unas luces lo enfocaron de frente y una bocina lo asustó, provocándole un grito tan fuerte que hizo parar a los dos o tres automóviles que circulaban. Cuando terminó de gritar ese desopilante alarido,  empezó a correr en forma de zig zag. Llegado a su habitación, armó su bolso, dejó un fajo de billetes y la llave en el mostrador de recepción, y llamó a un taxi: también debía huir de ese lugar.
Desde una de las carpas que había armado con Therese provenían unos cánticos, se asomó y vio a su amada y a su amigo besándose. Casi sin hacer ningún ruido, retrocedió y volvió a las Colinas a seguir observando la estatua. En unos minutos la pareja había salido de la carpa, se acercaron lentamente y en pocas palabras le decían “¡Llegamos, llegamos!”, "Llegamos, señor", dijo el taxista.
La Haya parecía ser un lugar tranquilo, una brisa pegaba en la zona de bajada de pasajeros. Él estaba sentado, esperando su vuelo. Un trabajador rasqueteaba unas maderas de un local,  sonaba como la madera que con fuerzas golpeaba Therese en su patio trasero. El ruido cesó, por suerte para él.

“Pasajeros con destino a Ámsterdam, por favor abordar por puerta A-17”

Era ya mediodía, el aterrizaje había sido un éxito, consiguió un hotel a metros del parque central, y también una caja de cigarros. Todo parecía ir bien, después de tan descabellados días. Así que compró un champagne para celebrar.
Más tarde salió a caminar por un sendero luminoso tarareando una melodía, mirando alternada y repetidamente a las estrellas y a su reloj: las voces estaban volviendo. Al llegar a un puente colgante que dividía la Ámsterdam sur de la norte, decidió sacar su botella espumante de alcohol agregando casi sin pestañar una dosis grande de cierta pastilla. En escasos minutos la mezcla ya estaba surtiendo efecto.
Paciente... ¿Morand? Debo decirle que tiene rotas seis de sus costillas, y gran porcentaje de sus piernas. Habrá que ver cómo va evolucionando, expresó el Doctor Herrera, con una pequeña sonrisa, sin soltar su lista de pacientes. Un trago agridulce aparecía en la vida del francés, tirado en una cómoda habitación con vista céntrica –agradable por cierto. Enfermeras y más enfermeras aparecían y reaparecían para medir su suero, para cambiar poco a poco la venda e ir introduciendo más yeso a la zona afectada. Morand estaba en un alba creciente de crisis, había fallado al intentarse matar, su cabeza estaba a punto de estallarle con un "Therese, Therese" atormentando su psiquis.

No había ni una sola alma en los pasillos.

Él estaba junto a varios ídolos que lo perpetraban con unos ojos rojizos. Las figuras lo observaban.
Una puerta se abre, y luego golpea y desfigura a su amigo. Martillazos y más martillazos, quizás provenientes del piso inferior, mientras que Therese grita, exaltada: ¡Ahora te toca a ti, querido!
Morand no puede moverse. Sus gritos solo son una mímica del grito. Algo lo golpea profundamente hasta dejarlo inconsciente en el suelo, con el objeto de arrojarlo luego a una fosa mediana. “Te amo” fue lo último que escuchó.
Apagó la luz  pensando que era la puntualidad en persona.

Observaciones: se ha intervenido el cuento El ídolo de las Cícladas, de Julio Cortázar

CRISTIAN SALICAS

Un amor tóxico

Llegaba julio y comenzaban las vacaciones donde podía dormir hasta tarde, sin la preocupación por el colegio. Tenía tiempo libre a la noche y casi siempre entraba a mis redes, me ponía a ver memes y a stalkear personas para seguir. Ahí fue que en un momento observé a una chica que me parecía atractiva, le mandé la solicitud y me la aceptó en el momento.
Comenzamos a hablar y ella me preguntaba cómo me llamaba, dónde vivía, mi edad. Siguió la charla, nos pasamos los números, conversamos por WhatsApp, y así estuvimos toda la noche. Al otro día yo viajaba y recuerdo que tenía unas ojeras tan grandes que parecía un zombi.
Semanas tras semanas hablamos, hasta que un día decidimos que nos debíamos juntar y salir a un boliche. Llegó aquella noche y no sabía qué ponerme, tenía tantos nervios, era la primera vez que salía con una chica. Le había dicho que no me animaba a salir pero Lucía me convenció, así que pasé por ella y en la primera impresión me pareció linda. Fuimos al boliche, recuerdo que pasaban reguetón y yo no suelo bailar porque soy muy pata dura, pero ella me arrastró. Mientras me iba explicando cómo bailar, la miré a los ojos y sonreí.
Llegó la hora de marcharnos del boliche. Lucía estaba un poco borracha y me prepuso ir al río. Le dije que sí y nos fuimos con la ropa del boliche, sin avisarle a nadie; tomamos el tren y cuando nos sentamos ella puso su cabeza en mi hombro. Yo pensaba “estoy soñando”, todo estaba pasando tan rápido.
Al llegar a destino, me dijo que tenía unos familiares ahí y me prepuso quedarme. Yo acepté.
Esa noche fue como si de golpe hubiera llegado la primavera y los árboles florecieran, nos besamos y fue raro, fue como sentir que el corazón se salía del cuerpo. Cuando nos acostamos, las sábanas se juntaron y fue como el arco iris que sale después de una tormenta.
Al otro día, cuando consideré que ya era hora de irme, nos intercambiamos unos anillos, me despedí con un beso y subí al colectivo.
No había días en que no me mandara algún mensaje, esperaba cada fin de semana para ir a verla y salir a bailar, siempre la pasábamos tan bien, era mágico. Pero llegaron los celos por cruzarme a su expareja en los boliches. No puedo explicar qué me pasaba, pero ciertamente me ponía de mal humor y terminaba peleando. Sin embargo, al otro día ya no hablábamos del tema y estaba todo bien.
No había etiquetas, pero sentía que me estaba enamorando. Sin embargo, empezó a ser tan intensa nuestra amistad que nos peleábamos por cualquier cosa, luego salíamos y nos arreglábamos. Sé que no estaba bien, pero por alguna extraña razón, me acostumbré.
Al cabo de tres meses recibí el siguiente mensaje:
“creo q lo mejor es ser amigas, estuve pensando mucho, nos estamos haciendo mal”
Inmediatamente le contesté:
–¿Es joda?
–No ¿pero vos viste lo mal que la pasamos? No estamos bien -respondió ella-.
No volví a escribirle una sola palabra, ni siquiera en respuesta a sus nuevos mensajes. Me encerré: no tenía ganas de hablar con nadie.
No sé cuánto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en el que los sentidos perdieron su valor. Sólo sé que después de muchas horas incontables de no hacer nada, de estar paralizada, oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora podés girar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí un ruido como de ladrillos tirados al agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso. Sentí, como nunca, el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Creí que me estaba volviendo loca. ¿Qué eran esas voces?, ¿qué eran esos ruidos?
Llego el día que una de mis amigas cumplía años y tuve que levantarme. Mi madre me obligó. Sin ánimos llegué al boliche y me puse a bailar con una amiga, cuando de pronto se apareció Lucía. Me costó reaccionar, pero alcancé a preguntarle ¿qué te pasa? y sólo me hace un guiño con el dedo, de que estaba todo bien, y luego le pidió a su compañera que se fuera.
Cuando logramos hablar, volví a preguntarle qué le pasaba. Ella insistía en que estaba “todo bien”. Regresé con mi amiga, pero no pude evitar enviarle un mensaje. Sin embargo la terminé bloqueando. Luego recibí un mensaje de Instagram que si quería que comiéramos como amigas y dije que sí. Comimos y hablamos de todo; ella me propuso tener una amistad y como no quería perderla, acepté.
En ese momento pensé que no me iba pasar nada, hasta que la vi hablando con otra chica. Caminando para mi casa decidí que debía alejarme.
 Pasaron semanas y comencé a salir de nuevo. Fui a una fiesta lejos y entonces volví a cruzármela. Estaba de nuevo con aquella chica. Comprendí todo. Empecé a tomar sin medida, quería olvidarme de todo. De pronto eran las 6 am y debía irme, ella se me acercó una vez más para tratar de hacerme tomar conciencia:
–¿Por qué hacés esto? -casi me gritó- yo no te conocí así.
Mi única respuesta fue:
–Por vos hago todo esto, fui una idiota.
Me marché a mi casa como pude. Luego de un buen rato me desperté porque golpeaban la puerta. Era Lucia. Venía a devolverme el anillo.
– Por mí, tiralo a la mierda -alcancé a decirle-.
Ya no la veía, pero cada noche ella regresaba a mí. En sueños, en recuerdos. Empecé a tener una pesadilla reiterada donde ella se paseaba nerviosa con una mujer al hombro a modo de fusil. Ya no sabía cuáles eran los recuerdos y cuáles, los monstruos de mi imaginación. Dentro de uno, todo se agrupa y hace daño.
Hoy mismo está parada, una vez más, casi como una aparición, al frente de mi casa, con ella. Dolió fuerte, pero comprendí mi destino.
O tal vez ni siquiera esté parada frente a mi casa, y yo mismo sea apenas un sueño, una ilusión, como las cosas que se estropean de tanto desearlas. Me queda, sin embargo, el anillo, que habrá que destruir como un ladrillo arrojado contra el agua.


Observación: se han intervenido fragmentos de los siguientes cuentos:
El oboe que se escondió, de Daniel Moyano, e Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez.

FLORENCIA TAMOSAITIS

Una mañana soleada, Sara se encontraba tomando su café en el bar de la esquina donde suele ir bastante seguido, donde es amiga del dueño y los demás hombres ya la conocen, incluso a veces le invitan el desayuno. Es muy simpática, de esas personas que uno piensa que nunca pueden llegar a estar mal porque siempre está tirando chistes para hacer reír a otros. También es reservada, no le gusta dar lástima, tampoco hablar de cosas tristes. Quizás por todo lo que le toca vivir.
Al salir del bar, pasó por la farmacia a comprar unos medicamentos que el doctor le había recetado. Unos metros más adelante de la farmacia vio a una chica hablando por teléfono, pero algo de esa chica le llamó la atención. Era una chica morena pero teñida de rubio, con ropa bastante gastada. Sus gestos eran exagerados, movía mucho sus manos, parecía alterada, incluso parecía que lloraba.
Sara esperó a que cortara la llamada, dejó pasar unos minutos y se acercó:
–Hola, soy Sara, disculpá que me entrometa, te estaba observando recién y quería saber si estás bien.
–Hola, sí, está todo bien. Perdón, no me presenté, soy Amanda –dijo con la voz quebrada y los ojos hinchados.
Sara no insistió y siguió el camino a su casa.
 Al pasar algunos días, volvió a su bar preferido pero esta vez no era la única mujer, apenas entró pudo reconocer a Amanda, que la saludaba con la mano. Sin dudarlo, Sara se sentó en su mesa y charlaron como si se conocieran de toda la vida. Amanda estaba tan entretenida y en confianza que, sin saber por qué, le contó a Sara porqué lloraba la vez que se conocieron.
–Estoy peleada con mis padres, hace ya cinco años, la relación con mi novio no está bien, y yo, la verdad, tampoco lo estoy.
–Yo estoy enferma, tengo cáncer y la verdad tampoco estoy bien –confesó Sara, a su vez. –Estoy cansada de todo esto. Cambiaría mi vida por la que sea, con tal de no estar más así, aunque sea por un rato.
–¿Y si probamos de hablar con alguna bruja? –dijo Amanda en un arrebato.
– ¿Qué? ¿Estás loca? ¿Para qué?
–Sería momentáneo, vos tendrías mi vida y yo la tuya. Ya sé que no nos conocemos, pero probemos si se puede –dijo Amanda, casi suplicando.
–Es una locura, aparte esas cosas no existen. Aunque con gusto tendría tu vida.
A los pocos días fueron a hablar con la bruja. La mujer les prometió cumplir con sus deseos. Entre velas y palabras que Sara y Amanda no entendían, hizo un extraño ritual.  Al salir de ahí, cada una toma su camino.
Pasaron los días, ambas empezaron a sentirse cada vez más tristes, como derrotadas. Se volvieron a comunicar, coincidiendo en el deseo de volver el tiempo atrás, o por lo menos de recuperar sus vidas. Regresaron a lo de la bruja, pero no había nadie allí. Las atendió finalmente una vecina que se acercó a ver qué pasaba, preguntándose por qué esas dos mujeres insistían en golpear, casi con desesperación, la puerta de una casa que desde hacía muchos años era sólo una guarida de ratas.

KAREN RODRIGUEZ

Aquella vez Vanesa pensó que su mundo se le venía abajo. Todo comenzó por una molestia en su espalda, su madre preocupada la llevó al pediatra. Una internación urgente
Peligro de un paro cardio-respiratorio, dijo el pediatra mientras unas dos o tres enfermeras entraban al consultorio.
Fueron quince días en los que la tenían como rata de laboratorio, pruebas van, pruebas vienen. Un hecho muy peculiar confirma las sospechas de los médicos. Vanesa había atentado contra su vida en un “ataque” de locura, queriéndose largar de un 5to piso del Sanatorio Rosendo García en Rosario.
Pónganle las cámaras de oxígeno, hay que trasladarla a terapia intensiva, urgente -dijo la doctora Rodríguez.
Una vez en terapia, Vanesa fue sometida una prueba más, una biopsia en sus riñones en los cuales tenía una insuficiencia renal. Los resultados fueron obtenidos rápidamente, lo más rápido que se pudo y arrojaban que padecía de una enfermedad, Lupus Eritematoso Sistémico (LES) de grado IV. Dicha enfermedad la sufría 1 de cada 50 casos, generalmente la sobrellevaban adultos y era raro que una nena de 11 años la padeciera.
Hablaron con Beatriz, madre de Vanesa, le explicaron lo que tenía y la gravedad de su caso. El grado de su enfermedad era el más alto y el más jodido, podría terminar con su vida en cualquier momento, los médicos le daban 3 meses, ese era el tiempo en que la familia podría disfrutar de la compañía de Vanesa.
Cuando todo ya estaba estabilizado, Vanesa pudo irse a casa. La familia optó por no mencionarle nada de su corta vida. Quizás para Vanesa todo iba mejorando, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de sus médicos, iba a control una o dos veces por semana. Para su familia cada día que pasaba era un reto más, nadie podía hacerse la idea de que ella en cualquier momento se iría y los dejaría.
Al cabo de un mes, Vanesa cae de nuevo internada por un paro cardio-respiratorio, su salud iba empeorando cada vez un poco más. Su mamá y su papá esperaban en los pasillos a que ella se recuperara, era raro porque antes de que se enfermara discutían siempre, mamá ya no se sentaba en la mesa a comer, según ella tenía muchas cosas que hacer, pero eso no importaba en ese momento. Las cosas mejoraban en su casa pero su salud decaía y Vanesa lo sabía. Despertó conectada a un respirador y a una máquina que determinaba el ritmo cardíaco de su corazón. Ese sonido no era muy agradable para absolutamente nadie, era muy molesto.
Vanesa se animó a recibir de nuevo el cariño de su amiga Belén, fue la única que se preocupaba en llamar a casa para ver cómo estaba, porque faltaba al colegio sin dejarle explicación alguna. Quizás ya era hora de que Belén supiera lo que realmente pasaba.
Belén no podía creer lo que Vanesa le contaba, pero entró en total shock cuando Beatriz hablo con ella y le dijo lo que Vanesa no sabía, que sus días estaban contados. Por lo cual le pidió algo muy especial:
“Vanesa siempre nos dijo que deseaba que tuvieras una amiga más aparte de ella, sería una alegría para ella que se le cumpliera eso”.
Al día siguiente Belén llegó a la casa de Vanesa con Laura, su amiga desde que ella empezó a faltar al colegio. Compartieron un momento muy lindo. Esa noche Vanesa compartió una cena con toda su familia, rieron hasta que le dolió la panza, recordaron todos los momentos hermosos que pasaron y olvidaron por lo que estaban pasando.
Cuando todo ya permanecía tranquilo, Vanesa decidió que ya era tiempo de irse. Había logrado que sus padres no se divorciaran y que vivieran una relación sana. Belén ya tenía una amiga con la cual compartiría su vida. El paso por sus vidas ya estaba resuelto.
Nadie recordaría que ella pasó por sus vidas.

DAHYANA MENNA


Sobrevivir
Esa noche, mi vida cambió por completo, mi piel estaba color morado y por mi boca corría mucha sangre. Todavía me cuesta entender cómo fue que pude salir viva de ese lugar.
Hace un par de años atrás conocí al amor de mi vida, Joaquín, nuestra relación era hermosa, como toda relación que recién comienza. Él sin embargo era un poco frío, muy rara vez demostraba lo que sentía, en cambio yo, yo, le demostraba todos los días cuanto lo amaba. Pasaron los años y la relación se volvió un poco tensa, yo había decidido venirme a estudiar a Villa María, a estudiar lo que siempre soñé.
Cuando le conté la idea de venirme a estudiar para acá, no le gusto para nada, claro, acostumbrado a que siempre me tenía para él ya no sería lo mismo si estábamos lejos, sin embargo no perdí esta hermosa oportunidad y me vine igual. Desde que me vine, mi vida fue un calvario, peleábamos todos los días por celular, tenía celos de mis nuevos amigos, cada noche que me acostaba a dormir, pensaba ¿por qué me tiene que pasar esto a mí, si solo vine a cumplir mis sueños? ¿No tendría que estar el orgulloso de mis metas a cumplir? Quizás así lo creía yo, ya que siempre vivía orgullosa de verlo triunfar.  Un día volví al pueblo y como todos era costumbre al volver, nos veíamos de viernes hasta el domingo que regresaría a la ciudad. Pero ese viernes fue diferente, él estaba raro, no me hablaba y cuando le preguntaba que le pasaba su respuesta era “nada”, luego de varios intentos preguntando, me termino diciendo:
-   La verdad, Ariana, es que últimamente me siento muy solo, salgo del trabajo y estoy solo, me voy a la facultad vuelvo y estoy solo. Y yo quería proponerte que te vengas a vivir conmigo.
-   Joaquín yo no puedo dejar lo que empecé en otra ciudad por un capricho tuyo de que te sentís solo, antes de irme te dije de vivir juntos y me dijiste que todavía no estabas preparado- Le respondí muy enojada.
-   Sí, ya lo sé, pero yo necesito llegar a la noche y sentir que tengo una compañía- me dice llorando.
-   Digamos que tu idea es llevarme para que tengas una compañía cuando llega la noche, pero yo no voy a dejar nada, no pienso irme donde no quiero, lo hubieses pensando antes, ahora ya está- le dije llorando y con mucha bronca.
Luego de seguir la discusión, él se puso violento, empezó a gritarme, a decirme que yo me quería quedar en Villa María porque estaba con otra persona, que iba a averiguar que había atrás de todo esto, que yo antes no era así.
Esos maltratos terminaron en golpes, jamás había visto a Joaquín tan sacado de esa manera, me golpeo en la cara, me tiro de los pelos, por mi cara corría mucha sangre y mi cuerpo eran todos moretones, hasta intento violarme.
Después de todo ese calvario, él quiso pedirme perdón por su estado de violencia, pero ya era tarde, yo no quería verle más la cara, no podía vivir una relación tan enfermiza como esa, además de que nunca en mi vida me había pasado algo así.
Hoy yo puedo contarlo, porque gracias adiós estoy viva y Joaquín preso, hay personas que no pueden contarlo, porque sus parejas son violentas hasta que matan. Por eso quiero que cada persona, que pase por una situación así, siempre tenga la valentía de salir de una relación toxica. Porque al fin y al cabo ni de amores se muere, ni de recuerdos se vive.

RESCATATE SOLA

Fuiste la manera más triste, de saber que quién
aparece en tu vida para despertarte,
no tiene porque, quedarse a dormir al lado tuyo.
Lorena Pronsky


Creíste que quien viene a rescatarte, se iba a quedar toda la vida con vos. Que ilusa fuiste mujer, date cuenta que las personas acá no vienen a salvarte para quedarse, solamente buscan ser un héroe, quedar bien e irse, así sin ni siquiera haber entrado a tu vida.
Si ya se lo que me vas a decir, que tu vida era una mierda al lado de una persona que no te daba nada de amor y claro vino él para salvarte de ese amor toxico que estabas viviendo, ¿pero de qué rescate me hablas, boluda?, vos tenés que salvarte sola, ¿entendés? SOLA. Deja de esperar que venga otro para hacerte abrir los ojos y así irte de donde no te sentís segura, ¿o pensás estar toda la vida al lado de una persona que no te da nada, porque nadie viene a rescatarte? No, Ariana, tenés que salir sola, sin ningún héroe, tu único héroe sos vos misma.
¿Nunca te hablaron del amor propio? Si, ese amor que es un conjunto de percepciones, pensamientos y sentimientos, el que solo vos te podés dar, hacerte sentir segura y confiada. Dale, boluda, anda, viví sin tener que depender de alguien, salí con tus amigas, anda a bailar, pero no te quedes esperando al rescatista de un amor que no vale una mierda. Salí sola de ese amor de mierda, que no te hace sentir segura, que te hace sentir que no sos suficiente. Porque al fin y al cabo ningún amor es para toda la vida.

De: mí
Para: mí

MICAELA VEREA


Noche siniestra


Eran como la una y media de la mañana, y ahí estaba él, saliendo solo del bar, como todos los sábados a la madrugada. No le podía sacar los ojos de encima. Llevaba puesto lo mismo de siempre, una camisa blanca y jeans azules. Hacía desde la medianoche que lo estaba esperando. No aguanté las ganas de ir a hablarle, así que arrimé el Falcon al cordón de la vereda y empecé a andar en segunda, a la par de él. Iba caminando con las manos en los bolsillos, silbando bajito y noté que estaba distraído, tanto que no se percató de que lo seguí casi treinta metros. Como no me prestaba atención, tuve que frenar y llamarlo en voz alta para que se diera vuelta. Al escucharme, se quedó parado en el medio de la vereda, parecía algo confundido, así que volví a llamarlo. Miró con cara de incredulidad, yo me reí.
-          ¿A mí, señora? –me dice, arrimándose.
-          Sí –le digo. ¿No sabe dónde se puede comprar un paquete de americanos?
Fue lo primero que se me ocurrió preguntar, estaba nerviosa y no podía evitar reírme. Él se inclinó sobre la ventanilla.
-          ¿Americanos? ¿Cigarrillos americanos?
-          Sí.
-          De acá a tres cuadras hay un bar. Sabe tener de vez en cuando. Tiene que ir hasta Crespo y la Avenida. ¿Conoce?
-          Más o menos. Si no está apurado, ¿me quiere acompañar?
-          Ya debe de estar cerrado, y no sé en qué otra parte puede haber.
Me desilusioné un poco, era mi oportunidad de conocerlo y él no demostraba mucho interés. Pensé que probablemente desconfiaba de algo, así que insistí.
-          ¿Tenés miedo? –le dije riéndome, mientras encendía la luz del auto–. ¿No ves que estoy sola?
Se tildó por un instante, lo noté algo nervioso y me sorprendió la palidez de su rostro. Se apoyó en el marco de la ventanilla y comenzó a observarme.
-          No, qué voy a tener miedo. ¿Miedo a qué?
-          Y, no sé. Como no querés acompañarme…
Ahí cambió la actitud, comenzó a tutearme.
-          ¿Acompañarte adónde?
-          No te hagas el gil –le digo, sonriendo–. Ando buscando gente para ir a una fiesta.
-          No estoy vestido –me dice, con un gesto sorpresivo.
-          Por primera vez lo miré fijo a los ojos, sentí escalofríos. Fue una sensación extraña.
-          Subí –casi le ordené.
Enseguida abrió la puerta, ahora era él quien no me sacaba la mirada de encima. Apenas me corrí al volante, se sentó sobre el tapizado y puso la mano sobre mi pierna, la tenía helada, me pareció algo extraño ya que estábamos en pleno enero. Ignoré la situación y seguí conduciendo, luego se me encimó un poco más y colocó su mano en mi hombro.
-          ¿Dónde es la fiesta?
-          En mi casa –le contesté, sin apartar la mirada del camino.
Doblé en la primera esquina y aceleré. Dejamos atrás las calles oscuras y arboladas, y a las dos cuadras nos topamos con la Avenida iluminada con la luz blanca de las lámparas a gas de mercurio. Como todos los sábados, los autos corrían en varias direcciones y mucha gente bien vestida andaba en grupos por las veredas; hombres de traje o en mangas de camisa, y mujeres con vestidos floreados. Entré en la Avenida con el Falcon y nos dirigimos hacia el norte.
-          Separate un poco hasta que pasemos unas cuadras –le dije.
Al final de la avenida doblé por una calle oscura y aminoré la marcha. Él volvió a encimarse y yo, un poco nerviosa, me reí. Me besó el cuello y le pedí un cigarrillo para tranquilizarme.
-          Fumo negros.
-          No importa.
Me puso el cigarrillo en los labios y me lo encendió con la carucita. Mantuvo fijamente sus ojos en mí, yo seguía con la vista intacta en el oscuro camino iluminado por la luz de los faros. Una vez más apoyó su mano sobre mi pierna, y volví a sentir esa extraña sensación de frío correr por mi cuerpo. No voy a negar que estaba algo asustada. A mitad de la cuadra clavé los frenos y estacioné el auto al lado del cordón, apagué las luces, me eché contra el respaldar del asiento, le di un par de pitadas más al cigarrillo y lo tiré a la vereda.
-          Llegamos –le dije.
Se me acercó y comenzó a recorrer mi cuerpo con el suyo. Si con sólo tocarme la pierna había sentido ese frío estremecedor, no sabría cómo explicar lo aterrorizada que estuve en aquel momento. Pasaron cinco minutos, mi cuerpo estaba endurecido.
-          Vení, vamos a bajar. No hagas ruido –le dije al oído.
Bajamos, cerré la puerta silenciosamente. El ingreso al bulín estaba sin llave y el umbral estaba negro, no se veía nada. Al fondo nomás se alcanzaba a distinguir una lucecita, reflejo de la luz encendida de uno de los cuartos. Lo observé y por un momento pareció tener desconfianza, lo tomé de la mano, que seguía fría y pálida, me apoyé en la pared y lo apreté contra mí. Me sorprendí de mí misma, dejé mis temores atrás, lo agarré de la manga de la camisa y caminando rápido, casi corriendo, lo empujé hasta el dormitorio, que era la pieza con la luz encendida. No había más que la cama de dos plazas y una silla.
Nos desnudamos de inmediato y comenzó a besarme. Cuando se inclinó a mí, advertí un gesto extraño en su rostro, como si se le deformara, los ojos se le tornaron de un color rojizo y embruteció. Le pedí por favor que saliera de encima, pero se negó y continuó con lo suyo de manera voraz. Escuché suspiros en mis oídos, llamándome por mi nombre, cada vez se escuchaban más y más fuertes. Yo estaba aterrada, traté de defenderme como pude, pero no lo logré, el tipo terminó e hizo como si nada hubiera pasado, sentí una impotencia terrible. Comencé a llorar, estaba rota, como si de pronto algo se hubiera muerto en mí.
Cuando levanté la vista, estaba mi esposo en la puerta de la habitación fijándome la mirada. No podía parar de llorar, traté de explicarle la situación, pero no me dejó continuar. Me preguntó por la sangre sobre las sábanas.
-          ¿No me vas a preguntar quién es éste tipo? –le dije, confundida.
-          ¿Qué tipo? –me preguntó él.

Nota: el relato resulta de una intervención sobre el cuento Verde y negro, de Juan José Saer.

MAGDALENA ROLÓN


Grata compañía

Alguien entra en silencio y me abandona.
Ahora la soledad no está sola.
Tú hablas como la noche.
Te anuncias como la sed.
Alejandra Pizarnik

Finalmente lo había conseguido, por fin estaba lejos de casa estudiando lo que quería y, lo mejor de todo, lejos de mamá. Al terminar el secundario, pasé meses enteros contando los días y los pesos para irme. Por supuesto que a ella no le gustaba ni un tercio, “te vas a ir a vivir a otro lado cuando ni siquiera podés lidiar con la soledad por las noches”, me dijo, y debo admitir que ese comentario me había dolido, aunque también me había motivado aún más. La ausencia de papá, Eduardo, había trasformado en muchos sentidos mi existencia.
El departamento se encontraba en un edificio un poco desgastado, un solo ambiente, el revoque se deslizaba sutilmente por las paredes, pero no me quejaba ya que era accesible para mi condición. Ya estaba amoblado, la cama frente al único ventanal y a cada lado una mesa de luz; el placar sobre la pared ocultando una mancha de humedad y, finalmente, una pequeña mesita de madera con dos sillas. Un hogar, mi hogar.
Mis clases empezaban en un mes y medio, había llegado a Córdoba antes para ponerme a buscar un trabajo de medio día. Esa tarde me puse a realizar una lista de cosas que necesitaría. Luego tomé uno de mis libros favoritos, de Alejandra Pizarnik, y me sumergí en sus palabras. Me entredormí, no sé cuánto tiempo estuve hundida en una especie de sopor. Solo recuerdo que después de muchas horas oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía “ahora podés rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso. Sentí el trepidante y violento silencio del departamento, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y ahí estaba, la noche había caído sin previo aviso y con ella, una sensación de angustia, el deseo de huir, el miedo a lo que no existe.
De pronto tuve un fuerte deseo de agarrar mi bolso y salir del departamento en busca del calor de la multitud, un día de invierno, a las diez de la noche, en una ciudad que apenas ese mismo día había conocido. Sabía que era osado pero lo hice, me metí en el saco de polar y envolví mi cuello en una chalina de mi madre que aún conservaba su aroma, tomé la llave y abandoné la habitación bebiendo la sensación de alivio como si fuera el mejor trago.
Caminé por las calles oscuras de Córdoba sin rumbo y sin destino, pero con algo claro: no habría retorno hasta el amanecer. La gente parecía estar alborotada, en la antena de un auto flotaba locamente una bandera con la cruz roja y los demás corrían detrás a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, yo no sabía bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.
Cuando me encontraba sumergida en mis pensamientos, repasando una y otra vez si la decisión de haberme ido de casa había sido la mejor, me encandiló la luz de un bar-café que se destacaba bajo la débil claridad de un par de faroles, y entonces pensé que pasar un par de horas en este lugar no era mala idea. Al entrar me abrazó el calor que tanto necesitaba y me embriagó el aroma a café, tanto que sentí un dolor de estómago que me recordó que estaba sin comer. Me senté a una mesa que se encontraba en el medio de otras dos filas de mesas. Así, de alguna manera, me sentía más abrigada y protegida.
- Señorita, ¿Qué le puedo ofrecer? – preguntó el mozo
- ¿Qué? Ah, sí – espeté, casi olvidando que para estar allí debía consumir algo. - ¿un té de tilo puede ser? Y también, dos medialunas por favor. Y una pregunta, ¿a qué hora cierran?
- Excelente, estamos las veinticuatro horas señorita. Las medialunas son de hoy temprano, ¿le importa? – Negué con la cabeza sonriéndole cordialmente, él devolvió la sonrisa y se retiró.
Mientras esperaba y más tarde consumía mi pedido, saqué del bolso un libro que tenía empezado, ya dispuesta a terminarlo. Fui a verlo por expreso pedido de su médico. El enfermero de turno, que llevaba la mirada tan perdida como la de los internos, me hizo pasar a la sala de espera. El lugar daba pena; un amplio salón de paredes descascaradas e iluminado por tubos fluorescentes cuyas ventanas estaba atravesadas por dos clases de enrejados, uno interno de barrotes gruesos, y otro externo, de alambre oxidado. Un inusual escalofrío me removió bruscamente, cuando entonces lo vi, a cuatro mesas de distancia, enfrentado a mí y entre sus manos “Árbol de Diana”, un libro que yo conocía muy bien. Lo vi, y vi sus ojos enredarse en las palabras que dominaban aquellas hojas intrigantes y deseosas. No sé cuánto tiempo estuvo ahí, sentado frente a mí.
Cuando terminé el libro miré la hora, eran casi las cinco de la madrugada, sin embargo no estaba sola, los empleados escuchaban la radio (que hacía lo que podía) discutiendo por deporte, y a cuatro mesas de la mía, el muchacho de “Árbol de Diana” seguía allí, era inevitable no admirar el placer que emanaba su rostro sobre las páginas. Podría jurar que ni siquiera reparó en mi mirada. Levanté mis cosas, me puse el saco y saludé con un ademán y una sonrisa al amigable mozo. Me dirigí a la puerta, me di la vuelta para admirar una vez más al extraño que ya estaba cerrando su libro, y me fui. Cuando llegué a casa, puse la pavita para el mate y cuando el sol apenas se dibujaba en el cielo me acosté, pensando lo buena que había sido la idea de meterme en el café.
El resto de la semana y de la que continuó fue igual: durante el día en mi casa y en las noches en el bar, el mozo amigable, el pibe extraño de las poesías que ni siquiera reparaba en mis miradas, el té de tilo y las lecturas hasta la madrugada.
Una noche, mientras leía La vuelta al mundo en ochentas días, noté que unas manos un poco torpes apoyaban algo en mi mesa. Cuando levanté la mirada, era un platito en el que se encontraba una taza en la que nadaba un saquito de tilo, con un pedacito de hoja arrancada con descuido que decía “un agujero en la noche súbitamente invadido por un ángel”. Al leerlo fue inevitable no reír, el mozo amigable me señaló con sutileza al joven de las cuatro mesas de distancia, que entonces, ahora sí, me estaba mirando. Se levantó con ligereza permitiéndome apreciar su importante altura y lentamente cruzó las cuatro mesas que nos separaban hasta sentarse frente a mí, a unos cuantos centímetros. Su tez era bastante pálida; su cabello, negro azabache; sus cejas muy pobladas y casi unidas y su rostro muy pronunciado; la seriedad que emanaba era abundante hasta para mí. No era tan atractivo, pero aun así al ver sus ojos claros tan de cerca, sentí que pude hallarme en ellos, era enigmático, intrigante.
- ¿Conque té de tilo y Pizarnik, no? – le dije, desafiándolo.
- Bueno, supuse que te gustaba cuando me di cuenta de que no podías sacarle los ojos de encima a mi libro, y con respecto al té, te vas a intoxicar con tanto tilo –respondió con superioridad. No sé qué es lo que más me llamó la atención, el hecho de que sí se hubiera fijado en mí, o su extravagante acento.
- Soy Julio.
- Virginia… Juárez – me presenté, dándole la mano y segura de que ya lo conocía.
- Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, debo admitir que es una buena lectura, un tipo visionario digno de ser admirado –sonrió. Uno de mis sueños en la vida es transformar su arte, no sé, algo así como La vuelta al día en ochenta mundos –confesó, haciendo un marco con las manos.  ¿Qué decís?
- Digo que… es quizá un poco ambicioso –y solté una carcajada cuando me guiñó un ojo. Las horas pasaron, y mientras tanto encontré en Julio un abrigo especial, había encontrado el calor de la multitud en una sola persona. Me levanté para irme, tomé el pedazo de papel escrito que aún estaba sobre el plato y lo metí en el bolsillo de mi saco, nos despedimos. El resto de la semana y de la que continuó fue igual: durante el día en mi casa, en la noche en el bar, el mozo amigable, el pibe extraño que ya no era tan extraño, el té de tilo y las charlas enlazadas.
- Mira piba, la tormentita que se viene –me comentó esa noche, y era cierto, el cielo tenía un color especial y la luz de los relámpagos nos dejaron apreciarlo con detalle. Unos treinta minutos después, el cielo aturdía y las luces encandilaban. La lluvia empapó las calles amenazando con inundarlas.
- Creo que deberíamos irnos cuando pare un poco, mi casa está a un par de cuadras – e ofrecí, y él asintió con su estable seriedad.
Al llegar puse la pavita para el mate, él colgó el saco en una de las sillas y enseguida se dirigió hacia mi biblioteca, recorriéndola con sus ojos de una manera especial. Tomó con curiosidad “Las penas del joven Werther” y reparó en cada uno de mis clásicos. Yo lo miraba y lo vi sonreír cuando sacó un recopilado de los cuentos de Allan Poe.
-Tu biblioteca tiene mucho que ver con tu personalidad –me miró, y metió las manos en sus bolsillos. Digamos que esta literatura no es aquella con la que te podes morir de risa, pero…
-Te gusta Allan Poe –lo interrumpí. Me miró con curiosidad. Yo también suelo sonreír con tanta magnitud al ver los libros que me gustan tanto.
Pasamos un par de horas. Mientras me contaba de sus viajes por el mundo, de sus aventuras en el extranjero, lo vi trazar con mis llaves dos letras en la mesa de madera: VJ
-¿VJ? – Le pregunté.
-Sí, Virginia y Julio. Y no me mires como si fuera un cursi ridículo, flaca, es para que tengas siempre presente la inmortalidad de la letra, y que entiendas que todo dura siempre un poco más de lo que debería.  Se levantó de la silla y sacó de la biblioteca el libro de Poe, desarmó la cama, se sacó los zapatos y se desparramó en uno de los extremos. Bueno, atenta, que te voy a leer el escarabajo de oro, me dijo con tanta seriedad que me hizo sonreír. Júpiter todavía no había hecho pasar el escarabajo de oro por el ojo izquierdo de la calavera cuando Julio se sumió en lo que parecía ser un anhelado descanso. Lo observé durante varios minutos Me saqué los zapatos y me tiré en el otro extremo de la cama.
- Piba, sos una grata compañía.
La claridad del nuevo día animó mi vaga gana de despabilarme, miré la hora y eran ya las 08:15, después de tantos días había conseguido dormir por lo menos ocho horas de corrido gracias a Julio… “¡Julio!”, pensé, pero cuando di la vuelta, él no estaba. Ese lado de la cama estaba hecho, intacto. Su saco ya no colgaba en la silla y el libro de Poe reposaba sobre la mesa de Luz.
Como de costumbre esa noche volví al bar, no ya con la intención de buscarlo sino por la costumbre de asistir, aunque por un momento sentí ganas de estar en mi casa. Todo era igual, el calor del bar, el mozo amigable, mi mesa en el centro, pero sin Julio, ni siquiera a cuatro mesas de distancia. Esa noche me fui a casa después de tomar el té de siempre. Cuando llegué me tiré en la cama a deleitarme con una buena poesía y disfruté cada minuto, cada hoja y cada palabra. No apareció la sensación de angustia, ni el deseo de huir, ni el miedo a lo que no existe. Solo era yo, disfrutando la noche, después de mucho tiempo.
“Ahora podes rodar la cama para ese lado” me despertó aquella voz en la madrugada, pero esta vez la escuché más cerca, como en un murmullo, me pareció tan conocida que me erizó la piel. Salté de la cama y precipitada encendí la luz, mi única reacción fue correr la cama y entonces las vi, grabadas en el piso de madera: “EJ”.
Por la mañana puse la pavita para tomar unos mates y cuando finalmente me senté a disfrutarlos, allí estaban, claras e inmortales. Busqué con desesperación el saco y del bolsillo saqué la nota. Al leerla, noté en la caligrafía algo demasiado familiar.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez; Autopista del sur, de Julio Cortázar; y Letras modernas, de David Voloj.

ARIEL PRIAROLLO


Me encontré en el país de las maravillas
vuelvo a poner de nuevo mis pies
¿es real? ¿es inventado?
Alice – Avril Lavigne

Comienza mi primer día en la academia, la verdad que estoy un poco nervioso ¿Sabés la cantidad de personas que podría encontrarme? Montones y montones. Además de que todos van a ser muy diferentes, tantas personas como colores, letras, números y palabras diferentes puede haber ¿Te imaginás cuánto sería todo eso? La verdad que no creo que exista alguna cifra cercana de todas las infinitas posibilidades que puede traer eso. En fin, como estaba pensando, es mi primer día así que tengo que estar relajado y bien entusiasta.
Bien, dicen que dar el primer paso es lo que más cuenta ¿no es cierto? Bueno, ya que estoy delante de esta inmensa puerta tengo que dar el primer paso, como dije recién, el resto será pan comido, estoy muy seguro de eso, tan seguro como que me llamo Alistar Wonderland.

Es muy divertido pensar que tuve todos esos pensamientos en la gran puerta de lo que sería mi nueva vida, apenas puse ese pie, tan difícil de mover por primera vez, como es de costumbre, me di cuenta que sería muy divertido estar ahí, ya que estaba lleno de otras personas que parecían muy interesantes. Por ejemplo, había una pelirroja con otras seis chicas cerca de ellas, eran re parecidas entre sí, además de re lindas, aunque parecían un poco alteradas, hablaban siempre una seguida de la otra y como en emociones muy diferentes, por otra parte había una chica con el pelo blanco ¿Podés creerlo? Bueno, es obvio que lo puedo creer, ya lo vi, no sé porque me hago yo mismo estas preguntas. Volviendo a la chica de pelo blanco, super encantadora, parecía un poco fría lo único, estaba con mucha ropa celeste que le quedaba genial con su pelo, me encantaría tener una cabellera tan larga, linda y blanca como la suya. Aunque parecía un poco asustada, estaba como buscando a alguien, como cuando le hacés mal a alguien sin querer y te sentís culpable y querés ver como está pero no podés, así parecía ella, un poco triste, la verdad.
Bueno, mas allá de la cantidad de gente interesante que había, no puedo pasarme todo el tiempo describiéndolas, tardaría montón de horas, pasé por esa sala llena de personas y seguí observando con lujo y detalle todo ese lugar, estaba pintado con colores medios oscuros, uno se esperaría algo más alegre, pero no. Continué por ese lugar como si hubiera sido la primera vez que estaba ahí hasta llegar a una oficina donde mi primer instinto fue tocar la puerta. La mujer que abrió pareció confundirme, me llamó “señor Priarollo” y estoy casi seguro de no conocer a nadie que tenga ese apellido.
Luego de hablar con la señora tuve varias charlas con diferentes profesores, me preguntaban muchas cosas sobre mi vida y cosas que sabía y no, supongo que era para ver mi progreso a final de año como alumno, que estoy seguro va a ser más que genial. Lo único raro es que me preguntaban mucho si conocía a alguien llamado Ariel Priarollo, cosa que respondía siempre que no, ni idea por qué me preguntaban tanto eso.
El día terminaba y me iba para mi habitación, un poco desilusionado por no poder haber hecho tantas amistades, solamente el poco rato donde entré pude ver a otras personas, además de los profesores, pero bueno, siempre mañana sería otro día.
No recuerdo si les había contado, pero mañana es un día muy especial para mí, comienza mi primer día en la academia y la verdad que estoy nervioso ¿Sabés la cantidad de gente que voy a conocer?


MARIANA OJEDA


La vuelta a casa


Se hizo tarde, era una noche fría y tenía que laburar. Me quedaban pocas horas de sueño, al porteño le parecía muy raro que me quedara hasta tarde, sabiendo que tenía que trabajar. Pero esta vez era diferente, me encontraba raro y no sabía por qué, entonces decidí quedarme un rato más y se me pasó la hora pensando en cosas que no tenían sentido. Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde, así que saludé a todos y salí afuera. Estaba decidido a irme a casa y dormir las pocas horas que me quedaban.
Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito, tomé el camino más corto por la costanera, no era de pasar por ahí, mucho no me gustaba, pero quería llegar rápido. Estaba fresco, no corría ni un perro por la calle, solo sentía el aire frío que cubría todo mi cuerpo.
De pronto, vi un auto que se acercaba de a poquito, con la luz muy alta, venía de frente y muy cerca del cordón, pasó al lado mío, tenía vidrios oscuros y la verdad que me llamó la atención, un auto de esa clase en Villa María, era raro.
Seguí caminando, estaba llegando al puente que supuestamente tiene mucha iluminación, pero esa noche no había ni luz. De atrás me sentía observado, pero no perdí la calma. Seguía caminando tranquilo, hasta que nuevamente el auto de alta gama se arrimó al cordón de la vereda y empezó a andar a la par mía, bajó el vidrio y era una mujer hermosa, no tengo palabras para describirla, solo puedo decir que era como una luz blanca que me iluminó esa noche tan fría.
Paro el auto y me llamó, yo sin entender nada me paré, pensé que se había confundido con alguien más, pero no, definitivamente quería hablar conmigo. Parecía que me conociera de toda la vida. Me miró fijamente y me dijo un chico tan guapo como vos está solo en esta ciudad, habiendo muchachas tan lindas. Lo dijo en un todo risueño, pensé que me estaba tomando el pelo, yo no soy tan guapo y con la facha que tenía, no se me acercaría ni un conocido. Por un momento pensé que había alguien más, cada tanto miraba por el espejo hacia atrás y sonreía.
Bah esta gente solo quiere fastidiar a las personas que andan solas por las calles a esta hora, empecé a caminar, ella me volvió a gritar y dijo estoy aburrida y solo quiero ir a una fiesta, pero no tengo con quien, y como veo que estas solo, me dieron ganas de invitarte. Le respondí diciendo que no estaba vestido para la ocasión y vi que ella estaba muy bien vestida, llevaba un vestido verde, tan llamativo que hasta me daban ganas de sacárselo.
Nuevamente me preguntó si estaba muy apurado y si quería acompañarla. Vaya, pensé, una mujer sola que necesitaba de una buena compañía o quizás no solo quiere que la acompañe a la fiesta si no a otro lugar más cómodo, para conocernos.
Nunca perdí la calma, pero estaba con algunas dudas ya que era todo muy raro. Después pensé que, si por casualidad, había algún amigo mío en la fiesta, iba a pensar que era un caradura por andar con una mujer de su clase. Aparte también pensé si me veían aparecer con semejante mina en el auto en el que manejaba, el barrio iba a decir cualquier cosa sin saber lo que pasaba, aun así, decidí acompañarla, al fin y al cabo, estaba solo en la ciudad y soy dueño de mi vida, no me importa un carajo lo que piensen.
Vamos le dije, prendió la luz del coche y me dijo que subiera ¿o tenés miedo? me preguntó, le dije que no y ahí me di cuenta que estaba sola, no había nadie en la parte trasera, entonces abrí la puerta del coche y me subí, pero al momento que me senté sentí una respiración suave en la nuca. Seguramente era mi imaginación y entonces decidí seguir la corriente, quien sabe quizás podía pasar una noche con buena compañía.
Era una mujer hermosa, me dejó muy encantado solo con verla, yo creo que si le contaba a alguno de los muchachos que estaban del porteño no me iban a creer, ya que soy un hombre solitario y no tenía nada de apuesto, iba a ser todo muy raro, nadie iba a creerme.
Le brillaban los ojos, tenía la piel blanca como una hoja y un cabello tan rubio que brillaba. Estaba sorprendido, es más creo que su voz era tan seductora y atractiva que no podía decirle que no a nada, solo quería estar con ella.
Sentí calor en los brazos, en las piernas y en el estómago. Tragué saliva y me incliné más, ella me dio lugar. Ya que había confianza la traté de vos, le pregunté donde era la fiesta. Se puso seria y me dijo pasando el puente, tenemos que ir por un camino de tierra, está un poco alejado. Le volví a decir que no estaba vestido, me volvió a mirar fijamente, es más, creo que me dio un escalofrío, sentí algo muy raro, una atracción por ella que nunca había sentido con alguna otra mujer.
No perdí el tiempo, le puse la mano sobre la gamba, tenía la carne dura, fría, musculosa, y sentí sus músculos contraerse cuando apretó el acelerador. No me lo van a creer cuando se los cuente, pensé, los muchachos van a pensar que estaba delirando. Como vi que la mina me daba calce me apreté contra ella y le puse, esta vez, la mano en el hombro.
Ni siquiera me miraba, era como si no sintiera nada.
Luego de un rato me dijo que la fiesta era en su casa. En ningún momento sacó la vista del camino, sus ojos se perdían en la noche, mientras tanto yo seguía sintiendo la respiración en la nuca, a medida que nos acercábamos a la casa se sentía más y más, parecía como si fuera una advertencia. Bah, no sé, seguramente era porque quería llegar rápido y estar con ella.
Doblamos en la primera calle de tierra y empezamos a correr por un camino totalmente alejado de la ciudad, dejando atrás las pocas luces y árboles. Llegamos al lugar donde supuestamente era la fiesta, pero la verdad es que no había ninguna fiesta ahí. Le pregunté qué estamos haciendo y lo único que me respondió fue que necesitaba mi ayuda.
Bajamos del auto, caminó hacia la casa y sin esperarme entró, yo iba por detrás de ella, muy despacio, mirando hacia todos lados, de pronto sentí un llanto, entré y era esta mina la que estaba llorando al lado de un charco de sangre, al lado de un cuerpo totalmente frío y tieso, escuché sonidos de sirenas, me cagué todo, no entendía nada y no me explicaba, ella solamente lloraba desconsolada. 
Luego llegó la policía, una ambulancia y no preguntaron nada de nada, parecía que supieran lo que había ocurrido.
Yo que pensaba llegar rápido a casa tomándome un atajo, qué perejil.

Nota: se han intervenido fragmentos del cuento Verde y negro, de Juan José Saer.