TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA
Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.
Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.
Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.
Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.
Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.
El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.
Beatriz Vottero - coordinadora
JAVIER VIDELA
CONSTANZA ALBARRACÍN
VIRGINIA AGÜERO
El estado de mamá se había vuelto crítico hacía ya un tiempo, su espectro de memoria se había vuelto muy acotado y se remitía ya a su infancia tardía, se había vuelto muy difícil tratar con ella; pese a los esfuerzos, sus momentos de lucidez eran escasos y el desconocimiento, mutuo. Mis visitas se hacían cada vez menos frecuentes, pero me obligaba a mí misma a ir de vez en cuando porque no podía soportar la idea de que se quedara sola largos períodos; sus visitantes se habían reducido solo a dos personas, Laura, que iba sin falta todos los martes a ponerle los ruleros y leerle el diario, aunque esta actividad a veces la desconcertaba hasta ponerla violenta, pero Laura insistía en que la ayudaba a mantenerse en el hoy; y yo, que me esforzaba por no seguir los pasos de sus otros hijos, no tanto en actitud altruista sino porque no soy buena manejando la culpa.
Al primer signo de su enfermedad lo mostró hace unos tres años, era verano, y a las esporádicas incoherencias que decía se las adjudicábamos a la edad y al calor; un sábado sofocante dijo que iba a comprar jabón y que volvía enseguida. Un pan de jabón, me acuerdo que me dijo, y como empezó a tardar pasé por la cocina y vi que, efectivamente, faltaba. Lo que quedaba era una especie de bollo hecho con las manos, porque cuando se gastaba ella lo apretaba así, como un mazacote chico para que aguantase un poco más, muy ahorrativa era. Es, qué digo. Me empecé a preocupar por su ausencia y salí a buscarla pensando que la encontraría charlando con alguna vecina, pero le pregunté a María Julia si la había visto y me dijo que la vio pasar hacía como una hora en dirección a la plaza. Cuando me había decidido a llamar a la policía, la vi agachada cortando las flores del cantero de un vecino, a unas seis cuadras de casa, mucho más lejos de lo que acostumbraba a ir. La increpé enseguida, que por qué no avisaba, que el susto que me había hecho pegar.
–La bicicleta del maestro es roja. Parece un caballo de espanto. El rojo me da miedo. El maestro no. El miedo siempre me acompaña. Los otros tres de la banda quieren joderle la bicicleta al maestro. Si fuera por el color yo se la desarmo a patadas. Pero al maestro, no– me respondió con la mirada un poco perdida.
El doctor dijo que había sido un golpe de calor, y la mantuvimos vigilada todo el verano, incluso compramos un aire acondicionado para los días más sofocantes. Pero esos episodios se hicieron cada vez más frecuentes y se hacía complicado lidiar con ella, entonces tomamos la decisión de internarla porque la situación nos superaba. Yo, aunque pasaba mucho tiempo con ella -vivíamos en la misma casa-, por mi trabajo no podía estar pendiente todo el día y los demás no ofrecieron otras soluciones.
Fui a verla por expreso pedido de su médico. El enfermero de turno, que llevaba la mirada tan perdida como la de los internos, me hizo pasar a la sala de espera. El lugar daba pena; un amplio salón de paredes descascaradas e iluminado por tubos fluorescentes cuyas ventanas estaban atravesadas por dos clases de enrejados, uno interno de barrotes gruesos, y otro externo, de alambre oxidado. Ya habíamos considerado la posibilidad de moverla a un lugar menos lúgubre; pero el dinero no sobraba, y ése era el mejor sitio que podíamos costear, por lo que esperábamos que la humedad y las condiciones deplorables no deterioraran aún más la salud de mamá.
Cuando el enfermero me dejó pasar vi que la cama estaba hecha y las pertenencias de mi madre no estaban en su lugar. Preocupada fui a preguntar a recepción sobre la posibilidad de que la hubieran trasladado a otra habitación, por no pensar algo peor. La recepcionista me dijo, con un tono condescendiente, que ya me atenderían. Pasados cinco minutos decidí volver a la habitación y en el camino me acordé que era martes y Laura todavía no había venido a leerme el diario.
Nota: se han intervenido fragmentos de Letras modernas, de David Voloj; de La bicicleta roja, de Marcelo Dughetti; y de El pan de jabón, de Irene Gruss.
LUCÍA GARCÍA
Amelia y Elvira partieron rumbo a la granja de su madre, donde la verían después de quince largos años, cuando su padre aún estaba vivo. La señora continuaba habitando esa granja familiar que no solo tenía animales y máquinas sino también un cementerio en frente. Desde muy chicas las hermanas jugaban en una tumba vacía con ese nombre… pero ellas no ponían el nombre “Julio” en sus bocas, para ellas era papá.
Las hermanas eran amantes de la lectura. Durante el viaje en tren leyeron “Cartas de mamá”: una madre que manda cartas a sus hijos, muy diferente a aquella madre viuda que tenían ellas, que no estuvo cuando el tren arribó a la estación del pueblo que abandonaron años atrás, pero que las esperó en la puerta de la casa.
Al verlas murmuró sus nombres. La mujer se había vuelto muy fría y callada. Desde que falleció su marido -de formas extrañas- su vida se había vuelto monótona, pasaba todo el día leyendo la biblia y recitándola –...Mateo 16: 26- caminaba en círculos mientras sostenía el libro sagrado. Y este comportamiento solo les confirmó a sus hijas todo lo que se decía en el pueblo.
Las hermanas recorrieron el lugar que tanta nostalgia les traía: las mismas máquinas, los mismos árboles, la casa que tenía los muebles viejos y rotos pero que aún contenía los libros de papá como si nada se hubiera tocado ni cambiado. Incluso su madre se seguía viendo de la misma forma, como si el tiempo extrañamente no hubiera pasado.
Inevitablemente, las jóvenes quisieron visitar la tumba de su padre. Tamaña sorpresa se llevaron, pues en su lugar encontraron un gigantesco hueco con una escalera. Llenas de curiosidad bajaron y bajaron y bajaron. La escalera parecía no tener final. Después de un largo recorrido, y cuando las hermanas ya se encontraban extenuadas de caminar, se toparon con una pared muy alta, y entonces se dieron cuenta de que estaban en un laberinto. Comenzaron a volver desesperadas: la salida no se veía y en el trayecto se encontraban con gatos de todos los colores y tamaños.
Parecían estar dando vueltas en círculos, y perdieron total noción del tiempo, que se alargaba como un chicle.
…
Dos cuerpos las esperaban en lo que aparentaba ser el final del laberinto. Se veían tangibles, con una luz natural que rompía la oscuridad reinante. Parecía que estaban allí desde hacía muchos años.
El lugar olía a tierra, esa clase de tierra que entra a tu boca cuando vas en viaje y abrís la ventana del tren.
JOSÉ “NACHO” HERRERA
Morand se mostraba tranquilo sin notar rasgos extraños que delataran su macabra jugada. Después de los acontecimientos con Therese, se dirigió parsimoniosamente a su vehículo y tomó la carretera que une la ciudad con el aeropuerto. Allí pidió un boleto con destino a Roterdam, y abordó de manera casi inmediata la aeronave.
Durante su vuelo, plácidamente dormido, empezó a experimentar extrañas sensaciones en el cuerpo. Se le aparecía el rostro de Therese casi deformado por una gota de agua cayendo una y otra vez en su cabeza. Despertó bruscamente, con una agitación corporal nada normal para tratarse de una pesadilla; al cabo de un par de horas, la llegada a Roterdam y el dejar atrás Grecia era ya un hecho.
Ya en Países Bajos, buscó un hotel en zonas aledañas al centro. Visiblemente cansado, agotado diríamos, no logró -sin embargo- conciliar el sueño, por miedo a que volviera a suceder el episodio del avión. Llegada la noche, quiso relajarse, fue a un casino a probar su azar: en primera mano ganó €500, en la segunda, €300 y ya en las siguientes tres rondas había perdido €4.000. Desahuciado por la pérdida, en vez de retirarse se dispuso a gastar las últimas monedas en alcohol tratando de olvidar los malos momentos que se aparecían en su mente.
Regresando al hotel por una calle poco transitada, quizás por las altas horas de madrugada, figuras oscuras atravesaban una y otra vez el radar de sus ojos, casi sin notarlo por su estado de ebriedad, hasta que unas luces lo enfocaron de frente y una bocina lo asustó, provocándole un grito tan fuerte que hizo parar a los dos o tres automóviles que circulaban. Cuando terminó de gritar ese desopilante alarido, empezó a correr en forma de zig zag. Llegado a su habitación, armó su bolso, dejó un fajo de billetes y la llave en el mostrador de recepción, y llamó a un taxi: también debía huir de ese lugar.
Desde una de las carpas que había armado con Therese provenían unos cánticos, se asomó y vio a su amada y a su amigo besándose. Casi sin hacer ningún ruido, retrocedió y volvió a las Colinas a seguir observando la estatua. En unos minutos la pareja había salido de la carpa, se acercaron lentamente y en pocas palabras le decían “¡Llegamos, llegamos!”, "Llegamos, señor", dijo el taxista.
La Haya parecía ser un lugar tranquilo, una brisa pegaba en la zona de bajada de pasajeros. Él estaba sentado, esperando su vuelo. Un trabajador rasqueteaba unas maderas de un local, sonaba como la madera que con fuerzas golpeaba Therese en su patio trasero. El ruido cesó, por suerte para él.
“Pasajeros con destino a Ámsterdam, por favor abordar por puerta A-17”
Era ya mediodía, el aterrizaje había sido un éxito, consiguió un hotel a metros del parque central, y también una caja de cigarros. Todo parecía ir bien, después de tan descabellados días. Así que compró un champagne para celebrar.
Más tarde salió a caminar por un sendero luminoso tarareando una melodía, mirando alternada y repetidamente a las estrellas y a su reloj: las voces estaban volviendo. Al llegar a un puente colgante que dividía la Ámsterdam sur de la norte, decidió sacar su botella espumante de alcohol agregando casi sin pestañar una dosis grande de cierta pastilla. En escasos minutos la mezcla ya estaba surtiendo efecto.
Paciente... ¿Morand? Debo decirle que tiene rotas seis de sus costillas, y gran porcentaje de sus piernas. Habrá que ver cómo va evolucionando, expresó el Doctor Herrera, con una pequeña sonrisa, sin soltar su lista de pacientes. Un trago agridulce aparecía en la vida del francés, tirado en una cómoda habitación con vista céntrica –agradable por cierto. Enfermeras y más enfermeras aparecían y reaparecían para medir su suero, para cambiar poco a poco la venda e ir introduciendo más yeso a la zona afectada. Morand estaba en un alba creciente de crisis, había fallado al intentarse matar, su cabeza estaba a punto de estallarle con un "Therese, Therese" atormentando su psiquis.
No había ni una sola alma en los pasillos.
Él estaba junto a varios ídolos que lo perpetraban con unos ojos rojizos. Las figuras lo observaban.
Una puerta se abre, y luego golpea y desfigura a su amigo. Martillazos y más martillazos, quizás provenientes del piso inferior, mientras que Therese grita, exaltada: ¡Ahora te toca a ti, querido!
Morand no puede moverse. Sus gritos solo son una mímica del grito. Algo lo golpea profundamente hasta dejarlo inconsciente en el suelo, con el objeto de arrojarlo luego a una fosa mediana. “Te amo” fue lo último que escuchó.
Apagó la luz pensando que era la puntualidad en persona.
CRISTIAN SALICAS
Llegaba julio y comenzaban las vacaciones donde podía dormir hasta tarde, sin la preocupación por el colegio. Tenía tiempo libre a la noche y casi siempre entraba a mis redes, me ponía a ver memes y a stalkear personas para seguir. Ahí fue que en un momento observé a una chica que me parecía atractiva, le mandé la solicitud y me la aceptó en el momento.
Comenzamos a hablar y ella me preguntaba cómo me llamaba, dónde vivía, mi edad. Siguió la charla, nos pasamos los números, conversamos por WhatsApp, y así estuvimos toda la noche. Al otro día yo viajaba y recuerdo que tenía unas ojeras tan grandes que parecía un zombi.
Semanas tras semanas hablamos, hasta que un día decidimos que nos debíamos juntar y salir a un boliche. Llegó aquella noche y no sabía qué ponerme, tenía tantos nervios, era la primera vez que salía con una chica. Le había dicho que no me animaba a salir pero Lucía me convenció, así que pasé por ella y en la primera impresión me pareció linda. Fuimos al boliche, recuerdo que pasaban reguetón y yo no suelo bailar porque soy muy pata dura, pero ella me arrastró. Mientras me iba explicando cómo bailar, la miré a los ojos y sonreí.
Llegó la hora de marcharnos del boliche. Lucía estaba un poco borracha y me prepuso ir al río. Le dije que sí y nos fuimos con la ropa del boliche, sin avisarle a nadie; tomamos el tren y cuando nos sentamos ella puso su cabeza en mi hombro. Yo pensaba “estoy soñando”, todo estaba pasando tan rápido.
Al llegar a destino, me dijo que tenía unos familiares ahí y me prepuso quedarme. Yo acepté.
Esa noche fue como si de golpe hubiera llegado la primavera y los árboles florecieran, nos besamos y fue raro, fue como sentir que el corazón se salía del cuerpo. Cuando nos acostamos, las sábanas se juntaron y fue como el arco iris que sale después de una tormenta.
Al otro día, cuando consideré que ya era hora de irme, nos intercambiamos unos anillos, me despedí con un beso y subí al colectivo.
No había días en que no me mandara algún mensaje, esperaba cada fin de semana para ir a verla y salir a bailar, siempre la pasábamos tan bien, era mágico. Pero llegaron los celos por cruzarme a su expareja en los boliches. No puedo explicar qué me pasaba, pero ciertamente me ponía de mal humor y terminaba peleando. Sin embargo, al otro día ya no hablábamos del tema y estaba todo bien.
No había etiquetas, pero sentía que me estaba enamorando. Sin embargo, empezó a ser tan intensa nuestra amistad que nos peleábamos por cualquier cosa, luego salíamos y nos arreglábamos. Sé que no estaba bien, pero por alguna extraña razón, me acostumbré.
Al cabo de tres meses recibí el siguiente mensaje:
“creo q lo mejor es ser amigas, estuve pensando mucho, nos estamos haciendo mal”
Inmediatamente le contesté:
–¿Es joda?
–No ¿pero vos viste lo mal que la pasamos? No estamos bien -respondió ella-.
No volví a escribirle una sola palabra, ni siquiera en respuesta a sus nuevos mensajes. Me encerré: no tenía ganas de hablar con nadie.
No sé cuánto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en el que los sentidos perdieron su valor. Sólo sé que después de muchas horas incontables de no hacer nada, de estar paralizada, oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora podés girar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí un ruido como de ladrillos tirados al agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso. Sentí, como nunca, el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Creí que me estaba volviendo loca. ¿Qué eran esas voces?, ¿qué eran esos ruidos?
Llego el día que una de mis amigas cumplía años y tuve que levantarme. Mi madre me obligó. Sin ánimos llegué al boliche y me puse a bailar con una amiga, cuando de pronto se apareció Lucía. Me costó reaccionar, pero alcancé a preguntarle ¿qué te pasa? y sólo me hace un guiño con el dedo, de que estaba todo bien, y luego le pidió a su compañera que se fuera.
Cuando logramos hablar, volví a preguntarle qué le pasaba. Ella insistía en que estaba “todo bien”. Regresé con mi amiga, pero no pude evitar enviarle un mensaje. Sin embargo la terminé bloqueando. Luego recibí un mensaje de Instagram que si quería que comiéramos como amigas y dije que sí. Comimos y hablamos de todo; ella me propuso tener una amistad y como no quería perderla, acepté.
En ese momento pensé que no me iba pasar nada, hasta que la vi hablando con otra chica. Caminando para mi casa decidí que debía alejarme.
Pasaron semanas y comencé a salir de nuevo. Fui a una fiesta lejos y entonces volví a cruzármela. Estaba de nuevo con aquella chica. Comprendí todo. Empecé a tomar sin medida, quería olvidarme de todo. De pronto eran las 6 am y debía irme, ella se me acercó una vez más para tratar de hacerme tomar conciencia:
–¿Por qué hacés esto? -casi me gritó- yo no te conocí así.
Mi única respuesta fue:
–Por vos hago todo esto, fui una idiota.
Me marché a mi casa como pude. Luego de un buen rato me desperté porque golpeaban la puerta. Era Lucia. Venía a devolverme el anillo.
– Por mí, tiralo a la mierda -alcancé a decirle-.
Ya no la veía, pero cada noche ella regresaba a mí. En sueños, en recuerdos. Empecé a tener una pesadilla reiterada donde ella se paseaba nerviosa con una mujer al hombro a modo de fusil. Ya no sabía cuáles eran los recuerdos y cuáles, los monstruos de mi imaginación. Dentro de uno, todo se agrupa y hace daño.
Hoy mismo está parada, una vez más, casi como una aparición, al frente de mi casa, con ella. Dolió fuerte, pero comprendí mi destino.
O tal vez ni siquiera esté parada frente a mi casa, y yo mismo sea apenas un sueño, una ilusión, como las cosas que se estropean de tanto desearlas. Me queda, sin embargo, el anillo, que habrá que destruir como un ladrillo arrojado contra el agua.
Observación: se han intervenido fragmentos de los siguientes cuentos:
El oboe que se escondió, de Daniel Moyano, e Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez.
FLORENCIA TAMOSAITIS
Al salir del bar, pasó por la farmacia a comprar unos medicamentos que el doctor le había recetado. Unos metros más adelante de la farmacia vio a una chica hablando por teléfono, pero algo de esa chica le llamó la atención. Era una chica morena pero teñida de rubio, con ropa bastante gastada. Sus gestos eran exagerados, movía mucho sus manos, parecía alterada, incluso parecía que lloraba.
Sara esperó a que cortara la llamada, dejó pasar unos minutos y se acercó:
–Hola, soy Sara, disculpá que me entrometa, te estaba observando recién y quería saber si estás bien.
–Hola, sí, está todo bien. Perdón, no me presenté, soy Amanda –dijo con la voz quebrada y los ojos hinchados.
Sara no insistió y siguió el camino a su casa.
Al pasar algunos días, volvió a su bar preferido pero esta vez no era la única mujer, apenas entró pudo reconocer a Amanda, que la saludaba con la mano. Sin dudarlo, Sara se sentó en su mesa y charlaron como si se conocieran de toda la vida. Amanda estaba tan entretenida y en confianza que, sin saber por qué, le contó a Sara porqué lloraba la vez que se conocieron.
–Estoy peleada con mis padres, hace ya cinco años, la relación con mi novio no está bien, y yo, la verdad, tampoco lo estoy.
–Yo estoy enferma, tengo cáncer y la verdad tampoco estoy bien –confesó Sara, a su vez. –Estoy cansada de todo esto. Cambiaría mi vida por la que sea, con tal de no estar más así, aunque sea por un rato.
–¿Y si probamos de hablar con alguna bruja? –dijo Amanda en un arrebato.
– ¿Qué? ¿Estás loca? ¿Para qué?
–Sería momentáneo, vos tendrías mi vida y yo la tuya. Ya sé que no nos conocemos, pero probemos si se puede –dijo Amanda, casi suplicando.
–Es una locura, aparte esas cosas no existen. Aunque con gusto tendría tu vida.
A los pocos días fueron a hablar con la bruja. La mujer les prometió cumplir con sus deseos. Entre velas y palabras que Sara y Amanda no entendían, hizo un extraño ritual. Al salir de ahí, cada una toma su camino.
Pasaron los días, ambas empezaron a sentirse cada vez más tristes, como derrotadas. Se volvieron a comunicar, coincidiendo en el deseo de volver el tiempo atrás, o por lo menos de recuperar sus vidas. Regresaron a lo de la bruja, pero no había nadie allí. Las atendió finalmente una vecina que se acercó a ver qué pasaba, preguntándose por qué esas dos mujeres insistían en golpear, casi con desesperación, la puerta de una casa que desde hacía muchos años era sólo una guarida de ratas.
KAREN RODRIGUEZ
Peligro de un paro cardio-respiratorio, dijo el pediatra mientras unas dos o tres enfermeras entraban al consultorio.
Fueron quince días en los que la tenían como rata de laboratorio, pruebas van, pruebas vienen. Un hecho muy peculiar confirma las sospechas de los médicos. Vanesa había atentado contra su vida en un “ataque” de locura, queriéndose largar de un 5to piso del Sanatorio Rosendo García en Rosario.
Pónganle las cámaras de oxígeno, hay que trasladarla a terapia intensiva, urgente -dijo la doctora Rodríguez.
Una vez en terapia, Vanesa fue sometida una prueba más, una biopsia en sus riñones en los cuales tenía una insuficiencia renal. Los resultados fueron obtenidos rápidamente, lo más rápido que se pudo y arrojaban que padecía de una enfermedad, Lupus Eritematoso Sistémico (LES) de grado IV. Dicha enfermedad la sufría 1 de cada 50 casos, generalmente la sobrellevaban adultos y era raro que una nena de 11 años la padeciera.
Hablaron con Beatriz, madre de Vanesa, le explicaron lo que tenía y la gravedad de su caso. El grado de su enfermedad era el más alto y el más jodido, podría terminar con su vida en cualquier momento, los médicos le daban 3 meses, ese era el tiempo en que la familia podría disfrutar de la compañía de Vanesa.
Cuando todo ya estaba estabilizado, Vanesa pudo irse a casa. La familia optó por no mencionarle nada de su corta vida. Quizás para Vanesa todo iba mejorando, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de sus médicos, iba a control una o dos veces por semana. Para su familia cada día que pasaba era un reto más, nadie podía hacerse la idea de que ella en cualquier momento se iría y los dejaría.
Al cabo de un mes, Vanesa cae de nuevo internada por un paro cardio-respiratorio, su salud iba empeorando cada vez un poco más. Su mamá y su papá esperaban en los pasillos a que ella se recuperara, era raro porque antes de que se enfermara discutían siempre, mamá ya no se sentaba en la mesa a comer, según ella tenía muchas cosas que hacer, pero eso no importaba en ese momento. Las cosas mejoraban en su casa pero su salud decaía y Vanesa lo sabía. Despertó conectada a un respirador y a una máquina que determinaba el ritmo cardíaco de su corazón. Ese sonido no era muy agradable para absolutamente nadie, era muy molesto.
Vanesa se animó a recibir de nuevo el cariño de su amiga Belén, fue la única que se preocupaba en llamar a casa para ver cómo estaba, porque faltaba al colegio sin dejarle explicación alguna. Quizás ya era hora de que Belén supiera lo que realmente pasaba.
Belén no podía creer lo que Vanesa le contaba, pero entró en total shock cuando Beatriz hablo con ella y le dijo lo que Vanesa no sabía, que sus días estaban contados. Por lo cual le pidió algo muy especial:
“Vanesa siempre nos dijo que deseaba que tuvieras una amiga más aparte de ella, sería una alegría para ella que se le cumpliera eso”.
Al día siguiente Belén llegó a la casa de Vanesa con Laura, su amiga desde que ella empezó a faltar al colegio. Compartieron un momento muy lindo. Esa noche Vanesa compartió una cena con toda su familia, rieron hasta que le dolió la panza, recordaron todos los momentos hermosos que pasaron y olvidaron por lo que estaban pasando.
Cuando todo ya permanecía tranquilo, Vanesa decidió que ya era tiempo de irse. Había logrado que sus padres no se divorciaran y que vivieran una relación sana. Belén ya tenía una amiga con la cual compartiría su vida. El paso por sus vidas ya estaba resuelto.
Nadie recordaría que ella pasó por sus vidas.
DAHYANA MENNA
MICAELA VEREA
Noche siniestra
Eran como la una y media de la mañana, y ahí estaba él, saliendo solo del bar, como todos los sábados a la madrugada. No le podía sacar los ojos de encima. Llevaba puesto lo mismo de siempre, una camisa blanca y jeans azules. Hacía desde la medianoche que lo estaba esperando. No aguanté las ganas de ir a hablarle, así que arrimé el Falcon al cordón de la vereda y empecé a andar en segunda, a la par de él. Iba caminando con las manos en los bolsillos, silbando bajito y noté que estaba distraído, tanto que no se percató de que lo seguí casi treinta metros. Como no me prestaba atención, tuve que frenar y llamarlo en voz alta para que se diera vuelta. Al escucharme, se quedó parado en el medio de la vereda, parecía algo confundido, así que volví a llamarlo. Miró con cara de incredulidad, yo me reí.
MAGDALENA ROLÓN
Grata compañía
ARIEL PRIAROLLO
MARIANA OJEDA
La vuelta a casa
Se hizo tarde, era una noche fría y tenía que laburar. Me quedaban pocas horas de sueño, al porteño le parecía muy raro que me quedara hasta tarde, sabiendo que tenía que trabajar. Pero esta vez era diferente, me encontraba raro y no sabía por qué, entonces decidí quedarme un rato más y se me pasó la hora pensando en cosas que no tenían sentido. Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde, así que saludé a todos y salí afuera. Estaba decidido a irme a casa y dormir las pocas horas que me quedaban.
