TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


Valeria Zárate

Noche aterradora

Es una noche de invierno, fría y estrellada, como tantas otras. Yo me voy a acostar a mi habitación, a ver un poco de tv, sintonizo un canal de películas, estoy dos horas enganchada con la peli, luego apago el televisor, miro a mi alrededor para ver si todo está en orden, apago la luz y en la habitación que es inmensamente grande el silencio se asoma lentamente entre las penumbras, las cortinas de la alcoba despliegan pequeñas brisas que enaltecen con plenitud el anochecer reinante y con el correr de los minutos creo no poder dormirme por las secuencias e imágenes aterradoras que estoy viviendo en la temible noche. Sin embargo, logro sumergirme en la espeluznante historia.
Mi mamá, que estaba en la cocina, se dirige a mi habitación a ver si necesito algo, pero me encuentra dormida, me tapa bien con las frazadas para que no tenga frío y entonces comienzo a sentir que por mi cuerpo corre algo áspero y me despierto sobresaltada y asustada por la situación, y veo a mi madre al lado de mi cama.
Al pasar el fin de semana, me levanto para ir a la escuela. Además me tengo que encontrar con mis compañeras María y Silvana, dos de mis mejores amigas, para contarles la hazaña vivida por mí y que me causara tremendo estupor. La clase se desarrolla con total normalidad y entonces suena el timbre y una vez en el recreo, reúno a mis compañeras y les cuento lo sucedido mientras dormía durante la noche del sábado. Logrando calmarme cuando vi que era mi madre  la que me acogía suavemente entre sus brazos, tapándome  para que no tuviera escalofríos en la pesada noche. Y dije con alivio “suerte que eras vos mamá, pensé lo peor”.


Mis dos compañeras, María y Silvana, se echaron a reír, pues no podían creer lo sucedido, me enojé con ellas y sentí detrás de mi guardapolvo una cosa extraña que abrumaba mi cuerpo, noté que se descomponía mi piel y presentía que me molestaba un pie, entonces al quitarme el zapato vi que se volcaban grandes montones de arena en el suelo, e imaginé la sensación de sacudir con mis brazos a estas dos niñas que no entendieron nada la situación vivida por mí, pues de ahora en adelante no veré más sola una película, ya que tengo miedo de las situaciones que puedan ocurrirme.

Paco Casalánguida


La flecha del silencio

En mi casa todo es desorden, ya no encuentro nada y, por si fuera poco, casi pierdo hasta la paciencia. No es porque sea desordenado, me pasa que por ser ordenado es que pierdo las cosas. Parece complicado de entender pero no lo es, porque es en medio del orden donde se encuentra el desorden, suena tan claro ahí está sólo que no se deja ver, o al menos sólo yo lo puedo ver. Y busco, busco sin saber que estoy buscando, y porque busco encuentro desorden, que antes no estaba.
Yo no era así, el tipo que se olvidaba dónde dejo tal cosa, por más insignificante que fuera. Yo era un memorioso, siempre me lo dijeron en mi casa, agendaba nombres, fechas, direcciones, imágenes de los lugares mas recónditos que pudieran existir, nunca me olvidaba de absolutamente nada. Todo estaba en su lugar, en el lugar que para mí se traduce como un orden que desde hace tiempo ha desaparecido, como una vieja fotografía que se destiñe con el paso de los años.
Hoy pienso que es lo que me puede haber sucedido a lo largo de este tiempo, no hubo girones bruscos que me hayan echo cambiar tanto de personalidad, ni un golpe en la cabeza, ni la pérdida de un ser querido o una enfermedad cerebral que acabara conmigo en cuestión de segundos. No recuerdo cómo pudo pasar.
No me doy por vencido por nada del mundo y busco, aunque me resulte trabajoso esto de revolver y reacomodar todas las cosas en su lugar, porque sé que es la única manera de encontrar algo.
Entre algunos escombros encuentro un espejo, y no hay nada en él, ni mi reflejo. Pienso que es algo normal, que puede estar tan deteriorado que ya no sirve.
Me canso y salgo a caminar, para despejarme un poco y encontrar un alivio. ¡Ah! Encontrar, como si encontrar algo fuera una tarea fácil de concretar en mi vida. Sigo caminando por la avenida mirando las vidrieras que se encuentran todas revueltas y no hay nadie para que las acomode.
Me detengo frente a una vidriera con fotos de gente que no conozco. Sigo viendo las fotos y en eso me quedo hipnotizado, inmóvil, casi sin poder pensar en nada, y se me viene un sentimiento que es de todo a la vez, en el momento en que todo se empieza a aclarar, cuando observo su rostro en la fotografía.

Alguien camina lentamente hacia mí. Me palpan los pies, las manos, me flexionan las rodillas. Otro me abre el párpado y un destello de luz me enceguece por unos segundos. Entonces comienzo a ver sombras, desfiguradas primero, más nítidas después: un cuarto blanco, una ventana abarrotada, máquinas y cables conectados en mí. Y ahí empiezo recordar que la estaba buscando desesperado después del terremoto, y que no la había podido encontrar. A un costado, su cuerpo yace junto al mío.

Bárbara López


Bydlo

Cuatrocientos setenta y siete, mas ciento veinticinco con ochenta, contando el segundo vencimiento, mas lo descontado de la tarjeta… quinientos treinta y tres… hmmm. Si tan sólo pago una, me quedan dos mil trescientos; y el alquiler son cuatromil ochocientos… hmmm.  ¡Ay Dios! vamos de nuevo. Cuatrocientos setenta y siet… ¡Tomas, bajá la tele por favor, te lo pido encarecidamente por última vez!
- Hola ma, ¿que haces? Perdón no escuchaba el telefono.
- ¿Como andas hijito? ¿que anda haciendo el Tomi? -
- Ahí esta jugando y mirando la tele. Sandra se fue a lo de su mamá porque esta más chau que hola la vieja, pobre, asi que estoy solo. ¿Querés venir a cuidar tu nietito? Ya se está por quedar dormido. Se levantó temprano hoy.
- Ay hijito, no puedo ahora mismo, tengo que ir a lo de Haydé. Esta muy mal con lo que le pasó al marido. Pero voy más tarde. ¿Cómo te estas preparando para la audición? ¿estás más tranquilo? Te va a ir bien, hijo querido. Sos un gran músico y, sobre todo, una gran persona. No olvides lo que te dice mami. Te mereces ganar ese puesto y mucho más. ¿te acordas el concierto que me diste de chiquito en el patio de la casa de Villa Dalcar para el dia de la madre? ¡Ya eras todo un profesional!
- Gracias vieja, pero a veces pienso que la vida me las está cobrando una a una. Estoy muy preocupado. Estoy estudiando mucho y durmiendo poco, la Tuba no es un instrumento fácil. ¡Mucho menos Los Cuadros de una Exposicion de Mussorgsky!. ¡Bendito alcohólico! Pero ya falta poquito para el tan esperado momento. Dios y Ravel saben que me estoy esforzando.
- ¡Ay hijito! Bueno, más tarde voy y te llevo una platita que cobré ayer de unas costuras asi la usan para lo que necesiten, despues me lo devolvés, no te preocupes. Te llevo unas palmeritas. Concentrate en tu audición. Sera un Solo fantástico. Te quiero, hijito. Un beso. Chau mi amor. Chau hijito.
¡Aaah! Pfffff. Volvamos. Hermoso Cuadro 4 “Bydlo” . Concentración. Pianísimo. Poco a poco crescendo.  Pesante. ¿Pesante?! ¡pesante como mi vida!. Concentración. Aunque si le pido la tarjeta a Juli… Vamos de nuevo. Fa, do, sol, re, la sostenido. Bien. Pianísimo. Ahí estuvo mejor. Una vez más esos agudos. Juli no me la prestaria nuevamente. Tranquilo. Un poco más de aire. Que no se desinfle. ¡Pianísimo no es con miedo, carajo!. Que la memoria no guarde el miedo. Una vez más. Da capo.
 - ¡Papá! ¡deja de hacer ruido por favor, te lo pido encarecidamente por última vez!
 - Pero me está cargando este pend… ¡Callate, Tomás, o te llevo a la escuela en vacaciones!-
 - ¡Vieja! Llegaste. Anda a hacerte cargo de ese chico que me está sacando canas de todos colores.
-Hijito relajate, vamos al comedor, nos tomamos unos mates, prendemos la tele, te distraés un poquito.
- Ja! No mamá. ¡Se llenó de globos la tele!
- ¿Te acordas cuando eras chiquito y apoyabas tu cabecita sobre mi pecho? Yo te cantaba y se te iban todos los males. Pareciera que fue ayer. Tu papá se ponía celoso.
- Ay mamá. Ojalá solo con eso ahora se me fueran todos los males. Deberia ir a hacer unos trámites. Tengo unas cuestiones atrasadas pero voy  y vengo en un santiamen.
¡Aaaaah! Lo que me faltaba. Número C225.
-Disculpe, señorita. ¿Es verdad que van por el C045?
Ay ay ay, qué voy a hacer. Si me esperan hasta el lunes puedo ver de cobrar el toque que tuvimos en el casamiento de los Fernandez. ¿Pero si lo depositan el martes? Los Combina me matan. Sandra tiene tres mil, si le sumo los mil del casamiento… hmmm. Empecemos de nuevo. Cuatrocientos setenta y siete…  ¡Señor! ¡Adelántese por favor que es su turno!
-Uy sí, sí. Disculpe. Y si, ¡que no me pasa a mi! ¡Qué papelón! Disculpe ¡ahí voy!
Abrumado, junto los papeles. Los  números  se me vuelven notas. Miro el reloj en mi mano. No logro distinguir sus agujas. Gotas fríaas empiezan a correr por mi cuerpo. Las luces del auditorio me enceguecen. La boca se me vuelve desierto. No soy capaz de comprender mi balbuceo. Ravel me mira desde el final del pasillo. ¡Papá! ¡deja de hacer ruido! ¡deja de hacer ruido! Te va a ir bien, hijo querido. Sos un gran músico y, sobre todo, una gran persona. Respiro profundo.


"Bydlo" from "Pictures at an Exhibition" - V.Gergiev, Filarmonica della Scala

https://www.youtube.com/watch?v=rx6Eo6liyCg


Santiago Vaschetto

Ápices del tiempo

Llegaba la tarde y todavía sentía el gusto de la salsa del mediodía. Ese día no estaban mis amigos para jugar. Sentado al frente de la puerta del patio, el calor húmedo de primavera levantaba los aromas del verde césped cortado el domingo pasado y se entrelazaba con el ruido uniforme de la planta cerealera.
Si bien estaba a punto de llegar, de cierta forma ya podía distinguir proyectada en frente de mis ojos la totalidad de la tarde, ahí estaba, completamente entremezclada en esa neblina que se hace en los días de calor. Una parte de mí quería analizar con detalle lo que haría en ese preciado período de tiempo que había ganado después de una ardua mañana de escuela. Pero, como siempre, terminó ganando la otra parte, la parte que siempre predominó en mí, decidí ignorar por completo esa ilusión. De esta forma estaría frente a frente con lo desconocido y dejaría de lado al destino en manos del Santiago del futuro.
Perdido al poco tiempo por no haber rescatado ninguna pista de aquella visión, uno de los más intolerables seres se asomaba y crecía a medida que los numeritos del reloj digital seguían su rutina.
Fue entonces que en un ápice del tiempo me puse de pie y partí, porque en ese momento no habría mejor forma de enfrentar la situación que adentrarme nuevamente en aquel mundo, ese paraíso terrenal que tantas horas de distracción me había dado en todos mis años desde que pude pararme por mi cuenta y caminar. Supuse que al conectar los dedos de mis pies en ojotas con aquellas maravillas propias del suelo del campo brotaría en mí esa inspiración que me ayudaría a cumplir el fin buscado. Ese fue el momento en el que emprendí viaje, traté de prestar vital atención hasta el más mínimo detalle de cada objeto o cosa en el que mi mirada se posase. Lo primero que vi era el meloso tronco del ciruelo, pero el verlo allí, inerte, sin vida, lo mismo veía en mi mente: nada. Aparté la vista para otro lado y la omisión continuaba, ni siquiera aquel bollo de fierros con una tabla cruzada en el medio que llamaba hamaca, encadenada al olmo fuente de las itas invasoras de la paz cutánea, ni siquiera ella era capaz de “llamarme”. De la misma forma fueron incapaces el galponcito de adobe, la pila de arena, el níspero, el gallinero, la pequeña quinta y el resto de vegetación en aquel sector. Quizás lo buscado estaba más allá de este primer plano, entonces fui más allá, pasando el galponcito de adobe y la pila de arena y la planta de burro, me dirigí a lo que se podría llamar la “zona amarilla”, siendo la “zona verde” la anterior y “zona roja” la siguiente. Clasificación así ordenada porque fue la forma en que fui ganando ese terreno a medida que crecía por los peligros al encontrarse más alejado de la casa.
Una vez llegado a la entrada de este sitio la extensión era mayor, así como la cantidad de cosas para el cual pedir prestado la lumbre de su materia para conseguir aplacar a la bestia. Apoyado sobre la pila de tierra en la oscura y profunda entrada al gran galpón de chinchillas entré a observar qué tenía en frente. Un gran camino principal se dividía en dos y volvía a unirse en el otro extremo habiendo en el medio la gran pila de chatarra vieja. A la derecha los siempreverdes en los cuales sufría cada vez que intentaba treparme en ellos y a la izquierda la leña vieja, húmeda y cubierta en aceite quemado de camión a la cual le seguía la gran montaña de arena y una desértica extensión del sitio. En el extremo del camino, en la unión, por un lado el techo de los conejos y por el otro el árbol al que consideraría segunda madre, la higuera.
Nunca creí que todo aquello algún día no fuese lo suficiente, de la misma forma en la que estaba convencido que el siguiente día sería otra historia.
La molestia se agudizaba, tenía que hacer algo distinto. La técnica de observación tenía severas fallas, había que cambiar el ángulo. Me dirigí a mi segunda madre y trepé por ella. La frescura de su sombra era como la caricia de una suave brisa del viento sur sobre la piel traspirada. La higuera tenía tres troncos gruesos principales y uno más débil en medio- el cual tenía la característica de ser el más alto. Llegué a él como lo había hecho numerosas veces y contemplé el tercer plano, la “zona roja”. Allí habría de estar la respuesta a mi desdichado problema.
Al fondo cruzando una extensión de sitio sembrado de alfalfa para los conejos estaban las tunas y los olmos, y más a la derecha la que con mis amigos llamábamos “isla desconocida”,a la cual nunca nos atrevíamos a ir y tampoco sería la ocasión aquel día. Más próxima estaba la “Agüera”, una “base” o “choza” compuesta por tres paraísos y un montón de paja brava entremedio.
Pasando la “Agüera” y bordeando el alambrado estaban los sauces llorones, nulos del conocimiento de diversión, completamente inservibles.
Pegado a la higuera, frente las chapas donde se escondían las iguanas, sentí que había encontrado lo que buscaba. Miré el caucho negro de aquella cubierta de acoplado y ya tenía descifrado medio enigma. Días antes en una película una niña se columpiaba en una cubierta, experiencia que me era notoriamente ajena. Era mi oportunidad, pero dónde y cómo eran las siguientes preguntas. Un porcentaje de la frustración volvía, no me dejé dominar por ella. Encaré el “dónde” primero. En la higuera era imposible, estaba tan perfectamente diseñada por la naturaleza y la conexión que tenía con ella me lo impedía. Me puse a reflexionar, a cuestionar en cuales plantas el afecto no sería un problema de la misma forma que no lo sería la estructura. “Agüera” era la ideal, uno de los paraísos se adueñaba de un tronco fornido paralelo al suelo.
Bajé de la higuera para enfrentar al “cómo”, y entrando al techo de los conejos, en uno de los viejos troncos secos que mantenían aquellas cabreadas con chapas, de un clavo colgaba un rollo de cable de teléfono. La música parecía que empezaba a sonar, ya tenía las herramientas necesarias, era la hora de la ejecución. Arrebaté los cables y fui corriendo por la cubierta.
Con el cable enredado en el cuello, puse la cubierta de pie y la llevé girando entre la alfalfa hacia la “Agüera” mientras otro problema se asomaba en la ventana de mi mente, cómo con ocho años iba a levantar tremenda cubierta. Llegado a destino un lapso de tiempo se ausentó y la visera de la gorra apuntaba a la cubierta que ya estaba atada con el cable de teléfono en el tronco del paraíso. Desesperadamente trepé al paraíso y colgando del tronco paralelo llegué a la cubierta y costosamente pude pasar mis pequeñas piernas por el agujero de la cubierta. Una vez en ella la ilusión no podía describirse, ignoraba por completo cómo los quilos de caucho subieron al tronco pero ahí estaban, esperando que un niño de ocho años se trepara al árbol y subiese en ella para balancearse. Pero al balancearme lo que no me esperaba era que el cable no fuera lo suficientemente fuerte. En el momento de la ruptura, mientras caía, en lo único que pensaba era en el reflejo que había visto horas antes sentado en el patio. El no haber husmeado aquel mundo era lo que ahora me llenaba el cuerpo de miedo y horror. Al impactar todo se volvió silencio y oscuro por un momento.Instantes después un chirrido retumbaba en mis oídos, había caído de espalda y no podía respirar. Me quité de encima como pude la cubierta y forzosamente comencé a caminar hacia la casa con alguna clase de esperanza pero el esfuerzo fue en vano. A los pocos metros caí de nuevo al suelo. Todo era negro de nuevo, cerré los ojos. Otro pedazo de tiempo se hizo cenizas, me levanté, busqué mi gorra y seguí caminando.


Carolina González

El proyecto

El reloj marca las 00:15. Con Pedro quedamos en que llegaría en quince minutos para seguir el proyecto “Argentina Habla”. Hoy se cumple un año desde que lo comenzamos. Ya preparé su postre favorito, lemon pie, y compré un Casa Boher para brindar y acompañar la velada. Me dirijo hacia la sala, donde se encuentra el escritorio, y poso mi mirada en mi biblioteca. Recorro las tapas con la punta de mis dedos y los acaricio. Esas distracciones que cuestan tiempo y que llenan el alma.
Advierto que ya pasaron diez minutos. Vuelvo a transitar, con la mirada,  la habitación y, al distinguir la calidez y elegancia en su punto máximo, me zambullo en el sillón y prendo el televisor. Mis nervios van seminando un notable malestar. De a poco el murmullo de los programas me va fastidiando y los sonidos de los autos allá abajo retumban en mi cabeza. Intento levantarme en busca del control pero el dolor aumenta y me mareo. No entiendo qué pasa y cierro fuertemente los ojos. Escucho bocinas y mucha gente hablando. Mi cabeza retumba y el dolor no para de crecer minuto a minuto. Reconozco una voz. Balbucea algo y un escalofrío logra besar mí alma, inundando sorpresivamente de paz: “te quiero”, oigo nítidamente. Abro los ojos y veo casas. Casas altas, bajas, blancas, amarillas, marrones. Reconozco el auto donde estoy sentada. Es el auto de Pedro. Pero, ¿dónde estamos?
Vuelvo a marearme intentando girar la cabeza y mirarlo, de pronto me desespera mi situación. De nuevo, de forma natural, cierro los ojos con todas mis fuerzas esperando un poco de sanación. Y aquí estoy. La tele prendida y yo en el sillón.
Pedro aún no llega, el tránsito debe estar retrasándolo, pienso. Mi ansiedad aumenta y comienzo a morderme las uñas. Insisto en llamarlo, pero es en vano, él no contesta el teléfono.
El reloj marca las 00:50. ¿Dónde estás Pedro? Se supone que estaríamos juntos en casa. Algo anda mal. Mi dolor de cabeza es tremendo, siento como si fuera a estallar. Vuelvo a marearme.
Me acerco a la silla y voy sentándome poco a poco mientras me sostengo en el escritorio. El dolor me hace llorar, y todo empeora.
Hago fuerza para abrir los ojos, y al hacerlo vuelvo a ver el auto de Pedro. Estamos parados frente al semáforo. Puedo ver cómo la gente se desprende desde una vereda a otra atravesando la calle.  Hay un sinfín de individuos que distingo por sus ropas, sus cortes de pelo, sus alturas, la compañía a su lado, sus rostros. Todos llaman mi atención. Una señora grande cruza de la mano con un nene. Parece ser su abuela. Su sonrisa muestra paletas blancas y amor de punta a punta. Pedro me dice algo de unas vacaciones juntos. Consiguió una habitación para dos en Cuba para cuando presentemos el libro. Una puntada me distrae de lo que dice. Pedro, por favor,   ¡Ayudame! ¡Pedro! 
Exaltada me levanto del sillón. Mi cabeza da vueltas. Yo sólo quería festejar nuestro año en el proyecto y en la vida.
Como puedo voy hacia la cocina. Algo me empuja y caigo, lentamente, sobre el capó del auto.

Siento mucho dolor. Tengo un vidrio muy grande dentro de mi pierna, y me sangra la frente. Dentro del auto está Pedro. Tiene sangre y parece dormido sobre el volante. Logro levantar un poco mi cabeza y veo otro auto. Está pegado al nuestro y los dos abollados. No puedo mover mi cuerpo y duele. Mi cabeza de a poco se va apoyando, de nuevo, sobre el capó. Desvaneciéndome en el sillón. 

Lucía Ocampo de la Cruz

Persecuta

Me observan. Lo sé desde hace un tiempo. Me miran mientras camino, me miran mientras trabajo, me miran mientras ceno. Sé que hay ojos detrás de mí, siguiendo mis pasos. Los siento venir constantemente, como si tuviera otro par de pies pegados a los míos pero, cada vez que volteo, ya no hay nada. No hay un lugar al que vaya solo ni un momento en el que no sienta esta presencia a mis espaldas.
Sospecho que es una mujer por su delicadeza, por la manera en que deja todo en su lugar cada vez que vuelvo a casa, por su imperturbable silencio, por su sigiloso andar mientras duermo.
A veces imagino que podría ser alguien que me busca para entregarme algo, como una carta extraviada en el correo desde hace años. Aunque probablemente sólo sea mi necesidad de calor o las ganas de que, después de tanto tiempo de soledad, alguien venga a hacerme compañía. O tal vez sólo sea ella. Ella. La que no me animo a pensar, ni siquiera a nombrar.
Esta presencia ya se ha convertido en amiga y, poco a poco, ha comenzado a invadir todos los aspectos de mi vida. Mi casa, mi trabajo, mi café, mi escritorio, mi cama. El costado de mi cama, que antes estaba ocupado por papeles y calculadoras, ahora tiene dueña. Y, mientras pasa el tiempo, más me acostumbro a ella. No me incomoda tenerla detrás de mí, siguiendo cada uno de mis movimientos. A este punto puede llegar la soledad.
No la puedo ver pero la puedo sentir. Siento su silueta caminando alrededor de mi cama, siento la brisa que deja su largo vestido al pasar a mi lado, siento los escalofríos al pensar en ella. Imagino que está esperando a que me disponga, está esperando que sea yo el que decida pero no lo voy a hacer. Es paradójico pensar que me preparé toda la vida para este momento y, ahora que llegó, desearía que nunca lo hubiera hecho. Siempre pensé cómo sería, cuándo llegaría y si tendría tiempo para organizar mis cosas. Para dejar los cálculos listos, para acomodar mí casa, para ordenar mi escritorio en la oficina para el próximo que venga a ocuparlo y, tal vez, si sobrara algo de tiempo, podría llamar a mi madre.
Pasan los días y ya puedo percibir que se acerca el momento. Hice todo lo que tenía que hacer. Me gustaría tener amigos para poder dar una fiesta, una esposa a quien besar, hijos a quienes aconsejar. Pero lamentablemente no tengo nada de eso, no tengo nada. Quizás sea esa la razón por la que viene a buscarme.
La puedo ver por primera vez. Veo sus largos cabellos, su vestido rasgado, sus ojos que reflejan el dolor, sus delgados dedos cuando me toma la mano, agarro la suya y caminamos juntos.


Romina Viotti

Leónidas

El único sonido que escucho es el de mi corazón que late cada vez más fuerte mientras sus palabras rebotan por las paredes de mi mente. Del otro lado del teléfono ya no hay nadie, pero aún lo sostengo junto a mi boca reseca, por intentar sin resultados mover mi cuerpo que se ha convertido en mármol.

Todavía estaba ahí mismo, en el comedor, el bolso de viaje. Llegué por la madrugada tan cansada  que fui del tren a la cama. Y ahí estaban, en un bolsillo del costado junto al boleto de tren cambiado, sus balerinas negras, y la cámara con las fotos que hoy mismo tengo que llevar a revelar  y seleccionar una para la portada de la revista. Todos en la agencia tenemos muchas expectativas, ya que recién dentro de 33 años se podrán volver a tomar imágenes como las que obtuve ayer en Cantabria.  Para eso me ausenté unos días de mi casa en Madrid, y cogí el tren, como hago cada vez que mi espíritu aventurero y mi pasión por la fotografía se combinan y me llevan a lugares soñados, a contemplar el milagro de la vida en variadas formas, a presenciar fenómenos naturales impensados como lo fueron esta vez las Leónidas, una constante lluvia de meteoritos que se pudo observar en cielo español durante dos horas.
Pero la lluvia de estrellas no fue lo único que me quedé mirando sorprendida. De regreso, creí haberla visto en la estación. Lo dudé unos segundos hasta que comenzó a acercase a mí y pude verla claramente, ¡Laurita!
-Diez años no son nada! –me dijo, y nos abrazamos tan fuerte que el tiempo nos regresó  a la infancia, cuando éramos dos niñas que se subían la tapia del patio para cruzarse a la casa de la otra y cometer alguna travesura, treparse a los arboles añejos y empacharnos  de moras. También nos trasladó a la adolescencia que pasamos juntas entre museos y teatros, entre pinceles y coreografías, flashes y tutús. Ella siguió su camino con la danza clásica y no nos habíamos vuelto a ver.
Y ahí estaba Ella, blanca, con su pelo enrollado en un rodete, su cara pintada, y aunque se había cambiado el vestido, llevaba en los pies sus balerinas. La función habría terminado media hora antes de que nos encontrásemos, y Laura había decidido alejarse del teatro y salir a  pasear, respirar el aire tranquilo de una cálida noche de noviembre. Al encontrarnos, me invitó a sumarme en su paseo para ponernos al día, yo sin dudarlo cambié el boleto de mi tren que salía en diez minutos, para el último de la noche, y nos fuimos caminando hacia la orilla del mar…
-Me casé y tuve un hijo. Vivimos en Paris, aunque paso mucho tiempo de gira estrenando obras, hoy fue la quinta función del Lago de los Cisnes...
- Yo vivo sola, por ahora.  Solemos viajar con mi pareja a  fotografiar eventos, los dos trabajamos en la misma editorial. (Flash).
A Laura le había comenzado doler su rodilla izquierda, nos sentamos en la orilla con los pies en el agua mientras seguimos charlando y recordando, pero pronto tuvimos que regresar a la estación. Ya se hacían las once de la noche, yo debía regresar a Madrid y ella al teatro a encontrarse con su familia. Guardamos los calzados en mi bolso para no mojarlos y volvimos a la estación caminando descalzas, con pliés, arabesques y algún flash que iba hacia la luna y ésta se quedaba con su luz.

Otro fuerte abrazo selló nuestra despedida, y la vi hacerse cada vez más chiquita mientras me alejaba en el tren, hasta que mis párpados se cerraron silenciosamente y se volvieron a abrir al llegar a Madrid, y esta mañana de nuevo, aunque de una forma muy repentina, las náuseas me obligaron a levantarme y hacerme un té.
Hace tres semanas que las náuseas van y vienen. Sí, debería haberlo pensado antes pero con tanto trabajo no podía pensar en otra cosa. Sí, estoy embarazada, y por cambiar el boleto de tren hoy estamos los dos acá. El accidente era lo único que pasaban por televisión, el choque de frente de los trenes sin sobrevivientes, por eso decidí llamar a casa de Laura, para agradecerle el paseo por el mar y darle la nueva noticia.
No esperaba que me atienda su marido, y menos que me diga que Laura tuvo un aneurisma en su rodilla izquierda y que no logró superar la operación, anoche, al terminar la función.

Iliana Ramos

Dublin

Estoy sentada  muy tímidamente en una esquina mirando como todos se comportan. Con guitarras, cantos, fotos, alcohol y algún que otro extraño cigarro la fiesta sigue en la casa de mis amigas. Mientras canto cada rock que suena, mis ojos no se apartan de él. Observo cómo toca la guitarra, cómo sus manos se mueven, cómo su voz suena y también su concentración en lo que hace.
Ese  parecido que tiene con aquel baterista que me encanta me desconcierta mucho, no puedo sacarle los ojos de encima pero trato de no mirar tanto y corro la mirada para donde se encuentra mi amigo que también está tocando la guitarra, para no levantar sospechas.


La noche comenzó cuando me encontré con mis amigas, en el bar de siempre, aquel sobre la calle 9 de julio. Nos juntamos todos los sábados durante el año, pero en vacaciones uno que otro viernes también. Y este es un viernes de esos. No había nada que hiciera  pensar que algo diferente podía suceder. Todo tipo de excusa era perfecta para un trago más. Nada fuera de lo normal, las risas y charlas a gritos con la música de fondo demostraban que la noche era como cualquier otra.
Las chicas fueron a buscar otra cerveza pero yo ya no quería más, o tal vez, sólo quería descansar un rato; de todas maneras todavía mi vaso no estaba vacío. Me quedé en la mesa con el vaso en la mano mirando los letreros de la pared, mientras pensaba en volver a mi casa porque la noche ya no prometía más. Cuando de repente alguien se sentó enfrente. Hablaba como si me conociera desde siempre y sólo pude mirarlo. Pensé en la posibilidad de conocerlo de algún otro lado pero no recordaba haberlo visto en mi vida. Me llevó un momento darme cuenta que no me hablaba a mí, sino a mis amigas y que no venía solo sino con otras personas que yo sí conocía.
Desde ese momento no pude decir más nada. Me quedé observando cómo todos charlaban y más que nada lo miraba a él, concentrado en las charlas y riendo, cómplice de todo. Los vasos circulaban de la barra a la mesa, como si esa noche en el bar hubiera habido canilla libre. De ese modo, la noche de viernes con amigas recomenzó con los de siempre y uno más.
Cada gesto al hablar me llamaba la atención y seguía preguntándome quién era, y no lograba saber su nombre.
De pronto, Ya era hora de que el bar cerrara y yo seguía mirando a todos. Me dedicaba a rechazar cada trago que me ofrecían porque simplemente quería averiguar si todo era producto de una alucinación por el alcohol o estaba sucediendo. Cuando los escuché decir que querían seguir con un after en otro lugar, dije que sí sin dudarlo y me fui con ellos.

Cada copa de alcohol que tomo me suelta más, pero prefiero, disimuladamente, mantenerme a una distancia prudente de ese extraño. Aun así, siento que comienza a hacer el alcohol efecto en mí, lo necesario para que me anime a sentarme al lado de él. Tomo coraje, me apoyo en mis brazos sobre la mesa y lo miro. Con una voz tímida muy por lo bajo le digo lo único que se me viene a la cabeza para empezar la conversación.
 -Te pareces a un chico-
 Me mira con sus ojos marrones y sonriendo me responde
-¡Menos mal!-
Siento ganas de desaparecer, porque no era lo que quería decir. Me pongo toda roja y sólo puedo mirar para otro lado. Ya no quiero decirle más nada. Esta es una de esas situaciones donde se desea que la tierra te trague.
Estoy pasando este momento de incomodidad pero todo sigue como si nunca le hubiera hablado, como si nunca hubiera tomado coraje para acercarme a él, a pesar de morir de la vergüenza. Siento que ya no tengo nada más que hacer en este lugar, ya cumplí con mi meta, la que me puse en el bar cuando lo vi por primera vez. Sólo me queda agarrar mis cosas.
Me despido y me marcho.
Estoy volviendo a mi casa y pienso en la situación, me siento boba por las únicas palabras inservibles que le dije, que no me llevaron a ningún lado, sólo hicieron que me sintiera más incómoda. Pienso en cómo lograr volver a tener contacto con él.
Prendo la computadora, podría buscarlo por internet, pero antes tengo que saber su bendito nombre, le escribo un mensaje a mi amigo que se encontraba en la reunión tocando la guitarra junto a él, que probablemente lo conocía…
-Martin, ¿Cuál es el nombre del chico que estaba  tocando la guitarra con vos?- le pregunto convencida y segura de lo que estaba haciendo.

-Nena, no había nadie más tocando la guitarra, sólo era yo- me responde.

Camila Neira

365 días
“Si te caes te levanto y sino me acuesto contigo”, es abrir los ojos y leer cada mañana esa frase del gran Julio que Sofía había pintado en el techo de mi habitación. No me gusta Cortázar, nunca me gustó, pero a ella sí, es una loca fanática. Es de esas mujeres que disfrutan la vida como si no hubiese mañana. Es una loca linda. Y esa loca linda fue la que cambió mi vida. Personas como ella son las que aparecen cuando vos sentís que ya no podés más, aparecen de repente y ¡pum! De un momento a otro, con tan sólo una sonrisa tu vida da un giro de 360º.
Todavía no podía creer que ya había pasado un año de aquella noche en que la conocí, la vi entrar al boliche con un vestido negro con flecos, el pelo recogido, sus labios rojos y una sonrisa espléndida. Recuerdo claramente haber hablado toda la noche con ella, me contó sobre la facultad, su familia, sus pasatiempos. Yo estaba encantado. Al finalizar la noche me ofrecí a llevarla, estacioné al frente de su casa y antes de que bajara del auto, tomé su mano, me acerqué y la besé. Muchas gracias, cuidate -fueron las palabras que me dijo minutos antes de escuchar ese fuerte ruido y de ver esa luz tan clara y luminosa que me encandiló-.
Ya estaba todo listo, preparé su comida favorita, compré flores; rosas blancas, como le gustan a ella, una botella de vino blanco, y velas. Todo lo necesario para una cena romántica ideal. Sobre el escritorio dejé el regalo que había comprado, una cadenita con un dije en forma de corazón, y atrás nuestras iniciales grabadas.
Me siento, el reloj marca las 22:50, Sofía todavía no llegó, debería haber llegado hace cincuenta minutos; la llamo, no me contesta, vuelvo a insistir y nada. Abro la botella de vino, me sirvo un poco; llamo de nuevo, y nada. La botella está casi vacía, son las 23:45 y Sofía todavía no llegó.

Mis ojos se van cerrando de a poco, no sé que me pasa. Ya no veo nada, sólo siento un pi pi pi que aturde mis oídos. Logro por fin abrir los ojos, estoy en una habitación y me duele mucho la cabeza, no entiendo que pasó. Bienvenido de nuevo Joaquín –me dice una enfermera– 365 días de sueño no son nada.

Carlos Robledo

Cuestión de tiempo
Se sentó en su silla favorita para escribir, en la soledad y tranquilidad que aseguraba precisar para poder concentrarse. En el escritorio y junto a la computadora, una taza de café se enfría olvidada.
Hacía un par de meses que se había mudado solo a este departamento por su conflictivo divorcio. Desde entonces estaba convencido que debía escribir al respecto; utilizar su forma de decir las cosas que no había podido decir en el momento porque las discusiones y los reproches no se lo habían permitido.
Comenzó con su idea que parecía un ensayo sobre la separación conyugal, tenía argumentos de sobra que esperaban salir a luz. Ejemplos, citas textuales, testigos. Una procesión de analepsis que se encadenaban unas a otras para tener más fuerza. Y sólo iba por la primera línea cuando escuchó el primer ruido desde el departamento de al lado. Eso lo distrajo por un par de segundos y volvió a leer su línea para seguir, lo que bastó para retomar su idea. Agregó un par de palabras y se detuvo por otro ruido pero esta vez más fuerte. Parecía un grito de dolor. Él, que no se interesaba mucho por los desconocidos, leyó una vez más desde el principio y quitó una de las dos palabras que había agregado al final y puso un punto. El griterío y desorden vecino ya era algo continuo y lo sacaron totalmente de la paz que había conseguido para escribir. Enojado, pegó una oreja a la pared compartida y trató de averiguar de qué se trataba todo ese escándalo.
El estruendo de un único disparo lo estremeció hasta dejarlo sentado de espalda a la pared que lo sostenía, y al mismo tiempo lo convertía en cómplice y/o testigo de lo sucedido en el departamento de al lado. El miedo era una posibilidad pero, lo que en verdad lo dominaba era la necesidad de saber qué había sucedido ahí, justo al lado de su soledad y tranquilidad. Cuando la policía llegó al edificio, estaba todavía sentado. Luego se asomó al pasillo y se puso junto al portero del edificio que les preguntaba a un par de oficiales qué había sucedido. Contestaban que se trataba de un suicidio. En un descuido de los uniformados, el escritor pudo meterse al departamento vecino y notó el desorden de los muebles, seguramente lo que provocó el ruido. Empezó a caminar lentamente y los policías aun no le decían nada. Con distintas perspectivas se fue dando cuenta de que los muebles no estaban desordenados, sino que estaban girados y todos apuntaban hacia una misma foto del vecino y su socio. Una gran historia policial que nunca fue a confesar a la justicia.
Casi un mes más tarde, decidió retomar el tema de su divorcio, pensó en lo instantáneo que puede ser todo. Aprovechó la calma del domingo y se preparó un café, que ya se enfría en una pequeña mesa junto al sillón del balcón. Cómodamente en su portátil borró aquella vieja oración y empezó a escribir en presente y con una doble perspectiva temporal; con un pie adentro y otro afuera. Metafóricamente describió con “un portazo” su salida de la casa donde había vivido con su ex, al mismo tiempo que escuchó otro que parecía literal y venía desde el balcón de abajo.
El llanto era incontenible; lloraba por la boca, por las manos que golpeaban la baranda. La mujer en cuestión, apenas cortaba para respirar, y su teléfono sonaba sin parar. Cuando dejó de golpear atendió una llamada y entre tanto que le hablaban del otro lado, ella solo decía “Se fue. Él, me dejó” una y otra vez. Seguía llorando y cortaba de a ratos porque el celular volvía a sonar. Lejos de seguir escribiendo, se quedó escuchando e incluso se asomó un par de veces desde arriba cuando llegó otra mujer a consolar a la primera, que no paraba de llorar. Dos señoritas de 30 años más o menos. El escritor pensó en qué mal podría ser el que le pesara tanto a su vecina; la amiga, sin éxito, la abrazaba y le decía que “todo iba a estar bien” y “tiene una gran vida por delante”; a la desdichada solo se le entendían balbuceos de “teníamos tantos proyectos”, “no sé cómo seguir”. El teléfono sigue sonando. La mujer no deja de llorar y preocupa a los demás. Su amiga llama a la madre como santo remedio, pero ni aun así. Al rato, el escritor baja un piso con una pequeña caja de antidepresivos. Irrespetuosamente, antes de tocar la puerta, una señora casi lo atropella y se le adelanta para entrar al departamento junto con un par de médicos de urgencias. El desahogo se interrumpe sólo por profundos suspiros, pero la piel se le pone pálida, no puede comer. Su cara se vuelve más y más extraña. Nadie se sorprende de la presencia del vecino desconocido. Deciden sedarla, la recuestan y cuando todos se encuentran en el silencio, se dan cuenta de que las lágrimas siguen saliendo de sus ojos cerrados hasta la que fuera la última lágrima de su vida.
Aunque nadie entendiera, en las historias de amor lo trágico es la posibilidad irónica de que pueda ser amor eterno.
Le tomó semanas librarse de esa emoción. La decisión de que ahora escribiría una carta, la tomó por la noche. Se pasó el café de una, para mantenerse despierto, y abrió la ventana de la habitación porque le dio calor. Se acomodó para escribir en la cama.
“Querida, sabrás que te escribo porque te extraño y viceversa. No quiero redundar en las cosas que pasan”. Incluso ahora que debería cerrar la ventana por lo fuerte que ladra un perro de la calle y lo molesta, no la cierra porque hace calor. Primero piensa que es cosa de un momento, pero el perro insiste con los ladridos que retumban en las paredes de los edificios logrando que las ondas de sonido lleguen más alto y se escuche claro y fuerte, como es el caso de la habitación con la ventana abierta del escritor.
Es normal escuchar a los perros a la noche cuando la ciudad descansa de la rutina. Incluso en el centro que parece no perder del todo el movimiento de gente, ya que en ese momento no se veía a nadie. El escritor se asomó y con medio cuerpo fuera de la ventana vio al perro que, de a ratos también aullaba. Pero el perro tenía correa y en el otro extremo estaba un hombre tirado en el piso. Daba la impresión de que se había descompensado o quizás, desmayado. Esperó un rato pero nadie pasó. Se volvió a vestir y salió a la calle para darse con la sorpresa de que ya no estaba ni el hombre en el suelo ni la mascota. Poca gente caminaba, como siempre de noche. Subió a su departamento con una mezcla de desconcierto y despreocupación. Se descambió y se sentó en la cama al instante que escuchó otra vez al mismo perro ladrar. El calor era insoportable, y más con la actividad de bajar y subir. Se asomó de nuevo por la ventana y gritó para ver si el hombre en el piso le hacía alguna seña de respuesta, pero nada. Repitió la intención de esperar a que alguien pasara, y nadie pasó. Se puso rápido el pantalón solo y bajó. Ya no fue sorpresa no encontrar al hombre desmayado ni al perro.  Y la resignación de subir y asomarse por la ventana para ver ahí mismo al perro que seguía ladrando junto a su dueño sin reacción, lo hizo tomar el teléfono y llamar a emergencias. Desde la central le pidieron que bajase y se quede junto al hombre en el piso hasta que llegara la ambulancia. Él sabía lo que iba a pasar si bajaba, pero la moral lo pudo. En la calle, obviamente, no había nadie, ni perro. Se sentó en el lugar donde debería estar el desmayado y de lejos ya se escuchaba la ambulancia en camino. Levantó la cabeza para mirar hacia su departamento y quedó con la boca abierta al ver medio cuerpo asomado por la ventana de su habitación. En estado de shock no se dio cuenta que un perro de la calle se le acercó y cuando lamió su mano apoyada en el piso como sostén, perdió el equilibrio y cayó desconcertado. Se recuperó en el hospital pero sin entender lo que había pasado. Le dijo a la doctora que lo atendía, que el calor le había jugado una mala pasada y regresó a su casa. Todo volvió a la normalidad, no se oían más ladridos y pudo dormir.

Se levanta al día siguiente frustrado por no poder escribir nada respecto a su divorcio. Culpa a las paredes, los balcones y las calles. Y termina por mudarse de nuevo, pero esta vez a la calma pura del campo. Una vez instalado, no se siente cómodo y no se le ocurre qué escribir. Del divorcio sólo firmó los papeles. Es cuestión de tiempo. Y ya las plantas tienen nombre de personas y hay que ver lo que hacen después de la fotosíntesis.

Sarina Braun (alumna de intercambio proveniente de Alemania)

Almas captadas

Cuando llegué a la casa, todo era nuevo para mí. Había un aire antiguo, demasiado viejo para mi gusto. Las cosas parecían contar largas historias, buenas y malas. La guerra ya había terminado, pero el sufrimiento había sido devastador.
Todo comenzó en un boliche, él era amigo de mis amigos. Al principio no me gustó pero raramente a él le ocurrió todo lo contrario con respecto a mí. Con el paso del tiempo nos hicimos amigos y luego nos fuimos acercando aún más. Fuimos a bailar a boliches, al cine, de compras. Una noche fuimos a acampar con amigos. Bárbara y Franco durmieron en una carpa y Franzisco y yo en otra, porque todos sabíamos que ellos estaban enamorados. Así que después de una cena con ensalada de papas, albóndigas y pan asado sobre la fogata nos acostamos en una carpa arriba del cerro escuchando las voces susurrantes de los tilos mezcladas con las de los pinos en la respiración del viento. A punto de dormir escuchamos también el sonido del amor excitado, tímido como suena al principio en las parejas enamoradas: besos cuidadosos, respiraciones entrecortadas y reprimidas. Nos miramos en la oscuridad sabiendo que el otro sonreía por lo que estaba ocurriendo en la otra carpa. Lentamente su brazo pasó mis hombros, después se acercó. Me sentí insegura, sorprendida. Éramos amigos, nunca pensé en algo más. No me moví, me sentí rígida. Lentamente su boca se acercó a la mía. Yo era una mujer muy tímida en esta fase de mi vida. Tenía 22 años. Instintivamente me di la vuelta sin saber qué hacer ni qué sentir. Pero me quedé cerca, al lado suyo disfrutando su calor y así nos adormecimos.
Al día siguiente el clima entre nosotros estaba raro. Algo cambió, me miraba con ojos diferentes, suaves, tiernos, buscando una respuesta en mi expresión que, sin embargo, no le podía dar. Estaba muy confusa y mis sentimientos se anudaron a mis pensamientos.
Los días siguientes me llamó varias veces por teléfono, pero no respondí. Necesitaba tiempo para pensar en lo que quería. Resignado, me envió flores a la oficina donde trabajaba. Dos rosas rojas una vez en la semana durante dos meses. Finalmente, decidí llamarlo y acepté su invitación a una cena. Ya muchas veces antes habíamos salido juntos, pero esta vez no fue lo mismo. Estaba nerviosa. Me vestí con un vestido bonito, negro, me puse mi lápiz labial más hermoso y llevé los zapatos rojos de tacón con cinta. Esa noche nos pusimos de novios y ya el siguiente fin de semana me presentó a sus padres que vivían con él o, mejor dicho, en la misma casa en que él tenía su propio departamento. Sin embargo, no había una puerta que separaba las dos habitaciones, solamente una escalera de madera. Me invitaron a almorzar en la casa vieja, la casa en que ya vivían sus abuelos y sus bisabuelos. Puedo recordar que me sentí incómoda. Sus padres eran muy reservados y me inspeccionaron escépticamente. Los ojos azules fríos del padre se quemaron en mi mente como el fuego de carbón en la estufa de la cocina de su madre. Su mirada me penetró hasta causar un dolor en mi alma.
La casa era parecida a mi casa paterna  -una casa de campo con muchos prados alrededor y un huerto de papas, lechuga, zanahorias, zucchinos, guisantes y unas frutas de arbustos de frambuesa, zarzamora, grosella, manzanos y ciruelos para alimentarse-. Delante de la entrada había un pequeño parque infantil con un arenero, un columpio y una báscula. El aroma de las flores frescas y frutas de primavera prometió facilidad y alegría, y sin embargo me sentía incómoda desde el mismo momento en que bajamos del auto. Me sentí observada. Un sentimiento de un millar de ojos hambrientos, como las agujas de mi bisabuela que me atravesaron la piel. Intenté reconocer algo o alguien en las ventanas oscuras del edificio de dos pisos y al mismo tiempo no mirar, porque sentí como una succión que amenazaba devorarme. Cuando entramos nos esperaba un olor mohoso que parecía emanar de todas las cosas calladas e impasibles -un bodegón de fantasmas vivientes-; ni la mecedora que descubrí en la esquina del salón se movía. Solamente la crepita del fuego interrumpía el silencio oprimido.
Seguimos saliendo juntos, y dos semanas después del encuentro con sus padres tuve una pelea grave y fea con mi papá, quien terminó expulsándome de mi hogar. Me llamó una puta, una tonta, dijo que no podría sobrevivir sola. Supe que no había vuelta atrás, nunca más regresaría. Entonces tenía que buscarme un alojamiento, pero como secretaria en formación no tenía muchas chances. De modo que no me quedaba otra salida que la de aceptar la oferta de mi novio de entrar en su departamento en la casa siniestra. Pasó el tiempo y nunca se lo decía pero no me sentía “en casa”. No me sentí aceptada por parte de sus padres ni de la casa, ni siquiera por la gente en las fotos en blanco y negro en cuyas caras petrificadas y marcadas por la guerra se podía leer un sufrimiento indecible. No obstante los antepasados sonreían atormentados. Incluso los niños parecían adultos que me denunciaban desde sus ojos serios, las llaves para el alma. ¿Qué habrían pasado, vivido, sufrido: hambruna, enfermedades, angustia mortal, abuso sexual? Un dolor inimaginable. Yo bien conocía estas historias de las memorias de mi abuela y de mi bisabuela. Mi mamá nunca hablaba sobre la pena.
Durante mi estadía, sucedieron cosas raras en la casa. Siempre escuché un crujido, pero Franzisco y su mamá, que se llamaba María, me dijeron que estaba loca. Luego quedé embarazada y estos tipos de percepciones aumentaron y reforzaron. Escuché golpes, pasos marchando y vi sombras deslizándose por las habitaciones. Cada vez que subía al desván a explorar los sonidos veía rodarse el torno de hilar, tartalear la pantalla de una lámpara de mesa y tambalearse el péndulo del reloj de cuclillo que ya estaban llenos de telaraña porque nadie los había usado desde hacía muchos años de soledad.
La sensación opresiva y la falta de comprensión de parte de mi novio y de su mamá (con su papá no hablé mucho) me hicieron caer en una depresión profunda durante el embarazo de mi hija y empecé a alucinar y sufrir pesadillas. Muchas veces antes de dormir imaginé a un viejo gordo y feo sentado acurrucado en el pie de mi cama, la cabeza apoyando en su mano, basculando de arriba abajo y murmullando frases eternas que no entendí. ¿Quién era esa alma perdida -me pregunté- y por qué busca a mí? ¿Podría ser la luz de las brujas, mis antepasadas que sigo llevando en mi aura o sería un maldición familiar que impusieron a mi bisabuela, una gitana con los ojos negros, de Transilvania donde están los raíces de nuestra familia? En la noche de la procreación de mi hija tuve una pesadilla de un abuso sexual después del coito con mi novio. En este sueño muy feo el diablo me obligó a tener sexo en el infierno. Su cara grotesca gritó un bramido retumbante de manera que me pareció que el espejo en nuestro dormitorio se quebraba y de su garra goteaba la sangre de los muertos, de las almas malvadas en el purgatorio.
Mi hija como bebé lloraba mucho y con cuatro años empezaba a soñar pesadillas y a veces se levantaba sonámbula. Por eso dormía siempre en la cama de sus padres, entre mí y mi marido. Recuerdo una noche muy intensa cuando estuvimos en la cama, los tres. Franzisco ya se había dormido, mi hija también. Escuché algo como golpes en el armario, primero muy despacio, pero iban reforzándose. Sentí un corriente de aire sobre mi cabeza y de súbito mi hija gritó y no paraba de llorar. Desperté a mi marido que seguía dormido y cuando encendí la luz reconocimos que la cara de mi hija estaba llena de sangre. Sus gritos y los golpes fuertes e incesantes amenazaban explotarme la cabeza. No sabía cómo reaccionar. La tierra temblaba. Mi marido se levantó para buscar con su papá el malhechor en toda la casa y también en el jardín, armados con fusiles que quedaban como recuerdos de la guerra. Entonces el sismo paró y después de dos horas, mientras yo lavaba cuidadosamente la cara de mi hija, Franzisco volvió a la cama y se volvió a dormir. Me quedé despierta, llena de miedo y conmoción. Me asusté cuando el gato se acostó a mis pies. Por agotamiento al final caí en un profundo sueño.
El día siguiente nos fuimos con nuestra hija al parque del zoológico para divertirnos. No quería que ella pensara en los sucesos de la noche anterior. Pasamos un día muy lindo con muchas impresiones variadas. Pero cuando volvimos María ya nos esperaba con malas noticias: el abuelo de mi hija había fallecido de manera sorpresiva. No pudimos creer lo que contó ella: estaba en el baño duchándose y escuchó algo como tiros -dos- creía. Cuando salió del baño vio que el reloj había parado. Avanzaba despacio al salón dónde estaba su marido. ¡Estaba muerto! Nos miramos con cara de asombro y llorando nos abrazamos desesperados.

Al año siguiente, cierto día estábamos cenando en el comedor de mi suegra cuando vi una llamarada en el salón. Mi mirada se dirigió al calendario. Era el 30 de abril, un año después de la muerte de mi suegro. En este momento supe que ahora también su alma había sido captada en esa casa.

Valeria Arambuena

El tesoro del padre Juan

Sentado junto a la tumba del padre Juan, recordé los domingos en la iglesia y esa extraña sensación de escalofrío que tenía cuando lo escuchaba vociferar los evangelios, la misma que sentía en ese momento.

Su voz áspera y seca despertaba a los mismísimos ángeles, y a mí me estremecía las tripas al escucharlo, más aun cuando decía:
-                        - Acatad la voluntad de Dios o arderéis en el infierno!
Me imaginaba ardiendo en las llamas del infierno  por tomar una golosina, sin permiso, del frasco de la abuela.


Pero si en algo tenía razón el padre Juan, era cuando decía que él conocía el tesoro del Reino de Dios. Cuando lo oí decirlo por primera vez me pareció una frase más de las que él usaba a menudo en la iglesia, pero cuando entré aquella tarde a la sacristía supe que era cierto.
Hoy, una vez más, justo en el centro de la sacristía, perdido entre papeles, biblias y crucifijos, me tomo un descanso para jugar aquella partida de ajedrez que le debía al ángel Gabriel, mientras una hinchada de serafines  a mis espaldas apuestan al mejor jugador y alientan con una ola de nubes. San Pedro, un amargo, no quiere jugar más porque siempre le gano.

Laura Caballero


Entre el sueño y la realidad

Está anocheciendo, llueve de manera estrepitosa. El micro se detiene a dos cuadras. Frente a mi puerta tomo mis llaves, entro, el cansancio me vence y caigo en un sueño profundo. Y así conozco a Julieta; ella siente temor, se nota en sus manos. Él llegará pronto, puede oír sus pasos. Me despierto y siento cómo mi corazón palpita fuertemente, parece que se me va a salir. No logro comprender el porqué de esta sensación.
Los rayos del sol asoman por la ventana, cuesta ver con claridad. Esta es la realidad, vuelvo a la rutina. Clases y otra vez las horas se suceden entre libros.
De regreso a casa, me duermo y el sueño se repite: la joven le explica el porqué de su demora; él no lo comprenderá y la somete a insultos. La sacude con fuerzas y le da una bofetada. Julieta llora y me despierto.
Lo que ocurre es que Augusto no está  de acuerdo con el romance de Julieta y Saúl y no lo permitirá porque su amor es más fuerte.

La adolescente de 15 años era la menor de la familia, de cabellos largos como la noche y de tez blanca. Augusto, cegado por su egoísmo, decidió raptarla. Fue como una moneda, a cara o cruz (los periódicos informaron la desaparición de Julieta Méndez y de una madre desesperada que lloraba la ausencia de su quinceañera, como lágrimas de un sueño)

 Los encuentros de Saúl y Julieta quedaron guardados con los recuerdos de su vida…

Juan Ignacio Moyano


Tapa azul y vidrio tornasolado

Nombre: Ignacio Quevedo.                                        
Edad: 11 años.
Raza: Caucásica.
Domicilio: Cervantes 828, Capital Federal.
Extraviado desde el 23 de Junio de 2008.   
                               

 

















“Cuando llegue el momento lo sabrás”, me repetía el abuelo cada vez que le preguntaba sobre el misterioso frasco de vidrio tornasolado que se encontraba arriba de la alacena, en la cocina. “Las monedas que hay dentro tienen un valor inconmensurable”, me decía, y aunque yo no conocía el significado exacto de esa palabra me daba cuenta de que eran importantes: me daba cuenta por el tono de su voz, y también por el entusiasmo con que miraba el frasco de tapa azul, el mismo que tengo ahora en mis manos.
 Claro que el momento nunca llegó. El abuelo se murió la semana pasada; lo mató un infeliz que manejaba borracho, un estúpido que me dejó con el frasco en las manos y con una tristeza inconmensurable: ahora sí que entiendo el significado exacto de esta palabra.
  Lo extraño porque era todo para mí. Era mi mejor amigo, mi único amigo. Aunque intento, no logro sacarme de la cabeza los recuerdos, las muchas tardes en que después de prepararme una leche chocolatada me contaba las historias de sus aventuras, de sus viajes por todo el mundo.
  No entiendo cómo papá puede no quererlo. No entiendo por qué cada vez que me pasaba a buscar por la casa del abuelo, se quedaba esperando en el auto y mandaba a que mamá tocase el timbre. No me lo puedo explicar. Si yo hubiera tenido al abuelo como papá, habría sido el niño más feliz de todo el mundo.
  Ahora tengo que bajar a cenar, pero no tengo hambre. Desde la semana pasada que no le siento el gusto a las comidas, que todo me da lo mismo. No sé si a todos los nietos les pasará igual, pero de lo que estoy completamente seguro es que ninguno tuvo, ni tendrá, un abuelo como el mío.
  Creo que no voy a bajar a la mesa, me he decidido. ¿Para qué bajar? ¿Para escuchar a papá decir que el abuelo era un chiflado, que por su culpa jamás pudo conocer a su madre? Mejor no, mejor me acuesto en mi cama y espero que sea un nuevo día, aunque a decir verdad, tampoco eso me despierta demasiado interés.

De acuerdo, acá estoy. Parado frente a la gran biblioteca del abuelo. He traído el frasco con las monedas, por si acaso. “Buscá en el tercer anaquel, buscá en mi biblioteca”, han sido sus palabras. No recuerdo si fue un sueño, si estaba dormido cuando se me presentó, flotando en el aire y envuelto por una luz que casi me deja ciego; solamente recuerdo su rostro: se lo veía bien, aunque me dio la sensación de que estaba un poco triste.
A ver, ¿qué será lo que quiere que busque? Mmm, acá lo único que hay son libros de geografía, éste que habla sobre minerales, a ver este otro… “Antropología científica, volumen III”, ¿para qué corno quiero yo un libro de antropología? El abuelo era antropólogo, no yo. Tiene que haber alguno que sea para mí, uno que haya  tenido guardado y no pudo entregarme. Acá hay un uno sin título; parece uno de esos manuscritos antiguos que muestran en los documentales, veamos qué dice…



Memorias de Luis Quevedo

                                                                           22 de Junio de 1972

Esta anocheciendo. Hoy hemos dejado atrás la Meseta de Bie y nos acercamos a la frontera de Namibia. Recorrimos Angola de palmo a palmo sin tener éxito. Continuaremos nuestro trayecto por las sabanas de Namibia, en ellas radica mi última esperanza.


                                                                                                          23 de Junio de 1972

Vuelve a anochecer. Conducimos todo el día, solamente dos parates: uno para almorzar y otro para cargar combustible. La vegetación de las sabanas es mucho más copiosa que en Angola; no así su fauna: una manada de sprinboks saltarines y una pareja de elefantes han sido los únicos animales con que nos hemos topado en casi diez horas de manejo.
Mañana haremos un último intento, quizás todo sea un error, quizás esta travesía no haya sido más que una enorme necedad de mi parte…


                                                                           24 de Junio de 1972

Todavía no logro contener mi emoción. Agradezco a mi esposa, que se encuentra a mi lado, por haber sido la única que confió en mí; por haber respaldado mis propósitos a pesar de las crueles burlas de mis colegas, sin ella no hubiese llegado a ninguna parte.
Son ellos, no me cabe la menor duda. Son los Namecuyá. Su último registro fue el de un explorador inglés (siglo xv), inclusive hay quienes sostienen que forman parte de una de una leyenda, que son una tribu dada a luz por el imaginario colectivo del pueblo africano. Pero las evidencias tiran por la borda todo tipo de hipótesis, y la evidencia está aquí: debajo de este promontorio donde hemos aparcado. Mañana por la mañana, vamos a bajar por la colina y presentarnos ante ellos. Planeo dejar los rifles en el jeep para no mostrar señales de hostilidad, solo llevaré la Walther colgada de la cintura por si se tornase áspera la situación.


                                                                           25 de Junio de 1972

Escribo estas líneas bajo la trémula luz de una tea. Los Namecuyá nos han recibido con los brazos abiertos, hasta me pareció que se le alegraron de nuestra presencia. Eso me ha dejado desconcertado; en lugar de recibir el trato que comúnmente se les brinda a los forasteros, hemos sido acogidos como una suerte de invitados de honor. Vamos a pasar la noche en una de las tiendas de la tribu, es mejor que hacerlo en jeep, al menos aquí no debemos turnarnos para dormir.  


                                                                           26 de Junio de 1972

Segundo día junto a los Namecuyá. Gracias a dormir de corrido toda una noche, hoy pudimos disfrutar de un día de recreación junto a los nativos. Es increíble los cordiales y comunicativos que son. Compartimos junto a ellos dos comidas y al atardecer fuimos llevados a un enorme lago (indica el mapa que se trata del Etosha Pan) donde se dieron un gran baño grupal. No mostraron ningún tipo de reparo en desnudarse delante de nosotros, no obstante, han comprendido el sentimiento de pudor y nos han dejado a solas cuando llegó nuestro momento de asearnos.
Mañana, según he interpretado los gestos de uno de los caciques, nos harán parte de una de sus ceremonias. Esperamos no terminar atados a un poste y con decenas de Namecuyá danzando alrededor.



¿Qué fue eso?
Pareció un ruido en la puerta. ¿Será el tipo de la inmobiliaria? Escuché esta mañana decir a papá que había aparecido un comprador para la casa. Ya veo que entran y me encuentran acá: van a pensar que soy un ladrón. Nadie sabe que tengo una llave de la casa, el abuelo me la entregó como  signo de nuestra amistad. De acuerdo, espiaré por la ventana…
No hay nadie, voy a poder continuar leyendo. Todo esto es muy raro, el abuelo nunca me habló sobre un viaje a África. ¡Y en compañía de la abuela!




                                                                                      27 de Junio de 1972


No puedo creerlo. Sinceramente, no puedo creerlo. Soy conciente de lo que he visto, de lo que mis ojos fueron testigos, pero aun así mi inteligencia se niega a aceptarlo. Nélida comparte mi desconcierto y no ha dicho todavía una palabra.
Hoy hemos vuelto al Etosha Pan, esta vez se han sumado los caciques de la tribu. El mayor de ellos, ataviado con un manto escarlata que le daba un aspecto siniestro, mandó llamar a varios de los jóvenes. Éstos formaron una hilera y comenzaron a entonar fervorosamente una plegaria, una señal de agradecimiento tal vez… no lo sé, de lo único que estoy seguro es de sus espasmódicos rostros, de sus rostros y de lo que vino después…
Al anciano le fue otorgado un recipiente cóncavo, similar a una vasija, y éste sacó de él una reluciente moneda dorada que arrojó al lago. Cuando la moneda se sumergió, las aguas comenzaron a agitarse creando un remolino, un enorme torbellino cuya circunferencia abarcaba la totalidad del lago. De inmediato, el primero de la hilera de jóvenes se lanzó al agua; sí, eso hizo, ¡se lanzó hacia aquel abismo del cual emergían haces de luz de todas las tonalidades! ¡Hacia aquella inmensidad que parecía contener un universo entero en sus entrañas!
Le siguieron los demás, uno tras otro se arrojaban con una tranquilidad inconcebible, como si se tratase de un simple chapuzón en una pileta. La sucesión de saltos se prolongó, hasta que el remolino comenzó a cerrarse en una decreciente vorágine de círculos concéntricos. Una vez que hubo desaparecido por completo, las aguas del lago recobraron su habitual tranquilidad y el ritual se dio por finalizado.


                                                                      28 de Junio de 1972

Hoy un fue un día de suma tranquilidad en la aldea. Nélida insiste en repetir que lo vivido ayer no ha sido más que una alucinación, un engaño de nuestras sugestionadas mentes. Pero yo se que no es así. Estoy convencido de que ayer se ha abierto un portal, un pasadizo hacia un mundo desconocido, al menos para el resto de los mortales. Me he escabullido en la tienda de las caciques, a la hora en que estos acostumbran a meditar bajo la sombra de acacia, y he descubierto donde guardan la vasija, donde esconden ese sagrado recipiente repleto de talismanes dorados…


                                                                  
                                                                       
                                                                          29 de Junio de 1972

El crepúsculo ha llegado a su fin y la noche hace su majestuosa entrada en las sabanas. Nos encontramos en el jeep; yo, con mis manos ocupadas en este diario; Nelida, con la suyas sobre la sagrada vasija. Hemos manejado más de ocho horas, es imposible que los Namecuyá puedan habernos seguido el rastro.
Al amanecer continuaremos rumbo a Windhoek; puedo afirmar, sin exageración alguna, que éste es uno de los días más felices de mi vida.


                                                                           30 de Junio de 1972

Continuamos camino a Windhoek. En el día de hoy no ha sucedido nada que sea digno de mención (obviando el magnífico espectáculo de un guepardo que da caza a un impala, o el de unos leones cachorros aventurándose por primera vez en tierras que luego les pertenecerán, de las que pronto serán reyes y reinas). Hemos hecho un nuevo parate, para poder dormir algunas horas, proseguiremos ni bien el sol nos ilumine con sus primeros rayos.


                                                                            1 de Julio de 1972

Me encuentro a pocos kilómetros de Windhoek. En realidad no lo sé con certeza y tampoco me importa. Ya nada importa. Maldigo mi suerte, maldigo a Dios por tal suerte, y me maldigo a mí, por sobre todo me maldigo. Me maldigo por haber aceptado la petición de mi esposa, por arrastrar a Nelida hacia todo esto.
Cerca del mediodía nos detuvimos para almorzar, ella bajo del vehículo diciendo que necesitaba orinar. Se dirigió hacia unos arbustos y fue entonces que escuché su grito: su alarido de dolor.
Hice todo lo que pude. Juro por mi vida que hice todo lo que estuvo a mi alcance. Nelida acaba de morir. “Cuida a Damián, cuida de nuestro hijo”, han sido sus palabras de despedida; luego tomó mi mano ensangrentada debido a un último intento por extraer el veneno y cerró sus ojos para siempre.


Entonces era eso. Ése es el secreto de las monedas: mediante ellas se puede abrir un portal hacia otro mundo, hacia otra dimensión tal vez. Pero… ¿por qué el abuelo no dio a conocer su hallazgo al mundo entero? ¿Por qué no contó a nadie el secreto? Creo que me había elegido a mí para que fuera el primero en saberlo, pero… ¿por qué? ¿Querría el abuelo volver a África con las monedas? ¿Se habría arrepentido de robarlas?
Las anotaciones parecen acabar en esta página, pero aún tengo muchas preguntas sin respuesta, hasta siento que cargo con más dudas que antes.
¿Y esto? Parece que hay una última anotación en la página final, escrita con otro tipo de tinta. Mejor me apuro, llevo más de una hora leyendo y el tipo de la inmobiliaria puede aparecer en cualquier momento. 


                                                                                          13 de Febrero de 1984

Lo he hecho. Han pasado más de diez años para que me atreviese a volver a tocar estas mágicas reliquias, pero finalmente hoy lo he logrado. Necesitaba verlo de nuevo, poder cerciorarme de que las monedas son las portadoras de un poder ultra-terrenal.
Tomé una de ellas y la dejé caer en el aljibe del patio, fue entonces que el prodigio se repitió. Esta vez no se produjo un torbellino, pero sí irradiaciones procedentes del interior del aljibe, irradiaciones idénticas a las del día del ritual: haces de luz color zafiro, verde esmeralda, y rojo de distintos matices; todos ellos emitidos por una refulgente esfera violácea, y fue en aquel momento que lo comprendí… comprendí porque aquellos jóvenes Namecuyá se lanzaron sin vacilación hacia el interior del remolino. Era una voz, esa es la mejor manera de describir AQUELLO que me llamaba; sí, me llamaba, a pesar de no pronunciar ni una palabra me llamaba, me instaba a saltar.


Mi temor hacia esa fuerza desconocida hizo que retrocediera, dejando pasar la oportunidad de sumergirme en un universo nuevo y plagado de secretos. Un universo al cual no me animo a entrar, una puerta que no soy capaz de trasponer en soledad…