TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


ARIEL PRIAROLLO


Me encontré en el país de las maravillas
vuelvo a poner de nuevo mis pies
¿es real? ¿es inventado?
Alice – Avril Lavigne

Comienza mi primer día en la academia, la verdad que estoy un poco nervioso ¿Sabés la cantidad de personas que podría encontrarme? Montones y montones. Además de que todos van a ser muy diferentes, tantas personas como colores, letras, números y palabras diferentes puede haber ¿Te imaginás cuánto sería todo eso? La verdad que no creo que exista alguna cifra cercana de todas las infinitas posibilidades que puede traer eso. En fin, como estaba pensando, es mi primer día así que tengo que estar relajado y bien entusiasta.
Bien, dicen que dar el primer paso es lo que más cuenta ¿no es cierto? Bueno, ya que estoy delante de esta inmensa puerta tengo que dar el primer paso, como dije recién, el resto será pan comido, estoy muy seguro de eso, tan seguro como que me llamo Alistar Wonderland.

Es muy divertido pensar que tuve todos esos pensamientos en la gran puerta de lo que sería mi nueva vida, apenas puse ese pie, tan difícil de mover por primera vez, como es de costumbre, me di cuenta que sería muy divertido estar ahí, ya que estaba lleno de otras personas que parecían muy interesantes. Por ejemplo, había una pelirroja con otras seis chicas cerca de ellas, eran re parecidas entre sí, además de re lindas, aunque parecían un poco alteradas, hablaban siempre una seguida de la otra y como en emociones muy diferentes, por otra parte había una chica con el pelo blanco ¿Podés creerlo? Bueno, es obvio que lo puedo creer, ya lo vi, no sé porque me hago yo mismo estas preguntas. Volviendo a la chica de pelo blanco, super encantadora, parecía un poco fría lo único, estaba con mucha ropa celeste que le quedaba genial con su pelo, me encantaría tener una cabellera tan larga, linda y blanca como la suya. Aunque parecía un poco asustada, estaba como buscando a alguien, como cuando le hacés mal a alguien sin querer y te sentís culpable y querés ver como está pero no podés, así parecía ella, un poco triste, la verdad.
Bueno, mas allá de la cantidad de gente interesante que había, no puedo pasarme todo el tiempo describiéndolas, tardaría montón de horas, pasé por esa sala llena de personas y seguí observando con lujo y detalle todo ese lugar, estaba pintado con colores medios oscuros, uno se esperaría algo más alegre, pero no. Continué por ese lugar como si hubiera sido la primera vez que estaba ahí hasta llegar a una oficina donde mi primer instinto fue tocar la puerta. La mujer que abrió pareció confundirme, me llamó “señor Priarollo” y estoy casi seguro de no conocer a nadie que tenga ese apellido.
Luego de hablar con la señora tuve varias charlas con diferentes profesores, me preguntaban muchas cosas sobre mi vida y cosas que sabía y no, supongo que era para ver mi progreso a final de año como alumno, que estoy seguro va a ser más que genial. Lo único raro es que me preguntaban mucho si conocía a alguien llamado Ariel Priarollo, cosa que respondía siempre que no, ni idea por qué me preguntaban tanto eso.
El día terminaba y me iba para mi habitación, un poco desilusionado por no poder haber hecho tantas amistades, solamente el poco rato donde entré pude ver a otras personas, además de los profesores, pero bueno, siempre mañana sería otro día.
No recuerdo si les había contado, pero mañana es un día muy especial para mí, comienza mi primer día en la academia y la verdad que estoy nervioso ¿Sabés la cantidad de gente que voy a conocer?


MARIANA OJEDA


La vuelta a casa


Se hizo tarde, era una noche fría y tenía que laburar. Me quedaban pocas horas de sueño, al porteño le parecía muy raro que me quedara hasta tarde, sabiendo que tenía que trabajar. Pero esta vez era diferente, me encontraba raro y no sabía por qué, entonces decidí quedarme un rato más y se me pasó la hora pensando en cosas que no tenían sentido. Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde, así que saludé a todos y salí afuera. Estaba decidido a irme a casa y dormir las pocas horas que me quedaban.
Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito, tomé el camino más corto por la costanera, no era de pasar por ahí, mucho no me gustaba, pero quería llegar rápido. Estaba fresco, no corría ni un perro por la calle, solo sentía el aire frío que cubría todo mi cuerpo.
De pronto, vi un auto que se acercaba de a poquito, con la luz muy alta, venía de frente y muy cerca del cordón, pasó al lado mío, tenía vidrios oscuros y la verdad que me llamó la atención, un auto de esa clase en Villa María, era raro.
Seguí caminando, estaba llegando al puente que supuestamente tiene mucha iluminación, pero esa noche no había ni luz. De atrás me sentía observado, pero no perdí la calma. Seguía caminando tranquilo, hasta que nuevamente el auto de alta gama se arrimó al cordón de la vereda y empezó a andar a la par mía, bajó el vidrio y era una mujer hermosa, no tengo palabras para describirla, solo puedo decir que era como una luz blanca que me iluminó esa noche tan fría.
Paro el auto y me llamó, yo sin entender nada me paré, pensé que se había confundido con alguien más, pero no, definitivamente quería hablar conmigo. Parecía que me conociera de toda la vida. Me miró fijamente y me dijo un chico tan guapo como vos está solo en esta ciudad, habiendo muchachas tan lindas. Lo dijo en un todo risueño, pensé que me estaba tomando el pelo, yo no soy tan guapo y con la facha que tenía, no se me acercaría ni un conocido. Por un momento pensé que había alguien más, cada tanto miraba por el espejo hacia atrás y sonreía.
Bah esta gente solo quiere fastidiar a las personas que andan solas por las calles a esta hora, empecé a caminar, ella me volvió a gritar y dijo estoy aburrida y solo quiero ir a una fiesta, pero no tengo con quien, y como veo que estas solo, me dieron ganas de invitarte. Le respondí diciendo que no estaba vestido para la ocasión y vi que ella estaba muy bien vestida, llevaba un vestido verde, tan llamativo que hasta me daban ganas de sacárselo.
Nuevamente me preguntó si estaba muy apurado y si quería acompañarla. Vaya, pensé, una mujer sola que necesitaba de una buena compañía o quizás no solo quiere que la acompañe a la fiesta si no a otro lugar más cómodo, para conocernos.
Nunca perdí la calma, pero estaba con algunas dudas ya que era todo muy raro. Después pensé que, si por casualidad, había algún amigo mío en la fiesta, iba a pensar que era un caradura por andar con una mujer de su clase. Aparte también pensé si me veían aparecer con semejante mina en el auto en el que manejaba, el barrio iba a decir cualquier cosa sin saber lo que pasaba, aun así, decidí acompañarla, al fin y al cabo, estaba solo en la ciudad y soy dueño de mi vida, no me importa un carajo lo que piensen.
Vamos le dije, prendió la luz del coche y me dijo que subiera ¿o tenés miedo? me preguntó, le dije que no y ahí me di cuenta que estaba sola, no había nadie en la parte trasera, entonces abrí la puerta del coche y me subí, pero al momento que me senté sentí una respiración suave en la nuca. Seguramente era mi imaginación y entonces decidí seguir la corriente, quien sabe quizás podía pasar una noche con buena compañía.
Era una mujer hermosa, me dejó muy encantado solo con verla, yo creo que si le contaba a alguno de los muchachos que estaban del porteño no me iban a creer, ya que soy un hombre solitario y no tenía nada de apuesto, iba a ser todo muy raro, nadie iba a creerme.
Le brillaban los ojos, tenía la piel blanca como una hoja y un cabello tan rubio que brillaba. Estaba sorprendido, es más creo que su voz era tan seductora y atractiva que no podía decirle que no a nada, solo quería estar con ella.
Sentí calor en los brazos, en las piernas y en el estómago. Tragué saliva y me incliné más, ella me dio lugar. Ya que había confianza la traté de vos, le pregunté donde era la fiesta. Se puso seria y me dijo pasando el puente, tenemos que ir por un camino de tierra, está un poco alejado. Le volví a decir que no estaba vestido, me volvió a mirar fijamente, es más, creo que me dio un escalofrío, sentí algo muy raro, una atracción por ella que nunca había sentido con alguna otra mujer.
No perdí el tiempo, le puse la mano sobre la gamba, tenía la carne dura, fría, musculosa, y sentí sus músculos contraerse cuando apretó el acelerador. No me lo van a creer cuando se los cuente, pensé, los muchachos van a pensar que estaba delirando. Como vi que la mina me daba calce me apreté contra ella y le puse, esta vez, la mano en el hombro.
Ni siquiera me miraba, era como si no sintiera nada.
Luego de un rato me dijo que la fiesta era en su casa. En ningún momento sacó la vista del camino, sus ojos se perdían en la noche, mientras tanto yo seguía sintiendo la respiración en la nuca, a medida que nos acercábamos a la casa se sentía más y más, parecía como si fuera una advertencia. Bah, no sé, seguramente era porque quería llegar rápido y estar con ella.
Doblamos en la primera calle de tierra y empezamos a correr por un camino totalmente alejado de la ciudad, dejando atrás las pocas luces y árboles. Llegamos al lugar donde supuestamente era la fiesta, pero la verdad es que no había ninguna fiesta ahí. Le pregunté qué estamos haciendo y lo único que me respondió fue que necesitaba mi ayuda.
Bajamos del auto, caminó hacia la casa y sin esperarme entró, yo iba por detrás de ella, muy despacio, mirando hacia todos lados, de pronto sentí un llanto, entré y era esta mina la que estaba llorando al lado de un charco de sangre, al lado de un cuerpo totalmente frío y tieso, escuché sonidos de sirenas, me cagué todo, no entendía nada y no me explicaba, ella solamente lloraba desconsolada. 
Luego llegó la policía, una ambulancia y no preguntaron nada de nada, parecía que supieran lo que había ocurrido.
Yo que pensaba llegar rápido a casa tomándome un atajo, qué perejil.

Nota: se han intervenido fragmentos del cuento Verde y negro, de Juan José Saer.

FACUNDO NIZETICH


Elíptico


Muy bien hubiera podido llamarme Nico. Todos empezamos como palabras. Mis viejos barajaron tantos nombres en mis comienzos que seguramente llegué a ser Nicolás, incluso si lo fui durante tan sólo un pensamiento pasajero. Así que mi farsa no era una mentira de pies a cabeza; en algún punto de ese cuerpo garabateado se escondía una mancha, la colisión de tintes donde sale a la superficie una verdad imborrable. Diría que eso hizo que mi acto resultara más fácil pero no, siempre fue fácil. Desde el primer instante en que puse pie dentro de esa casa me apoderé del vacío. Llené cada frasco, ocupé cada silla y me desprendí de cada foto. Ese caserón era mi aposento, mi reino de polvo. Encontraba inmenso placer en observar a la pobre vieja ir de un rincón de la casa al otro. Cada movimiento de sus pulmones, cada pasada temblorosa de la plancha. La lucha contra la tinta, la melodía torpe de sus pantuflas. Su cabeza gacha y gris soltaba la peste de lo obsoleto.
Por las noches, recostado sobre la cama, también me apoderaba del silencio. Con mi vista fija en el techo de madera, tosía a ritmos variantes. A veces lo hacía más rápido, a veces lo hacía más lento. Siempre lo hacía con la ligera silueta de una sonrisa dibujada en mi rostro. Como era de esperarse en alguien de su edad, la vieja dormía profundamente, pero así se encontrara a kilómetros dentro de sus propias fantasías yo me aseguraba de que mis ecos la alcanzaran; y cuando quedaba claro que lo había logrado empezaba a imaginarme a Laura, haciendo esos mismos movimientos desesperados, también al son de negativas inútiles.
A Nico no le gustaban mucho los perros, y al tenerlos frente a mí, moviendo sus colas y ansiando una caricia familiar de la mano de un extraño, lo entendí. Vaya que eran estúpidos. Ganarme a la vieja requirió poco esfuerzo, pero ganarme a esos bichos no requirió nada en absoluto. Boby, Negro, mamá. Ese brillo en los ojos que gritaba, cual caricatura absurda y retorcida, “no hay nadie en casa”. Y sí. Nadie antes de mi llegada, nadie tras mi partida.
El trayecto en barco fue como el pasar de una página a la otra. Eran las 11:45 cuando el tren se detuvo en Saint-Lazare. Tras observar brevemente el exterior a través de la ventana, bajé a la estación esquivando aquel fenómeno ajeno en que la multitud se fraccionaba en multitudes más y más pequeñas hasta que las porciones terminaban por descomponerse en meros individuos. Avancé hacia el portillo de salida, pasando al lado de quien sin dudas era el otro argentino. Se sintió raro el llevar la valija con la mano izquierda, aquella que solía relegar o, cuando menos, dar por sentada, pero sabía que así tenía que ser. Cuando me detuve frente al portillo y puse la valija en el suelo para buscar el billete, aproveché para girar mi rostro con disimulo. Allí estaba la mujer de la falda azul. Le entregué el papel al hombre y seguí mi camino, dejando el lapso suficiente para que Laura y Luis salieran por separado de la estación. Ella se fue a tomar el colectivo inmediatamente mientras que él se tomó su tiempo junto con su coñac. Palabra por palabra, ambos tan predichos.
Ese viernes Luis llegó justo a tiempo para la cena. Devuelto a lo de siempre, dibujó redondeles con su cuchara y los selló con sus labios y como a sus labios. Yo era su círculo. Abrazando el dedo de Laura, apretando el cuello de Luis. Yo lo era todo. Más amargo que el café, más espeso que el humo del cigarrillo. Y, después de un rato, el otro cuarto, la mesa de trabajo, la lámpara. Un papel tras otro y casi punto final para mi papel. La puerta se abrió, la pluma cayó.
― ¿A vos no te parece que está mucho más flaco? ―Laura exclamó de espaldas. No era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo.

Nota: el relato opera como una intervención artística a partir del cuento Cartas de mamá, de Julio Cortázar 

ABRAHAM MONTESINO



El principio siempre es más tardado que todo lo demás, se los juro era tarde quizás la media noche o algo más tarde, el Gallego cierra el café a la una a en punto, las manos metidas en el pantalón y el silbido de siempre, un sábado de siempre hasta que un Jetta se acerca sigilosamente, seguía mis pasos y yo las ruedas, una voz entonaba unas palabras que ignoré, pensaba que se había confundido; seguía vociferando desde dentro del Jetta, me detuve.
-¿Disculpe? Y me acerqué un poco.
-¿Sabes dónde puedo comprar cigarros? Una voz quebrada se le escuchaba, pero esos ojos firmes me confundieron, quizás los árboles en la penumbra jugaron conmigo.
-A tres cuadras un pequeño puesto vende, siga derecho y llegará, no tiene pierde.
Me dice que no conoce el barrio y si estaba a disposición de acompañarla. Mi cara fue de sorpresa o al menos eso creo pues ella se reía mucho. En la noche en un carro como ese no pude distinguir sus rasgos, pero los ojos y la voz daban indicios de vida perniciosa.
-Te digo está cercas y solo es derecho.
-Tienes miedo, verdad? Encendió la luz.
Veo un color cobrizo intenso y los ojos de gato buscando presa. Algo extraño, el instinto me decía corre pero subí al auto y emprendimos marcha. Las tres cuadras se pasaron en un instante y pregunté por los cigarrillos.
-No te hagas el tonto, busco a alguien para salir de fiesta.
Yo no podía ni mirarla.
-No creo que tardemos tanto.
Tomé aire y en el siguiente semáforo me animé a mirar el perfil de la chica que levanta hombres para ir de fiesta, nos miramos, ambos miramos hacia abajo y colocó mi mano en su muslo firme y terso. Recuerdo que en la cajetilla de Malrboro quedaba un último cigarro.
-Tengo un cigarrillo que guardo para el regreso a casa. Asiente con la cabeza y hurgo con la mano libre el bolsillo del pantalón. Lo coloco en sus labios y el encendedor revela unos faros de concreto.
-Me llamo Theresa, pero eso no importa mucho. El humo ocultaba la parte de la cara que podía mirar. El cuello sinuoso mostraba una cicatriz de tamaño considerable, como era una noche extraña no me importó preguntar.
-¿Esa cicatriz es grande?
-Nada, los arqueólogos son todos unos locos, pero más loca una por seguir un juego sin importancia.
Por primera vez sentí que decía algo con un tono diferente de voz, se pudo sentir su candor a través de la pared de humo que nos dividía; a pesar de eso sentía, sí, que me miraban y volví a apretar, con miedo, el terso muslo.

Nota: se han intervenido fragmentos del cuento Verde y negro, de Juan José Saer, en intertextualidad con El ídolo de las Cícladas, de Julio Cortázar.


MALENA MONTES


Iulius


La pureza de la luz solar triunfa sobre el amarillo tenue, ya extemporáneo, que permanece derivando de los dos focos. Consecuente inspectora, encuentra que todo está. Hay menos orden: la colcha arrugada, cajones abiertos… aunque todo permanece. Faltan del cajón de la ropa de hombre una camisa, un pañuelo y un par de medias; pero encima de una silla quedan otra camisa, otro pañuelo y un par de medias, sucios.
Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas...
Guardé algo de ropa en un bolso y me dirigí al hospital. Fui a verla por expreso pedido de su médico. El enfermero de turno, que llevaba la mirada tan perdida como la de los internos, me hizo pasar a la sala de espera. Cuando entré en la habitación, mamá me miró un tanto decepcionada.
¿Y tu papá? Ayer me dijo que hoy iba a venir…
¿Mi papá?
¡Estoy tan contenta de que haya vuelto! El Boby y el Negro, ¿cómo están? ¿Te acordás de darles de comer? Los extraño mucho…
La escuché un rato más, contesté las mismas preguntas de siempre, dejé la ropa en una silla y me fui. Entré al London City y pedí un coñac. Unos minutos más tarde entró un hombre de saco y corbata. Se sentó en una mesita, guardó su pipa, pidió un café y comenzó a escribir. Ver su máquina de escribir me recordó a la que hay en el sótano de casa.
Regresé y les di de comer a los perros. Desde que mi hermano volvió y Laura me dejó por él, mi vida es aún más monótona que antes. Me fui a vivir con mamá, no encontré trabajo y mis viejos amigos no me dieron bola. Cuando mamá enfermó comencé a ocuparme de ella, de cuidar la casa y pagar las cuentas. Solía ir al bar, me emborrachaba, recordaba a Laura, la llamaba y pasaba por su casa, hasta que me pusieron una orden de alejamiento. No la extrañaba a ella, sino a nuestra vida rutinaria en París.

Los perros ladraban. Seguramente habría un gato. Subí al baño y vi que el piso de la ducha estaba mojado. Ropa sucia, cajones abiertos, la ducha mojada. Quizás Nico habría tenido una pelea con Laura. A la mañana siguiente vi extrañado las boletas sobre la mesa y unas migas. -¿Nico?- llamé. No hubo respuesta. Recorrí la casa y no había nadie. Fui a la clínica y le pregunté a mamá si sabía algo de Nico. Había ido a visitarla ayer, después que yo.
¿Sabés si pasó por casa?
No creo.
¿Por qué preguntás?
Nada, ma. No importa.
Hoy vino a verme Julio. Cuánto me gustaría que me visiten los tres juntos…
Salí de la habitación y llamé a Nico. Para mi sorpresa, atendió.
¿Qué querés?
Te llamo porque estoy preocupado por mamá. Me dijo dos veces que papá la vino a visitar, y creo que está empeorando.
A mí también me dijo lo mismo. El médico dice que es un efecto de los remedios.
Otra cosa. ¿Estuviste yendo a casa?
No. ¿Por qué?
Por nada. Chau.
Me despedí de mamá, fui al London City (como siempre después de ir a la clínica) y pedí un coñac. Noté que el hombre estaba sentado en la misma mesa, con la máquina de escribir. Esta vez lo miré con mayor detenimiento. El ceño fruncido, el pelo negro peinado hacia atrás… aunque tenía barba.
Turbado, me fui a casa, todo el camino controlando que el hombre no me siguiera. Bajé al sótano y busqué las fotografías. Sí, era el mismo, unos 30 años atrás. En el reverso leí “Julio y Aurora, 1941”. Luego noté que la máquina de escribir no estaba en su lugar.  

Nota: se intervinieron fragmentos de los cuentos El abandono y la pasividad, de Antonio Di Benedetto; Carta a una señorita en París, de Julio Cortázar; y Letras modernas de David Voloj.


DEYSI GIORDANO


Calle Steinway


Doblo la esquina y me encuentro en un mundo blanco y negro, como el de las películas de antaño. En medio, una larga vereda de baldosas blancas.
Solo cada tanto existen algunas de color negro, que supongo son para ornamentar la larga e interminable vereda. Cansada de caminar me siento sobre una y percibo un gran y estruendoso sonido, profundo, redondo, oscuro si quieren. Entonces me levanto y comienzo a moverme, camino y se vuelven cada vez más estruendosos, cada vez más agudos y estridentes, voy corriendo rápido, y acelero, aumento el tranco y tropiezo contra la baldosa negra, un sonido aún más extraño se despliega, es como si ese sonido tuviera un color diferente.
Me incorporo y me predispongo para acelerar el paso, esta vez, por el cordón de la vereda, que no tiene la habilidad de desesperarme. Ya emprendo el camino pensando nuevamente en mis responsabilidades, en mis exámenes, en el concierto final, en el atuendo a usar y sin fin de detalles que no vienen al caso. La calle que transito me mantiene calma y enérgica a la vez, es como un mundo diferente, etéreo, limpio, bello; un lugar en el que podría quedarme. Casi la misma sensación que percibo al tocar esa pieza de Debussy, me sumerjo en el agua, y veo esa enorme mole creciendo bajo mis ojos, transmitiéndome paz.
Mi abstracción termina cuando un grupo se acerca corriendo hacia mí a un ritmo molto veloce, y en forte, un fortissimo, diría. Me asusto, me quedo inmóvil, en eso el grupo se aleja y todo se vuelve oscuro, grave, tormentoso. Siento que cabalgan, de nuevo el grupo, esta vez, más nítidamente los puedo ver, son cinco, cinco que cabalgan, cada vez más cerca… como si el rey de los alisos y sus secuaces me estuvieran buscando, maldito Schubert, pienso, y en mi cabeza vuelvo al momento en que ese barítono me desconcentró y perdí el hilo de ese tremendo acompañamiento. Voy corriendo, para que no me alcance, corro más y más fuerte, y caigo, mis rodillas caen de lleno en la baldosa negra, en medio de esa cuadra eterna. Sentada presto atención a la pared negra, a la izquierda, tiene inscripto un nombre, un apellido para ser más precisa, Steinway.

GASTÓN GALLARDO SEGUÍ


La violencia del silencio


Fui a verla por expreso pedido de su médico. El enfermero de turno, que llevaba la mirada tan perdida como la de los internos, me hizo pasar a la sala de espera. El lugar daba pena; un amplio salón de paredes descascaradas e iluminado por tubos fluorescentes cuyas ventanas estaban atravesadas por dos clases de enrejados, uno interno de barrotes gruesos, y otro externo, de alambre oxidado. El salón estaba vacío, pero se sentía la desesperación de las que pasaron por ahí. Almas aterrorizadas y aterrorizantes que se aferraron a las paredes y nunca lograron descansar.
Cuando me llamó Clara quedé shockeada. “Violaron a tu hermana –me dijo– escuché un auto arrancar e irse volando y las gallinas se pusieron locas. La encontré en la casita del frente, mudó su habitación ahí”. Dieciséis años tiene, y estos hijos de re mil yuta le arruinan la vida por puro morbo. Cuando la encontró en el piso, llamó a la ambulancia del pueblo y arrancó para la ciudad. Hace quince años me fui y siguen usado la misma furgo para no invertir en una ambulancia en serio. Negligencia inaudita. No es que pase mucho en un pueblo de 2000 habitantes, pero… ahí fueron. En la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a cien kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.
Para cuando llegué al hospital, a Sofi ya le habían dado el alta, Clara había hecho la denuncia y el mundo mantuvo su vista al frente. Nada más que un “pobrecita”, o un “tan joven”. No dijeron nada de cómo iba vestida porque la encontraron en su propia casa, pero no me hubiese sorprendido. Nadie habla de lo violento que es el silencio. Callar lastima más que cualquier arma.
Dos meses pasaron sin que Sofi salga de su encierro. “No sale de la pieza” –me dijo Clara–. Me despierta el timbre de casa. Segundo shock: “quiero abortar –me dice llorando– No puedo ten… no quiero, no puedo, no”. ¿Qué le voy a decir? Contacto con el Colectivo Feminista, hablo con Jenny: “Clínica Clandestina. Son buena gente, pero no están equipados. No esperes más de lo que les estás pagando”. Turno: 23 de marzo, 2 am, en pleno centro. La acompaño, dejo la plata y me dejan afuera. Horas después, no sé cuántas –muchas–, me hacen pasar:
— El médico quiere que la veas —me dice el enfermero, como perdido.
Me encierran en la sala de espera. No podía definir si era una clínica o una cárcel. Poca luz, rejas, alambres. Quien supongo el médico me llama. Entro a la sala, lloro.
Desde ese día no puedo dejar de recrear lo que vivió aquella noche, tan vívido y brutal como me lo contó. Por odio, por morbo, por amor, por mi hermana y por todas las que lo vivimos, imagino:
—¡Soltame! ¡Dejame! —grito sacudiendo la pierna. Pero soy atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloro imperiosamente. Trato de sujetarme del borde, pero me arrancan y caigo.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No puedo gritar más. Uno de ellos me aprieta el cuello, apartando mis bucles como si fueran plumas, y los otros me arrastran de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándome la vida, segundo por segundo.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos Letras modernas, de David Voloj; Autopista del sur, de Julio Cortázar; y La gallina degollada, de Horacio Quiroga.


SIGRID FERREYRA SILVA


La cicatriz


Allí estaba, fingiendo que no le importaba y tomando cada vaso con fervor, como si fuera el último. Obligando al licor que hiciera efecto en su memoria porque así ya no podría recordar. Siempre se sentía miserable, así era, desde ese día, desde que Eli se fue, sus vidas nunca fueron las mismas. Peleas todos los días, violencia verbal, a veces física. Ellos eran felices antes, cuando no tenían nada, solo el amor. Luego fueron haciendo cada vez más dinero y al cumplir cuarenta descubrieron las delicias de la vida sibarítica e hicieron un plan riguroso de comidas donde no faltaban las macadamias ni los cocos, ni las castañas de cajú, ni las salsas espesadas con crema, con el propósito de engordar en un año no menos de sesenta kilos. Capaz eso era lo que había destruido su matrimonio, tanta riqueza y tan poco tiempo entre ellos dos, tan poco tiempo  pensando en Eli, su hija que fue al principio la luz de sus vidas y luego, cuando se fue, lo peor de ella, solo recuerdos dolorosos. Pero había algo, eso que no les permitía separarse y dar fin al inestable matrimonio que tenían desde hacía ya meses.

Música suave. Parejas que bailaban tranquilamente. Mujeres bonitas, hermosos hombres, alguno que otro intruso alrededor de las mesas. El clima en el bar esa noche estaba más calmado que otros días. Parecía que la música hechizaba cada oído de cada persona en el lugar. Las hacía sumergirse a un lugar único en sus mentes, fantasías casi palpables en el aire. Un clima caóticamente hermoso que parecía irreal.
Perdida en los efectos instantáneos del alcohol, ella veía lo que quería ver. Pero algo en especial llamó su atención, había un hombre que la observaba, el señor de la casa grande. Ahora la atención era mutua, la tensión tangible, la mirada que el viejo le daba era piadosa. Cuando apartó la vista, a lo lejos vio al comisario entrando al bar que, abriéndose paso entre la multitud, marchaba hacia ella.
-          Comisario – dijo ella
-          ¿Le importaría concederme un minuto? Tengo que hablar con usted a solas
-         ¿Ahora? Pero ¿Qué…? – quería quedarse en el bar, pero cuando vio lo serio que estaba el comisario supo que algo bueno no había pasado – Salgamos – dijo y se levantó
Como en la mayoría de los pueblos de la zona la población no era mucha, y ya para las tres de la madrugada no eran sino puros gatos y perros callejeros los que se adueñaban del pueblo. Las calles silenciosas, como escuchando. La dama y el comisario se alejaron un poco de las puertas del bar, ella seguía escuchando a lo lejos la suave música de la que había sido presa unos minutos atrás. Con su cabeza algo confundida por los tragos, haciendo un esfuerzo por atender al comisario, se paró, consciente de que debía mantener el equilibrio, hasta que por fin el comisario habló.
-          ¿Sabía usted qué su marido iba a ir esta noche a Saint- Terre?
-          No entiendo lo que dice. Él es libre de…
-          Estoy diciendo si él le informó que iba a visitar la mansión.
-          No.
-          ¿Alguno de los dos había estado allí después de…?
Ella negó rápidamente con la cabeza.
-          Jamás
-          Su marido… ha ido solo
La mirada impaciente de la mujer le indicó al comisario que continuara.
-          Ha ocurrido un accidente
-          Con el coche ¿verdad? Le dije que…
-          No, señora. Su marido ha atentado contra su vida.
Los ojos de Amelie se llenaron de asombro y duda, toques de tristeza. Por un instante casi empezaba a reír. Aunque no sabía si era por los tragos, por lo irreal que sonaba lo que oía, o alivio. Ajena al sigiloso peligro inminente continuo.
-          Eso no… ¿Antoni?
-          Se ha disparado un tiro en la…
-          Está bien.
Ella ya sabía dónde había terminado esa bala, porque días atrás lo había encontrado practicando, casi ensayando lo que iba a hacer. A regañadientes ella lo detuvo, no sabía si lo hacía por llamar su atención, o si era realmente por la depresión. Aunque ella nunca pensó que sería tan valiente como para suicidarse. No pensó que sería tan egoísta como para dejarla tan sola. Después de todo lo vivido, después de todo lo que habían hecho.
Cuando dejó que sus pensamientos se alejaran de su mente con las piernas temblorosas se alejó del lugar, dejando al comisario atrás, entró a su auto y lo puso en marcha. El camino parecía aún más largo de lo que era, por un momento pensó si siempre había sido tan escalofriante como esa noche. Iba maquinando, preparándose para lo peor, su casa. Cuando se estacionó, bajó del auto, caminó hasta su puerta y entró, no sin antes respirar profundamente. Allí estaba, vacía, solo ella.
La luz, consecuente inspectora, encuentra que todo está. Hay menos orden: la colcha arrugada, cajones abiertos…aunque todo permanece. Faltan del cajón de la ropa de hombre una camisa, un pañuelo y un par de medias; pero encima de una silla quedan otra camisa, otro pañuelo y un par de medias, sucios.
Fue hacia su cuarto y se quedó helada al ver un sobre en la mesa de noche. Caminando como no queriendo, fue sin embargo hasta él. Era una carta de despedida. La tomó en sus manos y comenzó a leerla, cada línea era más despedazante que la anterior, cada palabra la fracturaba en lugares que ni ella sabía que tenía. Y el final la dejó tiesa.

Cada paso que daba era una tortura. La tristeza que me carcomía y finalmente me devoró por completo. La depresión era más fuerte de lo que pensé.
Yo no hice nada malo. Cuando él me dijo tan calmado que fue por mi personalidad, pensé que era muy fácil para un doctor. Muchas personas me culparon, sé que no es así como sucedieron las cosas. Me dijeron que fuera por ayuda, fui con un médico, me dijo que buscara la razón del dolor. Eso lo sé muy bien. El dolor es culpa mía. Todo es mi culpa, porque nací así. Doctor, ¿eso era lo que querías oír? No me ayudó para nada.
Hay gente que vive vidas más difíciles que la mía y parecen estar bien. Hay gente que es más débil que yo, que también lo parecen. Pero eso no debe ser cierto. Entre las personas del mundo, nadie tiene una vida más difícil que la mía, nadie es más débil que yo, yo era el que peor se sentía. Tu lugar en el purgatorio no existe, yo lo sabía, lo sé. Es mentira lo del cielo y el infierno, es mentira que te juzgan, uno se muere, y solo deja de existir. Aquí están esas consecuencias irreparables. Aunque no puedas despedirme con una sonrisa decime que lo he hecho bien. Lo hice bien.

Cuando terminó de leer, apretó la carta, la estrujó. Como si quisiera exprimir lo poco que quedaba de aquel hombre. Después de haber derramado un par lágrimas fue hacia su armario, vistió su pijama y se dispuso a dormir. Al otro día iba a ser una jornada más que larga.
El día más largo de su vida. El sol que odiaba en todo su esplendor, el cajón color negro, ese rostro tan muerto.
Al regresar a la casa lo menos que podía hacer era descansar. Los recuerdos la atormentaban. La iglesia, la sala, los pésames que le habían dado, la mirada del señor Saint Terre que nunca pudo descifrar. Se obligó a descansar, se acostó en la gran cama que no estaba lo suficientemente deshabitada. En un movimiento de cabeza, cuando su vista se acostumbró a la oscuridad logró ver algo. Parado en el umbral de la puerta, alguien mirándola, ojos amantes, cargados de odio, esos ojos que la culpaban. Amelie se levantó inmediatamente de la cama, buscó el interruptor y cuando encendió la luz, no había nadie. Su corazón palpitaba a mil, supuso que lo había imaginado. Se decía a sí misma que bajar a la cocina para tomar poco de agua la calmaría. Pero algo la espantó, porque el vaso de agua cayó en el suelo haciéndose añicos.

Sus ojos cansados comenzaron a cerrarse, luego se abrían lentamente, el lapsus de tiempo que estuvo inconsciente fue mínimo. Se dio media vuelta y como algo que no existiera lo ignoró, aunque inmediatamente sintió cómo la tomaban de la parte trasera de su cuello. El sujeto tiró de su pijama y la arrodilló en contra de su voluntad en el suelo. Vio la sombra, la mujer gritaba. Ella sabía que alguien la escuchaba. Las manos familiares que la agarraban del cuello se acomodaban perfectamente en él. Esos robustos dedos que estaban le estaban quitando su último respiro. Quiso zafarse pero fue en vano, aunque logró estirarse lo suficiente para agarrar del suelo pedazos de vidrio, que llevó directamente a las muñecas de la ilusión del terror. La acción parece que tuvo algún efecto, porque él la soltó. Amelie desesperada corrió hacia la puerta principal para poder huir de la situación, cuando el viene y le pega en el rostro, la agarra de los pelos y la estampa nuevamente en el suelo. Con el vidrio que ella no sabía que él tenía en la mano la apuntó, ella estiro sus manos y se cubrió en el momento justo. En las pupilas del suicida se reflejaba la mano que chorreaba sangre tibia de la viuda. Una sonrisa de lado, una risita apenas sonora, una ilusión suficientemente larga.

Se despertó cuando la anestesia comenzaba a dejar de hacer efecto, habitación blanca, el cuerpo más relajado de lo que esperaba. Cuando quiso levantarse su esfuerzo fue inútil, su cuerpo estaba encarcelado en una especie de camisa de fuerza, comenzó a gritar, pero nadie contestó a sus súplicas, nadie le prestó atención. 
Se quedó resignada, sabía que nadie vendría. No supo cuánto tiempo estuvo hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Sólo sabía que después de muchas horas incontables oyó una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oyó el ruido de los ladrillos en el agua. Permaneció rígida antes de darse cuenta de que se encontraba en posición horizontal. Entonces sintió el vacío inmenso. Sintió el trepidante y violento silencio de la sala, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas.
Luego de mucho tiempo un médico entró en la sala, con la aguja más puntiaguda que en su vida había visto. Ella con sus ojos suplicantes le decía que parara, que era verdad, que le mirara la cicatriz, que allí estaba.
El médico, con una sonrisa falsa, fingía comprender lo que la mujer le decía, dándole el pinchazo. Cayendo en el mismo abismo otra vez, lo que había sido su vida. La ilusión era interminable, así como la cicatriz que estaba hacía ya mucho tiempo, olvidada en su mano.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos El abandono y la pasividad, de Antonio Di Benedetto; Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez; y Cacería, de María Teresa Andruetto.

VALENTINA DEMARCHI


Simultáneo


Fue ahí cuando la vi. Me miraba con desconfianza, como si escondiera un secreto. Era una mujer rara, Andrée. Ese día fui para mi casa y vomité tres gatitos. Debo admitir que pasar de vomitar un gatito al día, a tres, dejaba mi garganta a la miseria. Podía notar, al tragar, cómo me ardía, cerca del paladar, y si mirabas muy de cerca hasta podías observar los rasguños. Un día, después de vomitar un gatito, fui al médico, se preocupó porque “tenía la garganta cortada”. Le podría haber dicho que había vomitado dos gatitos un poco gorditos, pero opté por mentirle que me había lastimado con las uñas al tener que vomitar. “Bueno, ya no lo hagas más, que se te puede infectar” ¿Te imaginás Andrée? Qué sé yo, para mí, me mintió el doctor, no creo que se te pueda infectar la garganta por vomitar gatitos. El que vomité la semana pasada hace tres días que no duerme. Como él, hace tres días que yo tampoco duermo. No puedo dormir y dejarlo ahí, llorando, triste y solo. Demasiado tengo con dejarlos cuando debo ir a trabajar. Ya ves, Andrée, después de vomitar diez gatitos tenés el corazón en la boca como cuando tenés hijos. Por eso, Andrée, tengo la casa desordenada todo el tiempo, es un quilombo. Como si fuéramos tantos. A los gatitos les encanta romper, arañan el tapiz, la madera, la pared (aunque no tanto porque los lastima) y la cama. Tengo todo desordenado y los gatitos no me dejan dormir cuando pasan sus uñas por algún lado, con el ruido chirriante que eso produce. Al gato negro le encanta afilárselas, está todo el día así y solo para para comer. Ay, pobre negrito. Me apena mucho tener que contar esto, pero un día lo intenté matar y ya ves, Andrée lo que dicen, que los gatos tienen siete vidas, pues debo admitir que es verdad. O por lo menos más de una vida tienen. Ay, pobre negrito, recuerdo bien cómo lo quise asfixiar con la almohada. Puse la almohada en su cabecita pequeña (aunque abarcaba todo su cuerpecito) y empecé a aplicar fuerza. Esperé 1,2,3 minutos y lo saqué y el negrito seguía intacto, bah, medio atontado por la falta de oxígeno, pero ahí estaba. Opté por probar otra vez, esta vez lo dejé 15 minutos. Con 15 minutos sin oxígeno el gato debía morir, pero no, Andrée, cuando saqué la almohada estaba toda arañada y había algodón por todos lados. Qué sé yo Andrée, los gatitos son de hierro. Después de eso no intenté asfixiar a ningún otro, aunque debo admitir, Andrée, que más de una vez he tenido el deseo. Bueno, creo que me fui por las ramas. Como decía, al otro día, la volví a ver. Yo sé, Andrée, que no debería andar mirando a mujeres por la calle, ni tendría que contarte esto, pero pasó algo peculiar. Ese día la mujer caminó, erguida y desconfiada; y cuando yo la miré a los ojos (porque siempre miro a los ojos a las personas) la mujer bajó la cabeza a mi garganta, Andrée. Como si supiera. Me puse nervioso, me empezaron a sudar las manos y sentí cómo el calor recorría mi cuerpo. Ella también parecía nerviosa. Esa noche estuve pensando todo el tiempo en ella. En cómo bajaba los ojos y miraba mi garganta. Yo creo, Andrée, que sabe de los gatitos. Después de eso no la vi más, y yo ya vomitaba menos gatitos. Ya no tenía la garganta tan lastimada y cuando podía, tomaba té con miel para aliviar el dolor, pero estaba mejor. Yo sé que insisto mucho con esta mujer, Andrée, que por cierto no me atrae para nada, pero es que el miércoles, después de una semana de nuestro último encuentro, la volví a ver. Esta vez se la notaba más tranquila. Recuerdo que estaba en la plaza fumando un cigarrillo cuando me acerqué, después de titubear un rato, y le pedí fuego. Cuando me lo estaba dando me volvió a mirar la garganta. Yo no podía más y hasta ya sentía bronca, pero quería saber qué sospechas tenía sobre mí. Cuando le devolví el encendedor apareció su hijo, Luc. Era un niño delgado y alegre, con mucha energía. Me saludó. Debo admitir, Andrée, que la madre era rara, pero el niño, ay, el niño tenía algo, algo extraño también. Al día siguiente, me invitó a tomar un café a su casa. A la tarde fui y por qué no, le llevé un gatito a Luc, le llevé al negrito. “Tomá, es muy manso” le dije y tomé mi café. Luc tenía 13 años y después de mirarlo mucho descubrí que se parecía tanto a mí, Andrée, es decir, se parecía mucho a mí cuando yo tenía su edad, aunque no recuerdo bien, porque la memoria me falla de vez en cuando, recuerdo que sus manos, su rostro y sus expresiones eran muy parecidas a las mías de niño, la torpeza al jugar, todo. Así fue como me empecé a juntar más con Luc, Andrée, y con su madre avejentada, creo que me faltó aclarar que la madre era medio grande. Todas las semanas iba a casa de Luc, tomaba el café que su madre preparaba y hablábamos. De la guerra, de la desocupación y de Luc. Durante el día yo podía hacer mi vida tranquila, a los gatitos los vomitaba de noche. Entre las 22:00 y las 23:00 horas, especialmente. Debo admitir que después de tomar café en la casa de la madre de Luc los gatitos me empezaron a salir como castaños, color café. Como te dije, Andrée, Luc se parecía a mí hasta en detalles pavos, es decir, Luc había pasado por una enfermedad que parecía interminable, al igual que yo a esa edad. Yo me había quebrado el brazo derecho y Luc el tobillo. Quiero decir, Andrée, ¿no sospechás que son demasiadas coincidencias? Porque yo sí, pero no me asusta, no, porque a raíz de conocer a este niño y de conocer su historia pude llegar a una conclusión, Andrée: somos inmortales. Sí, parece una locura, Andrée, pero con esto puedo llegar a una única conclusión, más específica. Luc va a vomitar gatitos como yo, o tal vez ya ha vomitado alguno, quiero decir, yo no recuerdo muy bien mi infancia, pero sí recuerdo haber vomitado una bola de pelos alguna vez, salían como los gatitos, secos y limpios, pero tal vez lo soñé y no lo recuerdo. Ahora bien ¿qué debería hacer? ¿tendría que decirle a Luc que va a vomitar gatitos? ¿si le digo, no se irá a asustar? Entonces no sé qué hacer Andrée, decime, Andrée ¿vos te asustarías si te digo que de acá a quince años vas a vomitar gatitos? Aunque, si Luc es como yo, estoy seguro que no se va a asustar.
 Un día decidí contarle. Los miércoles siempre iba a tomar el café y decidí hacerme el cuentista y contarle a Luc lo que me pasaba, en forma de relato. Le dije que hay gente que vomita gatos (aunque no sé si existe alguien más que yo y él) y también le dije que salen gatos secos y limpios y que debe comprarse anestesia para las encías y tomar un poquito en caso de que duela mucho la garganta. También le dije que a la gente que vomita gatos después le cuesta mucho tomar alcohol, que si tenés la garganta lastimada y tomás alcohol seguramente va a arder. Aunque si no tenés la garganta lastimada podés tomar alcohol tranquilo para que no te duela vomitar gatitos y como premio le traje otro de mis gatitos. En casa me quedaban once. Debo aclarar que los gatos que uno vomita no crecen. También le conté esto. El gato que le había regalado hace tiempo atrás sí había crecido, pero fuera de casa. En mi casa y en mi placar no crecen. Entonces le di el gatito, y lo saludé. Luc le puso mi nombre. Saludé a la madre y me fui. Desde ese día, Andrée, no volví a ver a Luc, ni a los gatitos, ni a la mamá, y tampoco vomité más gatitos. Tuve que dar en adopción los que ya tenía y me quedé con uno. Un gato negro al que le faltaba un ojo y que por eso nadie lo quería adoptar. Por supuesto, se llama Luc.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos Una flor amarilla y Carta a una señorita en París, de Julio Cortázar


SEBASTIÁN CONTRERAS


Viaje de ida


Palabra de honor, no la había visto en la perra vida. Eran como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el Gallego cierra el bar a la una en punto, sea invierno o verano, yo me iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito bajo los árboles. Era sábado, y al otro día no laburaba. La mina arrimó el Bora al cordón de la vereda y empezó a andar a la par mía, en segunda. Cómo habré ido de distraído que anduvimos así cosa de treinta metros y ella tuvo que frenar y llamarme en voz alta para que me diera vuelta. Lo primero que se me cruzó por la cabeza era que se había confundido, así que me quedé parado en medio de la vereda y ella tuvo que volver a llamarme. No sé qué cara habré puesto, pero ella se reía.
- ¿A mí, señora? -le digo, arrimándome.
-Sí -dice ella-. ¿No sabes dónde se puede comprar algo de merca?—
Se había inclinado sobre la ventanilla, pero yo no podía verla bien debido a la sombra de los árboles. Los ojos amarillos, como los de un gato; se reía tanto que pensé que había alguno con ella en el auto y estaban tratando de agarrarme para la joda. Me incliné. — ¿Merca? ¿Dijo merca?—
 —Sí, haceme la onda y tirame el dato —dijo la mina. Por la voz, le di unos treinta años. El Gallego sabe tener algunas cosas para los clientes más frecuentes, aunque nunca en grandes cantidades porque mayormente es para él. Si uno de nosotros se quiere tirar una cana al aire, se lo dice y el Gallego le contesta en voz baja que vuelva a los quince minutos.
—De acá a tres cuadras hay un bar —le dije—. Sabe tener de vez en cuando. Tiene que ir hasta Crespo y la Avenida. ¿Conoce? —Más o menos —dijo.
Me preguntó si estaba muy apurado y si quería acompañarla. "Cagué, pensé; una vieja alzada que quiere cargarme en el auto para tirarse conmigo en una zanja cualquiera”. El corazón me empezó a golpear fuerte dentro del pecho. Pero después pensé que si por casualidad el Gallego no había cerrado todavía y me veía aparecer con semejante mina en un auto como el que manejaba, bajándome a comprar merca, todo el barrio iba a decir al otro día que yo estaba dándome a la mala vida y que estaba por dejar de laburar para hacerme dealer. Para colmo, en verano las viejas son capaces de amanecer sentadas en la vereda.
—Te acompaño— le dije realmente sin ganas — Sino el Gallego es capaz de meterte un tiro—
Aunque mi respuesta fue medio desubicada vi como la mina medio se reía. Después de la compra, planeaba irme a casa como tenía pensado antes, pero…
—Voy a una fiesta ¿Venís? — Me dijo con su mirada felina de ojos amarillos casi prendida fuego
—Parece que no me queda de otra— Le contesté medio haciéndome el boludo, estaba regalada y no iba a rechazar una fiesta gratis.
Media hora en auto, avenidas, bulevares, calles, en todo el camino nos metimos mano cada vez que estaba un poco oscuro el camino para disimular un poco. Ya fuera de la ciudad se veía una sola casa de campo al final de la calle, todo iluminado y lleno de gente. Antes de bajar ella inhaló un poco y me dio a mí también, ya listos bajamos del auto y entramos a la casa repleta de gente, alcohol y drogas.
 —¡Vení pibe! — escuché entre la multitud decir a la mina. Por un segundo me pareció ver en su cara rasgos que no eran humanos, como si fuera algo más reprimiéndose por salir y sentí pánico, pero me contuve y seguí con la diversión. Al cabo de casi dos horas, se cortó la música y el DJ empezó a hablar, la verdad no entendía nada y mirando alrededor me di cuenta que no era el único que estaba así, pero en cambio había otros que lo escuchaban atentamente casi en trance. Entre los que escuchaban atentamente estaba ella, traté de hablarle pero me ignoraba y a la vez me sonreía. Nuevamente vi ese destello de una imagen que no era humana en su cara.
—…entonces damos por empezado el banquete— dijo entre la confusión el Dj, de la nada el destello que no era humano en la cara de la mina se vio en casi la mitad de las personas que podía llegar a ver, entre el miedo y la confusión la vi… transformarse en un monstruo entre gato y mujer para saltar sobre mí.

Nota: se han intervenido fragmentos del cuento Verde y negro, de Juan José Saer.

MELINA CARRANZA



La pérdida de papá nos tomó por sorpresa, dejándonos a todos destruidos. Íbamos todos los días a visitarlo al lugar donde hacía pocos días lo habíamos dejado. Una tarde encontré a un hombre cerca de los crematorios, un hombre inclinado sobre una tumba, que cambiaba flores. Hablaba solo, o con la melancólica compañía del recuerdo de alguien. Era la primera vez que lo cruzaba. Era algo alto, de barba, tenía un pelo muy oscuro y fumaba. Dijo que venía de la ciudad de Bruselas, que lo llamaban Florencio y se dedicaba a escribir, y que por varias razones viajaba mucho.

Después de aquello continué mi vida con normalidad, pero un día común donde, como todas las mañanas, iba a tomar el colectivo, volví a encontrarlo. Allí descubrí el porqué de un sueño reiterativo: encontrar a alguien todos los días, en el mismo horario, en el mismo lugar. Desde entonces se hizo normal verlo, por momentos su presencia me inquietaba, pero no había vuelto a hablarle.
Sin embargo, durante los días que lo crucé, sentí la curiosidad de acercarme a él, de preguntarle miles de cosas, y el miedo me ganaba. Fueron días bastantes extraños, solo a mí me daba intriga su presencia. Los demás actuaban como si nada, como si no estuviese, aunque su figura era colosal.
Una mañana lo vi leyendo una novela que se titulaba “Rayuela”, me sonaba algo conocida pero no podía recordar si la había leído ni quién era su autor. Al regresar a casa, investigué y las características del escritor coincidían con aquel hombre que había cruzado por varias semanas. Era algo loco, no lo podía creer. Esperé la siguiente mañana para volver a encontrarlo y decirle que admiraba sus cuentos, que justo ese día la profe Beti nos había dado para leer “Cartas de Mamá”, que había quedado encantada, que nunca antes había leído algo similar y que si podía firmarme un autógrafo para mi compañera Magda, que era su fan número 1 y que ya había leído la mayoría de sus cuentos.
Lo esperé y no llegaba. Decidí esperar el siguiente colectivo, quizás algo le había ocurrido. Fue en vano.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos El oboe que se escondió, de Daniel Moyano; y Réquiem para un laburante, de Pablo Ramos.

MARÍA JESÚS BELTRAMO


Vivir en soledad

“Cuando me hayan devuelto mi casa y mi vida,
entonces encontraré mi verdadero rostro”
Julio Cortázar

Somos una familia pequeña y humilde. De pronto nuestra vida da un giro total, porque papá gana la lotería. Muchas cosas cambian, la nueva posición social en la que nos encontramos nos aleja de algunas amistades, el cambio de trabajo de mi papá, el nuevo colegio, y la nueva casa; creemos que es lo mejor que nos pudo haber pasado.

La niñera sube a mi habitación. Me despierta a las siete menos diez como todas las mañanas, porque tengo que prepararme para ir a la escuela. Me llamo Luz, mi familia es creyente y agradecida, por lo que hago la oración de siempre para cumplir con Dios ni bien me despierto. Mis papás me esperan en el comedor con el desayuno listo, para arrancar feliz el día de mi cumpleaños número nueve. Además de niñera, también tenemos un chofer que se encarga de llevarnos donde sea.
Emprendemos el viaje de todas las mañanas dejando a papá en la oficina y dirigiéndonos a la escuela. El chófer recibe un disparo en la sien, lo que le provoca la muerte instantánea. Mi cabeza da contra el vidrio y caigo. Un grupo de hombres me callan los gritos.
Escucho a uno de estos hombres que planea el cobro de mi rescate, menciona que alguien cambió su amistad por dinero. Mientras, me amarran de pies y manos y me tiran a un piso húmedo.  Lloro hasta quedar dormida, o eso creo.

No sé cuánto tiempo quedo hundida en aquel estado. Sólo recuerdo que después de muchas horas incontables oí una voz que decía: “ahora podés correr la cama para este lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enferma, sino de convaleciente. Después oí a una chica sollozar.
Permanezco rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces siento el vacío inmenso. El estremecedor y violento silencio de ese lugar, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas.
Algo está pasando, están muy emocionados, quiero creer que voy a regresar a los brazos de mi familia. Es tanta la euforia que tienen, que uno de ellos olvida trabar la puerta cuando me trae la comida: es el momento de huir. Pero justo al cruzar el pasillo me encuentran:
- ¡Soltame! ¡Dejame! –grito sacudiendo la pierna.
-¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! – lloro imperiosamente. Trato aún de sujetarme del borde, pero me siento arrancada y caigo.
-Mamá, ¡Ay! Ma… - No puedo gritar más.
De pronto la silueta de uno de ellos me parece muy familiar, aunque no emita sonido alguno y tenga el rostro cubierto. Me arrojan nuevamente al lugar del encierro. No sé cuántas horas pasan, pero regresa uno de ellos y me dice que volveré a casa.

Después de mucho tiempo, aunque había noches en las que me sobresaltaba y despertaba angustiada, creí que todo se había terminado. Una vez, veo su cara tocar unas flores negras. Percibo débiles quejidos. Aquellas flores se quejaban, en efecto, y de sus corolas oscuras surgía una pululación de pequeñas ayes muy semejantes a los de un niño. La sugestión se había operado en forma completamente imprevista, y aquellas flores, durante su breve existencia, no hacían sino llorar.
Mi estupefacción había llegado al colmo, cuando de repente una idea terrible me asaltó. Recordé las leyendas de hechicería: la mandrágora llora también cuando se ha regado con la sangre de un niño; y con una sospecha que me hizo palidecer horriblemente, me incorporé.

La gran sorpresa de la visita de un viejo amigo de mi papá que hacía mucho tiempo que no veíamos, precisamente desde aquel día del gran premio. Me quedo inmovilizada, tomo la mano de mi mamá y la aprieto con todas mis fuerzas antes de romper en llanto. Su voz había quedado resonando en mi cabeza.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez; La gallina degollada, de Horacio Quiroga; y Viola Acherontia, de Leopoldo Lugones.

MILENA ARTACHO


Blanco fácil


No sé cuánto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Sólo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “ahora puedes correr la cama para este lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enferma, sino de convaleciente. Después oí a una chica sollozar. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso. Sentí el trepidante y violento silencio de ese lugar, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas.
Toda mi ropa y mi cabeza estaban cubiertas de sangre seca. Intenté ponerme de pie, pero tenía una mano esposada a la cama. Como pude, me di vuelta y vi que estaba en una habitación pequeña, sin ventanas. Un inodoro en un rincón, un plato de comida y un vaso de agua frente a una puerta cerrada herméticamente era todo lo que había.
-¿Hay alguien ahí? Dije.
-¡Hola! ¿Cómo te encuentras?  Por su voz, calculé que la chica tenía unos 20 años y que podía ser de Colombia o Venezuela.
-Con náuseas y un terrible dolor de cabeza.  ¿Sabes dónde estamos?
-Todavía no pude descubrirlo, pero supongo que en un campo a las afueras de Entre Ríos. Durante el viaje, desperté y oí a uno de ellos hablar por teléfono con su jefe. Le decía que todo iba bien, que estaban saliendo de Gualeguay y en media hora llegarían. Además, la chica de la habitación del lado me dijo que como era la única que estaba consciente, la hicieron caminar hasta aquí con los ojos vendados, y escuchó gallinas y un molino moviéndose.
-Ah, no estamos solas… Dije.
 -Yo fui la primera en llegar. Supongo que ya pasó una semana desde que me trajeron aquí, pero esta luz nunca se apaga, y es imposible tener noción alguna del tiempo. Es lo más desesperante de estar en este lugar. Eso, y el no saber qué harán con nosotras.

De repente una imagen vino a mi cabeza. Íbamos en un auto. Había dos hombres adelante y uno en el asiento trasero conmigo. Pude ver que en la antena de la radio flotaba locamente una bandera con una cruz roja, iban a más de cien kilómetros por hora y las luces decrecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante. Kilómetro a kilómetro los autos iban desapareciendo, y con ellos mis esperanzas de que alguien me viera y diera aviso a la policía. Lo último que recuerdo es que estábamos cerca de un peaje, y con mis últimas fuerzas intenté abalanzarme sobre la puerta, pero que la punta de algo golpeó mi cabeza y todo oscureció.
Durante esos días, la chica venezolana se volvió un gran apoyo moral para mí. Eugenia era su nombre. Era admirable su nivel de tranquilidad y madurez con sólo 19 años. Siempre tan optimista, que por momentos me hacía creer que todo esto era sólo un mal sueño.
Un día dos hombres con cofias y barbijos entraron a mi celda, me inyectaron y me llevaron a rastras. Sólo pude escuchar los gritos de Eugenia suplicando que no me llevaran. Otra vez el auto con la bandera y los hombres rodeándome. Otra vez una autopista oscura y los autos alejándose.
A la madrugada llegamos a una casa donde había tres chicas más. Nos hicieron bañar, nos dieron ropa limpia, valijas, un nuevo DNI y pasaporte. También una foto de nuestra familia, advirtiéndonos que con cada orden que desobedeciéramos, ellos pagarían las consecuencias. De ahí nos llevaron al aeropuerto. Nos prohibieron hablar entre nosotras y con cualquier otra persona. La presión del gatillo sobre mi cadera se había vuelto tan usual, que ya casi no la sentía.
Durante el vuelo, lo único que pude divisar fue que uno de ellos tenía tatuada la cara de una chica en su brazo. Cuando se dio cuenta, lo ocultó rápidamente. Había algo en su mirada que me resultaba familiar, y una sensación de escalofríos atravesó todo mi cuerpo.
Al llegar a Madrid nos quitaron los pasaportes. No sé si dolieron más los golpes durante el encierro, o la impotencia de ver tanta gente a mi alrededor y no poder pedir ayuda. Nos llevaron a una casa lujosa en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, y esa misma noche, a una especie de club en donde confirmé lo inevitable: “Desde ahora trabajan para la agencia de modelaje Global Models, serán escort de lujo”. Nos pusieron en frente de una cámara y nos obligaron a filmar un video diciendo que éramos modelos y que estábamos allí por voluntad propia.

Durante ocho años no quise levantarme, las noches se me hacían largas, monótonas y poco diferenciables. Ya no sentía, no me daba más el cuerpo, la mente ni el alma.
Sin familia, sin derechos, sin mi propio cuerpo. En los últimos años tuve la extraña impresión de que el recuerdo de mi familia y amigos se iba difuminando. Es raro lo distante que se puede volver, con el tiempo, la sensibilidad de nuestra adolescencia.
Una noche me tocó ir a un evento particular junto a tres chicas más. Por fuera aparentaba ser un simple bar, pero adentro traficaban armas, drogas y mujeres. Comenzaron a exhibirnos como si fuéramos animales en una subasta de campo. Fui vendida por una noche al tipo del “número 3”. Para ese tiempo, ya me daba igual lo que hicieran conmigo.
Un whisky, un ron, otro whisky. Su excitación, la adrenalina y dos luces blancas acercándose hacia nosotros. Sus ojos extasiados atravesando el parabrisas, y ningún sobreviviente según los medios.

Por el tragaluz que da justo bajo la vidriera donde mato moscas veo a las mujeres que se paran a mirar los postres decorados; me pego a la pared del sótano y puedo ver sus piernas desde abajo. Unos tacos altos, la piel chocolate, una pequeña cruz roja en su tobillo, tan roja como aquella, que en la noche se abría paso. Compra una docena de buñuelos de Yuca y se va, no sin antes comentarle al panadero que es el primer lugar, en ocho años, donde los consigue.
Cerca de la puerta se agacha a levantar un billete y en sus ojos puedo ver aquella mirada, tan fría y penetrante como la de aquel vuelo del infierno.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez; Autopista del sur, de Julio Cortázar; Tula en la cabalgata, de Daniel Moyano y de la novela Felices hasta que amanezca, de Florencia Abbate.

JULIETA ANELLO COHEN


Vuelo negro


Cerca de los crematorios, un hombre inclinado sobre una tumba cambiaba flores. Hablaba solo, o con la melancólica compañía del recuerdo de alguien. Yo volví a mi padre, era como si haber escrito no me hubiese alcanzado para nada, pensé en que publicar podía ponerle fin al tema. Pero en ese momento me di cuenta de que mi madre no iba a poder hacer lo que ese hombre estaba haciendo, no iba a poder cambiar las flores de la tumba de mi padre.
Fue aquella tarde de fines de invierno cuando me dijeron, una vez más, que me había vuelto un extraño. Las hojas secas revoloteaban en el viento norte. El mate, ya lavado, fue el único testigo del cesar de la sirena de la ambulancia. La mirada aliviada de los vecinos le convidaba una tensa calidez a aquella siesta.
Todo pasó demasiado rápido. Cuando me di cuenta, me encontraba en el patio cercado de una manzana pidiendo cigarrillos a los transeúntes. Pero a ellos no les salían palabras, sólo balbuceos y mucha, mucha saliva aguada y espesa, como el líquido del inyectable.
Al atardecer el aroma a sopa envolvía todo el espacio.  Se cenaba bien temprano, tan temprano que aún me encontraba sin saber por qué había terminado ahí. En la sobremesa de gelatina intenté atar cabos. Parece ser que a los cuerdos de chaqueta blanca también les resultó extraño.
A medida que los días pasaron fui perdiendo la noción de mi estadía. Me hice compadre de un ex aviador solo porque sus historias eran las más interesantes. La sensación de despegue era tan real que al menos una vez por día nuestra imaginación dejaba entrever campos de lavanda o hectáreas de girasoles. Sentíamos cada costumbre como propia, de los lugares que Alberto conoció en su juventud. A veces el té de media tarde era de China, otras, el arroz nocturno era casi tan picante como el de Perú.
Una mañana no apareció para el desayuno. Me llamaron las enfermeras por privado (ahí es cuando uno se da cuenta de que algo no está del todo bien), así que fui a verlo por expreso pedido de su médico. El enfermero de turno, que llevaba la mirada tan perdida como la de los internos, me hizo pasar a la sala de espera. El lugar daba pena; un amplio salón de paredes descascaradas e iluminado por tubos fluorescentes cuyas ventanas estaban atravesadas por dos clases de enrejados, uno interno de barrotes gruesos y otro externo, de alambre oxidado. La noche anterior mi amigo Alberto no soportó mantener los pies sobre la tierra y se había colgado. Todavía no entiendo por qué me llamaron a mí, pero se notaba que afuera, como adentro, nadie lo esperaba.
Aquel día estuvieron todos bastante mal. Yo podía oír en los murmullos la culpa que me tiraban encima. Decían que el comportamiento de Alberto había cambiado desde que yo entré. No tuve manera de negarlo, al menos yo fui notando más vitalidad en esos ojos de ayer, en esos labios que ya estaban hartos de pronunciar el silencio.
Esa misma noche encontré una carta con un mapa, debajo de mi almohada. La operación no parecía muy complicada, así que la puse en marcha. Es raro que nadie antes le hubiese hecho la segunda. O la primera. Porque él ya había volado.     
Se puede decir que el insomnio fue bien aprovechado. Cuando entre a casa aún estaba bastante ensordecido y me temblaban las piernas. La pureza de la luz solar triunfaba sobre el amarillo tenue, ya extemporáneo, que permanecía derivando de los dos focos. La luz solar, consecuente inspectora, encuentra que todo está. Hay menos orden: la colcha arrugada, cajones abiertos… aunque todo permanece. Faltan del cajón de la ropa de hombre una camisa, un pañuelo y un par de medias; pero encima de una silla quedan otra camisa, otro pañuelo y un par de medias, sucios. Inmediatamente supe que en el velorio estaríamos vestidos de igual a igual, como cuando yo era un niño.
Es martes y no puedo faltar. Tengo que estar para cambiarle las flores también a mamá.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos El abandono y la pasividad, de Antonio Di Benedetto; Letras modernas, de David Voloj; y Réquiem para un laburante, de Pablo Ramos.