TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


GASTÓN GALLARDO SEGUÍ


La violencia del silencio


Fui a verla por expreso pedido de su médico. El enfermero de turno, que llevaba la mirada tan perdida como la de los internos, me hizo pasar a la sala de espera. El lugar daba pena; un amplio salón de paredes descascaradas e iluminado por tubos fluorescentes cuyas ventanas estaban atravesadas por dos clases de enrejados, uno interno de barrotes gruesos, y otro externo, de alambre oxidado. El salón estaba vacío, pero se sentía la desesperación de las que pasaron por ahí. Almas aterrorizadas y aterrorizantes que se aferraron a las paredes y nunca lograron descansar.
Cuando me llamó Clara quedé shockeada. “Violaron a tu hermana –me dijo– escuché un auto arrancar e irse volando y las gallinas se pusieron locas. La encontré en la casita del frente, mudó su habitación ahí”. Dieciséis años tiene, y estos hijos de re mil yuta le arruinan la vida por puro morbo. Cuando la encontró en el piso, llamó a la ambulancia del pueblo y arrancó para la ciudad. Hace quince años me fui y siguen usado la misma furgo para no invertir en una ambulancia en serio. Negligencia inaudita. No es que pase mucho en un pueblo de 2000 habitantes, pero… ahí fueron. En la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a cien kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.
Para cuando llegué al hospital, a Sofi ya le habían dado el alta, Clara había hecho la denuncia y el mundo mantuvo su vista al frente. Nada más que un “pobrecita”, o un “tan joven”. No dijeron nada de cómo iba vestida porque la encontraron en su propia casa, pero no me hubiese sorprendido. Nadie habla de lo violento que es el silencio. Callar lastima más que cualquier arma.
Dos meses pasaron sin que Sofi salga de su encierro. “No sale de la pieza” –me dijo Clara–. Me despierta el timbre de casa. Segundo shock: “quiero abortar –me dice llorando– No puedo ten… no quiero, no puedo, no”. ¿Qué le voy a decir? Contacto con el Colectivo Feminista, hablo con Jenny: “Clínica Clandestina. Son buena gente, pero no están equipados. No esperes más de lo que les estás pagando”. Turno: 23 de marzo, 2 am, en pleno centro. La acompaño, dejo la plata y me dejan afuera. Horas después, no sé cuántas –muchas–, me hacen pasar:
— El médico quiere que la veas —me dice el enfermero, como perdido.
Me encierran en la sala de espera. No podía definir si era una clínica o una cárcel. Poca luz, rejas, alambres. Quien supongo el médico me llama. Entro a la sala, lloro.
Desde ese día no puedo dejar de recrear lo que vivió aquella noche, tan vívido y brutal como me lo contó. Por odio, por morbo, por amor, por mi hermana y por todas las que lo vivimos, imagino:
—¡Soltame! ¡Dejame! —grito sacudiendo la pierna. Pero soy atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloro imperiosamente. Trato de sujetarme del borde, pero me arrancan y caigo.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No puedo gritar más. Uno de ellos me aprieta el cuello, apartando mis bucles como si fueran plumas, y los otros me arrastran de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándome la vida, segundo por segundo.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos Letras modernas, de David Voloj; Autopista del sur, de Julio Cortázar; y La gallina degollada, de Horacio Quiroga.


SIGRID FERREYRA SILVA


La cicatriz


Allí estaba, fingiendo que no le importaba y tomando cada vaso con fervor, como si fuera el último. Obligando al licor que hiciera efecto en su memoria porque así ya no podría recordar. Siempre se sentía miserable, así era, desde ese día, desde que Eli se fue, sus vidas nunca fueron las mismas. Peleas todos los días, violencia verbal, a veces física. Ellos eran felices antes, cuando no tenían nada, solo el amor. Luego fueron haciendo cada vez más dinero y al cumplir cuarenta descubrieron las delicias de la vida sibarítica e hicieron un plan riguroso de comidas donde no faltaban las macadamias ni los cocos, ni las castañas de cajú, ni las salsas espesadas con crema, con el propósito de engordar en un año no menos de sesenta kilos. Capaz eso era lo que había destruido su matrimonio, tanta riqueza y tan poco tiempo entre ellos dos, tan poco tiempo  pensando en Eli, su hija que fue al principio la luz de sus vidas y luego, cuando se fue, lo peor de ella, solo recuerdos dolorosos. Pero había algo, eso que no les permitía separarse y dar fin al inestable matrimonio que tenían desde hacía ya meses.

Música suave. Parejas que bailaban tranquilamente. Mujeres bonitas, hermosos hombres, alguno que otro intruso alrededor de las mesas. El clima en el bar esa noche estaba más calmado que otros días. Parecía que la música hechizaba cada oído de cada persona en el lugar. Las hacía sumergirse a un lugar único en sus mentes, fantasías casi palpables en el aire. Un clima caóticamente hermoso que parecía irreal.
Perdida en los efectos instantáneos del alcohol, ella veía lo que quería ver. Pero algo en especial llamó su atención, había un hombre que la observaba, el señor de la casa grande. Ahora la atención era mutua, la tensión tangible, la mirada que el viejo le daba era piadosa. Cuando apartó la vista, a lo lejos vio al comisario entrando al bar que, abriéndose paso entre la multitud, marchaba hacia ella.
-          Comisario – dijo ella
-          ¿Le importaría concederme un minuto? Tengo que hablar con usted a solas
-         ¿Ahora? Pero ¿Qué…? – quería quedarse en el bar, pero cuando vio lo serio que estaba el comisario supo que algo bueno no había pasado – Salgamos – dijo y se levantó
Como en la mayoría de los pueblos de la zona la población no era mucha, y ya para las tres de la madrugada no eran sino puros gatos y perros callejeros los que se adueñaban del pueblo. Las calles silenciosas, como escuchando. La dama y el comisario se alejaron un poco de las puertas del bar, ella seguía escuchando a lo lejos la suave música de la que había sido presa unos minutos atrás. Con su cabeza algo confundida por los tragos, haciendo un esfuerzo por atender al comisario, se paró, consciente de que debía mantener el equilibrio, hasta que por fin el comisario habló.
-          ¿Sabía usted qué su marido iba a ir esta noche a Saint- Terre?
-          No entiendo lo que dice. Él es libre de…
-          Estoy diciendo si él le informó que iba a visitar la mansión.
-          No.
-          ¿Alguno de los dos había estado allí después de…?
Ella negó rápidamente con la cabeza.
-          Jamás
-          Su marido… ha ido solo
La mirada impaciente de la mujer le indicó al comisario que continuara.
-          Ha ocurrido un accidente
-          Con el coche ¿verdad? Le dije que…
-          No, señora. Su marido ha atentado contra su vida.
Los ojos de Amelie se llenaron de asombro y duda, toques de tristeza. Por un instante casi empezaba a reír. Aunque no sabía si era por los tragos, por lo irreal que sonaba lo que oía, o alivio. Ajena al sigiloso peligro inminente continuo.
-          Eso no… ¿Antoni?
-          Se ha disparado un tiro en la…
-          Está bien.
Ella ya sabía dónde había terminado esa bala, porque días atrás lo había encontrado practicando, casi ensayando lo que iba a hacer. A regañadientes ella lo detuvo, no sabía si lo hacía por llamar su atención, o si era realmente por la depresión. Aunque ella nunca pensó que sería tan valiente como para suicidarse. No pensó que sería tan egoísta como para dejarla tan sola. Después de todo lo vivido, después de todo lo que habían hecho.
Cuando dejó que sus pensamientos se alejaran de su mente con las piernas temblorosas se alejó del lugar, dejando al comisario atrás, entró a su auto y lo puso en marcha. El camino parecía aún más largo de lo que era, por un momento pensó si siempre había sido tan escalofriante como esa noche. Iba maquinando, preparándose para lo peor, su casa. Cuando se estacionó, bajó del auto, caminó hasta su puerta y entró, no sin antes respirar profundamente. Allí estaba, vacía, solo ella.
La luz, consecuente inspectora, encuentra que todo está. Hay menos orden: la colcha arrugada, cajones abiertos…aunque todo permanece. Faltan del cajón de la ropa de hombre una camisa, un pañuelo y un par de medias; pero encima de una silla quedan otra camisa, otro pañuelo y un par de medias, sucios.
Fue hacia su cuarto y se quedó helada al ver un sobre en la mesa de noche. Caminando como no queriendo, fue sin embargo hasta él. Era una carta de despedida. La tomó en sus manos y comenzó a leerla, cada línea era más despedazante que la anterior, cada palabra la fracturaba en lugares que ni ella sabía que tenía. Y el final la dejó tiesa.

Cada paso que daba era una tortura. La tristeza que me carcomía y finalmente me devoró por completo. La depresión era más fuerte de lo que pensé.
Yo no hice nada malo. Cuando él me dijo tan calmado que fue por mi personalidad, pensé que era muy fácil para un doctor. Muchas personas me culparon, sé que no es así como sucedieron las cosas. Me dijeron que fuera por ayuda, fui con un médico, me dijo que buscara la razón del dolor. Eso lo sé muy bien. El dolor es culpa mía. Todo es mi culpa, porque nací así. Doctor, ¿eso era lo que querías oír? No me ayudó para nada.
Hay gente que vive vidas más difíciles que la mía y parecen estar bien. Hay gente que es más débil que yo, que también lo parecen. Pero eso no debe ser cierto. Entre las personas del mundo, nadie tiene una vida más difícil que la mía, nadie es más débil que yo, yo era el que peor se sentía. Tu lugar en el purgatorio no existe, yo lo sabía, lo sé. Es mentira lo del cielo y el infierno, es mentira que te juzgan, uno se muere, y solo deja de existir. Aquí están esas consecuencias irreparables. Aunque no puedas despedirme con una sonrisa decime que lo he hecho bien. Lo hice bien.

Cuando terminó de leer, apretó la carta, la estrujó. Como si quisiera exprimir lo poco que quedaba de aquel hombre. Después de haber derramado un par lágrimas fue hacia su armario, vistió su pijama y se dispuso a dormir. Al otro día iba a ser una jornada más que larga.
El día más largo de su vida. El sol que odiaba en todo su esplendor, el cajón color negro, ese rostro tan muerto.
Al regresar a la casa lo menos que podía hacer era descansar. Los recuerdos la atormentaban. La iglesia, la sala, los pésames que le habían dado, la mirada del señor Saint Terre que nunca pudo descifrar. Se obligó a descansar, se acostó en la gran cama que no estaba lo suficientemente deshabitada. En un movimiento de cabeza, cuando su vista se acostumbró a la oscuridad logró ver algo. Parado en el umbral de la puerta, alguien mirándola, ojos amantes, cargados de odio, esos ojos que la culpaban. Amelie se levantó inmediatamente de la cama, buscó el interruptor y cuando encendió la luz, no había nadie. Su corazón palpitaba a mil, supuso que lo había imaginado. Se decía a sí misma que bajar a la cocina para tomar poco de agua la calmaría. Pero algo la espantó, porque el vaso de agua cayó en el suelo haciéndose añicos.

Sus ojos cansados comenzaron a cerrarse, luego se abrían lentamente, el lapsus de tiempo que estuvo inconsciente fue mínimo. Se dio media vuelta y como algo que no existiera lo ignoró, aunque inmediatamente sintió cómo la tomaban de la parte trasera de su cuello. El sujeto tiró de su pijama y la arrodilló en contra de su voluntad en el suelo. Vio la sombra, la mujer gritaba. Ella sabía que alguien la escuchaba. Las manos familiares que la agarraban del cuello se acomodaban perfectamente en él. Esos robustos dedos que estaban le estaban quitando su último respiro. Quiso zafarse pero fue en vano, aunque logró estirarse lo suficiente para agarrar del suelo pedazos de vidrio, que llevó directamente a las muñecas de la ilusión del terror. La acción parece que tuvo algún efecto, porque él la soltó. Amelie desesperada corrió hacia la puerta principal para poder huir de la situación, cuando el viene y le pega en el rostro, la agarra de los pelos y la estampa nuevamente en el suelo. Con el vidrio que ella no sabía que él tenía en la mano la apuntó, ella estiro sus manos y se cubrió en el momento justo. En las pupilas del suicida se reflejaba la mano que chorreaba sangre tibia de la viuda. Una sonrisa de lado, una risita apenas sonora, una ilusión suficientemente larga.

Se despertó cuando la anestesia comenzaba a dejar de hacer efecto, habitación blanca, el cuerpo más relajado de lo que esperaba. Cuando quiso levantarse su esfuerzo fue inútil, su cuerpo estaba encarcelado en una especie de camisa de fuerza, comenzó a gritar, pero nadie contestó a sus súplicas, nadie le prestó atención. 
Se quedó resignada, sabía que nadie vendría. No supo cuánto tiempo estuvo hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Sólo sabía que después de muchas horas incontables oyó una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oyó el ruido de los ladrillos en el agua. Permaneció rígida antes de darse cuenta de que se encontraba en posición horizontal. Entonces sintió el vacío inmenso. Sintió el trepidante y violento silencio de la sala, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas.
Luego de mucho tiempo un médico entró en la sala, con la aguja más puntiaguda que en su vida había visto. Ella con sus ojos suplicantes le decía que parara, que era verdad, que le mirara la cicatriz, que allí estaba.
El médico, con una sonrisa falsa, fingía comprender lo que la mujer le decía, dándole el pinchazo. Cayendo en el mismo abismo otra vez, lo que había sido su vida. La ilusión era interminable, así como la cicatriz que estaba hacía ya mucho tiempo, olvidada en su mano.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos El abandono y la pasividad, de Antonio Di Benedetto; Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez; y Cacería, de María Teresa Andruetto.

VALENTINA DEMARCHI


Simultáneo


Fue ahí cuando la vi. Me miraba con desconfianza, como si escondiera un secreto. Era una mujer rara, Andrée. Ese día fui para mi casa y vomité tres gatitos. Debo admitir que pasar de vomitar un gatito al día, a tres, dejaba mi garganta a la miseria. Podía notar, al tragar, cómo me ardía, cerca del paladar, y si mirabas muy de cerca hasta podías observar los rasguños. Un día, después de vomitar un gatito, fui al médico, se preocupó porque “tenía la garganta cortada”. Le podría haber dicho que había vomitado dos gatitos un poco gorditos, pero opté por mentirle que me había lastimado con las uñas al tener que vomitar. “Bueno, ya no lo hagas más, que se te puede infectar” ¿Te imaginás Andrée? Qué sé yo, para mí, me mintió el doctor, no creo que se te pueda infectar la garganta por vomitar gatitos. El que vomité la semana pasada hace tres días que no duerme. Como él, hace tres días que yo tampoco duermo. No puedo dormir y dejarlo ahí, llorando, triste y solo. Demasiado tengo con dejarlos cuando debo ir a trabajar. Ya ves, Andrée, después de vomitar diez gatitos tenés el corazón en la boca como cuando tenés hijos. Por eso, Andrée, tengo la casa desordenada todo el tiempo, es un quilombo. Como si fuéramos tantos. A los gatitos les encanta romper, arañan el tapiz, la madera, la pared (aunque no tanto porque los lastima) y la cama. Tengo todo desordenado y los gatitos no me dejan dormir cuando pasan sus uñas por algún lado, con el ruido chirriante que eso produce. Al gato negro le encanta afilárselas, está todo el día así y solo para para comer. Ay, pobre negrito. Me apena mucho tener que contar esto, pero un día lo intenté matar y ya ves, Andrée lo que dicen, que los gatos tienen siete vidas, pues debo admitir que es verdad. O por lo menos más de una vida tienen. Ay, pobre negrito, recuerdo bien cómo lo quise asfixiar con la almohada. Puse la almohada en su cabecita pequeña (aunque abarcaba todo su cuerpecito) y empecé a aplicar fuerza. Esperé 1,2,3 minutos y lo saqué y el negrito seguía intacto, bah, medio atontado por la falta de oxígeno, pero ahí estaba. Opté por probar otra vez, esta vez lo dejé 15 minutos. Con 15 minutos sin oxígeno el gato debía morir, pero no, Andrée, cuando saqué la almohada estaba toda arañada y había algodón por todos lados. Qué sé yo Andrée, los gatitos son de hierro. Después de eso no intenté asfixiar a ningún otro, aunque debo admitir, Andrée, que más de una vez he tenido el deseo. Bueno, creo que me fui por las ramas. Como decía, al otro día, la volví a ver. Yo sé, Andrée, que no debería andar mirando a mujeres por la calle, ni tendría que contarte esto, pero pasó algo peculiar. Ese día la mujer caminó, erguida y desconfiada; y cuando yo la miré a los ojos (porque siempre miro a los ojos a las personas) la mujer bajó la cabeza a mi garganta, Andrée. Como si supiera. Me puse nervioso, me empezaron a sudar las manos y sentí cómo el calor recorría mi cuerpo. Ella también parecía nerviosa. Esa noche estuve pensando todo el tiempo en ella. En cómo bajaba los ojos y miraba mi garganta. Yo creo, Andrée, que sabe de los gatitos. Después de eso no la vi más, y yo ya vomitaba menos gatitos. Ya no tenía la garganta tan lastimada y cuando podía, tomaba té con miel para aliviar el dolor, pero estaba mejor. Yo sé que insisto mucho con esta mujer, Andrée, que por cierto no me atrae para nada, pero es que el miércoles, después de una semana de nuestro último encuentro, la volví a ver. Esta vez se la notaba más tranquila. Recuerdo que estaba en la plaza fumando un cigarrillo cuando me acerqué, después de titubear un rato, y le pedí fuego. Cuando me lo estaba dando me volvió a mirar la garganta. Yo no podía más y hasta ya sentía bronca, pero quería saber qué sospechas tenía sobre mí. Cuando le devolví el encendedor apareció su hijo, Luc. Era un niño delgado y alegre, con mucha energía. Me saludó. Debo admitir, Andrée, que la madre era rara, pero el niño, ay, el niño tenía algo, algo extraño también. Al día siguiente, me invitó a tomar un café a su casa. A la tarde fui y por qué no, le llevé un gatito a Luc, le llevé al negrito. “Tomá, es muy manso” le dije y tomé mi café. Luc tenía 13 años y después de mirarlo mucho descubrí que se parecía tanto a mí, Andrée, es decir, se parecía mucho a mí cuando yo tenía su edad, aunque no recuerdo bien, porque la memoria me falla de vez en cuando, recuerdo que sus manos, su rostro y sus expresiones eran muy parecidas a las mías de niño, la torpeza al jugar, todo. Así fue como me empecé a juntar más con Luc, Andrée, y con su madre avejentada, creo que me faltó aclarar que la madre era medio grande. Todas las semanas iba a casa de Luc, tomaba el café que su madre preparaba y hablábamos. De la guerra, de la desocupación y de Luc. Durante el día yo podía hacer mi vida tranquila, a los gatitos los vomitaba de noche. Entre las 22:00 y las 23:00 horas, especialmente. Debo admitir que después de tomar café en la casa de la madre de Luc los gatitos me empezaron a salir como castaños, color café. Como te dije, Andrée, Luc se parecía a mí hasta en detalles pavos, es decir, Luc había pasado por una enfermedad que parecía interminable, al igual que yo a esa edad. Yo me había quebrado el brazo derecho y Luc el tobillo. Quiero decir, Andrée, ¿no sospechás que son demasiadas coincidencias? Porque yo sí, pero no me asusta, no, porque a raíz de conocer a este niño y de conocer su historia pude llegar a una conclusión, Andrée: somos inmortales. Sí, parece una locura, Andrée, pero con esto puedo llegar a una única conclusión, más específica. Luc va a vomitar gatitos como yo, o tal vez ya ha vomitado alguno, quiero decir, yo no recuerdo muy bien mi infancia, pero sí recuerdo haber vomitado una bola de pelos alguna vez, salían como los gatitos, secos y limpios, pero tal vez lo soñé y no lo recuerdo. Ahora bien ¿qué debería hacer? ¿tendría que decirle a Luc que va a vomitar gatitos? ¿si le digo, no se irá a asustar? Entonces no sé qué hacer Andrée, decime, Andrée ¿vos te asustarías si te digo que de acá a quince años vas a vomitar gatitos? Aunque, si Luc es como yo, estoy seguro que no se va a asustar.
 Un día decidí contarle. Los miércoles siempre iba a tomar el café y decidí hacerme el cuentista y contarle a Luc lo que me pasaba, en forma de relato. Le dije que hay gente que vomita gatos (aunque no sé si existe alguien más que yo y él) y también le dije que salen gatos secos y limpios y que debe comprarse anestesia para las encías y tomar un poquito en caso de que duela mucho la garganta. También le dije que a la gente que vomita gatos después le cuesta mucho tomar alcohol, que si tenés la garganta lastimada y tomás alcohol seguramente va a arder. Aunque si no tenés la garganta lastimada podés tomar alcohol tranquilo para que no te duela vomitar gatitos y como premio le traje otro de mis gatitos. En casa me quedaban once. Debo aclarar que los gatos que uno vomita no crecen. También le conté esto. El gato que le había regalado hace tiempo atrás sí había crecido, pero fuera de casa. En mi casa y en mi placar no crecen. Entonces le di el gatito, y lo saludé. Luc le puso mi nombre. Saludé a la madre y me fui. Desde ese día, Andrée, no volví a ver a Luc, ni a los gatitos, ni a la mamá, y tampoco vomité más gatitos. Tuve que dar en adopción los que ya tenía y me quedé con uno. Un gato negro al que le faltaba un ojo y que por eso nadie lo quería adoptar. Por supuesto, se llama Luc.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos Una flor amarilla y Carta a una señorita en París, de Julio Cortázar


SEBASTIÁN CONTRERAS


Viaje de ida


Palabra de honor, no la había visto en la perra vida. Eran como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el Gallego cierra el bar a la una en punto, sea invierno o verano, yo me iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito bajo los árboles. Era sábado, y al otro día no laburaba. La mina arrimó el Bora al cordón de la vereda y empezó a andar a la par mía, en segunda. Cómo habré ido de distraído que anduvimos así cosa de treinta metros y ella tuvo que frenar y llamarme en voz alta para que me diera vuelta. Lo primero que se me cruzó por la cabeza era que se había confundido, así que me quedé parado en medio de la vereda y ella tuvo que volver a llamarme. No sé qué cara habré puesto, pero ella se reía.
- ¿A mí, señora? -le digo, arrimándome.
-Sí -dice ella-. ¿No sabes dónde se puede comprar algo de merca?—
Se había inclinado sobre la ventanilla, pero yo no podía verla bien debido a la sombra de los árboles. Los ojos amarillos, como los de un gato; se reía tanto que pensé que había alguno con ella en el auto y estaban tratando de agarrarme para la joda. Me incliné. — ¿Merca? ¿Dijo merca?—
 —Sí, haceme la onda y tirame el dato —dijo la mina. Por la voz, le di unos treinta años. El Gallego sabe tener algunas cosas para los clientes más frecuentes, aunque nunca en grandes cantidades porque mayormente es para él. Si uno de nosotros se quiere tirar una cana al aire, se lo dice y el Gallego le contesta en voz baja que vuelva a los quince minutos.
—De acá a tres cuadras hay un bar —le dije—. Sabe tener de vez en cuando. Tiene que ir hasta Crespo y la Avenida. ¿Conoce? —Más o menos —dijo.
Me preguntó si estaba muy apurado y si quería acompañarla. "Cagué, pensé; una vieja alzada que quiere cargarme en el auto para tirarse conmigo en una zanja cualquiera”. El corazón me empezó a golpear fuerte dentro del pecho. Pero después pensé que si por casualidad el Gallego no había cerrado todavía y me veía aparecer con semejante mina en un auto como el que manejaba, bajándome a comprar merca, todo el barrio iba a decir al otro día que yo estaba dándome a la mala vida y que estaba por dejar de laburar para hacerme dealer. Para colmo, en verano las viejas son capaces de amanecer sentadas en la vereda.
—Te acompaño— le dije realmente sin ganas — Sino el Gallego es capaz de meterte un tiro—
Aunque mi respuesta fue medio desubicada vi como la mina medio se reía. Después de la compra, planeaba irme a casa como tenía pensado antes, pero…
—Voy a una fiesta ¿Venís? — Me dijo con su mirada felina de ojos amarillos casi prendida fuego
—Parece que no me queda de otra— Le contesté medio haciéndome el boludo, estaba regalada y no iba a rechazar una fiesta gratis.
Media hora en auto, avenidas, bulevares, calles, en todo el camino nos metimos mano cada vez que estaba un poco oscuro el camino para disimular un poco. Ya fuera de la ciudad se veía una sola casa de campo al final de la calle, todo iluminado y lleno de gente. Antes de bajar ella inhaló un poco y me dio a mí también, ya listos bajamos del auto y entramos a la casa repleta de gente, alcohol y drogas.
 —¡Vení pibe! — escuché entre la multitud decir a la mina. Por un segundo me pareció ver en su cara rasgos que no eran humanos, como si fuera algo más reprimiéndose por salir y sentí pánico, pero me contuve y seguí con la diversión. Al cabo de casi dos horas, se cortó la música y el DJ empezó a hablar, la verdad no entendía nada y mirando alrededor me di cuenta que no era el único que estaba así, pero en cambio había otros que lo escuchaban atentamente casi en trance. Entre los que escuchaban atentamente estaba ella, traté de hablarle pero me ignoraba y a la vez me sonreía. Nuevamente vi ese destello de una imagen que no era humana en su cara.
—…entonces damos por empezado el banquete— dijo entre la confusión el Dj, de la nada el destello que no era humano en la cara de la mina se vio en casi la mitad de las personas que podía llegar a ver, entre el miedo y la confusión la vi… transformarse en un monstruo entre gato y mujer para saltar sobre mí.

Nota: se han intervenido fragmentos del cuento Verde y negro, de Juan José Saer.

MELINA CARRANZA



La pérdida de papá nos tomó por sorpresa, dejándonos a todos destruidos. Íbamos todos los días a visitarlo al lugar donde hacía pocos días lo habíamos dejado. Una tarde encontré a un hombre cerca de los crematorios, un hombre inclinado sobre una tumba, que cambiaba flores. Hablaba solo, o con la melancólica compañía del recuerdo de alguien. Era la primera vez que lo cruzaba. Era algo alto, de barba, tenía un pelo muy oscuro y fumaba. Dijo que venía de la ciudad de Bruselas, que lo llamaban Florencio y se dedicaba a escribir, y que por varias razones viajaba mucho.

Después de aquello continué mi vida con normalidad, pero un día común donde, como todas las mañanas, iba a tomar el colectivo, volví a encontrarlo. Allí descubrí el porqué de un sueño reiterativo: encontrar a alguien todos los días, en el mismo horario, en el mismo lugar. Desde entonces se hizo normal verlo, por momentos su presencia me inquietaba, pero no había vuelto a hablarle.
Sin embargo, durante los días que lo crucé, sentí la curiosidad de acercarme a él, de preguntarle miles de cosas, y el miedo me ganaba. Fueron días bastantes extraños, solo a mí me daba intriga su presencia. Los demás actuaban como si nada, como si no estuviese, aunque su figura era colosal.
Una mañana lo vi leyendo una novela que se titulaba “Rayuela”, me sonaba algo conocida pero no podía recordar si la había leído ni quién era su autor. Al regresar a casa, investigué y las características del escritor coincidían con aquel hombre que había cruzado por varias semanas. Era algo loco, no lo podía creer. Esperé la siguiente mañana para volver a encontrarlo y decirle que admiraba sus cuentos, que justo ese día la profe Beti nos había dado para leer “Cartas de Mamá”, que había quedado encantada, que nunca antes había leído algo similar y que si podía firmarme un autógrafo para mi compañera Magda, que era su fan número 1 y que ya había leído la mayoría de sus cuentos.
Lo esperé y no llegaba. Decidí esperar el siguiente colectivo, quizás algo le había ocurrido. Fue en vano.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos El oboe que se escondió, de Daniel Moyano; y Réquiem para un laburante, de Pablo Ramos.

MARÍA JESÚS BELTRAMO


Vivir en soledad

“Cuando me hayan devuelto mi casa y mi vida,
entonces encontraré mi verdadero rostro”
Julio Cortázar

Somos una familia pequeña y humilde. De pronto nuestra vida da un giro total, porque papá gana la lotería. Muchas cosas cambian, la nueva posición social en la que nos encontramos nos aleja de algunas amistades, el cambio de trabajo de mi papá, el nuevo colegio, y la nueva casa; creemos que es lo mejor que nos pudo haber pasado.

La niñera sube a mi habitación. Me despierta a las siete menos diez como todas las mañanas, porque tengo que prepararme para ir a la escuela. Me llamo Luz, mi familia es creyente y agradecida, por lo que hago la oración de siempre para cumplir con Dios ni bien me despierto. Mis papás me esperan en el comedor con el desayuno listo, para arrancar feliz el día de mi cumpleaños número nueve. Además de niñera, también tenemos un chofer que se encarga de llevarnos donde sea.
Emprendemos el viaje de todas las mañanas dejando a papá en la oficina y dirigiéndonos a la escuela. El chófer recibe un disparo en la sien, lo que le provoca la muerte instantánea. Mi cabeza da contra el vidrio y caigo. Un grupo de hombres me callan los gritos.
Escucho a uno de estos hombres que planea el cobro de mi rescate, menciona que alguien cambió su amistad por dinero. Mientras, me amarran de pies y manos y me tiran a un piso húmedo.  Lloro hasta quedar dormida, o eso creo.

No sé cuánto tiempo quedo hundida en aquel estado. Sólo recuerdo que después de muchas horas incontables oí una voz que decía: “ahora podés correr la cama para este lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enferma, sino de convaleciente. Después oí a una chica sollozar.
Permanezco rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces siento el vacío inmenso. El estremecedor y violento silencio de ese lugar, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas.
Algo está pasando, están muy emocionados, quiero creer que voy a regresar a los brazos de mi familia. Es tanta la euforia que tienen, que uno de ellos olvida trabar la puerta cuando me trae la comida: es el momento de huir. Pero justo al cruzar el pasillo me encuentran:
- ¡Soltame! ¡Dejame! –grito sacudiendo la pierna.
-¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! – lloro imperiosamente. Trato aún de sujetarme del borde, pero me siento arrancada y caigo.
-Mamá, ¡Ay! Ma… - No puedo gritar más.
De pronto la silueta de uno de ellos me parece muy familiar, aunque no emita sonido alguno y tenga el rostro cubierto. Me arrojan nuevamente al lugar del encierro. No sé cuántas horas pasan, pero regresa uno de ellos y me dice que volveré a casa.

Después de mucho tiempo, aunque había noches en las que me sobresaltaba y despertaba angustiada, creí que todo se había terminado. Una vez, veo su cara tocar unas flores negras. Percibo débiles quejidos. Aquellas flores se quejaban, en efecto, y de sus corolas oscuras surgía una pululación de pequeñas ayes muy semejantes a los de un niño. La sugestión se había operado en forma completamente imprevista, y aquellas flores, durante su breve existencia, no hacían sino llorar.
Mi estupefacción había llegado al colmo, cuando de repente una idea terrible me asaltó. Recordé las leyendas de hechicería: la mandrágora llora también cuando se ha regado con la sangre de un niño; y con una sospecha que me hizo palidecer horriblemente, me incorporé.

La gran sorpresa de la visita de un viejo amigo de mi papá que hacía mucho tiempo que no veíamos, precisamente desde aquel día del gran premio. Me quedo inmovilizada, tomo la mano de mi mamá y la aprieto con todas mis fuerzas antes de romper en llanto. Su voz había quedado resonando en mi cabeza.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez; La gallina degollada, de Horacio Quiroga; y Viola Acherontia, de Leopoldo Lugones.

MILENA ARTACHO


Blanco fácil


No sé cuánto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Sólo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “ahora puedes correr la cama para este lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enferma, sino de convaleciente. Después oí a una chica sollozar. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso. Sentí el trepidante y violento silencio de ese lugar, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas.
Toda mi ropa y mi cabeza estaban cubiertas de sangre seca. Intenté ponerme de pie, pero tenía una mano esposada a la cama. Como pude, me di vuelta y vi que estaba en una habitación pequeña, sin ventanas. Un inodoro en un rincón, un plato de comida y un vaso de agua frente a una puerta cerrada herméticamente era todo lo que había.
-¿Hay alguien ahí? Dije.
-¡Hola! ¿Cómo te encuentras?  Por su voz, calculé que la chica tenía unos 20 años y que podía ser de Colombia o Venezuela.
-Con náuseas y un terrible dolor de cabeza.  ¿Sabes dónde estamos?
-Todavía no pude descubrirlo, pero supongo que en un campo a las afueras de Entre Ríos. Durante el viaje, desperté y oí a uno de ellos hablar por teléfono con su jefe. Le decía que todo iba bien, que estaban saliendo de Gualeguay y en media hora llegarían. Además, la chica de la habitación del lado me dijo que como era la única que estaba consciente, la hicieron caminar hasta aquí con los ojos vendados, y escuchó gallinas y un molino moviéndose.
-Ah, no estamos solas… Dije.
 -Yo fui la primera en llegar. Supongo que ya pasó una semana desde que me trajeron aquí, pero esta luz nunca se apaga, y es imposible tener noción alguna del tiempo. Es lo más desesperante de estar en este lugar. Eso, y el no saber qué harán con nosotras.

De repente una imagen vino a mi cabeza. Íbamos en un auto. Había dos hombres adelante y uno en el asiento trasero conmigo. Pude ver que en la antena de la radio flotaba locamente una bandera con una cruz roja, iban a más de cien kilómetros por hora y las luces decrecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante. Kilómetro a kilómetro los autos iban desapareciendo, y con ellos mis esperanzas de que alguien me viera y diera aviso a la policía. Lo último que recuerdo es que estábamos cerca de un peaje, y con mis últimas fuerzas intenté abalanzarme sobre la puerta, pero que la punta de algo golpeó mi cabeza y todo oscureció.
Durante esos días, la chica venezolana se volvió un gran apoyo moral para mí. Eugenia era su nombre. Era admirable su nivel de tranquilidad y madurez con sólo 19 años. Siempre tan optimista, que por momentos me hacía creer que todo esto era sólo un mal sueño.
Un día dos hombres con cofias y barbijos entraron a mi celda, me inyectaron y me llevaron a rastras. Sólo pude escuchar los gritos de Eugenia suplicando que no me llevaran. Otra vez el auto con la bandera y los hombres rodeándome. Otra vez una autopista oscura y los autos alejándose.
A la madrugada llegamos a una casa donde había tres chicas más. Nos hicieron bañar, nos dieron ropa limpia, valijas, un nuevo DNI y pasaporte. También una foto de nuestra familia, advirtiéndonos que con cada orden que desobedeciéramos, ellos pagarían las consecuencias. De ahí nos llevaron al aeropuerto. Nos prohibieron hablar entre nosotras y con cualquier otra persona. La presión del gatillo sobre mi cadera se había vuelto tan usual, que ya casi no la sentía.
Durante el vuelo, lo único que pude divisar fue que uno de ellos tenía tatuada la cara de una chica en su brazo. Cuando se dio cuenta, lo ocultó rápidamente. Había algo en su mirada que me resultaba familiar, y una sensación de escalofríos atravesó todo mi cuerpo.
Al llegar a Madrid nos quitaron los pasaportes. No sé si dolieron más los golpes durante el encierro, o la impotencia de ver tanta gente a mi alrededor y no poder pedir ayuda. Nos llevaron a una casa lujosa en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, y esa misma noche, a una especie de club en donde confirmé lo inevitable: “Desde ahora trabajan para la agencia de modelaje Global Models, serán escort de lujo”. Nos pusieron en frente de una cámara y nos obligaron a filmar un video diciendo que éramos modelos y que estábamos allí por voluntad propia.

Durante ocho años no quise levantarme, las noches se me hacían largas, monótonas y poco diferenciables. Ya no sentía, no me daba más el cuerpo, la mente ni el alma.
Sin familia, sin derechos, sin mi propio cuerpo. En los últimos años tuve la extraña impresión de que el recuerdo de mi familia y amigos se iba difuminando. Es raro lo distante que se puede volver, con el tiempo, la sensibilidad de nuestra adolescencia.
Una noche me tocó ir a un evento particular junto a tres chicas más. Por fuera aparentaba ser un simple bar, pero adentro traficaban armas, drogas y mujeres. Comenzaron a exhibirnos como si fuéramos animales en una subasta de campo. Fui vendida por una noche al tipo del “número 3”. Para ese tiempo, ya me daba igual lo que hicieran conmigo.
Un whisky, un ron, otro whisky. Su excitación, la adrenalina y dos luces blancas acercándose hacia nosotros. Sus ojos extasiados atravesando el parabrisas, y ningún sobreviviente según los medios.

Por el tragaluz que da justo bajo la vidriera donde mato moscas veo a las mujeres que se paran a mirar los postres decorados; me pego a la pared del sótano y puedo ver sus piernas desde abajo. Unos tacos altos, la piel chocolate, una pequeña cruz roja en su tobillo, tan roja como aquella, que en la noche se abría paso. Compra una docena de buñuelos de Yuca y se va, no sin antes comentarle al panadero que es el primer lugar, en ocho años, donde los consigue.
Cerca de la puerta se agacha a levantar un billete y en sus ojos puedo ver aquella mirada, tan fría y penetrante como la de aquel vuelo del infierno.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez; Autopista del sur, de Julio Cortázar; Tula en la cabalgata, de Daniel Moyano y de la novela Felices hasta que amanezca, de Florencia Abbate.

JULIETA ANELLO COHEN


Vuelo negro


Cerca de los crematorios, un hombre inclinado sobre una tumba cambiaba flores. Hablaba solo, o con la melancólica compañía del recuerdo de alguien. Yo volví a mi padre, era como si haber escrito no me hubiese alcanzado para nada, pensé en que publicar podía ponerle fin al tema. Pero en ese momento me di cuenta de que mi madre no iba a poder hacer lo que ese hombre estaba haciendo, no iba a poder cambiar las flores de la tumba de mi padre.
Fue aquella tarde de fines de invierno cuando me dijeron, una vez más, que me había vuelto un extraño. Las hojas secas revoloteaban en el viento norte. El mate, ya lavado, fue el único testigo del cesar de la sirena de la ambulancia. La mirada aliviada de los vecinos le convidaba una tensa calidez a aquella siesta.
Todo pasó demasiado rápido. Cuando me di cuenta, me encontraba en el patio cercado de una manzana pidiendo cigarrillos a los transeúntes. Pero a ellos no les salían palabras, sólo balbuceos y mucha, mucha saliva aguada y espesa, como el líquido del inyectable.
Al atardecer el aroma a sopa envolvía todo el espacio.  Se cenaba bien temprano, tan temprano que aún me encontraba sin saber por qué había terminado ahí. En la sobremesa de gelatina intenté atar cabos. Parece ser que a los cuerdos de chaqueta blanca también les resultó extraño.
A medida que los días pasaron fui perdiendo la noción de mi estadía. Me hice compadre de un ex aviador solo porque sus historias eran las más interesantes. La sensación de despegue era tan real que al menos una vez por día nuestra imaginación dejaba entrever campos de lavanda o hectáreas de girasoles. Sentíamos cada costumbre como propia, de los lugares que Alberto conoció en su juventud. A veces el té de media tarde era de China, otras, el arroz nocturno era casi tan picante como el de Perú.
Una mañana no apareció para el desayuno. Me llamaron las enfermeras por privado (ahí es cuando uno se da cuenta de que algo no está del todo bien), así que fui a verlo por expreso pedido de su médico. El enfermero de turno, que llevaba la mirada tan perdida como la de los internos, me hizo pasar a la sala de espera. El lugar daba pena; un amplio salón de paredes descascaradas e iluminado por tubos fluorescentes cuyas ventanas estaban atravesadas por dos clases de enrejados, uno interno de barrotes gruesos y otro externo, de alambre oxidado. La noche anterior mi amigo Alberto no soportó mantener los pies sobre la tierra y se había colgado. Todavía no entiendo por qué me llamaron a mí, pero se notaba que afuera, como adentro, nadie lo esperaba.
Aquel día estuvieron todos bastante mal. Yo podía oír en los murmullos la culpa que me tiraban encima. Decían que el comportamiento de Alberto había cambiado desde que yo entré. No tuve manera de negarlo, al menos yo fui notando más vitalidad en esos ojos de ayer, en esos labios que ya estaban hartos de pronunciar el silencio.
Esa misma noche encontré una carta con un mapa, debajo de mi almohada. La operación no parecía muy complicada, así que la puse en marcha. Es raro que nadie antes le hubiese hecho la segunda. O la primera. Porque él ya había volado.     
Se puede decir que el insomnio fue bien aprovechado. Cuando entre a casa aún estaba bastante ensordecido y me temblaban las piernas. La pureza de la luz solar triunfaba sobre el amarillo tenue, ya extemporáneo, que permanecía derivando de los dos focos. La luz solar, consecuente inspectora, encuentra que todo está. Hay menos orden: la colcha arrugada, cajones abiertos… aunque todo permanece. Faltan del cajón de la ropa de hombre una camisa, un pañuelo y un par de medias; pero encima de una silla quedan otra camisa, otro pañuelo y un par de medias, sucios. Inmediatamente supe que en el velorio estaríamos vestidos de igual a igual, como cuando yo era un niño.
Es martes y no puedo faltar. Tengo que estar para cambiarle las flores también a mamá.

Nota: se han intervenido fragmentos de los cuentos El abandono y la pasividad, de Antonio Di Benedetto; Letras modernas, de David Voloj; y Réquiem para un laburante, de Pablo Ramos.


Andrés Carricaburu

Martes 31

Restan seis minutos para un nuevo día, los ojos se me van cerrando…
El mundo ha conspirado hoy para que tomara esta decisión, ya no hay vuelta atrás. Que feo será morir así, solo, ebrio, sucio, pobre, sin nadie, en la más profunda soledad. Podría haber elegido un modo más sofisticado, pero en mi cabeza no entra nada, ni un pensamiento, ni una ocurrencia, es una bomba que esta noche va a explotar.
¿Me matará enseguida? ¿Cuán eficaz será este veneno? 128 pesos vale lo que me quitará la vida, me alcanzó con lo justo la plata, una señal para llevar adelante mi propósito. ¡Al diablo! -me dije- a esa farmacia que está allí, la abrieron a esta hora para mí, justo esa, la que atiende don Borges, amigo de mi viejo. Heredó de su abuelo este negocio y es bastante lengua corta, no hace preguntas, no pide receta, despacha lo que le pidan, sin vueltas, me venderá algo que me alcance, ojalá no sospeche que es para mí.

Eran las 23, caminé unas cuadras sin destino sabiendo que mi presente no podía ser peor y que no quería saber nada con mi futuro. Desperté de noche, en el hospital, sin el sobre, sin trabajo y sin mujer, decidido a perder lo me quedaba.

- ¿Estás bien Andrés? Sentate por favor…
- El tema es que quieren limpiar a los empleados de mayor antigüedad. No se quieren hacer cargo…
- ¿Qué me estás queriendo decir Nelson?, ¡largá…!
- Acá está tu sobre con lo que te corresponde…

Son las 9, llego tarde, nada me importa a esta altura del recién comenzado día, llego y me mandan a hablar con el todavía dueño. Cruzo a la cochera y mi auto se ha ido, en su lugar una carta de quien fue mi novia y compañera por quince años: 
“Decí chau Torino, Andrés, pronto dirás: chau casa”.

Todavía me retumba en los oídos aquellos gritos de Laura, histérica, furiosa, diciéndome que jamás en su vida desearía volver a verme, fue demasiado para ella enterarse del hijo que voy a tener con Susana, una de las prostitutas del barrio a la que nunca debí haber conocido. Suena el despertador a las 7, dormí poco, me levanto, pico algo y marcho a la oficina, como cualquier día.

Me llamo Andrés Carricaburu, vivo en Banfield, Buenos Aires, con mi madre, una jubilada viuda de 64 años. Aquí me encuentro, solo, en mi cuarto, acostado con un lápiz y un papel en las manos. Son ya las 4 de la mañana y mi mente está en blanco, no encuentro inspiración, la necesito sí o sí para lo que debo entregar mañana. ¿Escribir un cuento fantástico? pavada de actividad eligieron para cerrar el año mis profesoras del taller de comprensión de textos. Pero yo guardaba un as en la manga, después del desayuno tuve suerte de encontrarlo en el café de la esquina de Manuela Pedrasa y Cramer (a una cuadra de la cancha del taladro) y de ser amigo de un amigo de un tal Cortázar, si: Julio Cortázar. Recordé mientras dormía (¿o acaso uno piensa también mientras duerme?) que volvía, para estas fechas, al pago bandfileño para descansar y pasar las fiestas junto a algunos afectos que le quedaron en el barrio. No hablamos mucho porque estaba corto de tiempo. Le pedí una mano para escribir el cuento porque estaba en bolas y me la hizo corta:

- “Pibe, escribila oración a oración, del modo más prolijo y detallado que puedas, pero acordate que es un cuento, así que no te extiendas tanto en detalles y enfocate más en cómo vas a contar la historia que en la historia en sí. Una sugerencia: contala de atrás hacia adelante, si te animás…”
- “Muchas gracias, ha sido un placer verlo en persona, seguiré al pie de la letra los consejillos que usted acabe de brindarme” -esbocé con emoción, decidido a volver rápidamente a mi casa a empezar el cuento…
- “Ah! Y usalo a Borges de personaje, je” -me dijo levantando la voz mientras me marchaba.

Cuando dejé de pensar en proezas y amores imposibles se me ocurrió que yo bien podría, en algún momento de mi vida, sentir la ausencia de un Dios, de la fe y encontrarme desahuciado, desesperado, vencido, así fue que narré esta historia, en la que me sentí el protagonista.
Con el cuento ya terminado, sea cual sea mi nota final, puedo asegurarles que después de todo, no ha sido un día para nada malo…

Valentina Rojas

Pasaje

 “Bueno, es hora de empezar”, pensó ignorando el frío, tomado firmemente de la barra de apoyo. También dejó de lado la miseria de postguerra, los miles de casos de tuberculosis y habitations à loyers modérés. El ruido del metro no le molestaba, tampoco el bullicio de las demás personas que lo acompañaban ni mucho menos los virajes del transporte que lo obligaban a tomar más fuerte la barra metálica. “Ya tengo dos personajes pensados. Dos mujeres. Una va a ser argentina, de piel morena, joven y se llamará Dina; y la otra va a ser… ¿argentina o española que vive en Argentina? Argentina, mejor. Y se va a llamar Valentina, con algún apellido español. Lo que soñé anoche fue bastante flojo de detalles, pero de fuertes sensaciones. Quiero retratar esas emociones en el cuento.  Primero voy a elegir un lugar, después veo qué ocurre allí”.
Salió de sus cavilaciones y miró a su alrededor. Sintió algo en su mano que lo distrajo. Bajó la cabeza y vio que un dedo pequeño envuelto en un guante negro se había trepado, apenas, sobre su propia mano de guante marrón. Vio que éste venía de una manga de piel de conejo más bien usada, de una mujer, una mulata que parecía muy joven y miraba hacia abajo, ajena. Se extrañó, mas no dijo nada. Fijó sus ojos en ella. Notó la mata de pelo encrespado bajo la capucha del abrigo. “Con el calor que hace acá adentro bien podría echarse para atrás la capucha”, pensó, crítico. Entonces sintió que el dedo le acariciaba de nuevo el guante, primero un dedo y luego dos trepándose sobre su mano.
- Disculpe, ¿Señorita? – dijo tratando de no sonar molesto, ya que no lo estaba. Curioso, digamos.
De repente la joven se sobresaltó y despegó rápidamente su mano de la del escritor al tiempo que el metro viraba y si no hubiese sido porque él la agarró con su mano libre, ella hubiera sufrido una gran caída. 
- Perdón, perdón – dijo en español luego de que la soltara.
- ¿Estás bien? –contesté, a mi vez, en español.
- Es siempre así – dijo la muchacha -. No se puede con ellas.
- ¿De qué habla?
- No lo entendería. No entienden o no quieren, vaya a saber, pero no se puede hacer nada contra.
- ¿Por qué no aceptar lo que está ocurriendo sin pretender explicarlo, sin sentar las nociones del orden y de desorden?
- ¿Cómo?
- Nada, se me acaba de ocurrir.
Llegaron a la estación Saint-Michel. El escrito se despidió de la joven de piel morena y manos inquietas, tal vez con vida propia, y siguió su camino. “¿En qué estaba? Ambientación, sí”. Dio unos pasos por el andén de la estación, pensando. “Podría ambientarse en un lugar como este: aire estancado y caliente de las galerías del metro, frio y llovizna afuera, una muchacha extraña. Dina”. 
Saliendo del metro casi se choca contra un par de viejos no tan viejos, les pidió disculpas, pero estos ni se percataron. Siguieron hablando, en un castellano argentino inconfundible. Uno de ellos le llamó la atención: tenía el cabello más largo de lo que comúnmente se ve en París y una barba y bigote bastante poblados, era apenas más alto que el joven no tan joven escritor, lo cual tampoco era muy visto considerando que siempre sobresalía en las multitudes.
- Argentina merece algo mejor que a ese tipo como presidente –dijo con una mezcla de desprecio y lástima el más alto.
“Coincido totalmente” pensó el escritor, “Imaginate que preferí renunciar a mis cátedras antes de verme obligado a ‘sacarme el saco’, como les pasó a tantos colegas que optaron por seguir en sus cargos”.
- ¿Tan malo es ese Viola? En realidad no estoy al corriente de la situación argentina -contestó el otro.
- En Buenos Aires quebraron 35 empresas del grupo Sasetru y hay pedidos de captura para varios empresarios. Económicamente, es notable la preferencia por la compra de divisas; hasta los pequeños ahorristas se inclinan por la tenencia de moneda extranjera y evitaban invertir en el país.
“¿Cómo puedo estar tan desactualizado?”
Impulsado por la curiosidad y la necesidad de informarse sobre la situación de Argentina, no lo pensó dos veces y comenzó a seguir a esos desconocidos. Se situó detrás de ellos y ajustó su velocidad para ir al mismo ritmo. Sacó un cigarrillo de su bolsillo, lo encendió y clavó la vista en el suelo, haciéndose le pensativo.
Los señores hablaron poco durante el trayecto, pero fue una conversación bastante interesante. Estaba realmente sorprendido por su ignorancia de los temas actuales. Caminaron desde la estación del metro, por la Rue Danton hasta llegar a un pequeño Café sobre el Boulevard Saint-Germain. El escritor sonrió al verlo, ya que solía acudir a allí siempre que podía desde que llegó a París. 
Los amigos se separaron en la entrada del café. El que le había llamado la atención por su apariencia entró en el local, mientras que el otro siguió caminando luego de despedirse. El escritor no lo dudó y aprovechó esa oportunidad para hablarle al desconocido y de paso tomar un café.
- Disculpame, buen día – dijo el más joven - ¿Puedo sentarme con vos?
El otro lo miró extrañado primero, pero luego sonrió, dientes blancos contrastando con la oscura barba y adelante, sentate. Ambos pidieron el café y en la espera, el escritor miró a su alrededor.
- Vengo a acá frecuentemente…
- ¿Sos de sentarte con desconocidos frecuentemente? – dijo con un tono que estaba entre la curiosidad y la burla.
- A veces, cuando algo de esos desconocidos me interesa. En esta caso, no pude no darme cuenta de que sos argentino y que estás bastante bien informado de la situación del país.
- Ah ¿Y te diste cuenta recién o cuando empezaste a seguirme?
- Oh… Perdón por eso, pero atrapaste mi interés y no puede evitarlo –sonrió nervioso.
- Y sí, fue bastante obvio. Bueno, ahora que sé que no sos un ladrón o algo así, preguntame lo que quieras – dijo mientras llegaban las bebidas.
- En realidad ya me enteré de todo lo que quería saber, sobre Argentina digo. Pero ya que estamos, hablemos, señor…
- Julio, soy Julio Denis, un gusto 
- Que casualidad… 
- ¿Por qué?
- No, nada. Yo también soy Julio. Cortázar. – Ambos estrecharon sus manos.
- ¿A qué te dedicás, joven?  
- Soy escritor y traductor de la UNESCO. ¿Y vos?
- También escribo. Es mi pasión. Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo, ¿No te parece?
- Totalmente. De hecho, ahora mismo estoy planeando mi siguiente cuento. Hoy pasó algo que me dio inspiración para crear a un personaje. Estaba pensando en escribir sobre una joven, de piel morena que se llamaría Dina, y justo en el metro me encuentro con una joven de piel morena bastante particular, digamos.
- ¿Vas a hacerlo fantástico? El metro es un buen lugar para ese tipo de historias.
- Sí, ese es el género con el que me siento más cómodo. Y sí, los metros… tienen algo, no sé cómo describirlo… Es como si cada vez que te subís terminás en otra… ¿dimensión? No sé si es la mejor expresión, pero siento como si el tiempo cambiara.
- El metro es un lugar de pasaje. Al bajar de allí, entramos en una categoría lógica totalmente diferente...categorías lógicas donde la sensación del tiempo cambia.
- Claro, tengo la impresión de que se puede habitar un tiempo que no tiene nada que ver con el tiempo que existe en la superficie una vez que salimos a la calle.
- Exacto -Denis sonrió y pareció que iba a decir algo más, pero se calló. Se miraron en silencio y Cortázar notó la palidez del mayor. Ahora que lo miraba bien parecía cansado y como la barba y el bigote cubrían tanto su rostro recién ahora veía lo flaco que era. Parecía… consumido. Se apuró en despedirse, pensando que el otro Julio quería ya irse a casa para descansar. 
- Nos vemos otro día, Julio – dijo, retirándose del café. El mayor asintió con la cabeza.
- Adiós. 
Todavía tenía tiempo de hacer algo antes de pasar a buscar los papeles que había ido a buscar. Fue a la librería de siempre. Caminó unas pocas cuadras. El lugar estaba distinto, las paredes pintadas de otro color, los estantes ubicados de otra forma, la vieja dueña no estaba, y en su lugar había una joven de pelo corto. “Primero un hombre con el pelo relativamente largo y ahora una mujer con el pelo corto, qué revolución”.
- ¿Anda buscando algo en particular, señor? ¿Un título, un autor? – preguntó ella, ojos café sobre el blanco rostro. 
- ¿de dónde sos? – Preguntó el escritor – Tenés un acento raro.
- Siempre lo mismo – masculló por lo bajo –. Soy de Córdoba, Argentina. 
- ah, bien. Bueno, vengo a buscar alguna novela de Albert Camus, ¿puede ser?
- Sí, sí –dijo sonriendo. Justo ayer nos llegó una nueva obra suya, espere a que la encuentre… La había dejado por acá....
Después de aquello y de retirar los documentos que necesitaba, volvió a la estación Saint-Michel. “Hacia otra ‘categoría lógica’, como dijo Denis”, pensó, bajando lentamente los escalones. Subió al metro. Miró el libro que llevaba en su mano. “El extranjero”. Lo guardó en su bolso. Se tomó de la barra metálica. Reconoció a un argentino, turista seguro. Totalmente distinguible por su ropa, su mirada, todo. “Parece que ni me hubiese ido de Argentina”. Entabló una conversación con él. El metro empezó el recorrido.
-  y ¿sos peronista o anti? – dijo el muchacho. Parecía que nuestra recién iniciada relación dependía de la respuesta. 
- ¿Qué importa eso ahora? ¿No deberías preguntarme, mejor, qué opino de Viola?
- ¿Quién es Viola? 

Romina Luque

Hotel Cronos

Siempre me ha gustado imaginar que cada rincón, cada pared, cada habitación tiene impregnada un recuerdo, una historia. Algunas dignas de ser contadas, otras quizás un poco más aburridas. Cada pasillo guarda un misterio. Nunca supe la versión completa de cómo mis antepasados se hicieron dueños de este hotel, o tal vez, ¿ellos mismos lo construyeron? La verdad es que, a pesar de tantos años, pudo seguir de pie. Desde niña fue mi hogar, mis primeros recuerdos fueron estas paredes, mis cumpleaños, las fiestas de fin de año, el ratón Pérez al que imaginaba subiendo por el ascensor. La niña de los rulos y pelo largo que jugaba a ser adulta, con tacones y vestidos de fiesta que quería ser actriz. No sé si es correcto decir que desde chica fui muy independiente, o quizás los adultos no me prestaban tanta atención; ¿sabe una niña de 7 u 8 años lo que es ser independiente? En fin, siempre sentí que sólo me tenía a mí misma, quizás por eso fui formando un carácter ¿duro? impulsivo, metido, quiero controlarlo todo. Desde que tengo memoria me interesó charlar con las personas, saber qué hacían, en qué podía yo “contribuir” en sus vidas, aconsejar, qué podía aprender. Me creo una mujer especial, con un alto ego: ¿virtud o defecto? Siempre quiero ser la protagonista, no puedo pasar desapercibida. Mi trabajo es ideal, aunque no recuerdo haber tenido otra opción, puedo conocer gente nueva todo el tiempo, sentarme a tomar un café, una copa de vino con algún hombre, meterme en su cuarto cuando el hotel duerme y no volver a verlo, o sólo charlar con otra mujer como mejores amigas por horas. Muchas veces me paso las noches entretenida mirando películas donde imagino que algunas de esas historias podrían pasar aquí en el hotel. Siete días a la semana, las 24 horas el hotel está en pleno funcionamiento, es un desfile de personas de todo tipo. Hasta ya aprendí a leerles la mirada. Están aquellos enamorados que buscan una cama extra grande para acariciarse, también están los ancianos que vienen como turistas, puedo reconocer a los amantes que juegan a las escondidas, y cada tanto pueden llegar personas que sólo quieren olvidar y buscan un  refugio entre gente desconocida. En los años que el hotel lleva abierto han  sucedido muchas historias, han pasado muchas personas interesantes. Mi abuela siempre se lamentó de no tomarle una foto al joven profesor de literatura que volvía de Mendoza, en 1946, que se quedó encerrado en su habitación durante los tres días que estuvo hospedado; vio tiempo después que había publicado un cuento en una revista que editaba nada menos que  Borges, y al pasar los años se convirtió en un famoso escritor, su escritor favorito. En todas las habitaciones del hotel tenemos cuentos de él. Es una forma de remarcar o recordarles a los europeos que nos pertenece, que es argentino. 
Han pasado modelos, vedettes, algún que otro político, futbolistas. La verdad, nunca me han interesado los “famosos”, he aprendido con los años que llevo aquí adentro, más los años de toda mi familia también, que son las personas con las que nos cruzamos todos los días las que tienen esas historias que me interesan. ¿Qué tanto de lo que me cuentan es verdad? Cualquiera puede venir a contarte un hecho sobre su vida totalmente ficticio, sos quien querés ser por un rato. Una vez entró al hotel una joven, quería saber los precios para quedarse un par de días. La noté asustada, hasta podría decir paranoica. Era muy bonita, supuse que estaba escapando de alguna tormentosa relación, algún novio celoso, golpeador. Se llamaba Cora. Una noche, después de cenar, me acerqué a ella, compartimos una botella de vino y me contó su historia. Era enfermera, después de la muerte de un joven de 15 años por una operación de apendicitis, renunció a su trabajo. Tenía un novio, el anestesista de esa clínica. En la última copa y ya con las luces casi apagadas en el comedor, me relató que pensaba en ese joven paciente cada día, me describió que era muy lindo, que tenía una mamá sobreprotectora y que le hubiera gustado haberlo conocido en otras circunstancias. Realmente en ese momento noté que su mente estaba en otra parte. Sabía que no había terminado con su relato, que quería decirme más. Y ya en el último sorbo confesó que su chico no era una persona honesta y lo culpó de la muerte de su paciente. Lo descubrió bastante después, según ella. Él, supuestamente, no sabía que ella se encontraba en el hotel, aunque sospecho de su real inocencia frente a los comportamientos turbios del ex novio, porque una enfermera tan joven no gana lo suficiente como para quedarse tantos días en un hotel de esta clase,  aun en una habitación estándar, pero sin limitarse en las comidas y cada día tan bien vestida. Lloró un poco y me dijo que sólo quería escapar de su pasado, empezar de cero, hasta habló de cambiar de identidad. Me contó que había viajado un par de meses para conocer algunos pueblos del interior del país. Le sugerí que denunciara a su ex novio y ni siquiera me contestó, sólo bostezó, se despidió con un beso y se marchó a su habitación. La vi por dos días más deambulando por el hotel hasta que una tarde se fue. ¿No les digo que las personas que nos rodean todos los días siempre tienen una historia sorprendente que contar? Antes de que la chica de la limpieza entrara al cuarto fui a ver la habitación donde había dormido Cora y me sorprendí al ver que su cama estaba tal cual como el primer día que se hospedó, nadie ni siquiera se había sentado en ella, el toilette también estaba en las mismas condiciones, intacto. ¿Cómo puede ser posible? ¿Acaso durmió todas estas noches en otra habitación? ¿Dónde se duchó todos estos días? ¿Cómo no me di cuenta de que había estado con otra persona? ¿Pero, quién? ¿Acá en mi hotel? Pasé varios días pensando en ella. No podía deducir como logró engañarme así, tan fácil. Qué buena embustera resultó ser Corita. 
Una noche me sentía aburrida, era una de esas noches donde todo está demasiado tranquilo, el cielo oscuro casi sin estrellas, no había viento, las agujas del reloj lentas, los huéspedes tan comunes, ningún contratiempo. ¿Escucharon esa frase que dice: la calma que antecede al huracán? Eran las 22.30 horas y lo veo cruzar la puerta y acercarse al mostrador, era un joven alto, se notaba refinado, parecía un artista, llevaba su maleta negra de tamaño mediana, a la que  desplazaba por el suelo sujetándola con su mano izquierda. En un instante noté que miró de manera arrogante hacia el techo y las paredes del lobby, cuando volteó hacia mí soltó una sonrisa, diría que una amplia y contagiosa sonrisa. Necesitaba un cuarto sólo por tres noches, le sugerí una habitación Premium, una de mis favoritas, y el joven aceptó. Aproveché y me referí al tema de la cena, si quería que le reservara una mesa inmediatamente, y su respuesta fue afirmativa. Hacía ya varios meses que no veía a alguien tan lindo, ¿acaso es tan malo disfrutar de las visitas? Mientras lo acompañaban a su habitación no pude dejar de mirarlo, mi intención era que lo notara. Y lo notó. Cuando lo veo cenar me acerco a la barra de dalbergia y pido un trago, comparto un par de palabras con Julián y Andrés y disfruto mi bebida. Se había duchado. Sé que estaba mirándome, podía sentir sus ojos clavados en mi espalda, también en mi pelo y en mis piernas, quizás en mis pechos. ¿Estará pensando lo mismo que yo? Definitivamente sí. Noto que se levanta de su mesa y se dirige hacia la barra, se sienta en una de las banquetas de cuero color marfil. Lo miro, le sonrío y mientras me llevo el vaso a la boca le pregunto:
-¿Qué tal tu cena?
-Realmente exquisita, llegué con hambre y con muchas ganas de ducharme. La verdad, el personal es excelente. ¿Hace mucho trabajás en este hotel?
-Diría que desde que nací, mis padres son los dueños, en realidad mis abuelos, aunque lo administro hace unos años y sería una especie de dueña también.  O eso pretenden hacerme creer para que trabaje.
 Soltó una carcajada, y me pareció la más bella que haya oído.
-¿Viajás por negocios?- continué
-En realidad no, me tomé un par de semanas para descansar, debo ver a algunas personas aún, soy un hombre con una misión.
Volvió a sonreír. Por favor que el mantel rojo disimule los suspiros de mis ojos.
-Interesante -le dije- “un hombre con una misión”, ¿acaso sos un detective privado?, ¿o estás en busca de una novia fugitiva? O ¿en busca de algún tesoro? 
Levanté una de mis cejas para que entendiera que “tesoro” es una palabra de muchas interpretaciones. Se volvió a reír.
-Bueno, es una forma de decir, he pasado por una experiencia un tanto extraña, y ando averiguando un poco, sólo para conocer un poco más del tema. Igual, eso no es lo importante ahora, ¿me permitís compartir un trago?
Transcurrieron dos o tres horas, la verdad no pensaba en el tiempo. Estaba totalmente cautivada, pronunciaba de un modo que me envolvía, es muy raro que alguien pueda dejarme callada por varios minutos, pero él lo logró. No hace falta que cuente  cómo terminó la noche. Disfruté de cada beso, de cada caricia. No podía ser tan perfecto. ¿Pero en qué estaba pensando? Crucé un límite del cual sabía que iba a arrepentirme los días siguientes. Me gustaba demasiado. Su piel era suave, caliente. Su pelo, sus manos, su espalda. No quería que llegara el día, el sol no debía aparecer en escena. ¿Pero acaso no podía parar de tocarlo? No, no podía. Me sentía insatisfecha y a la vez tan viva. No quería quedarme en esa habitación de cortinas  coloradas, pero tampoco podía detenerme. Quería pensar, pero no sucedió. Un poco antes del amanecer hicimos ¿una pausa?, creo que se relajó tanto cuando le acariciaba los cabellos que me contó lo que se había guardado mientras charlamos en la barra. Él es de una ciudad pequeña del interior y una noche asistió a un concierto de música clásica en un teatro. No puedo explicar cómo le cambió la mirada al comenzar a relatar la historia. Esa noche la gente estaba extraña, describió a un público excitado, consideró exagerada la forma en que halagaban al maestro que cumplía sus bodas de plata con la música. Para él, la función no era extraordinaria. Volví a notar su arrogancia. En un momento algunas personas empezaron a tener comportamientos extraños, gritando se empezaron a retorcer en sus asientos. De pronto observa que una mujer vestida de rojo, con dos acompañantes más que la seguían, se levantan de su asiento y se dirigen al escenario. Las manos de la mujer de rojo se cerraban en el tobillo derecho del maestro, tenía la cara alzada hacia él y gritaba como los demás. El maestro dejó caer la batuta y se esforzó por soltarse, volviéndose hacia su orquesta como reclamando auxilio. Los músicos estaban de pie, en una enorme confusión de instrumentos. Desde los palcos se escuchaban los clamores más violentos y los músicos, incapaces de resistir la presión y el ahogo de tantos abrazos, pedían desesperadamente que los dejaran respirar. Según contó, distinguió la cabellera plateada del Maestro, pero en ese instante mismo desapareció como si lo hubieran hecho caer de rodillas.
Al escucharlo hablar, me di cuenta de que necesitaba que todo lo sucedido saliera de su boca. Apenas empezó con el relató dejó de mirarme, sólo miraba la pared y gesticulaba con sus manos tratando de que imaginara las escenas que estaba describiendo. Me di cuenta de que se sentía muy solo. Continuó con el relato, me dijo que en ese momento  no le importaba nada, solamente saber si los gritos iban a cesar de una vez porque de los palcos seguían saliendo  alaridos penetrantes que el público de la platea repetía y coreaba incansablemente. Cuando consideró  que ya estarían afuera, echó a andar hacia la escalinata de salida y en ese momento se asomaron la mujer vestida de rojo y sus seguidores. Los hombres marchaban detrás de ella y parecían cubrirse mutuamente para que no se viera el destrozo de sus ropas. Pero la mujer vestida de rojo iba al frente, mirando altaneramente, y cuando se le aproximó observó que se pasaba la lengua por los labios, lenta y golosamente se pasaba la lengua por los labios que sonreían.
Reinó el silencio por varios minutos.
Creí su historia. Se levantó de un salto de la cama y tomó de su bolso de mano un cuaderno. Noté que tenía muchas notas y algunos dibujos. Buscó entre las hojas hasta encontrar lo que quería mostrarme. Me decía que había hecho un dibujo del rostro y el modelo del vestido  que llevaba esa noche la mujer vestida de rojo. Lo miro y  se parecía tanto a Cora, la señorita Cora. En cuanto al vestido, era el mismo que estaba colgado en mi placar. 

Mauro Pizzi

Sumergido en lo escrito

El Prefecto Patrice estaba seguro de que esa noche atraparía al asesino. Por fin la funesta ola de ataques que azotaba a Paris acabaría.
El potencial encuentro con el homicida era una cuestión de vida o muerte. El modus operandi de este consistía en atacar a los desprevenidos transeúntes nocturnos que transitaban cerca de los bares y antros parisinos para luego, bajo el velo de la noche, desaparecer por alguna callejuela oscura. Patrice, siguiendo los datos previamente recolectados se dio cuenta que todos los testigos coincidían en haber visto un sujeto de actitud sospechosa, ataviado con lo que parecía una campera de cuero negro y llevando un corte de pelo estilo greaser (muy común por esos días), eso sí, todo enmarañado.
El incansable policía había recorrido, junto a su escuadrón, casi todos los callejones y escondites cercanos a los más concurridos lugares de entretenimiento, sin éxito alguno. Comenzaba a pensar que el homicida se le escaparía una vez más. Entraron a un callejón cercano al Boulevard Saint-Germain. El silencio era absoluto. En la penumbra, el experimentado oficial vislumbró un contenedor de basura y se le hizo extraña la forma en que estaba puesto. Se dispuso a abrirlo. Dentro se encontraba el cuerpo de un hombre que, por las marcas, había sido ahorcado. No encontraron más indicios que una tarjeta del Artus Hôtel. El sospechoso no se encontraba lejos.
El comisario ni lento, ni perezoso, desplegó a todas sus fuerzas para que rastrillaran más a fondo el área. Esa noche, era la noche, Patrice lo presentía…

Terminé de escribir esa última línea. Di un largo trago a mi escocés y descansé la muñeca. El Old Navy se encontraba casi vacío y por cerrar, inclusive habían apagado ya la mayoría de las luces, sin embargo un trío de hombres que todavía bebían muy risueños se negaban a irse, al igual que yo. El que parecía más joven, interpelaba al más alto. Le decía que todavía no entendía como había conseguido ese acento afrancesado. 
-Mauro, los por qué de mi forma de hablar ya se los he explicado -le respondió tranquilamente-, es sólo que usted se encuentra con algunas copas de más y no lo recuerda. 
Acto seguido el del acento sacó de su bolsillo un paquete de Gauloises y se dispuso a fumar.
El whisky ya comenzaba a hacer efecto en mí. No paraba de dar pequeños cabezazos en mi propio asiento, señal que me aconsejaba dejar de beber y retirarme.
De repente la agradable tranquilidad del lugar se esfumó con el ruido de un portazo. Un muchacho era el causante de ese alboroto. Luego de entrar se sentó en la mesa contigua a la mía. No podía ver su cara muy bien, pero deduje su juventud por el desalineado pelo estilo Elvis que llevaba. Respiraba aparatosamente, como si hubiera corrido una maratón. Sus manos inquietas se escondían en los bolsillos de una campera de cuero oscura. Al ver que reparaba demasiado en él, fijó su vista en mí. Me miró fijamente por largo rato. En su rostro se dibujó una blanca sonrisa retorcida que, brillando en la oscuridad, me inquietó, y su mirada penetrante me hizo correr un escalofrío por la espalda. Tomé mis cosas lo más rápido que pude, y salí a la calle.
No había alcanzado a hacer un par de metros cuando escuché unos pasos detrás de mí. Di media vuelta, nada ni nadie se encontraba en la calle a esa hora, solo yo. Maldito alcohol, pensé, y apuré el paso. Una sonrisa retorcida cruzó por mi mente.
No recorrí mucho más cuando volví a sentir los mismos pasos y eché a correr asustado. Preso del miedo entré al primer hotel que encontré, pedí por una habitación y me dieron la 27. Tomé la llave y me encerré.
No había amanecido todavía cuando tomé fuerzas para salir. Bajé al hall para devolver la llave y me encontré con el recepcionista siendo interrogado por un policía. Este último se identificó como el Prefecto Gustave Patrice y preguntó si un hombre vestido con campera de cuero negro había alquilado en aquel lugar. Ante la afirmativa del recepcionista preguntó dónde. Habitación 26, segundo piso -le respondió -. El corazón me dio un vuelco. Rápidamente pregunté a un tipo con gorra que bajaba detrás de mí, en qué hotel me había metido. El Artus, me respondió con una blanca y retorcida sonrisa.