TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Este blogfolio nació en 2008 para convocar la palabra escrita de las y los alumnos del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA de primer año del Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, provincia de Córdoba, Argentina.

Trabajamos intensamente en clases presenciales articuladas con un aula virtual que denominamos, siguiendo a Galeano, Mar de fueguitos.

Allí nos encontramos a lo largo del año para compartir los procesos de lectura y de escritura de ficción. Como en toda cocina, hay rumores, aromas, sabores, texturas diferentes, gente que va y viene, prueba, decanta, da a probar a otro, pregunta, sazona, adoba, se deleita. Al final, se sirve la mesa.

Como cada año, publicamos los cuentos que cada estudiante escribió como actividad de cierre del taller para compartir con quien quiera leernos y darnos su parecer. Hemos trabajado explorando el género narrativo, buceando en las múltiples dimensiones de la palabra. Para ello, la literatura será siempre ese espacio abierto que invita a ser transitado.

Hemos ido incorporando, además y entre otras muchas experiencias de escritura creativa, el concepto de intervención performativa sobre textos y de patchwriting.

El equipo de cátedra está conformado por Jesica Mariotta, Natalia Mana y Mauro Guzmán, quienes le ponen intensidad amorosa al trabajo del día a día, construyendo un hermoso vínculo con las y los estudiantes.

Beatriz Vottero - coordinadora


Soledad Tapia

Más allá de un cuento

Comencé mi día normalmente como lo hago durante toda la semana. Me levanté temprano, como pocas veces acostumbro, para tomar el colectivo que me lleva a la universidad. Esto de viajar nunca me había gustado, pero llega un momento en el que te acostumbrás a la rutina, a las horas de espera, al movimiento de las personas, a viajar muchas veces parada, el subir y bajar todo el tiempo del colectivo. Como siempre, en el mismo colectivo de todos los días, a la misma hora, venía leyendo uno de mis libros favoritos de Cortázar, que llevo casi a todos lados. En el transcurso del viaje conocí a una mujer de edad avanzada. Siempre dicen que una persona que viaja conoce nuevas cosas, nuevas personas, se vuelve más social y creo que tienen razón, aunque nunca me consideré una persona interesante ni mucho menos simpática. Sin embargo, la mujer se acercó y sentó a mi lado. Esta mujer me resultaba un tanto extraña, pero tenía cierto aire agradable. Me miraba de reojo y me daba la impresión de que algo quería decirme, hasta que me preguntó cómo me llamaba. Yo, algo sorprendida, le respondí que me llamaba Soledad.
-          Qué nombre más bonito. Yo me llamo Inés –me respondió. Ese libro me parece conocido –agregó.
-          Es un libro que me dieron para leer en la universidad. La profe nos lo recomendó para un trabajo –le dije con una sonrisa.
-          Me parece espectacular que los chicos sigan estudiando, yo hubiese deseado poder tener la oportunidad de educarme, pero al menos me mantenía con mi tejido, que creo que para algo me sirvió aprender eso –me respondió con una risita nerviosa y continuó hablando. Recuerdo cuando era una jovencita, como usted. Siempre me gustó viajar, sobre todo en tren, ya que en mi época la gente se manejaba siempre en tren, seguramente usted algo sabe de eso. Amaba viajar, al igual que Isabel, sobre todo cuando me iba de vacaciones, aunque eran muy pocas las veces que lo hacía, ya que trabajaba de institutriz en su casa. Isabel era la niña que cuidaba –me dijo para que yo pudiera entender. Me acuerdo perfectamente como si hubiese sido ayer, cuando la niña se me había ido a pasar el verano a la casa de unos parientes. Funes eran de apellido si no lo recuerdo mal. Yo le regalé un pequeño ovillo de lana para que en el viaje realizara unos tejidos que yo misma me encargué de enseñarle, ya que eso es lo que hago muchas veces para tranquilizarme. Sufrí tanto cuando se fue, éramos muy unidas y le tenía mucho aprecio. Además de que desconfiaba un poco de esa familia, pero sobre todo desconfiaba del tigre. Sí, tenían un tigre que andaba libremente por la casa, y del cual debían tener un máximo cuidado a la hora de jugar o planear algo, ya que tenían que consultar primeramente la posición de la bestia. Sé que seguramente usted no va a creerme, pero he vivido situaciones mucho más raras –me replicó con un tono burlón.
Yo la miré un poco inquieta, pero ella continuó su relato.
- De todos modos, sabía que ella estaba bien ya que nos mantenía al tanto de todo a su madre y a mí a través de cartas, que ustedes, los adolescentes, no tuvieron la oportunidad de experimentar. Cuando volvió, nos contó de sus aventuras con Nino, de un fornicario que habían creado para pasar el tiempo, de unos pañuelitos de colores que le había dado Rema, y que a su vez me regaló. Y de la muerte de Nene, uno de los tíos del niño, a causa de un descuido sobre el lugar en el que se encontraba el tigre ¿Puede creer usted señorita? Nosotras quedamos muy angustiadas al enterarnos de tal situación, pero lo que más nos importaba era la salud de Isabel. Una vez que ella creció y ya no necesitaban de mis servicios, me volví a mi hogar. Había pasado tanto tiempo lejos de mi provincia. Yo era de Buenos Aires, ¿sabes?
- Tenía muchas ganas de volver a mi hogar. Más que volver, se podría decir que era solamente para vender una casa heredada de parte de mis primos, antes de que se deteriorara del todo, por el solo hecho de que era una casa bastante antigua. Ellos habían vivido allí un tiempo antes, pero habían decidido irse por “experiencias sobrenaturales” que pasaron en la casa, que yo nunca creí hasta que lo viví. Cuando mis primos fallecieron, la casa quedó para mí, ya que era una de las personas más apegada a ellos. Hasta decían que yo había heredado la afición de tejer de mi prima Irene. Sin embargo, yo tenía casa propia, pero esta casa era demasiado espaciosa y como yo nunca fui de creer en esas cosas, decidí vivir allí un tiempo, y descubrí que realmente pasaban cosas extrañas. Aunque sé que sobre esto tampoco me va a creer. Pero sabía que allí había una presencia, lo notaba. Algo que poco a poco iba tomando la casa, apoderándose finalmente de ella y nunca pude explicar qué. Tal vez me creerá loca, pero me asusté tanto que duré allí sólo un mes. Y finalmente decidí venderla a un precio bastante accesible, ya que era una casa antigua…
Yo prestaba minuciosamente atención a su relato, quedando maravillada por cada cosa que contaba, sin poder creerlo. Y ella continuó.
- ¡Cómo no acordarme de esa casa! Tenía un comedor, una sala de gobelinos, una biblioteca enorme y tres dormitorios grandes que quedaban en la parte más retirada. Había un pasillo con su maciza puerta de roble que se encargaba de aislar una parte del ala delantera donde había un baño, los dormitorios y el living central, al cual comunicaban a los dormitorios y el pasillo. Recuerdo que se entraba a la casa por el zaguán con mayólica. Era una casa en la que tranquilamente podrían vivir ocho personas. La primera vez que fui, tuve que llamar a una persona para que arreglara el picaporte, ya que nunca pudimos conseguir la llave.
En ese momento, la mujer estaba tan concentrada en su relato y yo tan atenta, que había perdido la noción del tiempo. Me incliné un momento para un costado, solo un momento y observé por la ventana en donde estábamos, el colectivo había dado un giro inesperado. Cuando volteo, la mujer ya no estaba. Yo miré extrañada, pensando que seguramente me había quedado dormida y que todo lo había soñado, pero no. Volví a tomar mi libro y lo abrí en la página que estaba leyendo. Empezando un nuevo capítulo donde aparece un nuevo personaje, una mujer de una edad avanzada, un tanto extraña, pero con cierta personalidad agradable, charlando con una adolescente. Se llama Inés.

Sabrina Martínez

De mano en mano

Hacía 18 semanas que Rema había llegado a la estancia, el invierno había sido cruel y octubre los dejaba, imperceptible. En la capilla vecina, algunas jóvenes y familias que pasaban allí los fines de semana, se iban acomodando. Entre los sombreros de las señoras que competían por cuál era la más modesta y decorosa pudo ver, casi escondida, una chica. No la había visto antes en las primeras clases del catecismo improvisado, ni en los comedores. 
- “Aquella”- preguntó, señalando a la joven rubia, casi de su misma edad.
- “No señales que es de mala educación ¿Cuál? ¿quién, nena, quién? No sé, no veo. Silencio que no puedo escuchar”- dijo la señora Colussi sin sacar la vista del altar.
Luego de la misa, Rema fue por la biblioteca que, como siempre, estaba vacía, sacó 1984 y se dirigió a su habitación por el pasillo detrás de los baños. La señora Colussi lo había dispuesto así, subir las escaleras no era una opción para ella, tenía que cuidarse de hacer esfuerzo. Su puerta se abrió de pronto. La chica rubia entró corriendo. Rema alarmada sólo recibió, como explicación, una seña de que hiciera silencio. Se escucharon pasos acelerados por el pasillo. Riendo la joven fue directamente a esconderse debajo de la cama. 
- Señorita ¿qué hace despierta todavía? dijo la voz de la señora Colussi.
- Disculpe, me entretuve escribiendo una carta- mintió.
- No se demore, ya sabe los horarios. Ah, otra cosita, ¿usted escuchó algún ruido hace un momentito?
- No, no escuché nada. ¿Por qué?
- No es nada, buenas noches.
 Rema estaba acostumbrada a no tener privacidad pero esto la había tomado por sorpresa. Después de salir de su escondite la fugitiva se presentó: su nombre era Alina y se disculpó por su confusión. La verdad es que aquel cuartucho parecía en realidad un depósito. Rema seguía en su silencio habitual. Mirando tranquilamente cada rincón del cuarto, Alina se dirigió hacia un baúl y sin esperar oposición lo abrió encontrándose con un montón de libros: Las penas del joven Werther, La dama de las camelias, Martín Fierro… 
- Así que esto escondés- dijo Alina mirándola a los ojos.
Rema aferró sus manos a su pollera y se disculpó enseguida.
- ¡Perdón! Nunca hay nadie en la biblioteca, y unos libros menos, no se iban a enterar ¡Yo no robé, los iba a devolver, lo juro!
-¡Todos decimos eso! Pero…- fingió un tono solemne -Te creo. No voy a decir nada, esa gente no los necesita (va a ser nuestro secreto)- finalizó su sentencia riendo, le parecía muy divertido jugar con su inocencia.
-…además, yo los limpié, les saqué toda la tierra y les cosí las tapas.
-¿Por esto te pasás todos los días encerrada?
-Por eso y porque...- pero, en realidad, Alina no esperaba respuesta.
-Y ¿qué podría leer yo de todo esto?
-¡Oh! Seguro Romeo y Julieta. Además tiene pocas páginas ¡te va a gustar!- Afirmó Rema emocionada y sintiéndose otra vez segura en su habitación.
- ¡Gracias, che!-  y antes de irse se fijó que no hubiera nadie por el pasillo.
La tarde de ese lunes mientras estaba en la sala detrás del comedor principal aprendiendo el punto cadena se entretenía con una conversación. Algo sobre una mujer, soltera, una grasa que sabrá Dios cómo llegó a San Isidro. Esas eran algunas de las palabras que podía entender de los balbuceos de una vieja monja y de la exagerada indignación de la señora Colussi. Repentinamente  las  palmas de Rema empezaron a sudar, y sus manos a temblar, y sin querer romper su silencio, corrió al baño contiguo. ¡Ay! Esta chica. A ver, ya está, ya está, no pasa nada. Esas palabras lastimaron sus oídos, y sintió un fuerte dolor de cabeza.  Dejá eso. Andá a tu cuarto ¡No vayas por los ventanales que dan al jardín, ojo!
 Debería haberle hecho caso, pero se sentía tan mareada que quería llegar rápido y el mejor camino era ese. San Isidro era tan tranquilo después de los fines de semana familiares, que de seguro no se cruzaría con nadie. Sólo a Alina que venía hacia ella agitando un libro. Ahora sabía por qué dicen lo que dicen, todos quieren un amor como el de Romeo y Julieta, enorme, infinito. Sonriendo, todavía algo pálida, Rema la condujo hacia la biblioteca. Buscaba un libro pequeño que había leído hacía tiempo, estaba en el cajón de un escritorio, lejos de los demás. Allí estaba, “Sobre la eternidad” de Sabrina Martínez. Alina le agradeció, parecía conforme con la recomendación de su amiga. “Amiga” así lo escuchó Rema y esa palabra dio vueltas en su cabeza.
 Por la noche Rema pensó mucho, era mejor que atender a las náuseas, recordó el poco tiempo que tenía para leer antes de llegar a la estancia, cuidando a Nino, la casa, los pedidos de Luis, los caprichos de Nene, sacudió su cabeza. <> La lechuza, la lechuza hace ¡Sh!, hace ¡Sh!
Una tarde agradable,  cuando se vieron en su habitación Alina parecía nerviosa.
-Ahora entiendo- dijo-, su amor es eterno.
-¿Su amor? ¿Qué amor?
  -Romeo y Julieta, Werther y Lotte…
-Ah sí, son muy bellos, dan todo por su amor.
- No, sí ¿Ellos lo sabían? Los escritores, digo, sabían lo que dice Martínez en su libro.
- No, imposible, hay siglos de diferencia.
-¿Estás segura? No entiendo- y sin más palabras, se dirigió a la puerta.
-Te olvidás el libro nuevo ¡Esperá! A la señora Colussi no le gustan estos libros, por eso, tratá de que no lo vea.
-La razón de…- leyó desganada para sí misma y se fue sin contestación.
 Rema repasó cada una de sus palabras, creyó no haber dicho nada malo. Ese fin de semana, sin embargo, la culpa la visitaba más de lo normal, y Alina no apareció en la misa, ni por su cuarto. <> Estaba la blanca paloma sentada en un verde limón. Con el pico cortaba la rama, con la rama tocaba la flor.
Acomodando, otra vez, su baúl y ordenando los libros, buscaba alguno para Alina en forma de disculpa. Pensó en uno, pero no lo encontraba ahí. Era la hora de la siesta por lo que nadie andaría por los pasillos y mucho menos con el calor del amenazante verano. Cuando intentó abrir la puerta de la biblioteca se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. << ¿Será? Yo no la cerré. ¿Se habrán dado cuenta? No puede ser>> En ese instante, sintió detrás de ella unos débiles pasos en el frío silencio del pasillo.
-¿Qué libro me vas a recomendar hoy?- dijo la voz familiar de Alina.
- Está adentro pero no podemos pasar, está cerrada.
- ¿¡Cerrado!? Seguro fue la gorda.
- ¿Le dijiste? 
- No, pero tiene un oído esa.
- Bueno, vamos a tener que esperar- dijo desanimándose, pero tranquila de estar hablando otra vez con ella.
- Yo no sé esperar.- Concluyó y Rema la siguió.
Sentía miedo, pero no como el que solía sentir antes, en casa o al ver su reflejo. Este era un miedo distinto, uno en el que era la protagonista de la aventura. Fuimos hasta la oficina de la Colussi. Ahí estaban todas las llaves de las habitaciones, no nos dio trabajo encontrarla en el tablero enumerado colgado en la pared. Era una mujer muy ordenada. Tomé la llave, casi como una venganza y se escucharon tres campanadas. Teníamos tiempo. Una vez dentro de la biblioteca, busqué entre los estantes más retirados, dentro de unas cajas. Allí estaba, era uno de los libros más nuevos que había, Bestiario de Julio Cortázar. Antes de venir acá escuché algo que Luis había dicho sobre Borges y Cortázar, pero hasta ahora no leí nada de esos autores. Alina protestaba por la extensión del libro. Pero, después de decirle que se trataba de cuentos, me pidió que le leyera uno. Y empecé a leer, casi sin pensarlo, Lejana:
12 de enero
         Anoche fue otra vez…
  Lo hiciste a propósito gritaba Alina y Rema intentaba convencerla que nunca había leído ese libro. En vano intentaba calmar el llanto de Alina, lloraba como un niño pequeño cuando se lastima, como cuando Nino se cayó en la escalera. Rema parecía escuchar la voz enfurecida de Nene aprovechando la situación “¡No podemos vivir más acá!”, “eso es lo que vos querés, que nos vayamos al campo, pero yo tengo trabajo” contestaba Luis. Odiaba ver a sus hermanos pelear. “Vos y tu trabajo ¿No ves que no hay lugar para nadie más?” y Rema volvió a sentir la mirada de Nene sobre su escote apenas incipiente, bajando hasta su vientre y volviendo a subir hasta su rostro, sentir su rechazo le dolía. 
    Las siguientes semanas se vio encerrada entre la Biblia y agujas, antojos y cerveza malta, sopas y vigilancia. Su estadía allí estaba por terminar, y no había rastros de Alina. En los últimos meses pensaba mucho en su sobrino, extrañaba ir a misa, su casa e irremediablemente volvía a luchar contra imágenes que se empecinaban en penetrar en su mente. Y empezó a odiar las puertas cerradas, los pasillos oscuros, los escarpines, su baúl, a Alina <>. 
En un febrero prematuro todo se había precipitado, ella aún no era del todo consciente. De a ratos desconocía el lugar, creyó tener escalofríos. Sintió que en ese cuartucho tres personas eran multitud. Como si pudiera verse desde arriba, se miraba en la cama roja y desecha en sudor, ella misma hubiese dicho que era producto de fiebre, la señora Colussi traía toallas, lienzos blancos y alcohol y la otra mujer allí se encargaba del resto. No tardó en ver cómo, en pocas horas, la habitación se llenó por completo.
Con el fresco de la noche, pudo imaginar que ya pronto vendría Luis a buscarla, con la nueva noticia de que se mudarían a una casona en Los Horneros, pensar en ello le daba un respiro, una esperanza entre tantas pérdidas y le ayudó a dormir. Sana sana colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana.
Iría por fin a visitarlos. Ya había pasado un año de aquel febrero en que dejó la estancia y Luis permitió que la niña fuera a pasar el verano y acompañara a Nino. Durante la espera de la agradable visita, Rema dedicó tardes enteras a preparar su cuarto adornándolo con algunas muñecas y libros. Pasó días haciéndose la idea de cómo sería ahora. Pero cuando Isabel llegó, todas sus dudas desaparecieron. La vio acercarse tímidamente a ella, mientras Nene los miraba receloso desde el porche reteniendo al inquieto de Nino. La pequeña tenía el cabello rubio recogido prolijamente y Rema pudo ver en sus ojos traviesos algo que le maravilló, una picardía que conocía. ¿Para quién es ese regalito, para papá o mamá?
La tomó de su mano y a Nino de la otra, los llevó por toda la casa y le indicó cuál sería su habitación. Nino insistía con que tenía calor y que no quería salir afuera, y le pidió a su tía que les leyera algo e Isabel asintió con emoción. Enseguida subieron hasta su cuarto y Rema buscó en los estantes algún cuento para leerles. Entre los libros pudo ver que de uno sobresalía un papelito. Era Bestiario. Lo tomó.
 “La única forma de conseguir la eternidad, es muriendo” Gracias, ahora lo entiendo.
 Tu amiga.”
Rápidamente volvió a leer. Y otra vez. Eran palabras inconfundibles, lo recordaba bien: el epígrafe que abría el libro de Martínez. Bestiario fue arrancado de sus manos temblorosas por efecto de la gravedad. Miró a los niños que aún la esperaban y corrió en busca de Nene. Entró en su estudio y cuando lo vio estaba leyendo tan tranquilo y distante que la hizo poner aún más nerviosa. 
- Pero ¿qué  pasa? ¿por qué entrás así?- dijo irritado.
Ella se quedó mirándolo una eternidad. Arro rro mi niño. Con sus manos tamices golpeaba el pecho de Nene, como si él pudiera entender todo lo que ella sentía. Arro rro mi sol, duérmase pedazo de mi corazón. Que esas manos vacías podrían haber dado un abrazo eterno; una caricia casi de muerte y de vainillas con crema, las dos mejores cosas de la vida, para mí.

Rocío Zabala

Libre de vos, pero no de mí

Eran las 23:22 y había salido un solo pedido a las 21:36, era extraño que un domingo tan cálido y con tanto tráfico, se moviera tan poco.
Estaba limpiando los vidrios de la ventana cuando a pocos minutos de las y media, frena un colectivo de dos pisos cuya empresa no era provincial. El chofer se dirige hacia mí y me consulta si tengo lugar para 48 personas y si es comida rápida, para no perder mucho tiempo. Inmediatamente fulminé sus ojos con recelo por la hora que era, pero le contesté que sí.
Estaba la arpía de mi jefa mirando por la puerta de la cocina, viendo qué le decía al señor. Entré rápidamente y le dije:
- Son 48, hay que armar las mesas.
Desesperada y contenta por la cantidad de gente, me ayudó.
Toda la noche yendo y viniendo, con un par de gaseosas en una mano y un par de cervezas en la otra. Se me partía la cabeza de solo escuchar cómo hablaban, gritaban y se reían todos juntos.
Finalmente, por dos minutos dejé de andar a las corridas, la gente agradeció la atención recibida y se marchó a las 00:15 para emprender rumbo a Bs. As.
Junté todo, limpié y levanté las sillas de afuera. Laura me dijo:
- Levantá todo y andá, Ro, yo lleno las heladeras y el martes cuando abramos por la mañana le hago pasar los pisos a Mili.
Me sorprendió, porque a veces es infumable y, para llevarme la contra, me hace quedar un rato más.
Saqué mi bici playera del patio, recordé que el asiento se me había roto el día anterior y se movía para arriba y para abajo apenas lo rozaba; los pedales tenían barro y las gomas estaban desinfladas. Eso hacía que mi camino fuera aún más pesado, sin embargo ya casi llegando al boulevard España, por doblar y adentrarme en la rotonda, saqué el celular para ver la hora y cuando apenas moví la vista, a mano derecha venía un auto a toda velocidad, casi a unos 10 metros, intentando clavar los frenos. Abrí mis ojos sin reacción alguna y me moví bruscamente para tirarme sobre el cordón y subirme a la vereda, pero ya lo tenía encima.

Mi cuerpo fue expulsado contra el monumento de las Islas Malvinas y me golpeé fuertemente la cabeza, hasta desmayarme. 
Al despertar, me encuentro en la misma posición en la que había quedado rendida en el momento del impacto, dolorida escucho las sirenas de la ambulancia, reacciono y me levanto. A unos 4 metros veo mi bicicleta toda rota y nadie en la calle.

Me dolía la cabeza y me salía sangre de la nariz, creo que una de mis costillas estaba fracturada, aun así no quise esperar y me marché.
13:25, pegué un salto y ya era tarde para ir a la universidad y tomar el colectivo. Así que decidí faltar...
Agarré mi celular, seguramente no le había avisado a Matías cuando llegué porque estaba cansada, pero no tenía señal, no andaba.

- ¡Mierda y más mierda! Qué manera de empezar el lunes –rezongué-.

Me tendí sobre el sillón por un momento y abrumada por todo lo que tenía que hacer para el día siguiente, decidí salir a caminar y tomar un poco de aire. Me puse los auriculares, bajé las escaleras y –extrañamente- en el complejo reinaba una paz infinita. Al parecer había llovido toda la mañana. Me dirigí por la Jujuy en contra mano, doblé en la EE.UU y a paso lento tomé la calle Salta, estaba a unas diez cuadras de la plaza central.
La gente, como siempre, distraída, fundida en sus pensamientos. Un perro manto negro que se encontraba en las vías, me ladraba sin parar.

- ¡Salí, perro tonto! -Y a los segundos se fue…

Llegando a la plaza, en un banquito cerca de la fuente de agua que está frente al Banco Nación, un niño de unos 3 años me sonríe y levanta su manito para saludar.
La situación me causa ternura, le devuelvo la sonrisa y lo saludo también.
Ya tendida en el banco, a los pocos minutos escucho apenas una voz ronca, me levanto y un hombre de unos 68-69 años, ojos color azul, cejas gruesas, pelo castaño oscuro, traje y de estatura adecuada, me pregunta si podía sentarse; amablemente le contesto que sí.
Fumaba un cigarrillo raro, de etiqueta azul, decía algo como: “gauloises”, no lo reconocí; era corto, ancho y no tenía filtro, tenía un olor fuerte y distintivo.

Bajé el volumen de la música, y puse un tema de jazz: “hello doly live”...

- ¡No puedo creerlo, es uno de mis temas favoritos! Dijo en un idioma medio francés
- ¿De verdad? –pregunté-.
- Así es, el jazz me ha cambiado la vida, incluso influyó mucho en mi escritura.
- ¿Usted escribe?
- Claro que sí, poemas y cuentos…
- Qué interesante, fíjese que tengo que escribir un cuento fantástico para el miércoles y la verdad no tengo idea de cómo hacerlo, por eso hoy no fui a clase, para ver qué se me podía ocurrir. Pero estoy perdida.
- “Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo”
- Muy metafórico para mí -le dije- y sonrió.
- Debo marcharme, niña, ya es tiempo. Espero que tengas éxito con tu cuento, no te quedes hasta tarde, o no llegarás a tiempo a tu cita.

Lo miré atónita.

- ¡Qué señor tan culto y extraño!

Me levanté, crucé la calle y me dirigí por la Gral. Paz, iba a pasar por la Expo Libro a ver si encontraba algo que me ayudara, cuando de repente veo cruzar a Nahir y a Paula en la moto, iban llorando…

- NAHIR, PAU… grité varias veces, pero no me escucharon.

Mi celular seguía sin funcionar, me quedé preocupada, entonces decidí irme para su departamento, ellas viven en la calle Jujuy al 1300 esquina Gral. Paz, a unas pocas cuadras de donde estaba yo. Cuando estoy casi llegando, las veo que iban caminando para el lado del boulevard Vélez Sarsfield; les volví a gritar, se dieron vuelta y siguieron… ¿Qué les pasa a estas? De seguro están enojadas porque no les contesté algún mensaje.
Corrí para alcanzarlas y les pregunte qué pasaba. 

- No puedo creerlo -dijo Nahir.
- ¿Qué cosa? –dije.
- ¿Matías está con la Mili? -Se dirigió a Pau.
- ¿Qué? ¿De verdad?
- “Sí”, vamos… -Respondió Pau.
- No, ¡no puede ser!
- Allá están -dice Nahir acelerando el paso y tironeando el brazo de Paula.
- ¿Qué hace Matías acá? viene en una semana… ¿Por qué lloran? No entiendo nada.

Cuando cruzamos el boulevard, nos dirigíamos a la sala de velatorio, había gente que conocía, amigos de mi mamá, vecinos de casa, mis amigas, mis hermanos y mi hermana abrazando a mi vieja.

De la puerta izquierda sale del baño Paula, llorando. La miré y ya no entendía nada. En medio del estado de shock, veo al hombre de la plaza parado en la puerta, lo miro y dice:

- Es hora, niña, debemos irnos, le dije que si se tardaba no llegaría a tiempo a su cita.


María Jimena Paredes


De sueños y licántropos 

Había comenzado por dejar de lado el trabajo en la biblioteca central que además desde hacía años era su lugar de refugio, consideraba que las historias que leía ya no lo satisfacían y que nada lograba llenar ese vacío que sentía. Algo lo tenía preocupado, se pasaba las horas sentado en el escritorio de su habitación mientras buscaba las ideas que de a ratos se venían como un diluvio provocando una suerte de inundación en su mente insatisfecha.  Poco a poco la noche pasó a convertirse en rutina; café fuerte, un cigarrillo y una hojeada al diario. Buscaba en los títulos alguna inspiración, una palabra, una imagen, alguna idea para poder terminar la novela que había empezado hacía un poco más de tres años y era el motivo de su mirada tan cansada y perdida. Desalentado, día tras día se convencía de que nada encontraría para poder llenar ese pedacito que buscaba. De pronto, recordó que una noche de lluvia, caminando por las calles de la ciudad, le pareció haber visto un rostro femenino; con mucho esfuerzo trató de revivir las imágenes, dónde había visto a aquella mujer o si acaso se trataba de una alucinación, ella parecía estar con miedo, miraba hacia los costados como cuidándose de alguien. Él había continuado su camino.
Al cabo de unos días, mientras recorría los negocios, notó a la gente extraña, los supermercados no parecían estar desbordados, las filas en los bancos no eran las de antes y los pocos que caminaban por las calles se miraban unos a otros con cierta desconfianza, las miradas parecían estar cargadas de miedo, notó además que apenas lograba esconderse el sol, las personas corrían a sus hogares. Sorprendido y extrañado, Isaac regresó a casa, tomó una ducha y se recostó sobre su cama, el sueño lo invadía, de a poco entre la oscuridad emergieron los licántropos, parecían haberse adueñado de su cuerpo, se movía de un lado para el otro, su rostro estaba cansado, luchó por despertarse, las cortinas de su habitación estaban rasgadas, los muebles despedazados por completo y había rastros de baba por casi todo el piso. Rápidamente, se asomó por la ventana y los vio merodeando su casa.
 Al día siguiente, sentado en el sofá trató de comprender lo sucedido, tomó el diario, sintonizó la radio, encendió la televisión pero nada logró calmarlo, tomó el teléfono, decidió llamar a su madre, hermanos, amigos pero nadie contestó del otro lado, optó por salir a caminar para despejar los pensamientos y, al regresar, con un poco de tranquilidad decidió escribir algunas páginas para su novela. Piensa, sustrae, elimina, arranca, no se convence, empieza de nuevo, “pude sentir sus garras afiladas sobre mi cuello”. Cansado, atónito y mareado se dejó vencer por el sueño sobre su escritorio, de repente donde se encontraba la biblioteca ahora había una enorme cueva, los locales de la ciudad habían desaparecido, caminó por lo que parecía ser un callejón oscuro, cuando de repente se encontró cara a cara con la bestia, los ojos ensangrentados, los dientes rechinantes, y  una desmesurada figura que parecía abarcarlo todo lo rodeó casi por completo. Comenzó a sentir cómo el miedo se le trepaba por las piernas llegándole rápidamente al pecho. De un momento a otro ella intentó abalanzársele y él, con el cuerpo casi sin responder, alcanzó a palparse el bolsillo, tomó una navaja, la empuñó, cerró los ojos y en un santiamén le cortó la oreja izquierda. La bestia huyó perdiéndose entre la oscuridad de la noche y las primeras horas del día. 
Sonó el celular, su corazón palpitaba acelerado, a su alrededor había manchas de sangre, se sentía mareado, con un poco de dificultad llegó hasta el baño y en el espejo observó su reflejo, la sangre le corría por el rostro y llegaba a su hombro izquierdo, horrorizado se caminó hasta la sala, las prendas ensangrentadas y los gritos de auxilio de una mujer le revelaron la cruda realidad. 

Itatí Martinatto

Azar

Yo venía de un pueblo pequeño, donde conseguir algún libro requería paciencia, y mucha suerte.  Generalmente, pedido por adelantado, pago con recargo por envío y varios días de espera eran el trámite obligado.
Acá no. En Villa María, sería más fácil.
Alguien que conocía muy bien la ciudad me había recomendado el lugar. Así que anoté la lista de libros que necesitaba y mientras caminaba por Pellegrini, y giraba luego por Santa Fe como me habían indicado, iba haciendo cuentas… “quién sabe cuánto tendré que gastar, mi presupuesto no soporta una única compra, tendré que organizar pagos mensuales, gran recurso la tarjeta de crédito”…
Llegué al lugar que me habían indicado, y había un cartel decía “Todos los libros del mundo en un solo lugar”.  Y me anime a entrar a la librería y sus dimensiones me impresionaron. Me atendió María Nilda, casi un hada.  Cuando sus ojos color agua se posaron en mí, sentí como que ya nos hubiéramos visto… 
No me preguntó qué buscaba. Hizo caso omiso a larga lista de títulos que intentaba mostrarle.  Sólo me invitó a recorrer juntas su librería, los sectores y estanterías que promocionaban distintas editoriales, colecciones de clásicos, distintas ediciones de un mismo título, las novedades. Me detuve ante un estante y ella, tal vez, adivinó.
Entonces me dejó sola para ir a atender otros clientes.
Yo me entretuve largo rato hojeando Rayuela.  De repente alguien me habló. Intenté ser amable pero no vi a nadie cerca y pensé que me había distraído en las páginas, no quería ser descortés. 
María Nilda regresó a mi lado, me sonrió pícaramente. Tomó el ejemplar que tenía en mis manos, lo depositó en su sitio y preguntó:
- ¿Has leído la historia de Edith Aron? – y comenzó a contarme lo que sabía de esa mujer, a quien todos creían “La Maga”.
Mientras la escuchaba,  su voz sonaba como la de mi abuela cuando me contaba aquellos cuentitos infantiles que tanto esperaba.  Me dejé llevar por esos cascabeles en el aire y viajamos a París, cruzamos por el Pont de Arts, visitamos una librería, paseamos por  el Quai de Conti, entramos al cine, recorrimos los jardines de Luxemburgo y también el Café Au chien qui fume. 
Y de pronto, nuevamente esa voz, pero había mucha gente en la librería y tuve pudor o quizá temor de darme vuelta. Esa voz que decía:
-           Cuatro veces ya no es azar… hoy te espero en el puente.
Me lleve Rayuela, sin pensar en los demás libros. Saludé a María Nilda y me retiré. 
Caminé sin dudarlo hacia el lugar exacto, sabiendo que andábamos sin buscarnos.

Facundo Devani

Una mesa y un café

Ya habíamos dejado atrás la planta alta, mi habitación, el living y la cocina. Nos íbamos acercando cada vez más a la puerta.  La casa era grande, los pasillos parecían no tener fin. Llegamos al zaguán. Miré a Irene alarmado, cansado. Ella estaba tranquila, mirando sin ver.
- ¿Escuchas algo? 
- No, ya no.- Me respondió.
Los dos vivíamos en esa casa. Vivíamos para esa casa, era nuestra vida. A lo lejos, como en un susurro, escuchaba una voz conocida. El susurro comenzó a tomar forma, comenzó a delimitarse y se hizo, poco a poco, más fuerte. Abracé con fuerza a Irene, cerrando los ojos. Conocía perfectamente esa voz. 
- Dale Facu, despertate. Ya dejé listo el desayuno. No empieces otra vez con esto, dale.
Tambaleándome fui a la cocina, donde Ma me esperaba con el desayuno listo. La voz de Juan Alberto Badía llenaba cada rincón de la pequeña habitación. El olor del café se mezclaba con las canciones de Música verdad. Siempre escuchábamos ese programa con Ma, nos gustaba la música que pasaban. Esa mañana, los acordes de Sui Generis inundaban la cocina. Era la mejor forma de empezar el día, haciendo una pausa entre tanta conmoción que se vivía esos días. La radio y la televisión no hacían más que recordarnos el inminente regreso del General. Anhelado inmensamente por Ma, le costaba cambiar la estación para dejarme escuchar un poco de música mientras desayunábamos y me preparaba para ir a la escuela.
- ¿Terminaste el trabajo que estabas haciendo anoche?
- Sí. Respondí, después de un largo bostezo.
- ¿Sobre qué era?
- Peronismo. La profe Vivi nos dio unas preguntas para responder, aprovechando todo lo que está pasando. Menos mal que tenemos los libros tuyos. Me quedé hasta tarde anoche con eso, no terminaba más…
- Bueno pero lo terminaste…
- Sí.
La verdad era que al trabajo lo había terminado temprano. A las 11 de la noche ya lo había dejado listo. Y a las 11:05 abrí Bestiario, un libro de cuentos que me regaló la bibliotecaria de la escuela, y comencé a leerlo. Leí el primer cuento, Casa tomada, que me generó una sensación rara, como de incomodidad, de extrañamiento, una sensación que no había sentido con otros cuentos y que no me abandonaba. Se ve que la sensación no se me despegó ni cuando dormía. No me gustaba mentirle a Ma, pero me había prohibido leer libros hasta terminan con los exámenes. Le prometí que iba a dejar de leer, pensando que iba a ser una promesa fácil de cumplir, pero no lo fue. Anoche, mientras hacía el trabajo, miraba de reojo al pequeño libro de Cortázar, ansioso por zambullirme en esas letras. Me habían hablado mucho de él. Norma, la bibliotecaria de la escuela, conocía mi amor por la lectura, así que cada tanto me dejaba llevar algún libro más tiempo del que correspondía. Era todo un privilegio. A veces, incluso, me prestaba libros de su biblioteca. Me los llevaba con gran alegría y después esperaba, ansiosa, que lo termine para charlarlo. Las novelas eran mi mejor compañía en el verano. No soy el chico más popular del barrio, podrán imaginarse. Mis compañeros suelen decirme “rarito” o “bobo”. Mi forma de hablar no me ayuda a contradecirles. A veces me afecta más de la cuenta, pero intento sobreponerme enseguida. No tengo muchos amigos, es verdad, a menos que pueda considerar a Raskolnikov o a Oliver Twist como tales. Yo lo hago.
Me puse el guardapolvo y tras una rápida despedida, salí. El cielo estaba gris, un gris bastante oscuro, pálido. Estornudé, como siempre que salgo a la calle y miro para arriba. Unas 12 cuadras me separaban de la escuela, 12 cuadras que tendría que hacer rápido porque en cualquier momento se largaba a llover. A esa hora, el poco tráfico de la calle Belgrano me dejaba el lado lindo de la ciudad. Banfield era un barrio ya ligado a la voraz Buenos Aires, pero que mantenía el alma de pueblo. Mantenía, aún, algunas calles de tierra y costumbres que no sienten el paso del tiempo.
Que poca cosa es la realidad, mejor seguir, mejor soñar. Tarareaba caminando bajo los árboles. 
Mientras caminaba miraba, como siempre, a los pájaros: siempre me parecieron unos animales tan interesantes. Qué lindo debía ser vivir allá arriba, entre las ramas y las hojas, mirar todo desde allá. Y si te aburrís, levantás las alas y te vas a otro lado. Yo desde acá me iría a Lomas de Zamora, a Pergamino, a Rosario, de ahí a Córdoba y después a las Sierras. Allá me encontraría con un montón de otros pájaros viajeros, y junto a ellos me iría para el norte, para…
Un repentino trueno me devolvió a la calle Belgrano. Aún faltaban unas 5 cuadras para llegar al Colegio San Andrés, por lo que apuré el paso. Pero fue inútil. La lluvia llegó de forma repentina. Me sorprendió frente a una antigua construcción. Una de esas casas altísimas, de puertas y ventanas largas. El frente, deteriorado por el tiempo, tenía un pequeño techo que me brindó refugio de la lluvia. Dudé en si debía quedarme ahí, pero si se me mojaba el trabajo iba a ser una verdadera catástrofe. Además siempre pasaba por ahí y nunca vi a nadie entrar o salir de ese lugar. 
Me encantaba mirar la lluvia, era tan tranquilizante. La atmósfera gris y los colores apagados le daban a todo un aire melancólico. Marzo traía los vestigios de las tormentas veraniegas, que se van tan repentinamente como llegan. Por eso decidí esperar a que parara la lluvia para luego continuar hacia la escuela. Prefería llegar un ratito tarde a presentar el trabajo mojado. Me encantaba, también, ver pasar a la gente. Pasaba el tiempo viendo ir y venir a las personas, corriendo, intentando taparse de la lluvia con las manos o, con suerte, con un paraguas que se negaba a abrirse. Su miedo al agua me entretenía. Corrían, como si adelante no lloviese. Era muy pintoresco ver a algún tipo corriendo horrorizado, pasando junto a alguien que viene caminando, con una tranquilidad que le transmite a uno esa sensación de que los problemas son pasajeros. Las remeras coloridas, exageradamente coloridas, hacían que todo sea más cómico. Los dibujos psicodélicos parecían derretirse  por la lluvia. Los vaqueros iban, de a poco, llenándose de barro. Pero algo rompió, de pronto, con esta escena. De la nada, apareció un señor, diría de unos 60 años, con un gran saco marrón y un sombrero que imponía respeto. Apurado, se acercó hasta donde yo estaba. Un fuerte perfume se fundió con mi extrañeza cuando se quedó parado junto a mí, mirándome. 
- ¿Me dejas pasar botija?
¿Botija? Pensé.
- ¿Qué te pasa pibe, que tas abatatado?
Mi expresión debió delatar mi confusión. Sin saber qué responder, solo atiné a hacerme a un costado para dejarlo pasar. 
- Grazie.
El hombre pasó junto a mí y abrió la puerta que, para mi sorpresa, no ofreció ninguna resistencia. ¿La casa no estaba abandonada? Con una mano todavía en la puerta, dio media vuelta y se quedó mirándome.
- ¿No vas a entrar? No es un firulo esto, eh. 
- No, está bien señor, gracias. Dije.
- Te vas a mojar toda la pilcha ahí, pasá a tomarte un feca.
Fruncí el ceño. No entendía algunas palabras que usaba el señor. Pero entendí que me iba a mojar si me quedaba ahí. Y tenía razón, el techito de la casa no detenía las gotas que me arrojaba el viento. Dude un ratito, pero como la tormenta iba a pasar pronto decidí entrar.
Al entrar, nos recibió un pequeño zaguán, que ya traía murmullos de música, charlas y tazas. Lo atravesamos juntos y entramos así a una cafetería. Mis ojos no daban crédito a lo que veían. El lugar estaba impecable. Ambientado con viejas fotos, mucha madera y grandes muebles, creaba un ambiente de película. El aire, espeso por el humo de los cigarrillos, vibraba al ritmo de un tango.
Declaran la huelga,
hay hambre en las casas,
es mucho el trabajo
y poco el jornal;
y en ese entrevero
de lucha sangrienta,
se venga de un hombre
la Ley Patronal.
A pesar de lo cálido del ambiente, las caras eran largas, transmitían una profunda desesperanza. Las personas, en su mayoría, charlaban, pero en ese tono ausente que da la frustración y el cansancio.
- Andá a sentarte por ahí, pibe.- Me dijo.
Y eso hice. Busqué rápidamente la mesa más cercana y me senté. Me acomodé contra una pared, entre otras dos mesas que estaban ocupadas. Desde la mesa no se veía la calle, pero se escuchaba el murmullo constante de la lluvia, así que me iba a dar cuenta cuando parara. Para hacer tiempo comencé a mirar a mi alrededor. Cuadros de personas famosas, cantantes y orquestas dominaban las paredes. No conocía ninguna de esas caras. Me llamó la atención no ver propagandas de marcas como en otros cafés a los que fui con Ma. Seguí mirando las paredes hasta que algo captó toda mi atención. En una de las esquinas del café encontré el origen de la música. Había allí un… un… ¿Cómo se llamaban esas cosas? Era como el Winco que tenemos en casa, pero con una corneta enorme. Nunca había visto uno de esos, pero lo conocía porque mi mamá siempre me contaba que cuando era chica escuchaban música con una de esas cosas. No me acordaba el nombre del aparato, pero si recordé que eran maquinas muy caras y que estaban en los bares en la época de su…
- ¿Qué te sirvo, pituco?
Levanté, asustado, la vista y vi a un chico que aparentaba tener la misma edad que yo, parado al lado mío. No sabía que responderle.
- El… el señor de allá me invitó un feca.
Dije la palabra feca con tanta inseguridad que el chico no me escuchó.
- ¿Un qué? ¿Un café?
- Si, si… mejor, gracias.
Y se fue, sin decir nada. En una de las mesas junto a la mía había 2 hombres conversando; en la otra, un grupo de 4 o 5 personas discutían sobre política, por lo que continué con mi exploración. Noté que la gente vestía como el señor que entró conmigo. La ropa oscura y los sombreros se apilaban en las sillas.
Aunque intentaba no escuchar, la conversación política de las personas a mi derecha se fue haciendo cada vez más ruidosa.
- Pero escúchame, Tano. No puede venir uno y sacar al presidente así como así. Por eso llegan esos bacanos al poder y nos deja en la lona. ¿Vos leíste lo que es el pacto que hizo Roca con el yoni ese?
- Negro, Uriburu es un tipo que sabe lo que hace. Fijate cómo le va a mis compatriotas allá, por gente como él. En cambio, mira cómo terminamos nosotros acá por una crisis de los Estados Unidos. ¿Por qué ligamos nosotros por lo que hacen los yanquis? ¿Qué tenemos que ver nosotros con la bolsa de no se qué de ellos?
- No, viejo. No hablés macanas, chamuyero. No puede venir un tipo y sacarte. Hace 20 años que nosotros podemos votar y ya viene un cogotudo y pasa por arriba de todo eso. Maga de garcas. Y no podes compararnos con los fascistas esos…
No entendía nada. Eran nombres que nunca había escuchado y palabras raras. Dejé a los hombres en su conversación y me vi sumergido en la charla de las otras dos personas, a mi izquierda. La suya era más ordenada. No quería escuchar sus asuntos pero me fue imposible no hacerlo, al menos para dejar la de política.
- Es que Julio, la poesía tiene esa magia que a uno lo atrapa. El octosílabo no te limita, para nada. Tenés que aprender a jugar con eso. 
- Si, eso intento. Últimamente estoy enfocado en eso, hace un tiempito ya que estoy con…
- Es que uno no aprende a escribir de un día para el otro, querido. Uno aprende sobre la marcha. Uno aprende con la práctica, como con todo. Pero hay que ser perseverante, vas a tirar 200 borradores hasta que escribas, finalmente, algo de lo que te sientas realmente orgulloso. Date tiempo.  Y si ves que la poesía no es lo tuyo, probá otras formas.
- Si, tal vez eso haga. La prosa también me gusta, tal vez más que la poesía, Don Jorge, es que me gusta darle un aire poético a lo que escribo. ¿Y si escribo algo, digámosle, en prosa poética?
- Puede ser, Julio. Pero igualmente, no dejes aún el proyecto que tenés entre manos. Me dijiste que ibas a traerme algo de lo que escribiste. ¿Lo trajiste?
- S… Sí. Pero no se si…
- A ver.
- Pero Don Jorge, no se… yo trato de ser exigente con lo que escribo, y esto no se si pasa el filtro, anoche…
- Vos lee.
- Empapado de abejas 
en el viento asediado de vacío 
vivo como una rama, 
y en medio de enemigos sonrientes 
mis manos tejen la leyenda, 
crean el mundo espléndido, 
esa vela tendida. 
- Oíme, está muy bien. Seguí con ese proyecto, y veremos qué resulta.
- Eso voy a hacer. Igualmente, tengo varias ideas que pretendo plasmarlas en cuentos. ¿Te acordás la historia de la casa? De los hermanos que de a poco son expulsados de su propia casa por algo que no logran identificar…
¡¡¿La qué?!! Pensé, sobresaltado. En ese momento no pude resistir el impulso. Me di vuelta tan rápido que los dos hombres se callaron al instante, y se quedaron mirándome, con una mezcla de gracia y confusión. Los miré sin saber qué decirles, sin saber exactamente por qué me di vuelta así. En ese instante me dí cuenta de que tendría que haber disimulado mi sorpresa, al menos para seguir escuchando. En vez de eso me encontraba en una situación muy incómoda, y peor, sumamente irrespetuosa. Todo esto pasó por mi cabeza como en un destello, en un instante, hasta que un ruido me devolvió a mi mesa.
- Son 200 morlacos.
- ¿Qué? ¿200?- Dije, con los ojos desorbitados.
- 200 gruyos, pituco-. Repitió el chico.
No sabía qué contestar. Busqué en mi bolsillo y saqué tres billetes de un peso.
- ¿Y eso? – Me dijo, casi gritando.
Los billetes naranjas se me pegaban a los dedos. Sintiendo cómo el sudor empezaba a asomar, escuche una voz que llegaba desde la otra punta del café. 
- Che pebete, vení. Yo le invito el feca.
Suspiré con alivió, mirando el café que tenía al frente. Mientras lo miraba recordé a los hombres que hablaban a mi izquierda. Al darme vuelta (con más disimulo que la vez anterior) no los encontré. Los busqué con la mirada y vi que ya casi estaban saliendo de la cafetería.
- Si, cuando lo tengas armado tráelo a la revista así lo vemos con Victoria. 
Y se fueron. Seguí mirando a mi alrededor hasta que noté algo, algo que esperaba, algo que me liberaba,  finalmente, de todo aquello. 
- Ya no se escucha el ruido de la lluvia-. Pensé.  Me sorprendió caer en la cuenta de que el sonido no se escuchaba desde hacía un buen rato.
Me levanté haciendo un ruido muy molesto con la silla y fui casi corriendo a la puerta. Escuché que el hombre que me invitó el café decía algo pero no me di vuelta. En un segundo atravesé el zaguán y estaba de nuevo en la calle. 
El cielo se había limpiado bastante, la tormenta había pasado desde hacía un buen rato. No tenía forma de saber la hora, así que arranqué a caminar, apurado por si era tarde. Esquivando los charcos me dirigí con paso firme a la escuela. La gente caminaba tranquila bajo sus sombreros. Caminaba, pensando en los pájaros que había visto antes ¿Por dónde andarán? Ya estarán muy lejos, seguro. ¿De dónde vendrán los que están en estos árboles? El tranvía pasó a mi lado y me arrancó de esos pensamientos. Me quedé mirándolo hasta que se perdió a la distancia.
- Qué lindo-. Pensé.
Cinco minutos después estaba entrando al Colegio San Andrés. El trabajo había llegado intacto. Sentí una sensación de triunfo. Busqué el aula donde tenemos clase diariamente, al fondo de un pasillo largo y oscuro. Pasillo que estaba, curiosamente, limpio. Habían sacado todos los afiches que los estudiantes colgaron al comenzar las clases. Al llegar al aula noté que la clase ya había comenzado, pero que no había grupos exponiendo los trabajos, por lo que sentí un gran alivio al entrar. Saludé a mis compañeros y me senté en mi lugar, que Gonzalo cuidaba con recelo. Me senté, y me dispuse a esperar mi turno para exponer. Con sorpresa noté que la profesora dictaba una clase que nada tenía que ver con el peronismo. Hablaba de matemáticas, de ángulos, de obtusas, de tangentes, de…
- Profesora ¿El trabajo sobre peronismo era para hoy?
- ¿Trabajo sobre qué?- Me dijo, sin entender.

Sol Tozzini

El despertar

Un picaporte, una puerta, una linterna, un rayo de luz y un ojo cerrado. Despierto, otra vez lo mismo. Si me pareció raro la primera vez que lo soñé, imagínense ahora que ya es el sexto día que sueño lo mismo.
- ¿Otra vez? -pregunta mi novia.
- Sí, otra vez lo mismo. Salgo de la cama para buscar un vaso de agua.
No, no fue lo mismo, esta vez hubo algo más, una sensación como un deseo… de muerte. Respiro profundo y vuelvo a la cama, ella está dormida -es un alivio, no me insistirá para que le cuente-.
Otra vez lunes, no debe existir nada peor que este día. Todos con la misma cara de sueño, hartos de la rutina, deseando que ya sea sábado para darle un poco de color a sus vidas. Por supuesto yo no soy diferente, acá estoy en medio del tráfico, como todos los demás rumbo al trabajo, sin embargo hay algo diferente en mí, algo que Angela notó y me lo preguntó en el desayuno.
- ¿Estás bien? Te noto algo distante -me dijo.
- Sí, todo bien -me observa esperando algo más- es que es lunes y no tengo ganas de volver a la rutina nada más -le sonrío.
- ¿Seguro que no tiene nada que ver con el sueño de anoche? -me mira preocupada.
- No, An, estoy bien, en serio, el sueño de anoche fue igual a los otros no te preocupes -vuelvo a sonreír.
No quería mentirle y es raro que lo hiciera, pero no quiero preocuparla.
El día transcurrió normal en cuanto al trabajo, papeles que firmar, balances que hacer, todo rutinario, pero esa sensación que tuve cuando desperté del sueño sigue latente. Vuelvo a casa, ya es tarde, no me sorprende encontrar a Angela en el sillón con un libro en sus manos. Sonreí, somos tan distintos, ella ama la literatura y yo… no toco un libro desde la universidad, soy más de las series, House of Cards, Breaking Bad, Sherlock, esos son mis clásicos. Siempre que me atraso en el trabajo, ella me espera leyendo. Me acerco y la beso brevemente.
- ¿Y hoy a quién leés? -le pregunto, mientras me siento a su lado.
- Los cuentos de Poe -me mira y ya sé que se viene la pregunta- ¿leemos un ratito?
Estoy cansado, esa siempre es mi excusa para negarme, pero ya le mentí esta mañana y me siento mal por eso, la miro y le sonrío.
- Bueno… pero buscá el cuento más corto que tenga, si no, me quedo dormido.
Ella ríe, pasa las páginas buscando algún cuento, carraspea y comienza a leer.
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Escuchaba atento cada palabra, la voz de Angela me trasmitía una tranquilidad indescriptible. Esa sensación que me acompañó durante la noche y todo el día, se iba desvaneciendo con cada palabra que Angela iba pronunciando.
Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado.

¿Tendría que haberme alarmado? probablemente, pero seguí inmutable escuchando el relato de An.
Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento.
Más fuerte, más fuerte. Mentiría si dijera que el cuento no me gustaba. Estaba ansioso por el desenlace.
 El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Estaba nervioso, muy nervioso. Las sensaciones chocaban en mi interior, adrenalina, miedo, satisfacción, ira. No faltaba mucho, el cansancio me había invadido y todo lo que quería era dormir.
¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
Angela cierra el libro. Y suelto el aire. Siento su mirada expectante. No tengo nada que decir, solo sensaciones.
- ¿Y? ¿Te gustó?
Me levanto y la miro.
- Estuvo interesante -es todo lo que puedo decirle mientras camino hacia la habitación.
Es Media noche, me despierto por un terrible dolor de cabeza, An duerme plácidamente, ni siquiera la escuché cuando se acostó. El dolor se hace más fuerte, siento mi cabeza latir, un extraño zumbido aparece y se intensifica. El zumbido se convierte en latidos cada vez más fuertes. La intensidad es inaguantable, estoy jadeando. Me pongo de pie y camino hacia un lado y el otro. El sonido sigue creciendo. ¡Oh dios! No lo resisto. ¡Necesito que pare! Vuelvo a la cama y tomo la almohada. Sonrío alegremente al escuchar que los latidos cesan, coloco la mano sobre su pecho y la mantengo ahí un largo tiempo. Respiro aliviado.
Vuelvo a acostarme, más tarde me ocuparía de ella, después de todo no es la primera vez que lo hacía.

Facundo Mossello

Tres treinta

Delia acababa de recibirse de arquitecta y había entrado como aprendiz en un estudio, su primera experiencia laboral. Todo iba bien excepto una cosa: todos los días se despertaba a las 3:30 de la madrugada. Hace tiempo que le venía pasando lo mismo, todas las noches a esa misma hora se despertaba con una sensación rara, asustada, con adrenalina; miraba el reloj, a su alrededor y se volvía a dormir. Aquella mañana, Delia se encontraba camino al estudio. De pronto, en la vidriera de una librería, algo le llamó profundamente su atención: un libro de tapa negra y letras rojas. Todo el día pensó en él, por lo que a la vuelta pasó y lo compró. Era una novela extensa, aproximadamente mil páginas.
Ansiosa por descubrir la historia dentro del libro, se recostó en su cama sobre su acolchado de satén bordó, soltándose el cabello y permitiéndole que se deslizara sobre la delicada tela, comenzó a leer. Poco a poco su mente fue atrapada por cada renglón y las ilustraciones de colores vivos cual vitral gótico hacían que sólo se concentrara cada vez más en el relato. Recluido en un instituto de salud mental, tras una conducta imprevisible, Lucas había sido internado tras ser descubierto por su hermano con el cadáver de su novia en su habitación, quien había fallecido unos meses atrás en un accidente automovilístico. Era imposible para Delia no poder sentir piedad por el alma de aquel joven, y así poco a poco se volvió testigo de su dolor. Las paredes blancas acolchonadas con recubrimiento de cuero y en la esquina derecha un bulto blanco, solo se distinguía su cabeza morocha pero jamás dejó ver su rostro. Antes del trágico suceso, Lucas era una persona normal que llevaba una buena relación con su novia. Los hechos llevaron a que él no pueda aceptar esa pérdida. Cada página que Delia leía era un recuerdo de la mente del muchacho, y hacía que el dolor de su alma se hiciera carne en ella. Solo saldrá de la institución si cumple con el período de internación requerido por los médicos y, de acuerdo a su progreso, en seis meses habrá vuelto a casa aún bajo tratamiento con medicación.
Pero algo pasó, los sistemas de seguridad fallaron y la blanca habitación se tornó negra, alguien la empujó. Lucas, logró escapar de la Institución y siendo la una de la madrugada, las autoridades dan la alarma a la central policial activando su inminente búsqueda. Las manos de Delia sudaban y manchaban las hojas, pero no podía dejar de leer, se puso de costado sobre el satén bordó y acomodando su lacio pelo sobre la almohada le dio la espalda a la ventana. Era verano y adoraba sentir la brisa que entraba por la noche desde la calle.
La adrenalina se mezclaba con el amor hacia esa persona que ya se había marchado y con la falsa esperanza de volver a verla al menos una vez más. Los minutos se hicieron horas y Lucas ya había atravesado la ciudad, frente a la iglesia gótica que se alza intentando llegar al cielo, cae de rodillas quedándose sin aire, ahí en ese lugar donde ocurrieron los fatídicos sucesos y ella había dado su última bocanada de aire. Sólo la fe lo mantuvo vivo, pues comprendió que esa era la última oportunidad que tenía para convencerse de que ella estaba viva, de que era mentira lo que los médicos habían dicho y que era imposible que el amor de su vida lo hubiera abandonado para siempre.
Sólo debía correr un par de cuadras más, debía probarse a sí mismo que no estaba loco, y así continuó, las luces de la calle parecían cada vez hacerse más altas y él cada vez más pequeño, las sombras se alargaban y se fundían con la oscuridad de la noche, los árboles que se movían apenas, suavemente. Llegó al lugar, todo en esa casa estaba herméticamente cerrado, menos la ventana. Su novia la dejaba abierta para que la brisa de verano ingresara, se metió a la casa y allí la vio, leyendo un libro recostada sobre un acolchado de satén bordó con su lacio pelo sobre la almohada dándole la espalda a la ventana. Eran las 3:30.



Ana Pasero

A la vuelta de la esquina

Banfield, 1933 decía el cartel donde abrí mis ojos. ¿Qué hago acá? Camino, perdida, sin rumbo, saco mi teléfono pero es imposible que funcione. Observo. Es como ver una película en blanco y negro. Esas casas, esa gente, ese barrio. Perdida, llego a una plaza, me siento y trato de buscar explicación alguna de cómo llegué hasta este lugar.
Yo en mi mundo, con mi mirada a ni yo sé dónde, no escuchaba a un joven sentado a mi derecha susurrándome preguntas. Hasta que reaccioné, lo vi. Tímido, observador y con unos libros en sus manos me preguntó si me sentía bien porque me encontraba pálida. Lo único que atiné a decirle fue que me explicara ¿dónde estaba?, y él con una risa sarcástica y una buena respuesta me dijo “en la plaza, querida”. Yo, desconfiada, enojada por la respuesta comencé a caminar y con un perdón de fondo, frené. A metros de distancia y con silencio de por medio atinó a invitarme a recorrer el barrio. Era el único desconocido que conocía, así que acepté.
Caminamos sin saber dónde ir por largo rato y sin decirnos una palabra, pero con tantas ganas de hablar. Hasta que con mucho esfuerzo preguntó:
- “Decime, ¿cómo te llamas?” -y fue el punto de partida de una charla interminable. Respondí como una sonrisa:
 -“Me llamo Ana, ¿vos?”
-“Julio Florencio” -respondió devolviéndome la sonrisa.
Quedé anonadada, como si lo conociera de algún lado pero sin saber de dónde, olvidándome de pronto que estaba perdida. 
Con esa simple respuesta, me sentí inexplicable y completamente sumergida en ese lugar, en ese momento, demasiado real.
Los días pasaron y cada vez estábamos más juntos, compenetrándonos a cada instante, en cada frase, en cada vaya a saber qué más.
Sentía que con el paso de los días me volvía parte del destiempo que no era el mío. Cambié mi ropa, mi forma de ser, mi vida. Acostumbrándome a algo que me asechaba por completo. Pasó un año, 365 días justos, yo no era yo, supongo. Era una señora, la señora de, como me llamaban en Banfield, aunque en el fondo no me sentía así.
Julio empezó a estar distante y yo sintiendo que algo me ocultaba. Ese día no fue uno más, ese 10 de noviembre fue único, cumplíamos un año juntos pero ya no recordaba como habíamos arrancado nuestra relación, ni siquiera me interesaba saber de mi familia, solo estábamos Julio y yo, como los únicos habitantes en el mundo. El día pasó, y ya sintiéndome como una adulta realicé mis labores, presintiendo que algo pasaría. Me fui a dormir y -como nunca- Julio escribía de noche, una carta parecía ser, pensando dentro de mí supuse que estaba con insomnio y quería distraerse un poco.
Me dormí en un sueño tan profundo como si hubiera viajado en el tiempo, ahora que lo pienso… ¿habrá sido real el viaje? Desperté rara, en un cuarto oscuro, realmente no era el cuarto que compartíamos con Julio.
Empecé a sentir un ruido muy conocido; era mi celular.Le empezaban a llegar los mensajes pero yo seguía sintiendo que algo me faltaba, había alguien, algo más que no recordaba.
Desesperaba encendí la luz y vi sobre mi mesa una carta, escrita de una manera muy peculiar, que decía:
“Querida Ana, fuiste mi mejor historia.
                                        Julio Florencio.”
Solo cinco palabras que me hicieron recordar.
Bajé corriendo a la vereda, el reloj marcaba el nacimiento del nuevo día y lo vi, estaba parado en la esquina como llamándome pero de inmediato siguió mientras le gritaba que parara, dobló la esquina y no lo vi más, como si se hubiera esfumado en el aire.

Sonó la alarma, un nuevo día comienza. Me levanté, encendí la luz y ahí estaba la carta, sobre mi mesa. 

Sonia Mandile

La otra                                                                                                                                           
1 de Noviembre:
Querido diario: no, querido no, nada de querido; qué idea la mía llamar querido a un par de hojas insignificantes llenas de inscripciones, confesiones. Si voy a empezar con esto, tengo que ser sincera con vos y la verdad es que yo nunca fui partidaria de contarle a una hoja lo que me pasa o lo que siento, lo consideraba absurdo, después de todo vos no podés ayudarme, ni aconsejarme, ni siquiera tenés conciencia de lo que escribo. Pero bueno, es una tarea pendiente, una promesa que le hice a mi madre hace muchos años cuando apenas era una adolescente. De hecho este también es un regalo que ella me hizo cuando cumplí mis 18 años. Así es que además de ser una tarea pendiente es también un tesoro. Y ya que estamos en esto de la sinceridad, tengo que decirte también que tengo tanto por contar y siento tanta necesidad de hablar con alguien que, bueno, te elegí a vos o a mí. Porque mi madre siempre decía que hablar o escribir en un diario íntimo es una forma de desahogarte y de decirte a vos misma las peores verdades.
10 de Septiembre: 
Sí, ya sé, te tuve un poco abandonado y bueno, tenés que entenderme, soy una persona ocupada que de un día para otro decide escribir en un diario íntimo su vida. En fin, estuve meditando y llegué a la conclusión de que para empezar tengo que empezar bien, por el principio, contándote al menos lo más importante y trascendental de mi pasado para que puedas entender mi presente y quizás, porque nunca se sabe, mi futuro.
5 de Octubre
¿Cómo contarte?, ¿por dónde empiezo?, yo me pregunto ¿hace falta? ¿Es necesario que te cuente todo? Sí, creo que sí, que hace falta, sino cómo vas a entender.
Sabés una vez me enamoré, fue hace muchos años, yo apenas era una adolescente y él, él era un gran chico, tan bueno, tan dulce, sólo que había un problema; la vida se había ensañado con él, pobre Nico, la vida y su hermano y bueno, a vos no te puedo mentir, yo también, sin querer, yo también lo traicioné. Si supieras lo caro que pagué por esa traición.
6 de Diciembre
Esto no tiene sentido, creo que es algo absurdo, irracional.  ¿Pero qué significa algo irracional? ¿Qué es algo que en verdad tenga sentido? Ves ese fue el problema de Luis, que buscó razones en donde no las había. La culpa fue de él, él me convirtió en esto que soy hoy. Al principio creía que la equivocada era yo, pensaba que tal vez la culpa era mía por esos silencios Nico que ocultaba; pero todo tenía un límite y ese límite estaba en mi vientre
Y ahora, ahora quiere volverme loca, porque era él, estoy segura que era él, era Luis ¿podés creerlo?, este tipo quiere volverme loca, aparece y desaparece, quiere vengarse ¿no le bastó haberme arruinado la vida, haberme arruinado la posibilidad de ser feliz, haberme tenido encerrada en un departamento de 2x2 por años? ¿Obligarme a sentir un amor que no sentía? ¿Obligarme a creer en un amor que él tampoco sentía? 
7 de Diciembre
Estoy más tranquila. Estuve hablando con Sonia, mi psicóloga, y entendí un poco más el porqué de mi estado de anoche; ella dice que es normal que reaccione así, es parte del proceso.
Sabés le conté de esto y ella piensa como mi mamá, dice que es un gran proyecto y que aunque no parezca me va a ayudar muchísimo. Ah, y me olvidaba ¿sabés qué otra cosa me recomendó? Que empezara a leer y la verdad es que no me parece una mala idea. Después de todo lo más disparatado ya lo hice, que fue empezar a escribirte. Es más, estuve pensando y me acordé que mi madre tenía unas colecciones de libros que siempre me dio mucha pena vender porque ella los cuidaba tanto; así es que decidí buscarlos y comenzar con esa tarea.
7 de Noviembre. Por la tarde
Acá estoy otra vez, un hermoso domingo verano de verano (o casi verano) sentada a la orilla del río escribiendo, pensando, viendo el agua seguir su cauce; qué paz me trae esto, la paz que necesitaba, esa misma paz que me tuvo en sobresalto durante tantos años. Ahora que pienso y que puedo disfrutar de este hermoso paisaje me doy cuenta de que tuve mucha suerte, logré sobrevivir a un hombre como Luis, mientras que muchas otras mujeres mueren en el intento. Sus celos, por favor, sus fantasmas, su culpa lo transformaban hasta tal punto que una vez… no, nada, nada… ¡pobre hijo mío! Pero ya está, ya pasó, ahora estoy acá empezando de nuevo y como dice el dicho “lo pasado pisado, a mirar hacia adelante que para atrás ya dolió bastante”
9 de Agosto
Pobre Nico, ¿pobre Nico? Querés que te cuente algo, ahora que estoy acá encerrada en este lugar, tal vez estoy escribiendo porque tuve un ratito de cordura. Si estoy en pleno uso de mi razón realmente no puedo pensar lo que pienso de él, de Nico ¿acaso planeó todo esto para vengarse? Una persona razonable diría: ¡pobre Nico! una persona tan joven, tan noble condenado a la muerte aunque luche con todas sus fuerzas contra ese designio, no puede hacer más que aceptar su triste destino y alejarse de sus seres queridos para morir en paz. Pero una persona como yo no piensa eso y esté loca tengo mis razones, te juro, mis verdaderas razones para creer que en realidad Nico no murió ¿o ese será mi deseo? Ay no sé, no sé, ya ni sé lo que escribo, ni lo que creo, ni…
10 de Noviembre
Esa carta de su madre terminó de arruinar todo, la mentira de una paz traficada, de una felicidad de puertas para afuera sostenida por diversiones y espectáculos. Como siempre, mi suegra, arruinándolo todo con sus cartas, con sus indiscreciones. Aunque contara siempre lo mismo, esa carta, justamente esa nos desestabilizó, fue esa frase, esa confusión, ese error el que detonó la bomba. Cómo te explico para que me entiendas que fue su madre, la madre de Nico y Luis, la que en una simple carta, con una simple frase tuvo el poder de romper nuestra felicidad inventada, desencajar nuestra realidad. Mirá que confundir Nico por Víctor ¡y Nico preguntó por nosotros! Nico se acuerda de mí, te das cuenta, eso es lo que en realidad ella quiso decir. Pero ¿Quién es Nico? y mi suegra, mejor ni te cuento de ella, por su culpa estoy acá.
13 de Agosto
Sucede que a veces siento que yo no soy la que digo ser, a veces, no soy yo la que te escribe, sino que es otra, quizás soy yo que me hago pasar por otra, o quizás sea la otra que también es yo. Pero si yo no soy yo y tampoco soy ella y si ella no es yo pero tampoco es ella ¿entonces quién soy yo? ¿Quién es ella? Esos nombres son como fantasmas ¿Luis? ¿Nico? ¿Laura? Esta realidad que me confunde, esta imagen confusa y manchada de locura y cordura.
Te das cuenta, de qué me sirve escribirte si ni siquiera podés ayudarme, ni siquiera podés decirme ¿si yo soy Laura, si Laura es yo? ¿Si Laura existió antes que yo, o yo existo ahora después de Laura? ¿Dónde está la Laura de Cortázar? ¿Quién es esta Laura de ahora que es Laura?
20 de Octubre
Estos días que pasaron han sido de terror, estar acá es como seguir junto a Luis. Y mi suegra que no para de atormentarme, de perseguirme. Fue ella, te juro, fue ella la culpable de todo; ella paso a paso desde el día uno lo fue tramando todo hasta terminar robando, matando, destruyendo todo lo mío. Si alguien pudiera escucharme, pudiera creerme pero ni siquiera mi madre confía en mi inocencia. Y yo estoy acá sola, indefensa y ella, mi suegra, sigue mortificándome, torturándome y no va a parar, te juro no va a parar hasta vengarse, hasta verme enterrada 100 metros bajo tierra como ella.
23 de Noviembre
Laura siempre tranquila, bondadosa, atenta a sus deseos. Laura se contenía para no gritar, para no esconder entre sus manos su rostro desfigurado ya por el llanto, por el dibujo del nombre de Nico temblándole en la boca. Laura estaba en París pero cada carta de mamá la definía como ajena, como cómplice de ese orden que él había repudiado. Para Luis ya no había en Laura otro misterio que el de su desahogada adhesión, admitir que Laura era como había sido Nico, de las que se quedan atrás y solo obran por inercia, aunque empleara a veces una voluntad casi terrible en no hacer nada, en no vivir de veras para nada ¿Quién es esa Laura que me persigue? ¿Por qué quiere ser yo? ¿Por qué yo soy ella?
2 de Noviembre
Le hice caso a Julio, mi compañero, y hoy hace tres días que no tomo nada. El viernes tengo que llegar a Saint-Lazare, bien lúcida, antes de las 11:45 a encontrarme con un tal Luis, un tal Nico y una tal Laura.

Nahuel Mercado

Él

Es la hora de levantarme. Tengo pesadillas, aun si estoy despierto. Son casi una salida, un escape. Miro el techo, el único que no conozco de la casa, de esta habitación. O quizás…
Es temprano, una mañana de invierno, fría y oscura, tengo que prepararme para ir a la escuela. Pongo la pava, corto unas rodajas de pan, pongo el tostador en la hornalla. Me visto el uniforme del secundario, zapatos, jean gris y chomba blanca. Desayuno y salgo.
El verano me gusta, por el calor, el agua, la noche es oscura pero más cálida, se disfruta un poco más que el invierno. Pero el invierno es revelador, es más negro, frío… vil. Y a la mañana donde cada respiro te escarcha el corazón, un corazón dañado, donde en vez de bombear sangre bombea hiel. 
Soy libre caminando mientras imagino. El cementerio La piedad, una tumba específica o varias, quién sabe dónde vamos a terminar. Él que los silencia, a mitad del grito, a mitad del llanto… piden misericordia. De mísero y cordial no llevo nada y él tampoco... quizás en algún punto sí. Pero eso fue antes. Me borró una línea y es imposible volver a dibujarla. Él tuvo la culpa y por eso ahora me sigue, quiere arreglar cosas imposibles.
Cruzo las segundas vías del tren, doblo y camino por un parque hasta mi escuela. Él también me acompaña pero nunca entra. Se queda en un banco al frente de la entrada, esperando que salga. Estoy más tranquilo cuando no está, y tampoco es que lo extrañe pero lo necesito, es más fuerte que yo y por lo general me defiende. Es muy cargoso y no tiene muchos estudios, tampoco le interesan. Quizás piense que lo bruto lo llevará a algún lado, pero hoy en día si no se es listo tampoco llegás a ningún lado. Por eso yo estudio, matemática, física, biología, geografía, literatura, arte… filosofía. La esencia de la materia, del ser, de los entes. Las razones, las justificaciones, los porqués. Todo eso está en la filosofía, en las razones de ser de cada individuo, de mi familia, de mis amigos, de yo mismo. Uno no existe más allá de lo que cree que es o de lo que puede llegar a ser. Se proyecta en su futuro, estudia su comportamiento y todas las posibles jugadas. Analiza. Meticula. Cambia. Progresa. Estrangula…
Me va bien en la mayoría de las materias. No soy un alumno ejemplar ni aplicado, llego tarde, duermo en clases, no le falto el respeto a los profesores pero en realidad no se lo falto a nadie. Si tengo que comer en el aula lo hago, a veces hago la tarea, y muy pocas, estudio. Como dije, no soy ejemplar, soy sólo un alumno al que le va bien. Amo las matemáticas, la física, la química, la biología y el arte. Por lo general la gente me dice que eso es incompatible. Yo no les creo, las cinco tienen cosas en común, y cuando se juntan suceden cosas hermosas. Cuando un tatuador hace un dibujo simétrico, o cuando los números crean gráficos, cuando los poetas derivan el amor para poder integrarlo entre vos y yo, cuando vamos a un espectáculo de fuegos artificiales… cuando hacemos el amor. Cuando algunos usan hielo, o frutas, reglas, cuando algunos bajan y otros suben. Cuando los vientos soplan por el templo de afrodita. Todo eso es arte, pero no sólo arte, también es biología, química, matemática, literatura, historia, geografía, derecho, comprensión de textos, inglés y filosofía. Es una forma de vivir ciertas situaciones, de disfrutar. 
Lo bueno de los lunes es la última hora, la hora de literatura, no la materia sino la profesora. Una mujer de veintiocho años. Su pelo negro lacio, unas pestañas preciosas, unos hermosos ojos color verde, su cintura y su cadera son perfectas, y su sonrisa un placer. Mi musa bella, candente y fogosa. Nunca me mira en clases, y siempre denota que la irrito y la fastidio. Una vez me hizo ir a la dirección. Grandes actores nosotros. Los lunes él sabe que no me tiene que esperar a la salida, aun así él se queda (capaz, se asegura de que no me pase nada). Cuando me ve ir por la cortada a la vuelta de la escuela. Se va y me espera en mi hogar, los lunes siempre llego después de la cena. 
Anoche, Cuando me estaba yendo de su casa me detuvo y me dijo.
*: _ ¿está bien que te vayas a esta hora a oscuras?
Yo le contesté
: _ y ¿porque no?
*: _ me da cosa que te vayas siempre a esta hora solo.
: _ bueno, pero es mejor así, me están esperando y sería malo si tardo.
*: _ y si te pido que te quedes
: _ te diría que no
*: _ ¡¿por qué sos así?!
: _ te dije que me están esperando…
*: _ ¿estás con otra?
: _ no… y esta conversación me está empezando a molestar.
*: _ bueno… ¿podrías al menos venir a verme más seguido?
: _ puede ser
Me apresuré a salir, no quería seguir esa conversación y me estaba quedando sin tiempo. Rogaba no cruzarme a nadie en mi camino de regreso, que me retrasara un poco más. Corrí tan rápido, sentí que volaba en algunos puntos, aceleré tanto a mitad de cuadra que llegué a la calle con el semáforo en verde. Parpadeé. Un flash. El ruido de un choque. Mi mano tocando el cordón. Sentado sobre la calle. El cuerpo del conductor sobre la vereda, y una mujer toda ensangrentada adentro del auto. Un poste de luz hasta la mitad del coche. Zumbido en mis orejas, siento la saliva que traga mi garganta, escucho a la mujer gritando vagamente, unas personas me tocan el hombro, me preguntan si estoy bien… hay demasiada gente, demasiada… mis pulsaciones se aceleran… aparece alguien, las luces no me dejan ver quién es… “te quedas sin tiempo, tigre”. No escuchaba nada, pero esas palabras, concisas y directas… No sabía quién era, pero sabía que tenía razón. Alcancé a decir que estaba bien, tomé mis cosas y salí corriendo de nuevo. Mi cuerpo tambaleaba. En las vías del tren me tropecé. Cayendo veo que se acercan dos o tres chicos de mi edad o menores quizás, les grito para que se vayan y me desmayo.

*alarma*
*alarma*
Abro los ojos, de nuevo este techo…
En la mesa estaba el diario de hoy, apareció lo del choque. El hombre murió en el acto y la mujer camino al hospital, tenía pedazos de metal atravesados en el torso y abdomen. Mencionaban a un chico que salió ileso y que se fue a los apurones. No decían nada sobre el hombre que me habló, quizás no era importante para ellos, claro. Preparé mi desayuno y salí para la escuela. Los martes tengo contra-turno y le dije a él que me iba a ir a verla cuando saliera, que me esperara en la casa y que limpiara.
Jugábamos al rugby y patearon una salida muy alta, yo salí a buscarla. El reflejo del sol me cegó y  el hombre volvió a aparecer: “hoy no”. No entendí lo que quiso decir y encima se me resbaló la pelota y terminamos perdiendo. Estaba muy cansado cuando fui hasta la casa de ella. Le pedí que me dejara bañarme y ella se bañó conmigo. Mientras, me acariciaba el pelo y sus labios se posaban en mi cuello, sus manos tocando mi pecho, seduciéndome, como toda una profesional. Me lleva a su cama mientras me dice que me ama. Y yo no la amo. Pero el sexo me encanta y no es que la use. Algo siento por ella. Me muerde las orejas mientras baja con sus manos…
Dormimos una pequeña siesta y ya es la hora de la cena. El tiempo se pasa volando y yo me dejo seducir de nuevo, hasta que me desmayo… atrás de las cortinas estaba ÉL.
*alarma*
*alarma*
No quería levantarme… estaba triste. Otra vez el techo de mi habitación, el único que no conozco, que quisiera no conocer. La casa estaba manchada, él no había limpiado… en realidad él no había estado.
 El diario de hoy está de nuevo en la mesa, la tinta fresca, recién impreso y el encabezado “tres jóvenes desaparecidos, ultimo avistamiento sobre las vías del tren”.
Cierro los ojos un segundo… 
“¿y mañana que va a decir, tigre?”
Abro los ojos y contesto:
_lo mismo que dijo el tuyo, viejo.